EL CAPITÁN MEDRANA

gerrilla

EL CAPITÁN MEDRANA

Episodio de la guerra de la independencia

Era el día de la festividad en un pueblecillo de Castilla, y la mesa del párroco numerosa en manjares más que delicados suculentos, había sido honrada por los notables del país y los curas de las aldehuelas más inmediatas.
Yo que era entonces muy niño, asistía al banquete no por derecho propio sino por esa relación de continuidad que el refrán ha establecido entre la soga y el caldero. Casi todos los más allegados individuos de mi familia habían sido invitados.
A los postres, el anciano que presidía la mesa, dijo el Gratias agamus. Siguieron los pater-noster y las avemarías de ordenanza, y luego que todos los concurrentes á imitación del viejo, se besaron las yemas del índice y del anular de la diestra con que tocarán antes el mantel, comenzaron entre las libaciones de un aguardiente bastante requemado y de un vinillo blanco un tanto añejo, las confidencias, las expansiones y los relatos.
Entre estos últimos, el que se me quedó tan impreso que se me figura he de poderle repetir sin alterar casi palabra, fué el que á ruego de todos, con voz pausada pero entera y sonora, nos dijo el anciano del rezo, que vestía la ropa negra y talar del sacerdote, y en cuyo rostro aunque fresco y sonrosado, la depilación y las arrugas denunciaban al algo más que cumplido septuagenario.
—Diez y nueve años tendría,—comenzó el anciano,—cuando los franceses entraron en España. El seminario en que me había puesto mi tío se cerró, y todos los compañeros de aula corrimos con entusiasmo á empuñar las armas en defensa del territorio invadido.
Yo era entonces más delicado que una mujer y más cobarde que una cervatilla, y todo lleno de angustias y temores, anduve casi una semana por sendas extraviadas y caminos de travesía, huyendo tanto de las columnas de franceses como de las partidas de guerrilleros que en todos lados organizaban los patriotas.
Llegué por fin á Royo-nublo, y cuando creí que mi tío el párroco que me amaba con extremo me abrazaría muy alegre, yo no sé que nube de frialdad noté que se esparcía por su rostro, refiriéndole mi evasión milagrosa de en medio que las huestes voluntarias.
A la mañana siguiente, después de decir la misa á la que le ayudé, me llevó consigo á un pradecillo en que se paseaba muchas veces repasando el breviario, y sentado en el tronco de un álamo que allí estaba secándose, me habló de esta manera:
-Mira, Julianillo, ya sabes que como dijo Job, la vida del hombre es nulicia sobre la tierra. Luchar contra los hombres cuerpo á cuerpo, es todavía menos valeroso que pelear contra los apetitos de la carne y las tentaciones del mundo, y esto último, es lo que á diario hacemos todos cuantos fuimos consagrados ministros del altísimo. Yo te había elegido para esta batalla contra el demonio; pues bien, combate por combate, el que nuestra nación ha comenzado contra los franceses invasores, es menos terrible y pavoroso. Alégrate hijo, puesto que en suerte te ha tocado, de dos luchas, la menor, y desechando toda pereza y espíritu medroso, disponte luego á unirte á esas bizarras tropas que bravamente se levantan para defender nuestros hogares.
Tanto era mi apocamiento que no tuve resolución para manifestar francamente á mi tío, que la idea sólo de entrar en combate, hacía que me temblaran las piernas y se me erizaran los pelos de espanto. El buen señor, atribuyó sin duda á conformidad con sus deseos mi silencio, y á la mañana siguiente muy de madrugada salió á despedirme hasta las eras, después de haberme acomodado sobre un cuartago harto viejo y matalón que él tenía, y sobre cuyas ancas amojamadas iban del arzón trasero de la silla sujetas unas bien provistas alforjas, á más de haberme colgado de los hombros un zurroncillo de pellejo en el que iban unas cuantas camisas, y de ceñirme á la cintura el correaje de un sable tremendo, mohoso y mellado, que debió servir allá cuando la campaña contra el archiduque Carlos.
Con todos estos pertrechos y además una carta que me había dado para el cura Merino de quien era grandísimo amigo, me despedí de mi tío que me abrazó estrechamente, y mientras se quedaba muy entristecido y lloroso, yo piqué la mísera cabalgadura que salió trotando con corcovos tan descuadernados, que pensé mil veces dar con mi persona en tierra, y para evitarlo tuve que asirme con ambas manos á las crines, que sino eran largas eran por lo menos ásperas y cerdosas.
