El crimen de Juan Domínguez

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o hay que decirlo: las veladas de invierno son interminables en los pueblos, si se han de pasar en casa, y de ahí que algunos de los notables de Cumbres Verdes procuraran matar aquellas largas horas reuniéndose en casa del cura párroco, D. Ciriaco Martínez, hombre de entretenidísima conversación, carlistón furibundo y suscriptor al Correo Español de Madrid, y al Fuerista de Calablanea, cuyos números estaban siempre sobre la mesa, á disposición de los comentaristas.

Una noche de diciembre hallábanse departiendo en el comedor, y despacho del párroco, éste, el juez municipal, el médico y el notario, que formaban el bando reaccionario, y por primera vez asistía á la tertulia el boticario, conocidamente librepensador y á quien le faltó tiempo para plantear el tema del secreto de confesión, adelantando desde luego su opinión de que eso era pamplina, y no había que darle crédito.

El cura se sonrió, dirigió involuntariamente una mirada hacia un niño de corta edad que en un rincón del comedor tenía en brazos el ama, distrayéndole con un perro encaramado en una silla frente al mismo, y dijo:

—Pues voy á referirle á usted un caso que le demostrará si los sacerdotes guardan ó no el secreto de confesión. Erase pues… un amigo mío, capellán de la cárcel de cierta ciudad que no viene el caso citar. Recíbese la sentencia del Tribunal Supremo confirmando la pena de muerte á que había sido condenado por la Audiencia uno de los presos, y mientras el reo estaba en capilla, un telegrama denegando el indulto. No era para menos el caso: resultaba que el acusado, escribiente del ayuntamiento, había asesinado á su mujer, viuda en primeras nupcias, en la que tenía ya un hijo; item más, habían desaparecido de la cómoda trescientos duros que el padre de la víctima la había entregado aquel mismo día; el cadáver aparecía con señales del más feroz ensañamiento. Los móviles no podían ser más evidentes: la desgraciada esposa poseía algunos bienes; muerta ella, la heredaba el chico, y el padre quedaba por usufructuario hasta su mayor edad. El asesino se casaría sin duda con otra, y negocio concluido.

Preso é interrogado se negó á declarar nada; decía que no sabía como había podido suceder aquello; no manifestaba el menor sentimiento y solo de vez en cuando preguntaba por el chiquillo.

Confeso y convicto, el jurado pronunció veredicto afirmativo, y confirmado el fallo y denegado el indulto, accede á confesarse con mi susodicho amigo el capellán. He de manifestar ahora, señores, que ese capellán ha muerto ya.,, y me lo contó á mí, con la prevención de que diría el pecado, pero no el pecador. Pues bien, el reo en el supremo trance de la muerte, le reveló que el asesino no era él, sino otro, el gallito del pueblo, el amante de su mujer, por robarla. El miserable, tenía cartas de la víctima, y al sorprenderle Juan Domínguez que así se llamaba el infeliz sentenciado, le había amenazado con darlas á leer por todo el pueblo si le denunciaba y se vería entonces si la madre del chico había sido una tal y que si llegaban á prenderle probaría como su mujer había envenenado á su primer marido, maestro de escuela, para casarse con él, del que andaba enamorada entonces, pues era harto antojadiza.

Y todo eso, teniendo á Juan bajo su rodilla y rozándole el cuello con la navaja, pues al verse sorprendido se había arrojado sobre él derribándole.

elcrimenjd3El infeliz, más espantado del deshonor de su hijo que de la misma muerte, calló, y se llevó el secreto á la tumba, sin que su confesor pudiese decir ni una palabra para salvarle. Solo el cura aquel y su perro, que le siguió hasta el patíbulo parecían compadecerse del desgraciado.

Y ahí tiene usted, señor farmacéutico, un caso verídico que le demostrará si los curas guardan ó no el secreto de confesión.

—Pero lo que nos ha contado usted es terrible, padre, —¡exclamó el juez municipal, conocido de todo el pueblo por lo lenguaraz,—y yo en lugar del cura ¡pues! lo que hubiera tardado en ir á referírselo todo de pe á pa al sargento de la guardia civil.

—Mi amigo hizo lo que debía, señor mío. Así está mandado por la iglesia, y así se debe hacer, aunque se trate de salvar la vida de un hombre.

—Pero ¡apechugar con la deshonra!

—Sí, más el infeliz Juan Domínguez juzgó menos deshonrosa para su hijo morir acusado de asesinato y robo que no pasar por marido infamado. Y no se meta usted en averiguaciones, porque cada uno entiende el honor á su manera.

—¿Y el verdadero asesino? ¿qué fué de él?

—Pues por ahí anda tan campante esperando que suba su partido para que le nombren alcalde… Sin embargo, no extrañaría que la justicia de Dios cayese sobre él á la hora menos pensada…

A veces, cazando, y él es muy cazador, se encuentra uno con una bala que no buscaba…

Y al decir estas palabras el cura miraba una magnífica escopeta Lefaücheux colgada de la pared.

—¡Señor cura!—exclamó á esto el ama.—¡Cómo está ese chiquillo que recogió usted! Parece que le estaba escuchando á usted… ¡Y ese perro! ¡Pues se diría que está llorando!

Alfredo OPISSO

Publicado originalmente en

Iris

Barcelona 18 de julio de 1901.

 

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