AMOR DE CRIOLLA (NARRACIÓN PARAGUAYA)

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AMOR DE CRIOLLA

NARRACIÓN PARAGUAYA

Dos años antes de que estallase la célebre guerra de la triple Alianza, una bellísima paraguaya, perteneciente á una de las familias más distinguidas de la Asunción, fué á Buenos Aires en compañía de su padre, rico hacendado, quien tenía relaciones comerciales con un porteño (I) no menos rico que él, estanciero y hombre de muchos negocios, cuya firma se cotizaba muy bien en la plaza.

Tenía un hijo bastante apto para el comercio y lo había puesto al frente de su escritorio.

Era todo un gallardo mozo, educado en París, activo, trabajador y de una inteligencia muy clara.

Y como la hija del hacendado y comerciante paraguayo era toda una belleza criolla y ya hemos dicho que el hijo del negociante porteño era un apuesto joven, se parecieron el uno á la otra muy bien y no tardaron en quererse y en decírselo mutuamente.

Al poco tiempo de haberse visto eran novios, y los padres de ambos miraban bien aquellos amores, que fueron parte á que la hija del Paraguay influyera para que el autor de sus días permaneciera en la Argentina bastante tiempo más de lo que pensaba, pero llegó por fin el término de su permanencia en la ciudad de Alsina y de Belgrano.

Sus asuntos lo reclamaban en la Asunción, se hacía necesario el regreso á su país en plazo muy breve y hubo de marchar sin demora.

No hay para qué ponderar el disgusto que la separación les causara á los tiernos enamorados, que se adoraban con todo el fuego de sus corazones meridionales.

A él le parecía imposible la vida sin ella á su lado y á ella se le antojaba que iba á morir de angustia cuando no escuchase su acento y mirase sus ojos y

sintiera de cerca estremecerse su pecho al repetirle todos los días el inmenso cariño que la tenía.

Pero fué muy preciso, tanto que por si no fuera bastante la causa que motivara el regreso, determinó la urgencia de éste una carta en la que de un modo bien terminante se le participaba al paraguayo que su ya enferma esposa se había empeorado hasta el punto de que inspirase serios cuidados.


Estalló la terrible guerra, la guerra cruenta de la Triple Alianza.

El poderoso imperio del Brasil, la Argentina y el Uruguay se coligaron y le declararon al Paraguay la guerra. Cierto que asolaba á este heroico país un tirano de los más grandes que ha habido en América: el insaciable presidente López, pero de todos modos perdió la vida como un valiente al frente del enemigo en reñido combate.

En América podrá haber habido tiranos, pero ha sido siempre difícil, por no decir en absoluto imposible, hallar un cobarde.

No hemos de juzgar ahora seguramente quién tuvo la culpa de la guerra de la Triple Alianza.

El hecho fué que la guerra fué un hecho y que duró más tiempo del que pudiera creerse.

Ambos ejércitos se batieron con mucho denuedo: el aliado y el paraguayo. Todos eran americanos y tenían el alma muy bien templada.

Y no vaya á creerse que yo soy un adulador de los hijos de América. Les reconozco cuantos defectos tienen, porque los tienen: pero en medio de todos, poseen dos grandes virtudes; la de la generosidad y la del valor.

En los países de Europa no se encuentra, por lo común, tanta gente como en los de América que le de tan poco valor á cuanto poseen, y constituya un hábito en ellos el ofrecer y el dar cuanto tienen.

¿Qué mucho que sean pródigos, siéndolo en todo, en verter abundantemente su sangre cuantas veces sea necesario?

La guerra de la Triple Alianza es una de las páginas más interesantes de la historia del Sud América, desconocida casi por completo en España y por completo para una mayoría inmensa.

El Paraguay resistió heroicamente. La suya fué una defensa épica, un poema sublime que gime todavía en un suspiro el viento que mueve las hojas de algunos sauces que tocan las aguas de los ríos paraguayos.

El Paraguay estaba de luto; sus hombres perecían en la guerra, se acabaron las alegrías y las fiestas; ya no se bailaba la gomba, y una gran parte de aquellas ideales mujeres que parecían surgidas del cielo para venir á completar la belleza de aquella tierra privilegiada, se hallaban mutiladas por el plomo enemigo.

Porque en el Paraguay no hubo una heroína, que como en otros países se distinguiera por su amor entrañable á la patria, su ardor bélico y su entusiasmo.

Heridos ó muertos los hombres hábiles, descartados los niños y los ancianos, se batieron con gran valor las mujeres más jóvenes en masas compactas, formando batallones disciplinados y aguerridos, disputando realmente palmo á palmo y con bríos varoniles la tierra donde habían visto por vez primera la luz del día al enemigo común, á tres ejércitos regulares con jefes idóneos y bravos á la cabeza.

¡Qué espectáculo tan desolador, tan triste, el que presentaban aquellos campos tan hermosos, devastados y llenos por todas partes de las señales de una guerra tan encarnizada y tan larga!

Un bello rostro á lo mejor, de seductora paraguaya, pero rígido, con la palidez de la muerte, salpicado de la abundante sangre que brotaba de una ancha herida en la cabeza, se distinguía entre otros á la luz de la luna, á la misma que tantas veces en su patio criollo luciría aquellos ojos ahora apagados, ante el hombre á quien había entregado su corazón, muerto seguramente antes que ella en otro combate por el mismo amor, por la misma causa, por el mismo ideal: por la patria.

