LA HABANERA

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La isla de Cuba es una de las porciones de América en que más se conserva el carácter y las costumbres de esos pueblos que abrasan los rayos de un sol ardiente y embellece una vegetación lujuriosa y exuberante.

Cuba es la tierra de los ingenios y las hamacas, de la guayaba y de la habanera, de ese baile tan dulce como los frutos del país, el carácter de sus hijos y las tintas de su cielo.

Tiene algo del suave vaivén de la hamaca y algo también del tango.

La habanera cantada por una cubana es un sueño de sentimientos; bailada, un vértigo de ilusiones.

El compás reposado de la habanera enardece y no enerva, levanta y no cae, despierta la fantasía y no adormece los sentidos.

Es un poema de ternura.

Se baila en todas partes, la canta todo el mundo.

¡Qué lindo tono, qué compás más sui generis, qué expresión más simpática!

En la isla de Cuba se llama danza; fuera, habanera. Todos la sienten y todos gustan de sus notas.

No hay cubana que no baile la danza, como no hay nadie que no ansíe bailarla con ella y ceñir con el brazo su cintura de mimbre.

Poco importa que se trate de que desaparezca en Cuba la esclavitud. Mientras haya una sola cubana habrá siervos allí, esclavos de sus ojos y sus hechizos.

En la ya terminada guerra separatista, el ejército de la patria soportaba en el campo el fuego de los cubanos; pero no podía resistir en la población el que salia de los ojos de las cubanas.

Vencedor en la lucha con ellos, se rendía luego con ellas á discreción en la danza.

La música de la habanera es verdaderamente espiritual.

En España se tiene gran afición á la danza, aunque ha desaparecido del programa de los grandes bailes.

En cambio, apenas si hay una zarzuela de costumbres que no cuente entre los números de su partitura una habanera.

Cuántas se hacen célebres por ellas y desde la noche del estreno la tararean ya los espectadores al salir del teatro, y las hacen populares los organillos y los pianos al día siguiente.

Pocos hay de éstos en los cafés que no toquen una habanera.

Ha venido á ser como la sal y pimienta de los biktefs con papas, de las copas de rom, los chocolates con tostadas y los cafés.

*          *

*

Entre Cienfuegos y la Habana, mucho más cerca de este último punto que del primero, había un ingenio de un opulento banquero de Cuba.

Entre las cañas y las palmeras había nacido una hermosa niña que creció en años y fué de esas perlas que guardan las Antillas en su suelo como un tesoro y un portento.

¡Qué bella era la niña!

El sol de Cuba derramaba su luz en sus ojos; el mar había reconcentrado su frescura en sus labios y las flores su perfume en su aliento.

No había conocido su madre. La crió una negra, y en aquel delicioso sitio, cercano á las aguas que bañan las costas de Cuba, se fué desarrollando la niña Amparo.

Se hizo mayor, y su padre la llevó entonces á la Habana, á esa ciudad en que la vida tiene tantos encantos y en que nada se echa de menos.

Teatros de primer orden, excelentes hoteles, bailes magníficos, lindos paseos, todo se encuentra allí.

El padre de Amparo había querido presentar á su hija á la sociedad cubana en un espléndido baile, dado en la suntuosa morada que poseía en la capital de la gran Antilla.

Allí concurrió lo más selecto de la culta y distinguida sociedad cubana.

¡Cuántas hermosas y elegantes damas y cumplidísimos caballeros!

Sobresalía entre todas Amparo, que vestía con una sencillez y un buen gusto que ponía de relieve su deslumbradora belleza, esa belleza tropical que en la naturaleza y en sus hijas ostenta Cuba, el país de los sueños de amor y de oro de los españoles.

Un joven de porte distinguido y de fisonomía interesante y simpática llevó del brazo un buen rato y bailó la primera habanera que tocó la orquesta con la niña Amparo, cuyos ojos cambiaban de vez en cuando sus miradas con las del mozo.

Este vestía un traje venerando para la madre patria: el uniforme de marino.

Ambos tenían el alma virgen, y sus impresiones se dibujaban en sus rostros como en un cristal trasparente.

Cuantos allí se hallaban comprendieron muy pronto que aquellos corazones habían establecido entre sí inteligencias y afectos.

Pronto pasaron aquellas horas tan agradables para todos, tan breves para muchos y tan fugaces para Amparo y para el marino.

Terminó el baile, como terminan los sueños dulces, dejando un recuerdo vivo y embriagador que permanece por algún tiempo con el carácter de una realidad que se va poco á poco desvaneciendo, de una sombra que va perdiendo sus contornos y se va reduciendo á un punto negro casi imperceptible.

Así son las dichas del mundo, ráfagas que embriagan con el vértigo que produce su paso.

*         *

*

Los periódicos de la Habana dedicaron extensas líneas y columnas enteras al relato de un suceso, de esos que atraen siempre de un modo notable la atención pública.

Próximo á la costa de Cuba habían desaparecido de un vapor mercante, en una noche de tormenta, dos pasajeros cuyo fin se ignoraba, aunque se presumía.

Algunos días después se supo que uno de los náufragos pertenecía á la marina de guerra é iba á la Península en comisión del servicio.

