EL CORONEL GONZALEZ Y DÍAZ

EL CORONEL GONZALEZ Y DÍAZ

NARRACIÓN PERUANA

soldadochileno

Peruanos y chilenos se batían con denuedo, registrándose en los ejércitos de ambos, hechos heroicos dignos de ser cantados por los más célebres poetas épicos. Podía decirse perfectamente que después de una gran batalla no había vencedores ni vencidos. Todos habían luchado con tal valor, que era muy frecuente que los que se llamaban vencedores tuvieran muchas más pérdidas que los otros.

El Perú hizo un esfuerzo grande. Chile reclutó mucha gente para la guerra. Los rotos (1) dejaron el campo, la guitarra y la novia y se fueron sólo con su caballo á la guerra. Ya no se oían en el Pacífico los acordes de la donosa cueca (2) ni la bailaban en ningún rancho, ni florecía la agricultura, ni se daba

paz á la mano que esgrimía sólo el arma homicida.

Los idilios de amor en aquellos interesantes pueblos tuvieron triste fin en su mayor parte. La guerra fué muy encarnizada. Los esfuerzos que para sostenerla hicieron ambos países, extraordinarios, insuperables para ellos.

Los pueblos americanos luchan con empuje titánico. Mezcla su sangre de la española y de la india, se baten con admirable brío. Corazones grandes los suyos, no es extraño que se desarrollen en aquellos países dramas originados por la explosión de todos los sentimientos humanos; la amistad, el amor, la misantropía, la familia, la patria… Y de uno de ellos se trata en esta narración.

Se destacaba en el ejército peruano, así como en el chileno había otros también muy notables, la figura del coronel González y Díaz. Era un perfecto tipo criollo y un militar perfecto. En cuantas acciones había entrado en fuego se había distinguido.

Era un bizarro militar y un patriota entusiasta. Las balas lo habían respetado siempre, á pesar de encontrársele en los sitios de más peligro, cumpliendo como un soldado y sobresaliendo por su conocimiento táctico como un jefe.

Su origen fué humilde. Se había criado en el campo, había trabajado primero como un peón, más adelante como un capataz y luego como un colono.

En el ejército hizo bien pronto una carrera brillante, ganándose los ascensos con rapidez, especialmente en la guerra que su país sostuvo con Chile.

Había hecho grandes estudios, y conocía la ciencia militar como si toda la vida hubiese pasado estudiándola con afán.

Sería prolijo enumerar los hechos de armas, los episodios é incidentes varios y múltiples que se sucedieron en aquel tiempo.

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Diez años antes, un rico peruano ansioso de saber el paradero de un hijo suyo, que desapareció de su lado, de muy corta edad, se fué á Chile y empezó á recorrer el país, inquiriendo por todas partes, aunque sin resultado. Nadie le daba razón de aquel ser querido, el único que al morir le dejó su esposa, á quien amaba entrañablemente. En una noche tempestuosa en que el peruano atravesaba los Andes, acompañado de un fiel servidor y un guía, sorprendiéronle unos bandidos, que al ver la resistencia de aquellos tres hombres, aprestados para la lucha y decididos á vender caras sus vidas, se dispusieron á matarles agrupándose todos para lanzarse sobre ellos después de algunas descargas que habían herido sólo al guía. En aquel preciso momento se presentaron algunos soldados capitaneados por un bizarro oficial. Empezó el combate, y bien pronto los forajidos, acorralados, pedían clemencia á los soldados, que tenían la consigna de no dejar vivo á ningún bandolero de los que pululaban aquellos días por la espléndida cordillera que separa el Perú de Chile.

Aprovechando un instante en que los viajeros se quedaron al descubierto y un poco distantes de aquella fuerza militar, que se replegó para hacer un movimiento envolvente, dos de los más osados se adelantaron hacia aquellos valientes, que no porque les llegara el socorro dejaran de hacer con sus armas nutrido fuego, y cuando iban á acuchillar al peruano que se hallaba delante y era el primero en resistirse, dos tiros atravesaron á los bandidos, que rodaron como pelotas por aquel suelo cubierto de nieve, al mismo tiempo que el oficial, que era quien había hecho los disparos con su revólver, corriendo hacia ellos, al ver su movimiento de avance, le decía al viajero que se uniera á los suyos, quienes recogieron, muy mal heridos, al criado y al guía de aquel caballero. Casi todos los bandoleros perecieron allí, después de una lucha desesperada y á manos de los valientes soldados chilenos. El peruano estrechó fuertemente entre sus brazos al oficial, quien experimentó una sensación muy extraña jamás sentida por él.

