AL ROMPER EL ALBA

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Eran las seis de la mañana de un día de febrero, y comenzaba á teñirse el horizonte con los primeros albores del crepúsculo.

Había llovido la noche antes, extendíase por do quier una densa niebla y no hay porque decir si sería espesa la capa de barro que cubría la vía pública.

El carro de los muertos, salido del Hospital Militar, atronaba las silenciosas calles con su traqueteo ruidoso; salió por una de las puertas de la vieja muralla y se dirigió hacia el cementerio.

Detrás de él iban un hombre y una mujer, ancianos, y un perro pachón, gruñendo.

El carro iba siguiendo por la carretera, larga, recta, fangosa. A un lado levantábase una serie de colinas de peladas rocas; al otro lado un viejo acueducto, cuyas arcadas parecían mirar como descomunales ojos.

—Teresa,—exclamó el viejo,—¡qué desgraciados somos! ¡Quién nos tenía que decir que debíamos enterrar á nuestro pobre hijo! ¡Malhadada la hora en que fué á servir al rey!

—Bien me lo temía yo, Pedro,—respondió la mujer.—¡Ah! ¿Por qué no me creyó Miguel cuando le dije…

—Ya ¿á qué recordar eso? Déjalo.

—¡Pobre hijo mío! ¡Qué vida de trabajos desde pequeñín! Apenas si asistió á la escuela, y no tenía ocho años aun cuando ¡arre! á recoger estiércol, á abrevar al rucio; ahora échate á cuestas cuévanos y sacos y haces; al mercado á llevar fruta; quédate á velar por el regadío; pásate las noches de claro en claro, madruga, trabaja sin descanso, y cuando llegamos á viejos y Miguel está hecho un hombre, ¡anda! que te esperan para quintarte, sale soldado, y á la Habana me voy…

—¿Qué le vamos á hacer, Teresa? Era su destino.

—Pedro, no me apures la paciencia con esas sandeces. Vas á hacer que me salga de mis casillas.

¡Pobre Miguel! ¡Así no le hubiese parido nunca!

—¡Teresa! Eso es blasfemar. Si no hubiésemos tenido hipotecada desde hace tantos años la huerta, la habríamos mal vendido para que no hubiese ido Miguel á servir; pero ¡si no ganamos para los réditos que le hemos de pagar al logrero, á doce reales por duro al año!

—¡Qué me cuentas, tú!—dijo la vieja.—Y ¿qué piensas hacer ahora?

—¡Pues, nada! Vamos á vender el rucio, y que se quede con la huerta el ladrón de D. Andrés.

Te vas tú á las Hermanitas y yo á pedir limosna á la puerta de la Seo, y si mañana caigo enfermo, en el Hospital cuidarán de recogerme.

—Bien arreglado lo vas á dejar, Pedro. ¡Ay Dios mío! Pues lo que yo quisiera es morirme, cuanto antes mejor, para no haber de sufrir tanto.

Ya en esto había llegado el carro á la puerta del cementerio, y al entrar el ataúd con los dos viejos y el perro detrás, se acercó hacia ellos una joven vestida de luto, llorosa, que salió de entre los cipreses donde, al parecer, estaba esperando.

—¡Cándida!—exclamó la vieja, con gesto avinagrado.—¿Tú aquí?

—Sí, señora,—respondió la muchacha.—Oí decir que enterrarían á Miguel de madrugada… y he venido para verle por última vez.

—Bien, bien, mujer, ya lo verás,—dijo el viejo.

—¿Quieren verlo ustedes?—exclamó á esto con voz bronca y aguardentosa el sepulturero.—Si hay propina, no diré que no.

—Claro que la habrá, maestro,—respondió el anciano.

El sepulturero, gruñendo, levantó la tapa quitando los clavos, y los tres se acercaron á mirar dentro del ataúd.

Abalanzóse Cándida, cogió las manos del muerto y rompió en tales gritos que se oían por todos los ámbitos del cementerio.

—¡Miguel! ¡Miguel!—exclamaba.—¡Mirad como me lo han devuelto! ¡Y parecía un ramillete de flores el día que partió! ¡Estás muerto! ¡Muerto, vida mía! ¡Miradlo! ¡Pobre Miguel! ¡Qué herida tiene en la cabeza! ¡Me lo han matado aquellos grandes ladronazos! ¡Maldita la sangre…

—¡Calla, mujer, calla! ¡No blasfemes!—interrumpió el viejo horrorizado.

—¡Miguel! ¡Muerto! ¡Muerto! ¡Miguel!

¡Qué haré yo sin ti en el mundo!

¡Jamás te volveré á ver! ¡Jamás!

—Vamos, Cándida…

¿qué remedio tiene? Respetemos la voluntad de Dios.

De fijo que está en el cielo…

Déjalo…—dijo el viejo.

—Quiero verle un momento más… un momento nada más…

—Pues, chica, si te parece nos estaremos aquí hasta mañana,—refunfuñó el sepulturero.

—¡Anda,Joaquín! ¡Corriendo! ¡Ven á ayudarme!

¡Las cuerdas… la cal… el azadón!…

Poco después había acabado todo. El ataúd bajó al fondo de la fosa y sobre él se cerró la tierra. Los tres salieron llorando del cementerio, andando poquito á poco, deteniéndose á cada paso para volverse, cabizbajos los viejos, gimoteando Cándida, gruñendo el perro pachón.

Ya había salido el sol; la gente iba á su trabajo y dentro de la ciudad como si no hubiese pasado nada.

Alfredo OPISSO

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Publicado originalmente en

Iris

Revista semanal ilustrada

Barcelona 28 de octubre de 1899

 

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