LO QUE INVENTAN LOS HOMBRES (CONCLUSIÓN)

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LO QUE INVENTAN LOS HOMBRES

(APUNTES DE PROVINCIA)

(CONCLUSIÓN)

III

No esperaba ciertamente esta visita el teniente Antúnez, que era aquel cadetillo que nos quiso pintar el tendero con cuatro pinceladas. Disponíase á salir de casa á tiempo que nuestro retirado y su amigo daban sus nombres en la puerta, lo que no dejó de causarle una gran sorpresa. Saludáronse unos y otros, y el capitán Arsenio presentó á don Fausto, á quien el teniente conocía ya de vista como es natural. Sintiéndose éste molestado por el reuma, pidióle permiso al dueño de la casa para descansar breves instantes. Hablóse á continuación de la nueva orden del ministro de la Guerra, después del simulacro que debía verificarse á unos tres cuartos de hora de la población, dirigido por un cierto teniente general que estaba de paso: luego la tomaron con los ascensos y á seguida Arsenio hizo recaer la conversación sobre las mujeres, acabando por la vecina de don Fausto:

—¿Sabe usted, amigo Antúnez, que entre la vecindad se comentó bastante su retirada? Porque es lo cierto que le creían á usted muy capaz de concluir trágicamente como el capitán Febo.

—¿Se refiere usted á Teresita Estévanez?—preguntó el teniente con cierta sonrisa de satisfacción.—¡Bonita mujer!

—¿Verdad que sí?—añadió don Fausto, que ya vio la cuestión en buen camino.

—Y todavía se ocuparán de eso aquellas honradas gentes…

—Pero ¿estaba usted realmente enamorado?

—¡Vaya si lo estaba! Pero mire usted, capitán, yo admito que una niña sea manirrota, inútil, holgazana, dengosa, que no sepa nada ni siquiera tocar el piano, que carezca por completo de gracia y que sea hasta fea inclusive; ahora lo que no tolero es que pierda el tiempo con dos ó tres hombres á la vez.

—¿Será posible?

—Como lo oyen ustedes. Una mujer que nos toma por muñecos, una mujer coqueta, una mujer que ni pincha ni corta, es de seguro una hembra que no tiene corazón. Y á mí, ¿está usted? deme usted corazón.

—Y á mí también—repuso don Fausto animosamente.

—¿Con que estaba entreteniendo á dos ó tres á un tiempo? pues ya se necesita salero para echar el gancho á tanta gente—afirmó el capitán Arsenio.

—¿Que si es hembra de gancho?… por eso la dejé yo. Pepito Sobradillo, que le dio también esquinazo, la conoce bastante y les dirá á ustedes lo mismo.

—¡Calle! Sobradillo…—exclamó nuestro solterón picado de nuevo en su curiosidad.—¿No está colocado en la diputación? Si es paisano mío.

—Ahora le veremos en el café Ibérico, si pasamos por allí.

—Es verdad. No vendría mal refrescar el gaznate.

¿Les parece á ustedes que tomemos el pendingue?—preguntó don Fausto.—Mis piernas ya están listas.

Aceptada por unanimidad esta proposición, dejaron sus asientos, caláronse los sombreros y se pusieron en marcha. Después calculóse por la hora que Sobradillo estaría en la oficina, y en vez de entrar en el Ibérico se dirigieron á la diputación.

Descansaba Pepe Sobradillo en su despacho, apurando lo mejor, ó sea la última parte de un cigarro habano, regalo de un primo suyo que estaba con veinticuatro mil reales en el ministerio de Ultramar, cuando se vio rodeado rápidamente de sus amigos. Agradecióles la visita porque el trabajo no abrumaba en aquella semana, y podían matar el tiempo echando un párrafo sobre cualquier cosa: la inmoralidad de las costumbres, la variación de los tiempos ó la falsedad de las mujeres. Respecto de este último tema, sabía Sobradillo historias sabrosísimas y picantes como ellas solas. El palique iba para largo, pero Arsenio, por una cierta estratagema que llamaríamos afinidad de ideas, sacó á conversación sus amorcillos y los antiguos de su compañero Antúnez.

—Estos señores—afirmó nuestro teniente al llegar á este punto—dudaban del coquetismo de Teresita Estévanez. ¿Qué le parece á usted. Sobradillo, de esas dudas?

—Qué quiere usted que me parezcan—contestó el empleado, envuelto como un turco en una flotante y aromática humareda.—En cuestión de mujeres… todas se llevan poco.

