LA CIENCIA DE LA VIDA

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LA CIENCIA DE LA VIDA

I

En general bien puede asegurarse que el Otoño de la vida es triste. Vénse las cosas y los hombres bajo su verdadero aspecto, y aunque exista la savia todavía suelen echarse de menos las flores, aquellas frescas y espontáneas flores de la juventud, que no habrán de volver seguramente. Sobre los afectos vivos, sobre los sentimientos generosos predomina la reflexión y se establece el cálculo, pues si es verdad que hay más cordura y mayor agudeza de entendimiento, no es menos cierto que esto sólo se logra á costa del calor de nuestra sangre. Entonces, con la experiencia adquirida, tras el dolor de los desengaños sufridos, como una especie de protesta acude á todos los labios humanos aquel triste y desesperado pensamiento: ¡Ah! si yo pudiera volver á mis veinte años. ¡Si las cosas se hicieran en dos veces!…

Tiempo hacía que estas ó parecidas ideas revoloteaban por la imaginación de Fernando Salcedo. Aquella noche, sobre todo, pasada junto al lecho de su mujer ligeramente enferma, se despertó más vivo que nunca el recuerdo de lo pasado, es decir, de sus desaciertos. Por que su vida, preciso es confesarlo, había sido un tejido de desaciertos y por lo tanto una serie no interrumpida de desengaños. Así lo juzgaba al menos desde el fondo de la alcoba donde oía con relativa tranquilidad la respiración normal y sosegada de la enferma. A los veintitrés años se encontró casado. ¡Qué de esfuerzos heroicos, qué de ridículas farsas y punibles condescendencias para satisfacer en un todo los caprichos de Nieves! Pertenecía la señorita Nieves á esa clase media ambiciosa y presumida, que pretende codearse con la aristocracia y la copia servilmente en sus maneras, en sus costumbres y hasta en sus despilfarros siempre que puede. De ningún modo hubiera descendido Nieves de su categoría social: la hija de un brigadier de salón condecorado varias veces, la heredera de D. Alfonso Vélez de Granada, no podía acomodarse á vivir en sociedad la esposa de un simple abogadillo. Y era más natural y más lógico que Fernando Salcedo subiera un escalón más para estar á la misma altura, que no descender ella dos, ni medio, ni aun la cuarta parte de uno siquiera.

De esta pequeña subida se originaron para el infeliz marido multitud de dificultades. Unos veintiocho mil reales era lo que por entonces reunía con el sueldo de empleado en Gracia y Justicia, y algunas filtraciones que venían á ser como los antiguos gajes del oficio. Bien es verdad que gracias á las buenas relaciones de su señora se le nombró abogado consultor de cierta Sociedad de crédito que marchaba boyante y próspera á pesar de los malos rumores que la precedían. Pero aun contando con este aditamento no pasaría el total de treinta y cinco mil reales al año. Ni aun en manos del famoso Colbert hubiera sido posible que con los susodichos treinta y cinco mil se sufragaran los gastos ordinarios y extraordinarios de su familia.

Constituía ésta su madre política, su cuñadita Concha, su cuñado Manolo, su mujer y dos niños con sus respectivas pasiegas. Aunque muy religiosa y muy devota, dona Paz debía vestir con esa lujosa sencillez que corresponde á la presunta ó malograda viuda de un general. Su hija Nieves estaba también por la sencillez, pero ostentada y sostenida por una elegante variedad de trajes. A su hermanita Concha se le había educado en la misma escuela y, como pasaba de los veinte abriles, era de rigor el exhibirla en todas partes. Por ella se tomaba el abono de la Comedia á medias con las señoras de Irubaga; por ella se encargaba el palco para los toros al empezar la primavera; por ella se pedían entradas de favor al secretario de la Sociedad regional de plantas y flores… en fin, que la dichosa cuñadita era el pretexto de todos los días y de todas las horas para bullir en teatros, salones, corridas y conciertos.

La suma de esta infinidad de gastos, inútiles la mayor parte de ellos, volvía loco á Fernando. Para salir con bien del atolladero, habría sido, preciso el milagro de los cinco panes y tres peces, aplicado al menguadísimo sueldo del marido, pero no era fácil que se repitiera. Añádase luego á los gastos de la exhibición madrileña los consabidos de la expedición del verano, puesto que la costumbre aristocrática, tan venerada por ellos, les obligaba á respirar las brisas del mar en las costas del Cantábrico. Más adelante, y cuando los niños fueron mayorcitos, hubo de enviárseles á un colegio francés próximo á Pau. Nuevos sacrificios. Este aumento del presupuesto fué uno de los más horribles.

