Sor Teresa

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Sor Teresa

Hace algún tiempo leí en La Correspondencia uno de esos sueltos que tan frecuentemente publica el periódico noticiero, dando cuenta de un arreglo hecho en el personal subalterno de uno de los centros oficiales de Madrid. En el arreglo quedaban cesantes unos empleados, otros excedentes, otros eran ascendidos y otros, por último, ingresaban en la carrera por todo el mundo codiciada, aunque es acaso la más ocasionada á todo linaje de amarguras y sinsabores. Entre estos últimos mencionaba el periódico á don Ramiro N. y N., à quien se había agraciado con un destino de ocho mil reales.

—¿Es posible?—exclamé.—¿Será otro de su mismo nombre? Pero no puede ser otro: el apellido de Ramiro no es de los más comunes.

Mas ¿cómo es posible que un joven como Ramiro, abogado, hijo de padres ricos, esté de tal suerte atacado del furor de la empleomanía, que haya aceptado un destino de ocho mil reales? Ramiro, cuando yo le conocí, era muy juicioso, muy discreto, y así pensaba él en ser empleado como yo en cantar misa.

Dos años hacía que yo no veía á Ramiro, ni á sus excelentes padres y á sus bondadosas hermanas, que vivían en S…, donde los vi la última vez ocupando brillantísima posición.

¿Qué había pasado en dos años en aquella familia para que Ramiro se viese obligado á aceptar un destino de ocho mil reales?

No podía creer que Ramiro lo hubiese aceptado sin necesitarlo, como dicen que no hay pocos empleados que, teniendo fortuna, quieren tener también empleo, privando de esta ventaja acaso á desgraciados padres de familia, dignos é inteligentes, que lo desempeñarían tal vez con más celo y asiduidad. Lleno de curiosidad, resolví buscar á Ramiro, y fuíme á la oficina á que había sido destinado. Ya había tomado posesión de su destino.

Mucho le alegró mi visita, y habiéndole manifestado mi extrañeza de verle desempeñando tan modesto empleo, díjome con una melancólica sonrisa, que no tenía nada de amarga sin embargo:

—No me extraña que usted no se explique mi actual situación, porque no sabe usted el cambio que se ha verificado en nuestra fortuna. Hace dos años éramos ricos, teníamos más de lo que necesitábamos para vivir con mucho lujo, y hoy, mi madre, mi hermana Luisa y yo, no tenemos otra cosa que los ocho mil reales de mi sueldo, con el descuento correspondiente.

—Pues ¿y su padre de usted?

—No resistió á la pena de ver pobres á su mujer y sus hijos, y le perdimos hace año y medio.

—¿Y cómo vino á perder su fortuna?

—Amigo mío, sería largo de contar, y hoy no tendría usted tiempo de qué disponer; pero otro día referiré á usted punto por punto la triste historia. Bástele saber que la perdió por ser hombre crédulo y de buena fe. Bien sabe usted que hay en esta sociedad algunos que no tienen más fortuna que la de los demás. Dotados de buen golpe de vista, conocedores de los hombres y del Código, explotan á aquellos que les parecen bastante inocentes y evitan con incomparable habilidad incurrir en responsabilidades legales. Son ladrones que todo el mundo sabe que lo son, pero que la justicia no halla medio de perseguirlos, y, al contrario, todo el mundo los trata como si fueran honrados, y hacen en la sociedad gran papel con la ayuda del dinero, que siempre ha sido, es y será poderoso caballero, como dijo el señor de la Torre de Juan Abad. Pues uno de esos hombres dio al traste con toda la fortuna de nuestro padre, y gracias á Dios que no le quitó la honra.

—¡Qué desgracia y qué horrible crimen!

—¡Cuántos, amigo mío, llevan al pié el grillete del presidiario, habiendo cometido delitos menos graves!

—¿Y su madre de usted y sus hermanas?

—Mi madre y mi hermana Luisa viven conmigo en el barrio del Pacífico.

