¡A BABOR!

lobomarino¡A BABOR!

No imagine el lector que voy á referir alguna conmovedora escena de las muchas que pueden contar los navegantes; sobre que yo siempre he sido terrestre, como suelen llamar despreciativamente en algún pueblo de la costa á los que no están avezados á la vida del mar, y se quedan con la boca abierta admirando el líquido elemento, y se asombran de ver un bote, y así saben ellos lo que es una balandra como un bergantín ó una fragata, sobre ser yo terrestre, repito, carezco en absoluto de las cualidades singularísimas que necesita poseer el que escribe de los encantos de la mar, ó de sus grandes horrores, ó de sus maravillosos misterios é imponentes fenómenos.

Voy sencillamente á referir, un cuento, ó quizá un sucedido, que no se donde oí, y que no tiene nada de particular ciertamente, pero que demuestra… Lo qué demuestra ya lo notará el lector sin que yo se lo diga, que no es tan torpe el lector que no sepa lo que demuestra un cuento.

En un pueblo de la costa, no diré en qué región de España, vivía un marino que había nacido en la mar, en un viaje que su madre hizo con el marido que Dios le dio, que era dueño de una goletilla de mala muerte, pero con la que se ganaba la vida muy holgadamente, bien que corriendo grandes peligros, que muchas veces se había visto perdido en alta mar, salvándose con la ayuda de la Providencia, y merced también á su habilidad en el manejo de la nave. Nació Tomás en la mar, y holgóse mucho su padre, porque, entusiasta por su profesión, como todos los marinos, quería que su hijo participara del mismo entusiasmo, y no podría menos de ser así, habiendo nacido en medio de la inmensidad del mar, arrullado por las olas embravecidas, y siendo su cuna hecha de una red que primorosamente compuso y aderezó el amante padre, de suerte que ni el hijo del más poderoso de la tierra halló lecho más blando y cómodo cuando vino al mundo.

En efecto, el niño creció en el mar, y como esperaba su padre, ni siquiera le ocurrió que podía haber en el mundo otro modo de vivir que corriendo mares, capeando temporales, y gozando de las delicias que ofrece al navegante ese inmenso espejo donde se refleja tan clara y tan visible la grandeza de Dios, y sin duda por eso entre los marinos no hay ateos, no hay infelices que duden de la existencia del Ser Supremo.

Veintidós años, día por día, vivió en el mar, en la goleta de su padre, que con ser una cascara de nuez, vieja y llena de remiendos y composturas, dio la vuelta al mundo, llevando á todas partes, bajo la gloriosa bandera española, frutos del suelo y productos de la industria de aquella hermosa región de España, donde la primera virtud es el trabajo, y trajo de todas partes otros frutos y otros productos de la industria, proporcionando á su dueño regular ganancia que aseguraba un porvenir desahogado al hijo querido y llenaba de gozo al honrado padre, que ya no había de disfrutar las ventajas de la holgura,

porque sus días estaban contados, pero harto recompensado se consideraba con haber conseguido tanto provecho de su ruda labor de toda la vida para el hijo Tomás, que era su gloria y su ventura.

Y sucedió una cosa por todo extremo singular. El muchacho enfermó, de suerte, que puso en gran cuidado á su amante padre, y le obligó á dar la vuelta á toda vela al pueblo donde esperaba la madre, bien ajena de que su hijo venia tan en poco satisfactorio estado de salud. Por suerte había un gran médico que después de haber servido en la Armada largos años, habíase retirado á vegetar en el pueblo natal; y este médico, que ya no ejercía, se encargó de la curación de Tomás, logrando en breve tiempo que el mozo, que había llegado flaco, pálido, lacio, tristón é inapetente, volviera á cobrar carne y color, alegría y apetito.