Vanas é infructuosas fueron cuantas pesquisas se hicieron para dar con los náufragos.

Todo fué inútil.

Apareció por fin en letras de molde el nombre del marino. Por prudencia no se había en un principio lanzado á los vientos de la publicidad.

Una preciosa joven, en cuyas manos había caído un diario, fué presa de un fuerte ataque cerebral.

Los recursos de la ciencia se iban poco á poco agotando. Aquella existencia amenazaba concluir, sin que fuese posible detenerla en su fin.

Un caballero moría de dolor al mismo tiempo que se iba acercando la muerte á la interesante y simpática enferma.

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Era una noche tranquila para todo el que no sufriese los males morales del cuerpo y del alma que habían herido mortalmente al caballero y á la joven.

En la casa del lado se celebraba una alegre fiesta. Pronto se dejó oír la orquesta que empezaba á preludiar diferentes piezas de baile.

Se hizo también honor á la habanera, cuyas notas llegaron á los debilitados oídos de la muchacha como un recuerdo desgarrador, como una triste y desconsoladora salmodia.

En la silenciosa casa de la enferma oyéronse de pronto varios golpes que resonaron en el corazón de la joven. No parecía sino que hubieran llamado en él.

Un joven oficial de marina, pálido, demacrado, con el sello del sufrimiento en el rostro, penetró en la habitación de la enferma, abrazando á un hombre, de cuyos ojos brotaban abundantes lágrimas.

El marino era el joven á quien vimos bailando la danza con Amparo, la enferma ella, y el caballero su padre.

El novio de Amparo, que paseaba sobre cubierta cuando todos los pasajeros dormían, vio arrojarse al agua una mujer, que recibieron las embravecidas olas que cruzaban el buque de babor á estribor, y sin titubear un punto ni pensar en la oscuridad de la noche, en el alejamiento del oficial y los marineros de guardia y en lo terrible del oleaje, se lanzó tras ella fiado en sus fuerzas y sin atender á otra cosa que á salvar de la muerte á aquella desgraciada suicida, lo que no sin grandes esfuerzos consiguió al fin y al cabo.

Nadie se apercibió en el vapor hasta el día siguiente de la falta de aquellos dos pasajeros.

El oficial de marina tuvo la suerte de que pasase á poco por allí un buque que había perdido el rumbo y acertó á hacerlo precisamente á muy pocas brazas de allí.

Habían pasado más de dos horas y el vapor en que iba el marino, que tenía una excelente marcha, navegaba á pesar de la borrasca con viento favorable, de manera que fué imposible darle alcancé.

El buque en que se refugiaron los náufragos, y que tenía el hélice roto, pudo al cabo de cuatro días, y desplegando todas sus velas, orientarse y, merced á un excelente viento de popa, llegar á la Habana, punto de su destino.

*           *

*

El ingenio de que hablamos en un principio presentaba un alegre aspecto. Los negros saltaban de gozo y bailaban el tango en medio de exclamaciones y gritos de júbilo.

Gran número de volantas se iban parando en la puerta que daba acceso á la casa del amo de aquella valiosa posesión, y de aquellos ligeros carruajes iban saliendo damas y caballeros en gran número.

Un rato después se trasladaban de la casa á un improvisado merendero elegantemente dispuesto, y en el que se veía una larga mesa llena de manjares riquísimos y excelentes vinos, un joven oficial de marina, llevando del brazo á una linda niña vestida de blanco con una corona de azahar en la cabeza y un ramo de esas flores en el pecho.

Eran la niña Amparo y su novio.

Iba detrás el padre de la desposada y le seguían los invitados á presenciar aquel enlace, según rezaba en los programas que les fueron mandados.

En medio de la inmensa dicha que experimentaba la novia, una oscura nube venía á empañar en parte el cielo de su felicidad.

En aquellos momentos echaba más que nunca de menos la falta de su madre, á quien no había conocido.

Una mujer, que semejaba un esqueleto envuelto en un traje negro, esperaba oculta bajo un árbol el paso de la comitiva nupcial. Al acercarse, ésta se destacó del tronco como una fantasma.

Haciendo un supremo esfuerzo se fué hacia, la novia con los brazos abiertos, y un prolongado—¡hija mía!—salió de sus labios y cayó al suelo muerta.

Amparo tuvo al fin al lado á su madre en el día de su boda.

La desposada se arrojó sobre ella y la cubrió de besos y de lágrimas.

Su padre tuvo que apoyarse en el brazo del novio para no caer desvanecido. Sentía que el remordimiento le ahogaba con la sangre del corazón que pugnaba por subírsele á la garganta.

Amparo debió la vida á un devaneo de su padre, quien le arrancó á la víctima su hija y la condenó para siempre á no poderse llamar su madre.

La madre de Amparo era la suicida á quien había salvado de la muerte, con exposición de su vida, el joven oficial de marina de quien con tanto elogio se había ocupado la prensa cubana, y que ostentaba en su pecho, entre las cruces que había ganado en la guerra con el Pacífico frente á los hijos de la siempre animosa Araucania, una que solamente se concede en España á los que llevan á cabo acciones heroicas: la cruz de Beneficencia.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

(NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886)

 

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