Teniendo á los hijos en Francia ¿no era natural que se les hiciera una visita en el verano? Fernando volvió á sudar el quilo para contrarrestar el empuje de este nuevo alud que se le venía encima. Después de pagar la última serie del abono y lo que se adeudaba al dueño de la casa de coches y al ilustre sastre y á la simpática modista y á las Italianas y á casa de Prats, había que apartar una respetable suma para el próximo verano de Biarritz. Contaba sólo con los treinta mil reales cuando necesitaba imprescindiblemente cincuenta ó sesenta mil. ¿Cómo salió de esta y de otras muchas situaciones en que la tiranía social, bajo la hechicera forma de Nieves, le había colocado?… Sólo Dios lo sabe y el tuno de Isturiz que era el usurero de frac y de moda por aquella época, porque, pásmense mis lectores, hay moda hasta para tomar dinero á nuestros judíos.

Recordaba en aquel momento que en solos dos meses había encanecido y quedado tan flaco como si acabara de llegar de la campaña del Norte. ¡Oh! sí, con seguridad, los mismos zulús no le hubieran hecho pasar tantas fatigas. En cambio adquirió una larga y sabrosa experiencia de las cosas de la vida. ¡Ah! ¡si se encontrara de nuevo en sus veinte años con lo que sabía! …¡Dios mío, cuántos disgustos y cuántas cavilaciones se habría ahorrado en este pícaro mundo! ¿Cómo podía haber transigido en ciertas cosas aun cuando su mujer se lo pidiera de rodillas? No, de ninguna manera, no hubiera cedido en lo menos para no verse obligado después á conceder lo más. ¡Oh! la lógica de las concesiones es terrible.

Por cierto que sus hijos no andarían el camino tan á ciegas. Su experiencia escrita y anotada con diversidad de casos habría de servirle de guía. ¿Cómo á los padres de algún talento no se les ocurría escribir un diario de su vida, un resumen práctico de lo que habían visto y aprendido en sus negocios? Al llegar á este punto le asaltó de pronto una idea. Recordó que su padre, enfermo ya de gravedad, le había recomendado la lectura de ciertos apuntes recogidos al final de un libro de gastos; recordó que era hombre muy previsor, que siendo notario y padre diez veces no tuvo que recurrir nunca á las casas de préstamo y dio carrera y colocación á los diez renacuajos que le aturdían la casa. Cierto que no les educó en ningún gran colegio, ni los envió á Francia, ni los bañó en mayor mar conocido que en las escurriduras del Manzanares. Pero él salió adelante y murió sin deudas.

Hasta aquel momento Fernando Salcedo no había recordado con precisión el detalle de los apuntes. Nunca tuvo mucha afición á los libros y menos á los viejos, así es que no llegó á hacer en la librería heredada el escrutinio que hubiera hecho cualquier literato ó bibliófilo. ¿Qué significaba, pues, la recomendación de su padre? ¿Debía tener alguna relación con los sucesos de la familia? ¿Era absurdo pensar que pudo ocurrírsele a su padre lo mismo que á él se le ocurría aquella noche?…

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Dando vueltas á esta idea, Fernando se levantó de la butaca y anduvo unos cuantos minutos por el gabinete. Por fin encendió una bujía y se dirigió á su despacho, no sin echar antes una mirada á la carita pálida y redonda de Nieves que felizmente continuaba durmiendo. Allí esaba la librería, pero como los estantes no bastaban para todos los libros, hubo necesidad de establecer dos órdenes en su colocación. Unos visibles, los más flamantes y nuevecitos que aparecían en primera línea; detrás dormitaban apretados como en una especie de cajas de conservas los mas viejos y usados, aquellos de levantiscos lomos, de cubiertas de pergamino, de tomos descabalados, de ediciones incompletas, es decir, el totum revolutum de la librería, la herencia de dos generaciones, el paso de dos siglos. Olvidándose por algunos instantes de la enferma, Fernando empezó á desbalijar los estantes y colocar largos rimeros de libros sobre la mesa, butacas, sillones y aun sobre la alfombra. Revisando el primer orden, pasó al segundo, y después de hojear una columna, dos, tres y cinco, los cogía en una brazada y los arrojaba en cualquier sitio, subiendo y bajando con febril presteza.