—¡Ya escampa, y llovían capuchinos de bronce!—pensó para sí D. Fausto, que conocía de tiempo atrás su picara lengua.

—Pero en eso hay sus especialidades.

—Es verdad—repuso Sobradillo.—Teresita es muy coqueta, pero andan por ese mundo de Dios tantas coquetas, que casi se va uno acostumbrando á esa epidemia. Lo que me carga soberanamente es la fatuidad de las que por reunir cuatro cuartos, ya no piensan ni sueñan más que con duques, condes ó marqueses. Para mí no hay cosa más estúpida que los humos aristocráticos de los que no son aristócratas.

—¿Conque también cojea de ese pie.?

—Ya lo creo. ¡Y si solo fuera de ese!… Pero no hablemos de ello, no quiero que me digan que me come la envidia. Conste tan solo que la tal Teresita es insufrible. En cuanto á sus respetabilísimos papás, ya es otra cosa; esos van derechitos á su negocio, y lo demás les importa un bledo.

—¡Duro en ellos!

—También he tratado, aunque muy á la ligera, á un hijo de los susodichos papás. ¡Vaya un nene! que corta un pelo en el aire, sobre todo si hay que acertar con un as. Y esta afición á tirar de la oreja á Jorge es uno de sus menores defectos.

Ahora, si es verdad aquello de que «de tal palo tal astilla», ¡figúrense ustedes de qué excelente madera estarán hechos los padres!

Levantóse don Fausto al oír tan gratuitas y tremendas consideraciones, y con excusa del refresco que habían decidido tomar se despidió de Sobradillo, que era bastante copioso en los detalles, y entre si lo callo ó lo digo hubiese acabado por hacer el retrato moral ¡y qué retrato! de todos los individuos de aquella apreciable familia.

Encamináronse, pues, al café Ibérico los tres juntos, don Fausto, Arsenio y el teniente Antúnez.

Poco después aparecían sentados alrededor de una mesilla de piedra, sobre la cual se veían colocados en un bello desorden azucarados sorbetes, platitos de diversas pastas, limpias copas de cristal y botellas de agua fresca.

Habíanse sentado en la mesa de enfrente dos jóvenes; pálido y delgado el uno, vestía como un galancete de comedia con pulcra y cuidadosa elegancia, y se entretenía en pasar la vista por los anuncios verdaderamente chuscos de un periódico trasnochado de Cayudes, mientras el otro, morenote y feo, aunque de una fealdad simpática, revolvía á uno y á otro lado sus ojos, que eran vivaces y negrísimos, tan negros como las grandes guedejas que peinaba, poco conforme ciertamente con los usos y ordenanzas de la moda. Alzó la vista el que leía y dijo, volviéndose al de las guedejas: «Ese es el teniente Antúnez. No me habrá conocido; voy á saludarle.

Se levantó en efecto y fué á saludar con afectuosa cortesía á nuestro teniente. No caía este al pronto por más que lo miraba en quién pudiera ser hasta que oyó su nombre, Alfredo Velez, y supo que era asiduo concurrente del billar de los Porches, donde se habían conocido y tratado. Entablaron por lo tanto conversación, y llamando al otro joven lo presentó á su compañero Antúnez, ensanchándose con este motivo el círculo que rodeaba la mesa:

—El señor es amigo mío y acaba de graduarse de doctor en Derecho. No crean ustedes que lo dicho, con los méritos que mencionaré más adelante, pudiera herir su modestia. El señor no conoce la modestia ni siquiera de vista. Baste saber á ustedes que es el discípulo predilecto de Martínez Arias y una esperanza de la ciencia.

Hecha la presentación, rogóles el teniente Antúnez que tomaran algún refresco en su compañía, á lo cual accedieron sin tardanza, hablando y expresándose luego con la mayor desenvoltura, como si toda su vida hubieran rodado juntos por el mundo. El caballero Velez, que tampoco tenía reparo en confesar sus pecados y aun los ajenos si llegaba el caso, enteróles de sus calaveradas, de que era hijo tercero del barón de Salvatierra, de que hubo de reñir con sus hermanos y por último de que su señora madre le pasaba una pensión para vivir con entera independencia. Después enumeró sus muchas y variadas novias, entre las cuales figuraba Teresita Estévanez. El que más agradablemente se sorprendió al oír tal noticia fué don Fausto, aunque ya le conocía de vista como el tendero, y desde este momento no tuvo otro afán que el espetarle la consabida pregunta:

—¿Qué opina usted de mi vecina? Todavía se encuentra en estado de merecer… Es buena plaza, ¿por qué no vuelve usted sobre ella?

