LA CIENCIA DE LA VIDA (conclusión)

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LA CIENCIA DE LA VIDA

(Conclusión)

II

Durante dos años, y mientras Augusto se distinguía en el colegio de Francia por su aplicación en los estudios filosóficos, continuó su padre condensando en la clave toda la mayor suma de experiencia.

Por esta época también casó Concha con un capitán de caballería, hombre maduro, rico, simpático y valeroso como pocos. ¡Loor á la caballería! Siempre mostró este cuerpo sin igual denuedo para conquistar las hembras de más campanillas, de mayor trapío, de mejor palmo y peso, y por lo tanto las mozas más reales del gremio. Puestas así las cosas, no podían marchar mejor. Desgraciadamente un baile que se dio en la Embajada Francesa fue causa involuntaria de que cambiasen de rumbo.

Esto necesita una explicación: por muchas y varias razones, Fernando no quería asistir al baile, pero Nieves y la dichosa cuñadita, que preparaban el estreno de un hermoso traje de color crema, tuvieron grandísimo empeño en que les acompañasen sus respectivos maridos y no hubo más remedio. A la salida de la gran fiesta, y ya de madrugada, empezaba á caer sin duda una terrible escarcha y el infeliz esposo de Nieves se sintió atacado de extraordinario y repentino frío. Al día siguiente se manifestó la pulmonía.

En otra naturaleza menos combatida y traqueada que la suya, el vencimiento del mal no hubiera sido difícil, pero Fernando había envejecido mucho en poco tiempo y no pudo resistir la lucha. Murió por lo tanto á los quince días. Aún tuvo lugar, sin embargo, para pensar en la clave y recomendarla á su hijo de palabra. La primera recomendación la oyó Augusto de los labios de su padre el mismo día que llegó del colegio.

El otro hermano, todavía pequeñito, no despuntaba tanto como Augusto en el estudio, por cuya razón Fernando no soñaba y no confiaba más que en éste para el futuro porvenir de la familia.

Bien se necesitaba por cierto. Quedó ésta en una situación poco envidiable, pues hacía ya dos años que los ingresos no igualaban ni con mucho á los continuos gastos. El déficit iba creciendo insensiblemente. Muerto el jefe de la familia, vióse la viuda obligada á apelar á los recursos heroicos: venta de las alhajas, realización del papeL á bajo precio, traspaso de muebles usados á las sórdidas manos de las prenderas, disminución terrible de esas mil cosas que habían pasado á la categoría de necesidades, y hasta desaparición de la mayor parte de los libros que fueron vendidos, según la expresión vulgar, por cuatro cuartos. En esta última medida entró por mucho el consejo de la suegra, que estaba por lo positivo, y la opinión del médico, que prohibió á Augusto todo género de estudios hasta que se reconstituyese su naturaleza.

La precocidad intelectual que algunos admiran en sus hijos no es siempre un buen síntoma. Hay que desconfiar de aquellos fenómenos y maravillas del espíritu que rebasen la línea de las leyes naturales. Augusto sufría las consecuencias de esa educación artificial de los colegios que no vacila en matar las flores para apresurar los frutos. Era un joven pálido, de cara redonda y algún tanto abotagada, linfático como su padre y aún más nervioso que Nieves, con una cabecita desproporcionada que se balanceaba sobre un cuerpo delgado sin vigor y sin gracia. Lo único que le embellecía era el color limpio y mate de su rostro y la hermosura de sus ojos grandes y azules, que no tenían el brillo fulgurante de las estrellas sino la claridad apacible de los horizontes.

Para vigorizar por lo tanto aquella endeble naturaleza se le envió al campo y recurrióse á las aguas minerales abundantes en hierro y en fosfato. A los siete meses de andar al aire libre ya pudo volver á las tareas escolares, aunque siempre en estado de convaleciente. Cumplidos los dieciseis años, quiso enterarse de la marcha de la casa, de los intereses disponibles, de las necesidades de la familia y aconsejó á Nieves, en vista de su resultado, cierto retraimiento de la vida de sociedad erizada de compromisos, de exigencias y de preocupaciones. Su madre le escuchaba con asombro.

—¿Qué sabes tú de eso, chiquillo?—le decía. Y Augusto contestaba muy serio:

—Lo presumo. Lo he oído á tí misma, lo has repetido millares de veces: Este Madrid, Dios mío, no se puede salir de casa, no se puede ir á ninguna parte más que con el dinero en la mano.