Cabalgué todo el día por lo más espeso de la sierra, lleno de sobresalto. El susurrar de la brisa entre las hojas de los árboles me parecía á veces lejanos toques de clarines; parábame asustado á escuchar en otras ocasiones, y lo que parecía el ruido estrepitoso de los carros de artillería solía ser el monótono batir del agua contra las paletas de la rueda de un molino.
Pero mi miedo creció con la llegada de la noche. En medio de la oscuridad que comenzaba á hacerse densa, vi en el valle brillar varias fogatas. Bajé por una estrecha cortadura recatándome lo posible, pero luego comprendí por las voces que se oían distintas, que me acercaba á un campamento de los nuestros.
El cura Merino, porque de él era aquella partida, me recibió afablemente, y después de leer con detención la carta de mi tío, dio órdenes para que se completara mi armamento y me colocaron á la espalda una cartuchera, poco menor que un cofre de regulares dimensiones y en las manos un trabuco de chispa, tan dilatado de boca, que en caso de apuro pudiera cumplir en él, la mano de una almirez, el oficio de baqueta.
Pero no sé que fué más breve, si recibir aquellos arreos militares ó comenzar una gresca de todos los demonios. Sobre el campamento había caído de improviso una columna francesa. Pálido, tembloroso, sin atreverme ni á adelantar ni á retroceder, estuve como estatua de hielo todo el tiempo que duró la refriega. El enemigo por fortuna fué rechazado.
—¡Buena adquisición hemos hecho con este gallina! —exclamó después del combate, un hombre fornido que mandaba el pelotón á que me habían agregado, y al mismo tiempo me descargó su terrible manaza entre oreja y oreja.
—Pues con los cobardes, — añadió otro de muy mala catadura,—se hace lo mismo que con los traidores. Y echándose á la cara un tremendo fusil inglés, dirigió sobre mi la puntería.
—Déjale,—dijo desviando el arma, el que hacía de jefe,—es casi un niño, y no está hecho aún á estas cosas,—y reparando en que yo temblaba lo mismo que un azogado, añadió descargando la maza de su mano sobre mi hombro.
—¡Eh! chicuelo, no temas, que aquí se hace justicia al mérito, y sino falta nunca un puñado de balas para los valientes, tampoco echarán de menos un mandil los cobardones como tú. —Y en medio de grandes risotadas me ataron sobre el pecho un paño blanco, que me caía por delante hasta más abajo de las rodillas.
Desde aquella noche quedé relegado en la heroica partida, al pacífico cuanto despreciable oficio de ranchero, y en cuantas expediciones y marchas hicimos por aquellas montañas de Castilla la Vieja, siempre me hallé con gran contentamiento, muy lejos de las guerrillas, sin tener que habérmelas con otro fuego que el que hacía hervir pausada y mansamente mis marmitas.
Un día nos hallábamos dispersos para escapar mejor á la persecución de un gran cuerpo de ejército que mandaba Bessieres en persona. Era grande el peligro que corríamos separados en partidas volantes, sobre todo, si los franceses lograban aislarnos cortando nuestras comunicaciones. Así lo comprendió, sin duda, nuestro jefe, pero el grupo que mandaba era tan escaso que escatimaba en lo posible destacar emisarios á las otras guerrillas; además los enviados tenían que caminar para llegar á ellas por camino descubierto, y era irremediablemente seguro que habían de caer en manos del enemigo.
Siguiendo la dirección de una empinada sierra, hicimos alto una mañana al abrigo de un robredal espesísimo. Estábamos fatigados y hambrientos, y lo que era peor, no sabíamos la dirección que tomaban nuestros compañeros, con los que no nos comunicábamos desde más de dos días.
—Es preciso,—dijo nuestro capitán,— que uno vaya á avisar nuestra posición y á enterarse de la marcha que debemos seguir, porque sino estamos perdidos.
En las filas reinó un silencio sepulcral; nadie se ofreció á desempeñar una comisión en la que era casi segura la muerte.
—Somos pocos,—añadió el que nos mandaba, —por lo que no me quiero deshacer de los hombres útiles,—y mirándome con torva mirada:—¡Eh! Julianillo,—exclamó,—monta en mi caballo, que es el único que nos queda y prepárate á llevar un parte. Así como así, no nos puedes servir para otra cosa, puesto que ya no nos queda ni una mala patata que cocer.
