ECHAR UNA CANA AL AIRE

flamenco3

(AVENTURAS DE UNA FAMILIA CURSI)

I

Don Zenón, una vez que la doméstica, una alcarreña tan diminuta como campana de ermita, hubo quitado los manteles, se palpó con entrambas manos su respetable abdomen, y dirigiéndose á su familia, compuesta de señora é hija, y el adminículo de ésta ó sea el novio, dijo alegremente:

—¡He pensado convidaros esta noche!

—¡Ay papá, qué gusto!—exclamó la joven.

—¿De veras?—preguntó la señora.

—¿Conque nos convida?… ¡qué milagro—pensó el futuro víctima de Cupido.

—Sí—prosiguió don Zenón,—bien podemos dispensarnos ese lujo, gracias al ministro, que al cabo de veinte años se ha acordado de que yo existo en el mundo, y me ha ascendido.

—¡Valiente ascenso!—gruñó doña Pantaleona, la esposa de don Zenón.—8000 reales de sueldo… ¡Si tú no fueras tan arrimado á la cola!…

—¡Pero mujer!…

—No hay mujer que valga,—replicó doña Pantaleona.—Si tu te hubieses colgado á la casaca del ministro y no pusieras caja con g… ¿no es verdad, Pepito?…

El aludido estaba por las alturas, asi es que al oír la voz de su suegra en ciernes, se puso colorado lo mismo que su Dulcinea, y ambos preguntaron atropelladamente:

—¿Qué dice usted?

—Pareces boba, Felisa, que papá…

—Vaya, mujer… ¡cosas de chicos!—intervino el empleado dando nuevo giro á la conversación.—Estaban hablando de sus cosas; ¿verdad, hija?

—Sí, papá.

—Sí, señor, sí,—contestó Pepito—estaba explicando á Lisa el movimiento de rotación de… de los astros… ¡eso es!…

—¡Me escama tanta istronòmica todas las noches!—murmuró la mamá.

—¡Ea, vamos á echar una cana al aire!—dijo alegremente D. Zenón—¡qué diablos!… un día es un día.

—Y á dónde vamos. Papá?

—¡Al café que han abierto en la esquina!

—¡Jesús, qué disparate, papá, ¡¡un café cantante!!

—Zenón, tu estás empaquetado.—gruñó doña Pantaleona,—un sitio donde no irán más que chulos y líneas rectas.

—¿Líneas rectas?—preguntó estupefacto Pepito.

—Si señor, bien sé lo que me digo: líneas rectas, es lo mismo que señoras de gancho.

—¡Ah!

—Mira, Leona,—dijo el empleado,—es un café muy bien puesto, donde va la aristocracia del barrio,—hay que advertir que don Zenón vivía en el de las Injurias—y además, que por aquí no hay otro sitio donde pasar el rato.

—Si señora, demos gusto á don Zenón.—intercedió el futuro yerno,—que aunque allí se cante flamenco, no por eso han de faltarnos al respeto, máxime que bien se conoce que somos unas personas decentes.

—¡Y que lo diga usted, Pepito; aunque me esté mal el decirlo, soy hija del regidor real de Alcorcón.

—¡El país de los pucheros!—exclamó el esposo riendo á carcajadas.

—¡Eres un grosero!

—Vamos, mamá, á ver eso del cantilijondo.

—Vamos; cedo á vuestras exigencias.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 

Momentos después, la familia de don Zenón se despedía de la criada, encargándola echase bien el cerrojo y tapase el brasero, haciendo en la ceniza su correspondiente cruzecita.

II

Los novios iban delante, los papas detrás, y ambas parejas penetraron en el café indicado por don Zenón, para echar una cana al aire.

Era el local reducido, y alumbrado por media docena de quinqués de mineral, el mostrador y el lugar de la ejecución, ó sea el tablado de cante, ocupaban la mitad del café, y el resto contenía doce ó trece mesas de mármol.

La concurrencia no era escasa, la mayor parte de ella se componía de gentes comprendidas entre los ratas, bichos no clasificados entre la especie humana, hasta el día, y lineas rectas, como denominaba doña Pantaleona á las señoras débiles de suyo y demasiado amigas del prójimo.

La atmósfera que en el local reinaba era asfixiante; el humo del tabaco, la respiración de los tertulios y el tufillo de las luces, formaban una espesa nube.

La entrada de don Zenón y compañía produjo entre la concurrencia cierto asombro.

Pero cuando repararon en la catadura de los nuevos parroquianos, la levita deshilachada del empleado, la manteleta á lo María Stuard de doña Pantaleona, el babilónico sombrero de Felisa, el asendereado, maltrecho y peor traído de copa de su Manrique, hubo risitas, cuchicheos y bravos por lo bajo.