—Tienes razón, hijo mío. Comemos oro puro, y por este camino dentro de poco tiempo aquí sólo podrán vivir los millonarios.

Y la admiración de Nieves se duplicaba ante aquella prodigiosa memoria juvenil que recordaba conversaciones, dichos, frases y pormenores que hubieran pasado inadvertidos para cualquier otro.

Es que era ó quería portarse como un hombre, aunque tuviera apariencia de niño. Hasta su misma voz resonaba en ciertas ocasiones con un timbre particular, rico en amplias y potentes vibraciones, contrastando desde luego con su cuerpecillo endeble y afeminado. Sin abandonar sus estudios solía fijar su atención en todo cuanto sucedía en la casa. Los mismos criados temían y aborrecían estos cien ojos de su curiosidad. Nieves, que tantas veces impuso á su marido los más locos caprichos, sufría con resignación esta dulce tiranía del hijo; porque eso sí, no había palabras más tiernas ni suaves que aquellas con que Augusto pedía cuenta exacta á su madre de todos los pasos que daba. No hay que añadir que revisó y pasaron por su mano los documentos, cartas, títulos y cuantos papeles se conservaban de la familia.

Por casualidad en una de sus últimas cartas le hablaba su padre de aquel libraco, de aquella famosa clave que ya había tenido el abuelo entre sus manos, y le decía que cuando volviese del colegio en el próximo verano, ya tendría acabada la primera parte. Daba á entender con esto que llenas las hojas en blanco que al libro le quedaban, tendría que empezar otro, ó como si dijéramos, su segunda parte. Este recuerdo de la carta le trajo el de la recomendación de última hora, y al momento se dirigió á su madre. Indicóle ésta que lo buscase en la librería, tomando por librería los diez ó doce volúmenes, entre devocionarios y libros de consulta, que se escaparon del desastre general de la liquidación. Augusto lo buscó inútilmente. Figúrese cuál sería su irritación al saber que había sido olvidado y vendido entre los inútiles ó entre los viejos.

Pero, madre—le dijo después de escudriñar todos los rincones—¿será posible que hayáis tenido semejante descuido? ¿No sabíais que se trataba de un libro exclusivamente mío?

¿Tuyo? pues dispénsame, Augusto, lo ignorábamos. La abuelita no estaba para nada; ya conoces las circunstancias, bien penosas por cierto, en que se hizo la venta…

—¿A qué librero los llevasteis?

Se repartieron entre dos casas. Una parte se llevó á la calle de Atocha, y la otra á casa de Quilez.

Al día siguiente cogió Augusto el sombrero y corrió á la librería, ó mejor dicho, á los dos puestos de libros indicados. En el primero no recordaba el dueño que tal cuaderno de apuntes hubiera pasado por sus manos, y desde luego le aseguró que no estaba entre las existencias. Augusto no desmayó por esto. Se presentó al señor Quilez, que tenía su baratillo detrás de Correos, (ya han desaparecido estos puestos) y le manifestó sus deseos. Era el tal Quilez de lo más solapado y marrullero del género, gran explotador de los caprichos del bibliófilo y de los apuros del que vende por necesidad; así es que no le desahució ni mucho menos de su pretensión. Púsose a escarbar entre el fárrago de vejeces que conservaba, y ya le ofrecía un volumen raro, un infolio admirable por sus grabados, ya el ejemplar de una edición agotada, ya la novela prohibida… pero Augusto no caía en el lazo y todo lo que no fuese la famosa clave le era indiferente o antipático. Después de revisar unos cuantos tomos mal encuadernados, le suplicó que registrase su libro de entradas y salidas. Aunque de mediano humor, tomó el señor Quilez un cuaderno mugriento y descosido v empezó á hojearlo con alguna atención.

Y en efecto, resultaba que en el mes anterior había vendido dos docenas de tomos descabalados y algunos cuadernos viejos á un cierto sujeto, parroquiano antiguo por sus compras de papel, que vivía en la calle de Leganitos y se llamaba Isidoro Bombiz. Entre estas dos ó tres docenas debía estar sin duda alguna el que buscaba nuestro Augusto, Sin dar siquiera las gracias, volvió éste la espalda y echó poco menos que á correr hacia el número 4 de la citada calle.