Y á los dos meses ya tornó al mar con su padre, pero cuatro días después de abandonar la costa, otra vez cayó Tomás enfermo con los mismos síntomas que en su anterior indisposición, y otra vez hubo que volver al pueblo á consultar con el sabio doctor, que, en viendo al paciente, torció el gesto y murmuró algunas palabras que no le entendieron el padre y la madre. No tardó en recobrar la salud, aunque la enfermedad parecía algo más rebelde, y tres meses después, ya estaba tan listo y en disposición de llevar á Marsella un cargamento de muchos miles de naranjas, que valían un dineral. Aunque Tomás quiso ir solo, porque su padre andaba también delicadillo, éste no lo consintió, temeroso de que el chico se le volviera á poner enfermo. Y así pasó, en efecto, porque no bien navegó el barco tres millas, Tomás cayó con mortales congojas y se puso materialmente á morir, llegando á creer el azorado padre que sin él volvería á la casa, donde la madre había quedado llena de angustia.

Agravó la situación el estado de la mar donde pasaron padre é hijo la más terrible noche, el uno procurando salvar el barco que, como si fuera delgada tabla, allá iba azotado por las olas con tal furia que á cada instante el intrépido mercante consideraba que se le iría á pique, y que en un punto perecerían él y su hijo. La Virgen, á quien se encomendaba en estos casos el experto navegante, le sacó á salvo, y al amanecer del día siguiente al de la salida del puerto, calmó el mar, alumbró el sol, y la goleta, aunque con averías de consideración, pudo enderezar el rumbo hacia el punto de partida.

Todo el pueblo esperaba ansioso, temiendo una catástrofe, porque el barco ya no estaba para resistir una tormenta, y hubo un momento de general alegría y admiración, al ver que la nave tomaba, bien que aquel era su último viaje, pues no bien habían desembarcado sus tripulantes, la veterana se deshizo en pedazos, como si una voluntad sobrehumana, que en concepto de todo el pueblo no era otra que la bendita Inmaculada Concepción, la hubiera sostenido hasta aquel momento.

Pero, como siempre á la alegría sigue la pena, tan grande como fué el regocijo de la madre al ver volver la nave, fué su dolor, viendo el estado en que volvía su hijo, otra vez atacado de la extraña enfermedad, y más grave que nunca.

Volvió el sabio doctor, y torciendo el gesto dijo de modo que todos le oyeran:

—«Tomás, no puede volver al mar. Ya me lo presumía yo. Si vuelve es hombre muerto.»

Efectivamente, Tomás, por uno de esos incomprensibles misterios de la naturaleza, había llegado á no poder resistir la influencia del mar que era enteramente contraria á su salud. Asombrábanse todos, y él el primero, de que habiendo nacido y habiendo vivido más de veinte años en medio del mar, le fuera este elemento por tal manera dañoso, y el doctor, á quien se pidieron explicaciones, manifestó que tampoco lo entendía, pero que era evidente que si Tomás volvía al mar, no podría conservar la vida. Esta terrible sentencia y la total pérdida de la goleta hicieron tal impresión en el ánimo del padre de Tomás, que el hombre, después de muchos días de tristeza, cayó gravemente enfermo, y habiendo hecho sus disposiciones, se preparó á morir, dejando un buen caudal á su mujer y á su hijo, sin remordimiento que le inquietase la conciencia, y con el único pesar de que no fuera el mar su sepultura, Tomás recobró la salud en tierra, y alguna que otra prueba hizo para dejar mal al doctor que aseguraba la imposibilidad en que de lanzarse al mar se hallaba el joven, sin grave riesgo, y dos o tres veces probó salir en un bote á pescar, sucediéndole siempre volver más que de prisa, porque comenzaba á sentirse indispuesto. Con estas pruebas se convenció de que era preciso renunciar á la vida de mareante, y renunció, y se dedicó á comerciar en frutos del país, conservando siempre con la gente de mar cordialísimas relaciones de amistad y de compañerismo.

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II

Un joven como Tomás, guapo, inteligente y bien acomodado, había de tener mucho partido entre las mujeres, y no fueron pocas las que pusieron los ojos en él, y esperaron que les dijera algo. La conquista de un muchacho primerizo en amores, pues mientras navegó no pudo amar más que á Dios sobre todas las cosas y al prójimo como á sí mismo, era de gran importancia, y á lograrla aprestáronse más de dos y más de cuatro de las muchachas de mejor palmito y más ventajosas circunstancias.

Como que muchas veces oían á sus madres decir:

—«Tomás sí que es buena proporción.»—«La que pesque á Tomás ¿para qué quiere más día de fiesta?»—«Un novio como Tomás es una ganga,»—las muchachas se pirraban porque Tomás reparase en ellas, y algunas había que propiamente se le querían comer con los ojos, cuando le hallaban en la iglesia, en paseo ó en alguna tertulia.