—No me tentará el diablo por ese lado—repuso el llamado Velez.

—¿Tan mal le fué á usted por aquellos barrios?

—Mire usted, caballero, yo no sé medicina como mi amigo Anchoriz que sabe más que el que la inventó, pero entiendo de temperamentos femeninos. Ustedes creerán sin duda que las morenas son más ardientes que las rubias. ¡Error! ¡gravísimo error! Conozco yo una rubia… ¡vaya una niña con más de setenta y cinco grados de calor en el cuerpo! Permítame usted que no cite su nombre, porque todavía es soltera, y volvamos á su vecina. En la reunión de las señoras de Vallejo, que son primas mías, bailé con ella. ¡Qué vueltas, qué movimientos, qué valsar, qué modo de ceñirse!… Caballeros, yo mismo llegué á asustarme; y cuidado que no soy hombre que se asuste de poco. Desdichado del futuro á quien le toque en suerte esa rubita. Está predestinado á… tener muy serios disgustos.

—Siempre me habías parecido algo exagerador—saltó á este punto su camarada, el joven de las guedejas negras;—pero lo que es ahora das quince y raya al más pintado. Yo también conozco á esa rubita, como que fui su novio.

—¡Calle! ¿también usted?—preguntaron á un mismo tiempo el curioso don Fausto y el capitán Arsenio.

—Sí señor, aunque muy pocos meses, y puedo decir algo.

—Advierto á ustedes—repuso el llamado Velez —que mi amigo es espíritu de contradicción. Cuenta otros muchos defectos de que hablaré después, pero este es el de más bulto.

Por mi parte ya no le hago caso. Ustedes irán viendo la guasa que gasta mi hombre; aunque aquí para inter nos, el pobrecillo no tiene más chispa que un perro de aguas.

No vayan ustedes á suponer que lo del perro es alusión á la hermosa cabellera que peina mi amigo y que no es otra cosa que lana bien cardada.

Parecióle á don Fausto que la broma pasaba ya de los términos regulares, sin conocer con quien se las había, y quiso terciar en la polémica:

—Señores… yo creo que nos salimos de la cuestión. Se trataba de mi vecina.

—¿Lo ves?—interrogó nuestro joven encarándose con el amigo Velez.—No tienes gracia ni aun para hacer una escurribanda fuera del tema que se discute. Dispense usted, caballero. Iba á decir antes que el insensato vulgo habla siempre de lo que no entiende. Todos los días estoy oyendo sobre los temperamentos, los nervios, la bilis, y las mujeres, cosas divinas. Lo que no se le ocurre al diablo se le ocurre á un ignorante. En cuanto á su vecinita de usted… tanto tiene ella de ardiente como yo de turco. Lo que hay es otra cosa: lo que hay es que sus padres le han puesto en un tren de lujo y de ostentación y de vanidad que no sé cómo podrá sostenerse. Yo oí asegurar, no hace mucho, que habían tomado en préstamo de casa de Quilez hasta cinco mil duros. ¿Cabe que cualquiera de nosotros apechugue con una mujer educada en esa escuela? Doy por supuesto que papá Estévanez la dote en esos cinco mil duros. ¿Creen ustedes que habrá suficiente con eso y con lo nuestro, para cubrir sus necesidades y satisfacer sus caprichos? De ninguna manera. ¡Pues calculen ustedes si era ganga!

Oyendo esto don Fausto dio con el codo al capitán Arsenio, que se sentaba á su lado y que no parecía menos advertido que su amigo del lastimoso estado de virtud doméstica á que quedaba reducida Teresita Estévanez, después de las críticas, reparos y anotaciones que iban exponiendo sus enamorados pretendientes. Aún había tela cortada, como suele decirse, pero avanzaba la hora de dar una vuelta, de estirar las piernas antes de que anocheciese del todo, y hubo necesidad de suspender la sesión. Despidiéronse, por lo tanto, como buenos amigos y quedaron citados para cualquier otra tarde. Al separarse luego don Fausto del capitán Arsenio le dijo sonriéndose:—Ya he visto que ponías mediano gesto á las habladurías de estos guasones y me alegro que no te hayas metido á discutir con ellos. Mañana hablaremos de esto.