—Ea, sentarse y pedir lo que queráis—ordenó el empleado.

Y dando una palmada, gritó:

—¡Mozo!… ¡Mozoo!…

—¡Vá!

Y un medio chulo, medio camarero, con patillas á lo niño de Ecija, encasquetada una gorra de tacholero hasta las cejas y mascullando un cigarro de papel del grosor de un palo de escoba, se presentó á servir á los señores.

—¿Qué quién ostés?—preguntó.

Doña Pantaleona se quedó petrificada, los novios ¡inocentes! habían encontrado la piedra filosofal bajo la helada tapa de mármol de la mesa.

Solo don Zenón, aunque algo emocionado, pudo contestar:

—¡Café!… ¿y tú, Pantaleona?

—Sorbete de fresa con barquillo.

—¡Mayormente no hay!—replicó el camarero.

—Entonces, chocolate con mojicón.

—Er mojicón falta.

—Pues tráigase usted otro café, con media de abajo, untada de manteca.

—(Vaya una percalina que pide esta señora… ¡manteca! ya se contentará con que sea aceite de candil) —murmuró entre dientes el mozo.

—¿Y tú, Felisa?—prosiguió don Zenón.

—Yo, leche merengada.

—Pero niña, que es indigesta.

—Y que mayormente se ha concluido.

—Entonces café.

—¿Y usted, Pepito?

—Yo, media copa de cura-asado.

—Si leerá este señor El Motín? —pensó el camarero.

Y retirándose, fuese al mostrador diciendo:

—Tres cafés y media de cura para cuatro pelmas espirituaos.

III

En la mesa inmediata á la ocupada por la familia de don Zenón, había

dos personajes, dos duques como quien dice.

Ambos tienen unas fisonosuyas del color del lagarto, ojillos pequeñuelos

llenos de vida, narices cortas y unas bocas disformes que parecen aberturas de hucha por lo torcidas.

El uno es el rata H. y el otro el Zapateta.

Los dos habían clavado su vista en el cuarteto bufo-cómico-sensible compuesto por don Zenón y comparsa.

—¿Vamos á armarle bronca al agüelo?—preguntó Zapateta á su compañero de timos y capuchón.

—Mayormente… ¿para qué?…

—Hombre, ¿no diquelas esa culebra que lleva al estómago?…

—Ah, la cadena, parece de oro de lo fino.

—Pus vamos á empezar la junción.

Ascucha rata. Ahora va á prencipiar er cante; lo primero es lo primero.

Efectivamente; en el tablado aparecían en aquél instante los ejecutantes del arte del Breva. |

Componían la cuadrilla tres damas ataviadas de chulas aburridas, y tres caballeros disfrazados de toreros á la vainilla.

Va á empezar el acto.

Adelanta una serpiente, las otras se sientan al lado de los jaleadores, y principia el cante.

Primera parte. Un bostezo, un tercie de mantón, un abrir de boca que ni un maestro de escuela, tres gorgoritos, treinta gestos como de escribano timado y…

Segunda parte. Un meneo en redondo, una pataita en el tablado, un ¡bravo! Por parte de los admiradores, y se sale la flamenca por el consabido Ay, aaay, aaaaaaay

Que cuando me parió mi mare

Ay, aaay, aaaaaaay.

—¡Los simones lloraban!—exclama el bueno de don Zenón tan satisfecho.

—¡Oiga osté so esqueleto; á osté no le han largao nunca una manguzá?—grita el rata H. encarándose con el empleado.

Doña Pantaleona al oír aquella imprecación deja su vaso de café, los tórtolos suspenden el arrullo, y todos miran al que con tanta brusqueza se metió, como vulgarmente se dice, en camisa de once varas.

—Yo… caballero, me creo como ciudadano libre, en el caso de decir lo que me parezca,—balbucea don Zenón.

—¡Ja ja ja! ¿conque libre con ese esperpento y estos cachivaches?—exclama el rata riéndose y señalando á la señora é hija del empleado.

—¡Soez!—chilla doña Pantaleona.

—¡Salvaje!—agrega Felisa.

—Oiga usted, caballero: en mi presencia se guardará usted de insultar á estas señoras, porque…—dice Pepito.

—Sí, eso es, porque…—continúa el papá.

—Vamos á ver, ¿y qué? Si ostés, peazos de alfeñique tienen virgüenza, sálganse ostés conmigo á la calle.

Y el chulo hizo ademán de sacar susatélite, ó lo que es lo mismo, la navaja.

—¡Ay Pepito, por Dios, no te comprometas!

—¡Zenón, que somos dos, deja á ese grosero;—gritaron cada una de las respectivas señoras agarrándose á las levitas de los presuntos combatientes.