Y lo que hicieron con este procedimiento fué estimular de tal suerte la vanidad de Tomás, que llegó á pagarse de su mérito por singular manera, creyendo que todas las muchachas estaban muertas por él y que no se merecía menos. Y como de todas era bien recibido y agasajado, oyéndose sus frases galantes,—galantes hasta cierto punto, porque Tomás nunca se distinguió por la cultura y delicadeza de lenguaje, como criado en la mar y sin trato de gentes,—oyéndosele, digo, con una especie de arrobamiento y veneración, adquirió tan alto vuelo su fatuidad, que el mozo, si no hubiese tenido tan saneada fortuna, hubiera parecido el más impertinente y sándio del mundo.

Pero sándio y todo, logró la mejor suerte entre las muchachas, y conquistó á las más donosas y agraciadas, sin que ninguna pudiera hacerle ir á la iglesia para casarse, porque, lo que él decía, no hubiera sido poco tonto en renunciar á tantas por una sola cuando tantas se disputaban sus preferencias. Por donde se ve que Tomás en punto á moralidad no era un modelo que pudiera imitarse.

No pueden Vds. figurarse qué gran perturbación introdujo Tomás en las familias que hasta entonces habían vivido en apacible deleitosa calma, y qué fácilmente formó escuela de malas costumbres en el pueblo, y en fin, qué ojeriza le tomaron los padres de las muchachas, viendo que el zángano sólo pensaba en divertirse y no en casarse. Y lo más grave fué que los demás imitaron su ejemplo, se dedicaron también á enamorar á las chicas, sin que ninguno fuera con el buen fin que es de rigor en todas relaciones entre muchacha casadera y hombre de bien. Aquello era un horror. El cura esforzábase en vano en predicar cada domingo sobre las excelencias de la vida conyugal, echando tal cual puntadita á propósito de lo que en el pueblo pasaba entre mozos y mozas. Él predicaba, y luego, en toda la semana, nadie asomaba por la iglesia con los papeles para casamiento á pedir las amonestaciones de costumbre.

Cundió el mal ejemplo á otros pueblos próximos, como que Tomás los visitó, y en todos dejó memoria amarga, como D. Juan Tenorio, dando funesto y escandaloso ejemplo, y contribuyendo en gran manera á la perdición de las costumbres. Puede decirse que llevó la inmoralidad á todos los pueblos de la costa, antes tan morigerados y venturosos.

Pasó el tiempo, y Tomás llegó á los cuarenta, viviendo solo como un hongo, poco estimado de sus convecinos, receloso de todo el mundo, aburrido, tristón, y en camino de adquirir una ictericia que le llevase más que de prisa al otro mundo. Y comenzó á pensar seriamente que vivía mal en la soledad y que viviría mucho mejor teniendo una dulce compañera que le cuidase y le diese algún hijo, á quien legar su fortuna.

Pero, ¿dónde encontraría mujer á quien hacer su esposa? Ni en su pueblo ni en los de la costa, donde el bello sexo estaba grandemente picardeado,—en lo que le cabía ciertamente una gran parte de responsabilidad,— y donde temía que la mujer que eligiera le había de matar á pesadumbres para vengar así los muchos agravios que de Tomás habían recibido las de su sexo.

—No, se decía allá á sus solas, en las largas horas nocturnas de insomnio, no me caso yo con mujer que haya conocido gente de mar. Estas mujeres de la costa saben mucho, y la mía, estoy seguro, me la pegaría, me haría pagar todas juntas las muchas jugarretas que hice yo á padres y maridos.

¡Estaría bueno que un hombre como yo fuera un monote con que se divirtiera una de estas traviesas muchachas! Nada, sí me caso, ha de ser ierra adentro, es decir, allá en la Mancha, donde las chicas no han visto el mar ni pintado, ni han tratado jamás con mareante alguno!…

Continuar leyendo: segunda parte (conclusión)

CARLOS FRONTAURA

Publicado originalmente en:

Ilustración Artística.

Barcelona 30 de julio de 1882.

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