—¿Y Teresa?…—pregunté con temor de afligir á Ramiro, pues cuando no me la había nombrado suponía yo que habría muerto.

—Teresa,-contestó,—Teresa es la más feliz, y á ella debemos mi madre, Luisa y yo la resignación cristiana con que llevamos nuestra desgracia.

—¿Se casó Teresa? Recuerdo que cuando yo estuve en S… hablábase de su enlace con un hijo del banquero R… ¿Se casó y es dichosa?

—No se casó. Cuando nuestro padre quedó arruinado, el prometido de Teresa demostró bien claramente los móviles que le guiaban. Emprendió un viaje, escribió al principio con frecuencia, luego de tarde en tarde, y por último, no escribió.

Mi madre, Luisa y yo vivíamos una vida horrible. Lo poco que nos había quedado iba desapareciendo, y con espanto veíamos llegar el fin de todo recurso. Yo procuraba trabajar en mi bufete, pero todo el trabajo que tenía era en beneficio de pobres que no podían pagarme con otra cosa que con bendiciones, recompensa preciosísima, pero con la que no podía sostener las obligaciones de mi casa. Con nuestras relaciones no podíamos contar gran cosa, porque desde que nos quedamos pobres comenzamos á notar en todos cierto desvío y cierta compasión, no la compasión de la santa caridad, sino la compasión ofensiva del desdén y del orgullo.

A algún amigo de mi padre fui á visitar, con objeto de pedirle que me proporcionase una colocación en alguna empresa comercial, y antes de que le expusiese mi pretensión, me ofreció cinco ó seis monedas de cinco duros, una limosna por una vez, para librarse, sin duda, de mi molesta visita…

Y mi madre y Luisa, cada vez más postradas, enfermas, desesperadas, desconfiando hasta de la Providencia, que así son injustos los que no están acostumbrados á sufrir.

Teresa era la más animosa. Ella, que había sufrido la horrible pena de un tristísimo desengaño de amor; ella, más desgraciada que nosotros, más gravemente herida en su corazón y en su dignidad por un miserable, ahogaba sus penas en el fondo de su pecho, y la suya era la única sonrisa que se veía en nuestro pobre hogar.

Ella nos cuidaba á todos, guisaba sin haberlo hecho nunca y suplía con ventaja á las criadas, que huyeron de aquella casa, donde la escasez había reemplazado á la abundancia y al derroche. Al fin, una persona de S… que supo nuestra situación, aunque no nos conocía, me ofreció mientras hallaba otra cosa mejor un sueldo de veinticinco duros mensuales por llevarle la correspondencia.

Era éste un pretexto para darme el sueldo, porque su correspondencia era es casa; mas para que no me ofendiese si no me daba un trabajo proporcionado á la paga, hacíame leerle los periódicos y algunos libros de historia. Dios le pague el bien que me hizo. Con los quinientos reales hemos vivido allí algunos meses estrechamente, muy estrechamente, pero hemos vivido gracias á Teresa, que es un modelo de orden y de economía.

Pero mi madre y Luisa seguían llevando muy mal la miseria en que nos hallábamos, sufrían mucho y no bastaban todos los heroicos esfuerzos de Teresa; sus reflexiones, inspiradas en el más elevado espíritu cristiano, para consolar á mi madre y á mi hermana mayor de la pérdida de aquellas comodidades, de aquellos placeres, de aquel bienestar de que nos vimos privados tan repentina é inesperadamente, como si una horrible tromba hubiera pasado violenta arrasando y llevándose al abismo nuestra casa.

Un día, Teresa nos dijo que había pensado mucho y tomado una resolución irrevocable, la de separarse de nosotros para no sernos gravosa.