El señor Isidoro Bombiz no estaba en casa. Tuvo, pues, que tomar hora para avistarse con él á la mañana siguiente. Hasta el apellido bastante raro de este personaje que compraba manuscritos, pasó inadvertido para Augusto, que sólo veía la probabilidad más ó menos cercana de dar con la famosa clave. Serían ya las once de la mañana cuando volvía á subir las escaleras con infantil apresuramiento. La elevada vivienda del señor Bombiz tenía el miserable aspecto de un agujero cuadrado, con alguna luz por dentro. El dueño apareció con idéntico aspecto, como una araña enorme sorprendida por un lepidóptero de pintadas alas. Su gabancillo de color indefinible, sus pantalones de cuadros con seculares rodilleras, su gorrilla negra por cuyos bordes asomaba la grasa juntamente con el polvo formando á modo de cenefa de desiguales ondas, sus zapatillas incoloras, todo revelaba en el viejo el ambiente especial en que vivía y el trabajo de roedor á que se dedicaba. Únicamente su fisonomía era plácida y limpia. Al través de las gafas, que se apoyaban sobre una nariz fina y delgada, pedía leerse en sus ojos la resignación de un pobre ser humano con su mala suerte.

En cuanto le explicó nuestro joven el objeto de su visita, vio con extrañeza que el respetable viejo, sonriendo ligeramente, desapareció como por ensalmo por una puerta estrecha que debía comunicar con su gabinete de operaciones. A los diez minutos tornó á entrar con unos cuantos librejos que dejó sobre la silla más próxima con intención de examinarlos uno por uno. Mirábalo Augusto con la mayor ansiedad, y sin poder contenerse se abalanzó á la silla y cogió los dos ó tres últimos que quedaban. Ya los había abierto cuando el Sr. Bombiz se volvió para decirle:

—Este es el libro que Usted busca.

La emoción privó al jovencillo del uso de la palabra y comenzó á hojearle por todos los lados. Lo cerró y lo volvió á abrir. Su emoción subió de punto: las páginas del famoso cuaderno estaban en blanco. Mirólo de nuevo para acabar de convencerse y alzando la cabeza se dirigió al Sr. Bombiz:

—Este no debe ser el libro de mi padre.

—No le quepa á usted duda, caballero, es el mismo.

—Pues vaya, no lo entiendo. ¿A qué recomendar un libro en blanco?

—Sí, tiene usted razón, dispénseme. Es que por un procedimiento químico del que soy humilde autor, he borrado lo que en él se había escrito.

—¿Usted? pero eso…—preguntó Augusto con angustiosa voz y quedándose como helado.

—Sí señor—afirmó el viejecillo melancólicamente.—Yo inventé también la Reina de las tintas, ¿sabe usted? pero los bribones de los falsificadores me la destronaron al poco tiempo, y como los comerciantes no distinguen de colores y prefieren la baratura á los mejores géneros… de ahí el que no alcancen mucha salida los míos.

El hombre niño seguía callado y escuchando con una curiosidad punzante y dolorosa, tal vez inexplicable para su escasa experiencia de la vida. —Pues bien—continuó el señor Bombiz,—yo me dije: hay que hacer la guerra á mis competidores… ¿pero cómo? Entonces recurrí á mis cortos conocimientos de química y después de mil experimentos y de mil gastos… usted no sabrá lo que cuestan ciertos ingredientes, usted será tal vez rico y… El viejecillo detuvo su mirada pacífica de rumiante sobre el traje nuevecito, limpio y perfumado de Augusto.

—No señor —contestó éste, —no somos ricos desgraciadamente. Yo estudio mi carrera y espero que… Pero decía usted que había inventado… Volvió el señor Bombiz á recoger su mirada, sintiéndose más expansivo y como más á sus anchas en presencia de otro que no era desgraciadamente rico.

—¡Ah! ¿Con que usted estudia? Muy bien, muy bien, amiguito… ¡Ah! si yo fuera joven todavía… Bueno, pues como iba diciendo, después de mil pruebas acerté á tropezar con un ácido que disuelve las tintas sin atacar el papel. No queda tan blanco como uno desearía, pero… vamos, queda con la suficiente limpieza para que no haya luego inconveniente en destinarlo á cualquier otro servicio. Usted mismo puede verlo en estos dos cuadernos manuscritos donde he ensayado mi procedimiento. ¿Qué le parece á usted? Yo creo que éste no me lo falsificarán tan pronto como la tinta—y el señor Bombiz mostró al jovencillo uno de los librajos que tenía sobre la silla.

