UN VIAJE EN DILIGENCIA (Aventura novelesca)

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UN VIAJE EN DILIGENCIA

(Aventura novelesca)

I

Leí la carta anónimo con ansiedad, y al concluir su lectura me quedé estupefacto, fijos los ojos en los desiguales renglones, trazados adrede con mano temblorosa: la duda, nunca más terrible que cuando la produce un arma traidora, manejada en la sombra, invadió mi espíritu.

«¡calumnia!,» murmuraban mis labios con acento trémulo, mientras que aquella otra voz del alma decía: «¿Será cierto?.,»

—¡No! ¡No podía serlo! Aquella Julia, mi primer amor, no podía ser traidora. ¡No, mil veces no!

En tan angustioso momento, recordé aquellos otros felicísimos de pasión. Ante mí veía á Julia, lo mismo que en la aldea, ruborosa y amante, diciéndome en voz baja – como se dicen siempre los grandes misterios del alma:- «¡Ningún otro hombre que tú será mi dueño!» Y al decirme esto, estrechaba nerviosamente entre sus manos las mías, como para dar mayor fuerza á su protesta. Y si esto aun no bastara, sus ojos, en los que yo bebía anheloso toda una vida de idealísimo goce, clavábanse en los míos, serenos, como cielos jamás empañados por la nube del engaño.

¡Y tales ojos y tales cielos eran mentira!..

Otro hombre era el dueño de aquella mujer, según afirmaba con su mudo lenguaje el anónimo que tan brutal revelación me hacía.

II

No sé explicaros cómo, pero es lo cierto que al anochecer de aquel día, en que tan rudo golpe sufrió mi credulidad amorosa, me encontré instalado en el interior de una diligencia: que en mis mocedades aún era el ferrocarril una nebulosa.

Seis eran los compañeros de viaje: un señor cura, un viejo que tenía trazas de comisionista de comercio, una jamona andaluza de no mal ver, un niño como de catorce años que debía ser su hijo, y una parejita de novios, á juzgar por el dulce mosconeo que traían en uno de los rincones del vehículo.

Quiso mi estrella que mi asiento correspondiera al más próximo de los que ocupaban la susodicha pareja: el hombre, un señor como de cuarenta años, de rostro simpático, no pudo reprimir un gesto de disgusto al ver mi aparición y enseñoreamiento en la diligencia: en cuanto á la señora, ignoro la impresión que pude producirla, porque llevaba el rostro cruzado por una espesa toquilla.

Púsose en marcha el armatoste, rodando al trote largo de un tiro por la siempre polvorienta carretera de Extremadura; á la hora escasa de viaje, el señor cura, que había permanecido entregado á la piadosa tarea de leer en un desencuadernado breviario, cerró éste, guardándoselo en el bolsillo de la sotana á la par que lucía en la diestra mano un pañuelo de hierbas, no tan grande como una sábana. Aplicóselo á las narices con tan recio acometimiento que produjeron un ruido como de matraca encendida. Volvió azorado la vista hacia el lugar de la descarga mi vecino el novio; sonrióse picarescamente la señora andaluza; gritó su nene; lanzó una interjección no muy católica el comisionista, y yo di un salto, viniendo á quebrárseme con la sacudida nerviosa el hilo de malos pensamientos y maquiavélicos planes que in mente iba forjando.

El ruidoso sonar del señor clérigo vino á romper la bruma que preside á los comienzos de un viaje entre personas desconocidas: púsose á charlar el tonsurado con el comisionista, guiñóme los ojos la andaluza como si pretendiese con tal exordio demostrarme que no era cosa tan fuera de propósito el contemplar su ajamonado porte, el niño quedóse dormido y la pareja amorosa continuó en su dulce mosconeo.

Hasta aquí nada de particular ofrecía el viaje, á no ser los continuados trompicones que los baches de la carretera obligaban á dar á la diligencia y por contera á los viajeros, que parecíamos muñecos de goma por el ridículo vaivén que traíamos en nuestros asientos.

III

Un discreto codazo que me propinó mi más inmediato vecino de coche volvió á sacarme de mi abstracción.

—Perdone usted mi atrevimiento, me dijo con exquisita cortesía, pero es el caso que me hallo en un aprieto mayúsculo..

—Si puedo serle á usted útil…, indiqué.

—Se me ha olvidado el tabaco, y…

—¡Comprendido!, le interrumpí ofreciéndole mi petaca, que el hombre aceptó con ostensible muestra de regocijo.

—¡Mil gracias!.. Usted no sabe la angustia que paso cada vez que me ocurre un percance parecido…

¡Soy hombre al agua si no fumo!.. ¡No sé vivir!..

En virtud de nuestro carácter nacional, de sobra expansivo, uno y otro nos engolfamos en animada charla, y después de hacer cálculos meteorológicos y hablar de la «cosa pública,» echándole la culpa al gobierno de cuantas calamidades ocurrían en territorio español, vinimos á parar en un punto que ahondó aún más de lo que estaba la herida que á tal viaje me traía: para un espíritu lacerado, la felicidad ajena es un cáustico.