—Una boca menos,—dijo con su celestial sonrisa, —en una casa donde no hay más que lo poco que en la nuestra, es un gran alivio para los demás de la familia. Todos los apuros nuestros son porque somos cuatro, y para cuatro no hay bastante con veinticinco duros al mes. Habría si no estuviéramos acostumbrados á mucho más; y aunque hubiera, no habría más que estrictamente para el gasto ordinario imprescindible de pagar la casa, mal comer y peor vestir, y nunca economizaríamos un duro para un caso imprevisto, para una enfermedad, por ejemplo, que es lo más temible. Así, pues, yo me separo de vosotros; pero, no me voy lejos, os veré todos los días, os consolaré como ahora, os serviré también, que aunque otras obligaciones voy á contraer, siempre me quedará una hora en que atenderos.

Mi madre, Luisa y yo protestamos contra su propósito: hubo allí una escena tiernísima de lágrimas, de dulces reconvenciones, de conmovedores afectos; pero Teresa, colmándonos de caricias, insistió en su resolución.

Y ocho días después Teresa era hermanita de los pobres. De tal suerte gestionó su entrada en ese benéfico instituto, digno de admiración y de respeto, que allanáronse todas las dificultades que hubieran podido retrasar su ingreso, y admitiéronla entre las hermanas, conociendo, sin duda, la verdadera vocación y las singulares aptitudes de la neòfita.

Y qué elocuente lección nos dio,—continuó Ramiro.—Entrando á servir á los pobres, á los pobres llenos de miseria, de andrajos, nos hizo ver que todavía existían pobres más pobres que nosotros, más desgraciados; porque no tenían familia, ni más esperanza que la caridad; nos puso de manifiesto cuan injustos éramos desconfiando de la Providencia, y cuan soberbios rebelándonos contra nuestra suerte. Muchas veces íbamos á verla á la casa de las hermanitas, у аllí, viendo á Teresa cuidar á aquellos viejos, gruñones los unos, asquerosos los otros, ingratos algunos, viéndola sonreír siempre, desprendida de toda vanidad mundana y hasta olvidada de haber poseído los goces y las comodidades de la fortuna, mi madre, Luisa y yo hemos adquirido también el supremo bien de la resignación y de la conformidad. Esto quería Teresa; esta tranquilidad deseaba para su madre y su hermana, que acaso habrían muerto de dolor, no pudiendo conformarse con su suerte, si Teresa, por tan generosa y discreta manera, no les hubiera puesto á la vista aquel sublime ejemplo.

¡Bendita sea Teresa, mi hermana de mi alma!—añadió Ramiro saltándole las lágrimas.—Por ella tengo madre y tengo hermana; por ella hemos aprendido á tener orden y economía; y ahora que tenemos ocho mil reales va á verse cómo aún nos sobra algo al cabo del año para el caso de una enfermedad.

Sólo falta ahora para nuestra felicidad, que felicidad es contentarse con lo que se tiene y sufrir con paciencia la adversidad, que Teresa venga á Madrid, como esperamos y ella desea. No hay que pensar que abandone su caritativa ocupación, porque dice que nunca ha sido tan feliz como siendo más pobre que los pobres sus hermanos; pero será para nosotros de gran consuelo verla todos los días.

Dios ayudará á Ramiro. Es inteligente y honrado, y buen hijo y buen hermano, y además de todo esto, tiene una Hermanita de los pobres que constantemente pide á Dios para su madre y sus hermanos.

He visto después á la madre y la hermana de Teresa y Ramiro, y me ha conmovido profundamente la tranquilidad con que viven en la pobreza.

—Nosotras, Luisa y yo,—dice la excelente madre,—no sabíamos ser pobres. Teresa, nuestra amada Teresa, nos ha enseñado, y nos ha hecho un beneficio material y moral inmenso. No ha podido devolvernos la fortuna perdida, pero nos ha devuelto la felicidad en otra forma que la que tenía cuando la conocimos. Esta es acaso más segura y duradera que la otra.

Carlos Frontaura.

Publicado originalmente en

El Museo Popular

Año 1887 NUM 13 y 14.

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