IV

Aquel «mañana» no llegó, porque su amigo Arsenio tuvo que ir con frecuencia á la Capitanía general y don Fausto salió en aquella misma semana de Cayudes para tomar una veintena de baños en Alhama, siguiéndo la prudente indicación del médico.

Entre tanto, su convecino el tendero puso en su famosa lista al quinto pretendiente de Teresita, que era por cierto militar, y reservó in mente para cuando volviera el retirado noticias nuevas y estupendas versiones de las muchas que corrían, en el barrio acerca de este último noviajo. Respecto de los demás personajes de estos apuntes, poco ó nada sabemos que merezca particular mención, si no es la reconciliación del llamado Velez con sus hermanos. Bien es verdad que no valía tomarse semejante molestia, puesto que á los dos meses cabales andaban por la casa como perros y gatos.

Aunque parezca inverosímil, don Fausto tornó á sus hogares mucho más aliviado y no tardó en enterarse de las últimas y más recientes novedades, gracias á la memoria y penetración de su amigo don Ceferino.

Retirábase ya del paseo una tarde de Octubre, envuelto en su amplio gabán de lanilla de color de avellana, cuando alcanzado por una linda pareja que llevaba el mismo camino, se encontró inesperadamente con el capitán Arsenio y su vecina Teresita. Nadie podrá imaginarse el asombro y la estupefacción que se pintaron con inequívocos rasgos en el rostro de nuestro retirado. Mirábalos fijamente y no sabía salir de: ¿Ah, ¿con que son ustedes?… con que ustedes por aquí?… con que…

Lo probable era que fuesen los mismos en persona si no le engañaban sus ojos, pero aquellas frases envolvían las siguientes ideas: «¡Mi vecina casada! ¡mi Vecina del brazo de un joven, y nada menos que del capitán Arsenio, que sabía de ella horrores!» Conceptos tan opuestos y arriesgados no cabían al parecer en la cabeza de don Fausto, que apenas acertaba á cumplir con las nociones más elementales de cortesía. Existía además otra razón, no menos pequeña, para aumentar su turbación; la sospecha de que Teresita estuviese enterada de su gran curiosidad y de las versiones poco caritativas que tal vez hubiese hecho correr acerca de su coquetismo. Comprendiéndolo así nuestro capitán, le dijo:

—Sí, señor, mi querido don Fausto, somos nosotros tan casados como usted ve. Por lo demás, es natural que le cause cierta extrañeza y voy á explicarle…

—¡No por Dios! nada de explicaciones ni de extrañezas. Esta señorita…

—Esta señorita conoce la antigua amistad que nos une. No le dimos parte de nuestro casamiento, porque hoy es uso y costumbre de no darlo hasta pasados tres meses. ¿Recuerda usted el problema social que planteamos sobre las verdaderas causas de?…

—Quita allá, hombre, ¿quién se acuerda de eso?

—Pues eso traía su malicia. Yo estaba en relaciones con mi mujer; sentía una viva curiosidad por saber la opinión de las personas que la habían tratado; y no es que dudase de la bondad de su carácter, sino que deseaba conocer los argumentos en que se apoyaban las malas lenguas para rebatirlos y pulverizarlos el día en que hiciera justicia. Ese día ha llegado—y tomando de la diestra á Teresita, añadió con el calor propio de un enamorado:—Le presento á usted á mi mujer, á quien usted irá conociendo y estimando más cada día por su gracia, por su bondad, por su buen juicio, por su sencillez…

—Basta, basta, muchacho, ¿á dónde vas á parar?—le interrumpió Teresita con encantadora naturalidad.

—Teresita,tendré un verdadero placer—repuso entonces nuestro viejo retirado—en ser tan buen amigo de usted como lo soy de su marido, el capitán Arsenio. ¡Ah, señorita, los hombres somos mucho peores de lo que ustedes piensan! quisiera que usted olvidase nuestra ligereza, nuestra curiosidad, nuestra, etcétera, etcétera.

—Si, sí— afirmó ella con la risa en los labios, —ya me contó Arsenio esa historia. ¿Por qué hablarán tan mal de nosotras esos caballeros?—y después de un momento de reflexión, añadió con la mayor ingenuidad esta frase gráfica, expresiva y graciosamente irónica:—¡Bendito Dios! lo que inventan los hombres para no casarse…

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José M. MATHEU.

Madrid, 1891.

Publicado originalmente en
El álbum iberoamericano

Madrid 7, 14 y 22 de junio de 1891

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