Entre aquellas mujeres, doblemente admirables y hermosas, se hallaba la gentil paraguaya que de tal modo cautivó al joven argentino hacía tan poco tiempo en Buenos Aires, y ¡terrible ley del destino!, enfrente de los suyos, atacándolos con saña espantosa, distinguiéndose por su pericia y su bizarría entre todos los jefes del numeroso ejército aliado, se hallaba el hombre á quien había levantado un altar en su pecho la hija de la Asunción, más interesante y más valerosa también.

Muertos en la lucha su padre y su hermano, sin madre, que había perdido hacía un año á su llegada de Buenos Aires, aquel ángel de la belleza y del combate peleaba con desesperación, con fiereza.

Había perdido su familia, y la guerra le ponía ante su corazón una muralla que le impedía enlazarse al hombre á quien amaba ella tanto, ya lo hemos dicho: era el jefe más encarnizado y temible del ejército de la Triple Alianza, de todas las fuerzas que atacaban á su país.

Nadie ignoraba en él aquellos amores, y á pesar de la digna y sublime conducta de ella, empezaron los cabildeos; no faltó quien asegurase que debía vigilarse á aquella mujer, y lanzadas la sospecha y la duda muy prontamente tomaron cuerpo; que la mala semilla fructifica en seguida, á diferencia de la buena, que tanto tiempo tarda en dar el fruto.

Y ella, patriota como ninguna, sufría horriblemente con intenso dolor que le destrozaba el alma, de manera imposible. Continuar ante aquella acusación que primero en la sombra y luego ya de frente la abrumaba, era algo superior á sus fuerzas, y decidió poner término á tan calumniosas sospechas.

«Dudáis de mí – les dijo á los principales jefes de las fuerzas de su querida patria- porque no me conocéis lo bastante, y seguramente tampoco habéis podido medir el alcance del sentimiento patriótico de una mujer criolla, á pesar de haber visto las muestras que de él hemos dado todas.

»Yo estoy dispuesta á daros la mayor prueba de inocencia y del amor extraordinario que siento por esta tierra del Paraguay, donde he nacido. Yo os

voy á entregar al hombre á quien quiero con toda mi alma. El terrible jefe argentino Juancito González será vuestro antes de veinticuatro horas. Os lo afirmo, os lo juro.»


Juancito González recibía una carta de la persona á quien más amaba en el mundo, y le daba una cita en lujar oculto por frondosos y corpulentos árboles que cubrían el sendero. El sitio hallábase próximo al enemigo, pero Juancito no dudó. El deseo de ver y de hablar á su amada era superior á cuantos peligros hubieran de presentársele.

Solo, sin más compañía que sus armas y su espíritu amante y esforzado, voló al lugar de la cita no bien hubo mediado la noche, pero allí no halló á nadie. Se bajó del caballo, sentóse á esperarla en una peña próxima á una larga fila de árboles y al poco rato se encontró sorprendido por un numeroso grupo enemigo, contra el que inútilmente se resistió.

Poco tiempo después se oyó una descarga por aquellos alrededores, que recibió en el pecho y en la cabeza Juancito González.

El famoso jefe argentino, terror de los paraguayos, había dejado ya de existir.


En las primeras horas de la mañana que sucedieron á aquella noche, se trabó

sangriento combate entre las fuerzas de la terrible Alianza, que atacaron á las paraguayas con extraordinario denuedo, dispuestas á vengar la muerte del mejor de sus jefes que acababa de ser fusilado después de habérsele apresado en una emboscada dispuesta por una mujer.

Las tropas argentinas se disputaron el honor de ser las primeras en avanzar, arrollando en su empuje á los paraguayos, que se rehicieron á seguida peleando con el valor de la desesperación y la embriaguez de la sangre.

Las fuerzas de la Triple Alianza ante una acometida tan brusca hubieron de replegarse y preparar sus cañones para recibir con mayor resistencia á los paraguayos, á cuya cabeza iba arengándolos, fascinándolos de una manera extraordinaria, una mujer, tendido el cabello, inyectados los ojos en sangre, con una bandera del Paraguay en una mano y un revólver en otra, que disparaba continuamente, sembrando la muerte y el espanto á su alrededor y sin cuidarse del mortífero fuego de los cañones enemigos.

Hubo un momento en que la fuerza que la seguía se detuvo, casi deshecha por completo y viendo lo imposible que les era avanzar; pero aquella mujer siguió sola, sola y corriendo hacia el enemigo, hasta llegar á pocos pasos de ellos, cayendo atravesada por una lluvia de balazos, asida fuertemente á la enseña de su país.

Era la amada del jefe argentino Juancito González, la que no habiendo podido desposarse con él en vida lo buscaba en la muerte, para habitar en el mismo mundo y ver si allí, ante Dios, se unían sus almas en el cielo, como lo habían estado en la tierra.

P. SAÑUDO AUTRÁN

(I).-Así se llama al hijo de Buenos Aires.

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona, 11 de enero de 1897.

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