LA CORALITO

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I

El tradicional concurso de mantones de Manila, convocado por La Incógnita en el famoso teatro de la Alhambra, tocaba a su fin, y la abigarrada concurrencia, después de largas horas de locuras y bailoteo, comenzaba á esparcirse por las calles de Madrid, silenciosas y solitarias siempre al amanecer y mucho más cuando acontece como en aquella madrugada de febrero, en la que una neblina húmeda y pegajosa envolvía á la villa y corte, esfumando los contornos de los edificios y ocultando á la vista las personas á pocos metros de distancia, dejando adivinar tan sólo por alegres voces y ruidosas carcajadas el paso de los trasnochadores.

De entre el compacto grupo que obstruía la entrada del teatro, dificultando la salida de las máscaras, se destacó una gentil pareja que con ligero paso se encaminó por la calle de la Libertad, volviendo por la del Arco de Santa María en dirección á la de Fuencarral.

Era él un buen mozo, de aspecto achulado, envuelto airosamente en amplia capa sevillana cuyo embozo de terciopelo verde en parte encubría un rostro de enérgica y varonil expresión. Cogida de su brazo marchaba una mujer que apenas contaría veinte años de edad, de correctas y bien proporcionadas facciones, animadas por el fulgor de unos ojos hermosísimos y brillantes, sombreados por arqueadas cejas negras. Vistoso mantón de Manila, rojo, bordado en blanco, cuyos largos flecos tocaban en las losas de la acera, cubría casi por completo la gallarda figura de la muchacha.

—Esta noche, decía el joven, me he contentado con darle cuatro bofetadas; pero como el trasto ese vuelva á ponerse por delante, le rompo la cabeza.

¡Habráse visto mamarracho, y qué ganas de fastidiar, hombre! Y tú también de nada te asustas. Lo menos te figurabas que se me iba á comer…

—Paco, es que tú no conoces á esa gente. Son más malos que arrancaos. Te imaginas siempre que estás en la Mancha tratando con los mozos de tu pueblo.

—¿Y qué? …

—Que aquí en Madrid hay gente mala de todas partes…

—Claro, y se comen los niños crudos. Ya sabes tú que no me asusto fácilmente, y de hombre á hombre no va nada.

—Sí lo sé, y por lo mismo tengo tantas ganas de que concluyas la carrera, nos casemos y nos vayamos á mi pueblo, donde estemos quietos y tranquilos y no tengas que ocuparte más que de tus enfermos.

—Vaya, pues ya poco falta para ello y para que tú dejes de ir al obrador de Madama Durand. Pronto tendrá que buscar otra «primera» que reemplace á la Coralito.

—No me llames así, que tengo un nombre bien bonito. ¡Me da un coraje

cuando las majaderas del obrador comienzan: Coralito por aquí, Coralito por allá!..,» y todo por los pendientes de coral que tú me regalaste.

—Bueno, pues te llamaré Josefina y te regalaré otros pendientes de perlas para que tus compañeras te llamen la Perlita.

—Déjate de perlas, que lo que yo quiero es tu corazón, y sobre todo que me des palabra de no ser tan valentón y de no meterte con nadie. ¿Me lo prometes?

—Mujer, ya volvemos á las andadas. ¡Si soy una malva!

—Vaya una malva, y esta noche en cuanto has visto que el Malagueño se acercó á mí, te pusiste hecho una furia. ¿No sabes que es un tío posma y que yo me sobro y basto para pararle los pies? ¿A qué santo te has de exponer?..

—¿Exponer á qué? Tendría gracia que un escribientillo de una notaría estuviera haciéndole el oso á mi Josefina y yo lo consintiera. ¡Un mequetrefe que de una puntera va por encima de las casas!

—No te fíes de esos tipejos; el Malagueño tiene un aire traicionero que no me gusta; y cuando se levantó del suelo, ya viste que no dijo esta boca es mía; sólo te miró de un modo que me dio frío y luego se marchó. Ése hombre…

—¿Qué?… nada. No nos ocupemos de él, que demasiado hemos hablado de semejante títere. Ahora te acompañaré hasta la puerta de tu casa.

Descansas un rato y á la tarde pasaré por ti y nos iremos á un teatro.

Y los dos jóvenes, olvidando el desagradable encuentro del baile, que al parecer no había pasado de una ligera camorra de las que con tanta frecuencia tienen lugar en semejantes reuniones, continuaron su camino, formando risueños proyectos para el porvenir que ambos entreveían á través de los más lisonjeros espejismos que puedan forjar el amor y la juventud.

Embebidos en tan agradable plática, que hacía más intensa la soledad de las calles, Josefina y Paco llegaron junto á la ermitita que forma el ángulo de la calle del Arco de Santa María, y doblaron hacia la de Fuencarral. Al pasar por delante de la imagen tan conocida de los madrileños, tenue resplandor de luces, saliendo por una de las enrejadas ventanas de la puerta, les hizo fijar su atención en el interior, donde sobre el altar ardían algunos cirios. Instintivamente, Josefina se detuvo, soltó el brazo de su acompañante, y acercándose á la ventana, dirigió su mirada al cuadro que representa á Nuestra Señora, mientras sus labios murmuraban una corta oración.