—Vamos Alfonso, sosiégate,—intervino el Zapateta,—y deja á esas campanas chinas.

—Tienes mucha razón, Pepe, pero cuando á un hombre como yo le dicen que su parienta cuando nació fué para que llorasen los simones, es cosa para darle un mete y saca al mismísimo lucero del alba.

Cesó el tumulto, se hicieron sus correspondientes comentarios, y todo parecía quedar en calma, cuando por su desgracia el bueno de don Zenón clavó su vista en la cantaora, y murmuró al oído de su esposa:

—Leona, no es mala chica la que ahora canta. «Yo venzo á los chulos.»

Concluir de decir estas palabras el empleado, y sentir en sus mofletudos carrillos el peso de la mano del rata H., todo fué obra de un momento.

Pepito, al ver que maltrataban al papá de su ídolo, enarboló su bastón; la víctima la botella del agua, y los rapa-bolsillos sus navajas, y todos á una hicieron ánimo de levantar un bulto como el peñón de la Gomera ó partir en dos la cabeza de su contrincante.

—Eso pa que eche osté fanfarronadas á los chulos,—gritaban los ídem.

—¡Que dividen mi amor!—lloraba Felisa.

—¡Socorro! ¡socorro! que matan á mi Zenón, á mi esposo,—gemía doña Pantaleona.

Y todo era ruido, confusión, gritos y denuestos; los concurrentes al café se habían formado á respetable distancia de los de la bronca, los mozos intentaban poner paz, y el dueño se tiraba de los pelos al ver que los servicios volaban cayendo al suelo con inusitado estruendo, y por último los del tablado gritaban: ¡Vaya un baño de canela que toman los señoritos!

El pobre don Zenón, sofocado con un pinchazo en la mano, Pepito, partida media nariz de un tajo, doña Pantaleona gimiendo y llorando y Felisita lamentándose de la pérdida del órgano de su prometido, en tanto el rata H y su cofrade afanaban el negocio, y poniendo á sus contrincantes en la alternativa de ser recibidos á paso de banderillas, ofrecían cada uno por su estilo un cuadro tragicómico.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 

Todo llega en este mundo, y así llegó la pareja con ese paso presuntuoso, propio de todo funcionario público.

Se enteraron de la cuestión los sicarios del Municipio, y nuevos Salomones, dirimieron el asunto, diciendo:

—«Ustedes han regüeltu el orden públicu, é pur lu tanto deben de pajar tamañu desorden en la prevención.»

Y dicho y hecho; las cuatro víctimas y los dos ejecutores de la cadena, fueron camino de la prevención seguidos de la chusma que gritaba:

—¡Es una compañía de bandoleros!

Pero al llegar á cierta calle solitaria, los ratas ejercieron de clonws, diciendo para sus adentros, «pies, ¿para qué os quiero?»

La autoridad tuvo que apuntar en sus libros: «Dos de los criminales se dieron á la fuga, sin que hasta la presente hayan parecido.»

En cambio los inocentes llegaron á la Delegación de Vigilancia del distrito, y una vez en ella, gracias al delegado, que se conmovió de sus cuitas, recuperaron su libertad, y fuéronse tristes y mohines al hogar doméstico.

Y cuentan que una vez en él, se miraron unos á otros en silencio.

La primera que rompió este, fué doña Leona para preguntar á su esposo por la cadena del reloj.

—¡Dios mío!—gimió don Zenón palpando su descomunal abdomen y registrándose los bolsillos—me la han robado esos tunos!

—¡Virgen del Carmen, nos has perdido!—exclamó con tono patético la señora,—lo mejor que teníamos en casa, ¡una alhaja regalo del despensero del Nuncio! ¡Si no la hubieras llevado, yo te aseguro…

—¡Pantaleona, no me sofoques más de lo que estoy tras de… apaleado.

—La culpa la tienes tú por meterte en donde no te llaman; ¿quién ¡mentecato! Te aconsejó que unas personas decentes fuéramos á echar una cana al aire en un café de cante.

En tanto hablaba esto el matrimonio, Felisita decía á su novio con melosa entonación:

—¡Pepito de mí alma, no te apures, con narices ó sin ellas, me caso contigo!

—Sí, no dudo que tengas tanto heroísmo, pero estaré horroroso ¿verdad?…

—No Pepín, solo han tomado la forma como las de los leones de la calle de Carretas, pero si tu no las quieres tener iguales, yo te las añadiré con un retazo de tafetán del que se pone mamá cuando le duele el estómago.

Alejandro Larrubiera y Crespo

Publicado originalmente en

El Museo Popular

Periódico-Biblioteca

1889 nº 99, 100 y 101.

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