Por último, cuando llevaba hora y media de faena, allá arriba, en lo más alto de la librería, troopezó con un libraco viejo y maltrecho, sin título ni cosa que lo valga. Abriólo como todos y vio que estaba manuscrito. Las primeras hojas parecían borrajeadas con algunas cuentas, apuntes y minutas de gastos acompañadas de rasgos, rúbricas y caprichosos dibujos trazados por puro pasatiempo. Luego el dueño varió sin duda de opinión respecto al uso que lo destinaba y puso en la pagina veinte este extraño título: Clave de ejemplos, casos y sucedidos para el mayor conocimiento de la vida. Después seguía una dedicatoria: «A mi querido hijo Fernando: Cuando llegue este libro á tus manos ya no existirá probablemente el autor, pero su experiencia, sus cocimientos más prácticos y sus pensamientos más íntimos quedarán en sus páginas como un recuerdo perenne que puede y debe invocarse á todas horas. Tienen estas páginas la pretensión de querer adoctrinarte y abrirte los ojos sobre la falacia de los hombres y la insigne mala fe de sus negocios. Conceptos encontrarás que habrán de parecerte oscuros; no los pases por alto. Otros los estimarás como sobradamente amargos y ponderativos: tampoco los deseches. Llevan consigo la amargura del tónico que han de prevenirte contra los halagos de las amistades peligrosas, tan peligrosas como dulces y enervantes.

No quiso leer más. Cerró Fernando el libraco, recogió la luz y se metió en la alcoba. Hijo y padre habían tenido á cierta edad la misma inspiración y no dejaba de ser curiosa y aun extraña semejante identidad de pensamiento. Embebido como iba en estas reflexiones, olvidóse de recoger los nuevos y los viejos volúmenes, sembrados por todas partes, salió del despacho dejándolo en el delicioso desorden de un baratillo de libros. Su mujer seguía afortunadamente durmiendo, lo que contribuyó según el médico para la favorable crisis de su dolencia.

Entonces volvió á abrir Fernando la famosa clave, que era un tesoro de experiencia, y la devoró en una rapidísima lectura. También había sufrido su padre crueles decepciones y cometido inexplicables desaciertos. Después de estas derrotas morales buscaba un momento de reposo en algún rincón de la casa, hacía detenido examen de conciencia y luego á manera de breve considerando, formulaba fríamente su parecer. Así lo explicaba al menos en su dedicatoria, y de tal modo se fijó esta idea en la imaginación de Fernando que se prometió desde luego hacer lo mismo que su difunto padre.

A Nieves no le dio cuenta del hallazgo ni de sus buenos propósitos. ¿Para qué? le hubiera parecido inútil y sobre todo fastidioso un trabajo de tal género. Cuando la vio restablecida, quince ó veinte días después, pretextó una ocupación perentoria, se encerró en su despacho y empezó el examen. Trajo á la memoria los momentos más solemnes de su vida, depuró los hechos de mayor gravedad, consideró la sinrazón de muchas exigencias, la perfidia de ciertas intenciones y luego pronunció sentencia.

Estas sentencias, aforismos y apotegmas de jurisprudencia social quedaron escritos en las últimas hojas en blanco que dejó su padre en la famosa clave de ejemplos, casos y sucedidos… etcétera. ¿Con qué intención? para que sirvieran de guía en las revueltas y encrucijadas de este laberinto que llamamos mundo. Por negligencia ó por olvido no supo aprovecharse de las lecciones eminentemente prácticas del notario; no quería, pues, que á su primogénito Augusto le sucediera lo mismo.

¡Cuántas veces no se encontraría en idénticas circunstancias! Recurriría entonces á la clave y daría en el resultado práctico de una situación más ó menos análoga á la suya, pudiendo reflexionar y detenerse á tiempo. Principiis obsta. ¿No se dice que la vida es un viaje? Pues bien, aquel libro debía ser para Augusto como una carta hidrográfica que le marcase los derroteros más seguros, las aguas por donde pudiera navegar, al propio tiempo que las corrientes ocultas y los terribles escollos de los que habría de huir á toda costa.

Madrid Enero 1891.

JMMatheu2José MARÍA MATHEU.

Continúa: Conclusión.

Publicado originalmente en

El Álbum Ibero-Americano

14 y 22 de enero de 1891

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