Paco, acostumbrado ya á esta práctica de su amada, se detuvo también y llevó respetuosamente la mano al sombrero; mas antes de que pudiera descubrirse, un hombre, que les seguía á alguna distancia, surgió de pronto, destacándose entre la niebla y se precipitó sobre el estudiante sin que éste pudiera darse cuenta de ello. Oyóse un grito lastimero y angustioso de Paco; ruido de pasos precipitados del incógnito agresor que huía, y Josefina, arrojándose sobre su amante, estuvo á punto de caer al suelo, derribada por el peso del cuerpo del joven, al que, haciendo un gran esfuerzo, pudo contener entre sus brazos.

—¡Paco, Paco!.. ¿Qué es eso que te pasa?, preguntó animosamente Josefina., aturdida por lo imprevisto del suceso y sin darse cuenta de lo ocurrido. ¡Socorro…, socorro!.., gritó luego con energía al sentir en sus manos la horrible impresión de la sangre tibia que en abundancia salía sin duda de profunda herida. ¡Guardias.., sereno…, socorro. Dios mió!..

Paco hizo un supremo esfuerzo para desembozarse y trató de afirmar los pies sobre el suelo; su mirada extraviada se fijó un momento en la sagrada imagen, y sin que Josefina pudiera detenerle, cayó pesadamente en la acera murmurando:

—¡Madre…, perdón!..

Una pareja de orden público y el sereno de la calle, que acudieron presurosos al oír los desgarradores lamentos de la Coralito, encontraron á ésta sentada en el suelo sosteniendo sobre sus rodillas la cabeza de su amante, muerto de una certera puñalada que le había atravesado el corazón.

II

En las afueras de Madrid, junto al Manzanares y no lejos del puente de Toledo, existe un edificio desmantelado, casi ruinoso y de lúgubre aspecto, titulado pomposamente «Depósito judicial de cadáveres.» El interior, por su pobreza y miseria, contribuye a hacer más repulsiva y nauseabunda aquella última estancia de los desgraciados que tienen que aguardar en ella la orden del Juzgado, permitiendo su enterramiento después de verificada la autopsia por los médicos forenses.

Esta fúnebre exigencia de la ley había tenido cumplimiento respecto al infortunado estudiante, y su cuerpo, cubierto piadosamente por una sábana que ocultaba los destrozos de la disección, yacía en modesta caja, depositada en el suelo sobre un paño y alumbrada por algunas velas amarillentas, que iluminaban con su luz temblorosa y desigual las blancas paredes de aquel triste cuarto, desprovisto de todo mobiliario.

Todos aquellos cuidados tributados al cadáver se debían á la cariñosa solicitud de Josefina, que después de haber acudido inútilmente en demanda de auxilio á un pariente de Paco, dueño de una tienda de ultramarinos, que la despidió con cajas destempladas, había empeñado cuanto to poseía de algún valor, empleando su importe en aquel último testimonio de su amor al desdichado mancebo, de cuyo destrozado cuerpo no se separó desde que el juez de instrucción autorizó su enterramiento. Faltaba apenas media hora para la conducción del cadáver al cementerio del Este, y Josefina, pálida, ojerosa, despeinada, continuaba sollozando junto á la caja, cuando en el exterior oyóse el ruido de un carruaje, y á través de las empañadas vidrieras de la ventana la joven distinguió vagamente las columnas de un coche fúnebre, y llegó á sus oídos la voz bronca del conductor que preguntaba al conserje con aterradora indiferencia:

—¿Está eso á punto?

—Si, podéis entrar cuando queráis.

—Ahora vendrán los otros, que se han quedado tomando unas tintas el ventorrillo del Charco. ¿Y al asesino, lo han cogido?

—Ca, ni rastro… Se conoce que es un guaja…

Aquellas palabras hicieron salir á Josefina de su ensimismamiento. El horrible instante de la separación eterna había llegado.

Un sacudimiento nervioso hizo estremecer á la joven, que muy convulsiva y con la mirada extraviada levantóse tambaleando, se acercó al cuerpo de Paco y comenzó á besar su helada frente.

—¡Adiós, murmuró, adiós para siempre…, para siempre…, para siempre!..

Reinó un silencio de algunos momentos, interrumpido tan sólo por el chisporroteo de los cirios, y luego la Coralito se incorporó como sobrecogida por una idea que sus mismas palabras habían despertado en su cerebro.

—¿Para siempre?, dijo con sombrío acento. No, no puede ser; su cuerpo ha muerto, pero ¿su alma? Su alma es eterna y me espera; sí, me aguarda en la otra vida para unirnos de nuevo y no separarnos jamás…, Pero, ¿y si no nos encontramos allí arriba?.. ¡Paco, Paco, espérame, que yo sabré encontrarte!