Lo que ha hecho usted conmigo esta noche le dijo el peruano al jefe de los soldados no lo olvidaré nunca. Le debo á usted la vida y cuando más la necesitaba, cuando la había empezado á consagrar a mi hijo, en cuya busca vengo á Chile.

He cumplido con mi deber únicamentereplicó el oficial. Y ¿por qué no confesárselo á usted?… Usted además me atraía, me inspiraba un gran interés. ¡Lo vi tan decidido, tan valiente!.. ¡Me pareció tan simpática su figura! No hubiera defendido con más empeño y más cariño á mi padre, cuyo nombre hasta ignoro, si se hubiera encontrado en el mismo caso que usted. ¡Qué diablos, me he emocionado de tal modo, que temo que se fijen en mí los que me acompañan y sorprendan la lágrima que pugna por asomárseme á los ojos!

La mía brotó yadijo el peruano al mismo tiempo que se la secaba con el pañuelo.

Hay que concluir esta escena en seguidarepuso el oficial. Se halla muy próximo de aquí otro destacamento, que os podrá dejar ya en sitio completamente seguro. Conduciremos allí también á los heridos. Una vez realizado esto, tengo que volver otra vez por aquí, pasar adelante y seguir el itinerario que tengo marcado.

Y dicho y hecho.

El oficial hizo entrega de los heridos al jefe del referido destacamento y le recomendó mucho al caballero peruano, que se había portado como un valiente y que inútilmente quiso saber su nombre, para guardar el de la persona á quien le debía la vida y agradecérselo eternamente.

El oficial se alejó precipitadamente, pretextando de nuevo que sólo había cumplido con su deber, é inútilmente también quiso decirle el suyo el peruano, porque ya había desaparecido de allí, corriendo hacia los suyos, que abandonaron inmediatamente á paso veloz aquellos lugares.

El viajero le preguntó entonces al jefe el nombre de aquel oficial, pero tampoco éste lo sabía.

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El peruano, por más que inquirió en Chile el paradero de su hijo, no pudo saberlo. Y con la tristeza en el corazón, el dolor en el alma y el recuerdo de aquella noche de los bandidos y del simpático rostro del oficial que le había librado de una muerte cierta, regresó á su país. Poco tiempo después estalló la

guerra con Chile, y se contó desde luego, confiando como en una esperanza: legítima, con él y con las fuerzas que operaban bajo su mando. Hizo bien la patria en juzgarlo así, porque el coronel González y Diaz se portó como un bizarro soldado en cuantas acciones tuvo con el ejército de Chile, que se batía también con arrojo.

Herido en un combate se curó pronto, no tardando en volver, aún convaleciente, á luchar como un héroe, hasta el punto de que fuese considerado por su valor, no sólo por los suyos, sino hasta de los mismos enemigos, que como buenos americanos simpatizaban con todo el que mostrase su arrojo.

El coronel González y Díaz llegó á ser un jefe temible, y memorable su nombre, que era conocido en ambos ejércitos.

Recrudecíase la guerra, y los peruanos, á pesar del esfuerzo que hacían y lo bien que luchaban, iban perdiendo terreno. Los chilenos avanzaban más cada día, amenazando á la mismísima capital del Perú.

Los descendientes de los incas pelearon con extraordinario denuedo; pero eso ya no bastaba. La avalancha se venía encima sin que pudiera oponérsele nada. Las tropas chilenas se iban apoderando de todo y ganando terreno y acercándose al término de su meta con la ocupación de la hermosa ciudad de Lima, la ciudad de tanta mujer hermosa, cuyos negros y grandes y ardientes ojos empañaban las lágrimas que vertían por algún ser querido, muerto en aquella contienda horrible.

Los peruanos se batían ya con la fiebre, con el delirio de la mayor desesperación. En un combate en que pudieron contener el empuje de las tropas chilenas, que en el ardor de la pelea se confundieron con aquéllos luchando cuerpo á cuerpo, un oficial chileno que capitaneaba la avanzada y que se había distinguido siempre por su arrojo asombroso, se vio de pronto rodeado por un grupo enemigo, dispuesto á no dejarle salir con vida del lugar en donde se había hecho fuerte, después de haber matado á unos cuantos él solo.

«No hay cuartel para ti le decían con ronco acento los peruanos, conque ya puedes defenderte, aunque será inútil»

El oficial chileno, al ver que en aquel momento se aproximaba el jefe de aquella fuerza, que venía dando órdenes y arengando á su gente, dijo: «No tengo ya más que un tiro en mi revólver, pero sabré aprovecharlo antes que me matéis, disparándolo contra el jefe que os está mandando en esta jornada.»