Más bien que en el librejo reparó Augusto en las manos sucias y como pintadas por las quemaduras de las sustancias químicas que manejaba, aminorándose algún tanto su asombro por la repugnancia que esto pudo causarle. Volvió, pues, á su idea, y le dijo al viejo:

—Si usted hubiera leído ese manuscrito, no habría usted cometido semejante barbaridad.

—Lo leí, amigo mío, lo leí y ¿sabe usted á qué se reducían esos apuntes?… pues á unos cuantos consejos, á unos cuantos recuerdos de familia, á unas cuantas reflexiones buenas y aplicables para el que las escribe, inútiles para el que las lee.

—Esas reflexiones eran de mi padre.

—¡Ah! vamos, ya comprendo. Comprendo la veneración con que usted las miraría, pero presumo también que después de leerlas las dejaría usted dormir por muchísimo tiempo.

Todo lo contrario. Cuando mi padre las recomendaba, debía hacerlo por razones especiales que no me toca á mí juzgar.

—¡Ah! sí, los padres…—y el señor Bombiz volvió á sonreírse melancólicamente como si se tratara de algún ácido ú oxalato ó de alguna combinación conocida y quisiera decir «¡oh! Los conozco… Hay bastantes falsificaciones.» Pero como Augusto callaba continuó desenvolviendo su idea.—Mire usted, amigo, yo estoy al cabo de lo que su padre de usted buscaba; he leído sus apuntes, porque yo también soy aficionado y conservo algunos apuntes y notas muy curiosas. Pero á usted ¿de qué le servirían mis apuntes? sería como si estuvieran escritos en griego, y lo mismo pasa con los que tomó su difunto padre. Son experimentos aislados que sirven únicamente para el que los hizo. La experiencia no se hereda; se adquiere. Usted es muy joven todavía, un niño como aquel que dice, y puede usted aprender tantas cosas… ¡Caramba! ya lo creo. ¡Quién tuviera sus años y lo pasado pasado!

Irguió Augusto la cabeza al oír aquella exclamación y declaró con lacónica frase:

—Caballero, no soy tan joven como usted se imagina; tengo ya diez y seis años.

—¡Eh! ¿diez y seis años?…—repitió el viejo quedándose como abstraído en algún repentino y profundo pensamiento. Cuando volvió en sí, Augusto no estaba ya en el cuarto y se había llevado el libraco ó cuaderno de apuntes de su padre. Como toda naturaleza reflexiva ó excesivamente soñadora, el señor Bombiz no tenía conciencia clara de lo ejecutado en aquel momento de singular abstracción, no recordaba si habría acompañado al joven hasta la puerta y despedídole con la mayor afabilidad. Se puso luego á recoger los manuscritos y echó una ojeada por la ventanilla á aquel cielo triste y nublado del invierno. Parecíale haber sentido pasar muy cerca como el aroma de las primeras violetas, los efluvios anticipados de la primavera, algo de aquella luz que fluye del claro cielo de Mayo al través del ramaje verde y oloroso.

—Dieciseis años, volvió á repetir el viejo maquinalmente, y yo que tengo setenta y dos…¡Diantre! esto va más aprisa de lo que uno quisiera… Pero vivir así, como vivimos los pobres, no es lo más apetecible que digamos… Y después de todo ¿para qué?

Al mismo tiempo que el Sr. Isidoro Bombiz se hacía estas tristes reflexiones, Augusto presentaba á su madre el libro ó cuaderno en blanco que había servido para la famosa clave, y le decía:

—Ahí tienes lo que son vuestros descuidos.

Si os hubierais fijado en lo que valía antes de sacarlo de casa…

Después entró en su cuarto y lo lanzó sobre la mesa exclamando con la amargura lírica y candorosa de sus pocos años: ¡Oh, las mujeres! Ya estoy bien desengañado. Yo no sé para qué sirven las mujeres.

JMMatheu2JOSÉ M . MATHEU.

Publicado originalmente en

El Álbum Ibero-Americano

14 y 22 de enero de 1891

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