Un acceso de locura invadió aquel cerebro ya trastornado por tantas emociones; palabras incoherentes mezcladas con risas y frases de cariño, salieron de los labios de la enamorada joven, y cuando el conserje y los sepultureros penetraron en la estancia, su cuerpo, agitado por horribles convulsiones, yacía á los pies del cadáver de su amante.

III

El encuentro había sido rudo. Los mambises, dirigidos por el mulato Maceo, cargaron con furioso empuje, y sólo el valor heroico de los soldados españoles y la pericia de su veterano general pudieron impedir un desastre y hacer que las feroces hordas separatistas emprendieran la retirada, huyendo en desorden á ocultarse en las ignotas guaridas de la traidora manigua.

Empero la sangre había corrido con abundancia, y rústicas carretas atestadas de heridos comenzaban á llegar al hospital de Santa Clara. Los médicos, los enfermeros y las hermanas de la Caridad no se daban punto de reposo para recibir y colocar á los desgraciados que tras de algunas horas de camino llegaban en un estado lamentable y en tal número, que acongojaban el ánimo más esforzado.

Las hermanas de la Caridad, con solícito cariño, ayudaban á la instalación de los heridos, cooperando á su primera cura que varios facultativos militares realizaban con relativa rapidez.

Uno de los últimos en llegar fué un soldado que presentaba en la cabeza ancha y profunda herida ocasionada por un machetazo. El doctor López, con los brazos arremangados y las manos manchadas de sangre, reconoció la horrible fisura, y un gesto desconsolador se dibujó en su enérgica fisonomía, tras de lo cual tomó una esponja, la mojó en una jofaina que sostenía Sor Francisca y lavó la cara del soldado, que continuaba en un profundo sopor. Luego dio algunas indicaciones al sanitario, que le trajo algunos medicamentos, y pocos instantes después la cabeza del herido, cubierta casi por completo por los vendajes, descansaba sobre la almohada.

—Mal está el pobrecillo, murmuró con su dulce voz Sor Francisca.

—Muy mal, hermana. Es un voluntario procedente de Buenos Aires. Dicen que se ha portado como un valiente. Ahora reaccionará algo, pero… En fin, no le pierda usted de vista y avíseme en cuanto note alteración. Vamos entretanto á ver á los otros.

Algunos minutos después el herido abrió los ojos, paseó la vista alrededor, y notando la presencia de Sor Francisca, dijo con voz muy débil y marcado acento andaluz:

—¡Hermana, agua, agua por Dios!

Sor Francisca corrió á una mesa inmediata y volvió con un vaso que presentó al soldado, ayudándole á incorporarse para beber el ansiado líquido.

Al terminar, rodeó con el brazo la espalda del herido para dejarle caer suavemente en la almohada, cuando con indecible asombro notó que aquél le cogía la mano y se la llevaba á los labios diciendo con fatigoso aliento:

—¡Gracias…, gracias hermana… Coralito!

La religiosa dió un grito de asombro y retrocedió dos ó tres pasos.

—¡Coralito! volvió á repetir el herido. Soy yo…, el Malagueño

Sor Francisca quedóse un momento indecisa y súbita palidez invadió su semblante. Hubo un instante de vacilación en su actitud; pero luego cogió la cruz del rosario que pendía de su cintura, la besó fervorosamente, y acercándose de nuevo al lecho dijo con reposado ademán:

—¡Te reconozco! ¡Eres el asesino de Paco! ¡Justos juicios de Dios!

—Hermana, balbuceó el herido, cuyo rostro iba adquiriendo un tinte lívido, ¡voy á morir!.. Siento ya el frío de la muerte, pero… antes perdóname…, ¡como me hubiera perdonado Paco!..

—Tu delito ha sido horrendo. ¡Dios sólo te puede juzgar!

—Pero… di… que me perdonas, insistió el desventurado con voz apenas perceptible.

—Mataste á Paco, destruíste mi felicidad, pero tu crimen fué la luz que me guió por el camino de la verdad y de la vida inmortal. Sin tu intervención en nuestro destino, ¡quién sabe!.. Te perdono con todo mi corazón.

El moribundo quiso decir algo á Sor Francisca, pero le faltaron fuerzas para ello y sus ojos vidriosos brillaron por última vez, fijándose en el rostro de la que había sido la causa de su delito.

Muy pocos días después un violento ataque de vómito negro añadía el nombre de Sor Francisca á la tremenda lista de las víctimas de tan terrible azote.

Coralito, cumplida su misión sobre la tierra, había volado á la mansión de la felicidad eterna, donde se encuentran los que se aman sobre la tierra, purificados por el dolor y el sacrificio.

A. Danvila Jaldero

Publicado originalmente en

La Ilustración Artística

Barcelona 26 de julio d 1897.

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