Y al decir esto y disponerse á ponerlo por obra, cuando iban todos á hacer fuego también contra él, se quedo inmóvil y arrojó el arma al suelo, al mismo tiempo que el coronel González y Díaz, con voz estentórea que dominó á todos, gritaba:

«¡No disparéis contra ese hombre!» Y añadió luego; «Necesito entregarlo con vida al general Borda.»

El oficial chileno era el mismo que había salvado la vida al peruano que en una noche tempestuosa atravesaba los Andes y había sido atacado por unos bandidos, y el peruano no era otro que el jefe que acababa de decir á su fuerza aquellas palabras que detuvieron los tiros de los soldados.

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La primera decisión, con carácter de irrevocable, que se tomó, fué la de fusilar cuanto antes al prisionero. Se había hecho muy de noche. La acción no había terminado aún, y el coronel González y Díaz dijo que era primero terminar el combate y después descansar, y que bien asegurado, como lo estaba el prisionero, era mejor esperar á que amaneciese para pasarlo por las armas, y por último que él sería el guardián del chileno apresado y que en su propia tienda de campaña lo metería aquella noche, y de allí no saldría sino para ser fusilado. Terminó por fin el combate. El enemigo se alejó para rehacerse. Los peruanos, rendidos por la fatiga, se fueron á descansar á sus posiciones. El coronel González y Díaz esperó á que todos durmieran, y le dijo á su prisionero:

Yo tengo con usted una deuda sagrada y he de saldarla, porque es mi deber, y sobre todo porque quiero. Me salvó usted la vida y yo voy á hacer con usted lo mismo. Aprovechando el silencio y la obscuridad de la noche y el pesado sueño de mis soldados, va usted á escaparse inmediatamente. He dispuesto que no haya por aquí centinelas, y hasta de mi asistente me he desembarazado para que nadie pueda verle.

Imposible, señor, dijo con lágrimas de agradecimiento y de afecto en los ojos el bizarro oficial chileno, al mismo tiempo que caía en brazos del coronel González y Díaz,cuyos ojos se humedecieron también.

Si yo salvo mi vida fugándome, la de usted peligra, y quiero á usted tanto como habría querido á mi padre, cuyo retrato guarda este medallón, que

llevo siempre en el pecho, y que deposito como un recuerdo en usted para que lo conserve cuando yo al apuntar el día ya no exista.

El coronel González y Díaz lanzó al verlo una mirada ternísima sobre el oficial chileno, y besándole en la frente, repuso con voz ahogada por una extraordinaria emoción:

¡Hijo mío de mi alma! Ese retrato es el mío cuando apenas tenía tu edad.

Padre é hijo volvieron á abrazarse de nuevo, y dijo el primero:

El general que manda estas fuerzas me ha ofrecido darme la recompensa que yo quiera en premio á los servicios que al ejército y á él les he prestado. Le hablaré á solas. Le diré la verdad, y nada temas por mí; pero nada podría intentarse estando tú aquí, ni el general sería lo bastante á contener á los soldados, que sólo desean tu muerte. Vete; te lo suplico con las lágrimas en los ojos, y por último, si es preciso, te lo mando. Cuando se haya terminado la guerra volveremos á unirnos y ya para siempre. Yo pediré en seguida mi retiro, y necesito para poder vivir que tú vivas. Matarías á tu padre si permitieras que te viera morir. No me repliques; si no te vas antes de que disparen contra ti los encargados de fusilarte, me mataré yo delante de ti; y no hay un solo instante que perder, porque va á amanecer muy pronto.

¡Padre del corazón!, dijo el oficial besándole en la mano.

Huye inmediatamente, le dijo aquél, al mismo tiempo que en la mirada leyó el oficial chileno cuanto acababa de decirle el coronel González y Díaz, y sin más dilación bajo el dominio de aquellos ojos partió de allí, mientras que su padre no apartó la vista de él hasta verle cerca del campamento enemigo, que se hallaba á muy corta distancia.

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Al día siguiente, un jefe del ejército peruano á quien se le iba á fusilar por haber permitido que se escapara un prisionero, de cuya custodia se había

encargado personalmente, se mató de un certero tiro de revólver al ser preso y notificarle que se le iba á someter de orden del general de la división su mortal enemigo y á quien él también detestaba, a un consejo de guerra verbal.

Era un heroico militar y un padre heroico el coronel González y Díaz.

P. SAÑUDO AUTRÁN

(1).-Gente de rompe y rasga.

(2).-El baile popular del Pacífico.

Publicado orginalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona 14 de diciembre de 1896.

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