El miedo que hizo de pronto temblar todos mis miembros como si me hubiera acometido un ataque de alferecía, puso en mis ojos lágrimas y en mi boca súplicas llenas de piadosas imprecaciones á todos los santos; pero aquel hombre implacable, contestó retorciéndose el bigote y exclamando muy alto:
—¡Pronto, cuatro números que me fusilen por la espalda á este cobarde!
El miedo de aquel otro peligro más inmediato, me dio cierta resignación parecida al valor. Me levanté vacilando, del suelo donde había caído de rodillas, y me dispuse á montar. Nuestro caudillo escribió en tanto cuatro líneas en un pliego que dobló, entregándomelo y advirtiéndome la dirección que debía seguir.
Aun no me había alejado, cuando los ecos del barranco trajeron á mi oído estas palabras:
—¡Pobre muchacho, le matarán de seguro!
—Por eso le envío. Si llega tanto mejor. Y si le matan, más vale que sea él, que es el único inútil de la partida.
Un escalofrío que me corrió desde la nuca hasta las puntas de los pies, estuvo á punto de hacerme perder el equilibrio sobre la silla.
El caballo trotaba rápidamente cuesta abajo.
Yo no sé el tiempo que tardaría en descender de la sierra; sólo puedo decir que al verme en la llanura sucedió lo que parecerá un imposible: que mi miedo aumentó mucho más.
Caminaba por una carretera espaciosa y en la inmensa extensión de ella que abarcaba mi vista nada se divisaba, y eso que mis ojos dilatados por el terror se volvían sin cesar hacia todos los extremos del horizonte.
De pronto… la calzada hacía un recodo oculto por una baja colina.
De pronto… al doblar el recodo, me hallé frente á frente y á muy pocos pasos de distancia, con una avanzada de cuatro dragones franceses.
¡Dios santo! Aún me parece que los veo sobre aquellos caballotes grandes como dromedarios, y ellos muy altos con unas gorras de pelo que no parecía sino que cada uno se traía un púlpito sobre la cabeza.
Apenas me vieron, los cuatro se arrojaron sobre mí, vociferando infernal jerigonza que no entendía pero que aumentaba mi miedo.
Entonces me afirmé en los estribos y tiré maquinalmente del sable. Ellos blandieron los suyos sobre mi cabeza. Yo dando una gran voz, todo trémulo y acongojado, dije cerrando los ojos y disparando con la izquierda una pistola que tomé del arzón.
—¡Sustine me, Deus meus!
Sonó el tiro y al mismo tiempo un grito horroroso.
Un sudor abundante y frío corría por mi frente y muy cerca de ella culebreaban los sables de mis enemigos. Yo manejaba el mío sin concierto pero con desesperación; sentía mi cuerpo rígido y helado como si fuese de la misma materia que el arma que empuñaba. Mi brazo incansable hacía girar con rapidez el acero que por dos veces chocó violentamente contra algo duro, pero que cedía salpicándole el rostro de unas gotas tibias muy pesadas.
Cesó por fin el martillar de un hierro contra otro. Respiré jadeante, me limpié el helado sudor con el envés de la mano y entonces vi…
Sobre el lodo de la carretera, yacía el cadáver de un dragón atravesado el pecho de un balazo, otro francés tenía el cráneo hendido, otro contenía con las manos la sangre que abundosa se escapaba de una espantable herida en el cuello, el cuarto huía á todo galope á través de los campos.
Aquí llegaba de su relato el viejo, cuando uno de los comensales exclamó alegremente:
—¡Bravo por el entonces joven seminarista.
—Lo que puede el miedo—añadió otro.
—Usted lo ha dicho,—continuó el anciano sacerdote.—Tan es cierto, que sólo el mucho miedo me hizo salir con bien de aquel peligro que enterados de todo mis camaradas, aunque celebraban mi proeza, desde entonces me llamaron por burla el capitán Medrana.
—Sí, pero,—repuso otro interlocutor,—no sería ese arrojo tan de circunstancias, cuando desde aquel día, según la fama refiere, usted se hizo un guerrillero formidable que llegó á mandar una brava partida.
—¡Dios me lo perdone!—prorumpió humildemente el venerable cura,— ¡que al cabo los muchos franceses que maté después eran prójimos!—y á seguido, propuso rezar un paternóster por las almas de sus víctimas.
Los convidados contestaron debidamente á la oración y después de concluida brindaron con entusiasmo por el capitán Medrana.

R. BLANCO ASENJO.

Publicado originalmente en

La Ilustración Ibérica.

Barcelona 1 y 18 de abril de 1885.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s