—¡Vaya si era feliz el Sr, D. Claudio Arenillas!, que así dijo llamarse mi interlocutor.

Haría una semana, poco más ó menos, que había realizado su mayor ventura: la de casarse.

Y encerrado en una diligencia, paseaba gozoso de un extremo á otro de España su «luna de miel»

—Amigo mío, me dijo adoptando un tono confidencial que revelaba la íntima satisfacción de su alma, ó yo soy un bolonio ó nada sé de lo que es la vida, pero dudo que haya cosa mejor que esta de casarse con una mujercita como la mía, tan buena, tan cariñosa, que no ve más que lo que yo veo, ni piensa sino en lo que yo pienso… Ella y yo formamos una sola entidad repartida entre unas faldas y unos pantalones.

Tal era el entusiasmo con que pintaba su ventura, que no pude por menos de replicar ahogando un suspiro:

—¡Esa es una vida envidable!..

—Sí que lo es, amigo; pero arrieritos somos y…

—Sí somos, afirmé con el tono elegiaco de todo amante despechado que se las da de escéptico pero yo jamás me encontraré con usted, en ese camino de la dicha conyugal.

—¡A ver, joven, á ver eso!.. ¿Por qué no se ha de encontrar usted?.. ¿Quién diablos se lo impide?..

Contar á otro, que parece mostrarnos algún interés, la pena que nos martiriza, es seguramente un gran consuelo; y así, en voz baja, conté al Sr. Arenillas el motivo de mi viaje, ocultándole, por exceso de prudencia, el nombre de los héroes.

Escuchóme atento; más de una vez gruñó un «ya, ya» significativo, como si confirmara mis palabras, y en el primer alto que hice en mi discurso, replicó:

—¡Eso nos ha pasado á todos!.., ¡á mí mismo, aunque le parezca extraño!.. Y ya ve usted si soy feliz…

Y adoptando un tono sentencioso, continuó;

—El primer amor casi siempre se malogra, y es gran ventaja que así ocurra, pues en lo sucesivo ya no se cae tan fácilmente en el garlito… Nuestra primera novia peca de ingrata, así como nosotros de incautos… Pero, dígame usted, y perdone esta oficiosidad mía: ¿á qué va usted en busca de la «infiel?,.»

—No lo sé yo mismo; pero á nada bueno.

—Esperaba esa confesión, amiguito… Dispénseme usted, si continúo con mis oficiosidades: ¿qué adelantará usted con ver á esa señora, ni qué satisfacción ha de recibir la conciencia de usted con recriminarla aquello mismo que ya la suya le habrá recriminado con harta severidad?.. Medite usted un momento la situación en que se encuentra y acabará usted pídame las gracias… No se deje usted llevar de la impresión momentánea, achaque propio de la juventud, que no medita ni prevé las consecuencias,.. En realidad, usted ha sufrido un desengaño, que no niego siempre deja honda mella… Pero ¡no debe usted tomar venganza de lo que no la tiene en buena lógica, puesto que el cariño debe ser hijo de la voluntad, espontáneo!.. ¿Que se ha casado con otro hombre?..

—¿Y le parece á usted poco tal felonía?..

—¡Nada!, me replicó D. Claudio sin inmutarse

Ese hombre habrá impresionado mejor que usted á la niña. Busque usted el desquite con otra mujer,..

¡Y quién sabe si no le pasar á usted lo propio y recordará con fruición esta charla nuestra!..

La lógica del Sr. Arenillas, me obligó á quedar indeciso: fluctuaba mi razón entre seguir los primeros impulsos de mi venganza ó aquellos razonamientos serios de mi improvisado mentor…

A este punto llegábamos en el diálogo, cuando hizo alto la diligencia, y el zagal, abriendo la portezuela, nos dijo:

—¡A cenar, señores!..

Echamos pie á tierra y penetramos en el interior de un mesón castellano: los huéspedes nos condujeron á la cocina, en donde teníamos ya preparada la cena.

Sobre la mesa, dos velones de Lucena, amén de la llama del lar, iluminaban el improvisado comedor.

D. Claudio, dando el brazo á su señora, entró en la cocina detrás de mi , y asiéndome por un brazo me dijo:

—¡Eh!.. ¡Soy de lo más distraído!.. ¡Voy á presentarle á mi señora!..

Al oír esto, me volví rápidamente para conocer á aquel modelo de esposas, que tan felicísimo traía á su marido.

Y al verla no pude por menos de quedarme estupefacto.

Era Julia la mujer que tan villanamente me había engañado.

……………………………………………………………………………………………………………….

Jamás pudo averiguar el Sr. D. Claudio Arenillas el motivo de mi estupefacción, porque desde aquella memorable noche, ni él ni yo hemos vuelto á encontrarnos…

ALEJANDRO LARRUBIERA

Publicado originalemnete en

La Ilustración Artística

Barcelma 14 de septiembre de 1896.

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