¡A BABOR! (conclusión)

Leer la primera parte.

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III

Pocos días después, habiendo madurado su pensamiento, resuelto á contraer matrimonio, si hallaba mujer guapa y que no tuviese idea siquiera de lo que son el mar y la marinería, Tomás cerró su casa, dejó en seguras manos su hacienda, y se partió del pueblo, llevando por todo equipaje un pequeño lío de ropa y al hombro un remo de los de uno de sus botes. No quería el hombre hacer ostentación de ser persona bien acomodada, porque tenía la pretensión de que la que con él casara había de amarle por sus buenas cualidades físicas y morales, y no por el dinero, y así emprendió su viaje un rato á pie y otro andando, en busca de la niña inocente y candorosa, ajena á todas las picardías del mundo, á quien había de entregar su corazón y hacer partícipe de su fortuna.

—Donde nadie sepa lo que es un remo, pensaba, allí es donde elijo mujer.

Andando, andando, se alejó de la costa y llegó á un pueblecito circundado por un hermoso valle, y no bien avanzó hacia las primeras casas, encontró un grupo de muchachas de buen ver, que, en verdad, tenían todo el aire de inocentes campesinas. Quedáronsele mirando con extrañeza, y él, que ya sabemos que no era corto de genio, encarándose con la más guapa, le preguntó:

—Dime, hermosa, ¿qué pueblo es este?

—¿Este?…, La Cañadilla.

—Buenas chicas se crían en esta tierra, si todas son como la muestra, añadió Tomás, para congraciarse con las muchachas, y entrar en conversación.

—¡Jesús! mejores las hay que nosotras, contestó la que había dicho el nombre del pueblo.

—Pues si mejores que vosotras son las que no he visto, os digo que sobre este pueblo se derramó toda la gracia de Dios.

No disgustó la lisonja á las muchachas, que todas se acercaron al desconocido y comenzaron á hacerle preguntas:

—¿De dónde es V.? ¿Quién es V.?

—¿De qué pueblo viene V?….

—¿Tiene V. parientes en este pueblo?….

—¿A quién viene V. buscando?….

—No tengáis miedo, dijo Tomás, que soy un hombre honrado, que viajo así por gusto, y que no traigo otras intenciones ni otros propósitos que ver mundo y mujeres guapas.

—¡Jesús!

—¿Y para qué trae V. ese remo?…. preguntó una chiquitina, colorada, pizpireta, que tenía unos ojos muy vivos y demostraba ser un verdadero diablillo.

Tomás se quedó más frío que la nieve. En aquel pueblo no era el remo un instrumento desconocido.

Tomás dijo que era marino, y todas, llenas de curiosidad, le preguntaron sobre su profesión, y parecieron encantadas de lo que les contó de lo mucho que había visto en sus navegaciones, y en menos que lo cuento se aficionaron por singular manera al marino, quien no se atrevió á pasar en el pueblo más de una noche, porque temió enamorarse de alguna de aquellas arriscadas mozas en las que hubiera visto el hombre su bello ideal, si hubiese advertido en ellas la absoluta ignorancia de las cosas del mar que deseaba en la mujer propia.

Allí también habían conocido alguno que otro marinero que, habiendo salido pequeño del pueblo, habíase ido á correr mundo y la suerte le había llevado á servir en las naves de la Armada Real, volviendo luego á casarse en el pueblo, y algunas de las mujeres habían viajado y visto el mar y conocido gente de mar, y no faltó quien le dijo haber tenido novio marinero, y que sentir el mal comportamiento que tuvo con ella, dejándola en tierra para volverse á la mar.

En cuanto amaneció, Tomás cogió su lío, su dinero y su remo, y siguió su camino.

Anduvo, anduvo, y visitó muchos pueblos, y en todos lo primero que le preguntaban, era:

—¿A dónde va V. con ese remo?

En ninguna parte encontraba el hombre lo que buscaba, una mujer que ni hubiese saludado en su vida á un mareante ni tuviera idea de la inmensidad del mar, ni siquiera supiese para qué servía el remo.

No solo la Mancha recorrió nuestro marino, sino que por tierra de Aragón fué buscando luego la mujer que, en su concepto, podía hacer suya, sin peligro para su honra y su reposo, la mujer que no hubiese tenido la más leve conexión con ningún hombre de mar, pues, como ya he dicho, y cada vez se aferraba más en su idea, consideraba que mujer conocida de un mareante había de estar picardeada y saber muchísimo más de lo que convenía á un marido tan receloso y tan suspicaz como él había de ser, en casándose. Pero en Aragón, como en la Mancha, todas las mujeres sabían lo que era un remo y para qué servia, y por consiguiente, las que no habían visto el mar ni marinos, conocían perfectamente de oídas que aquel no era otra cosa que mucha agua, y que los marinos se pasaban de listos y tenían gran partido entre las mujeres y eran maestros en el arte de hacerse querer.

El pobre Tomás empezaba á desconfiar que hubiese mujer con quien, no quebrantando su propósito, pudiera casarse, pero bonito era el niño para renunciar á lo que había resuelto. Soltero se quedaría, aunque lo pasara malamente, si no hallaba la mujer ignorante de todo lo que tuviera relación con el mar. Esto se le había metido entre ceja y ceja, y había de encontrarla ó morir buscándola.

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IV

Diez años hacía que buscaba mujer por España y por el extranjero el bueno de Tomás, sin lograr hallarla de las condiciones que apetecía.

Al verle con el remo al hombro, tuviéronle en muchos pueblos por loco, pero en ninguno dejaron de decir al verle:

—¿Para qué llevará ese remo?

Esta exclamación le desesperaba.

Así recorrió la Francia, la Italia, la Bélgica, la Noruega, medio mundo, en fin, viendo mujeres preciosísimas, pero conocedoras del remo, por cuanto ninguna se hacía de nuevas al contemplarle con aquel incómodo é inseparable compañero de madera.

Volvíase ya postrado y sin esperanza de realizar su pensamiento, y queriendo hacer una postrera tentativa, al pernoctar en Valladolid, consultó un mapa que vio en la hospedería donde se albergó, y fijándose en la provincia de Salamanca, halló en ésta pueblos, cuyos nombres por primera vez veía, metidos allá en ignorados rincones, sin comunicaciones fáciles, y en los que probablemente habría mujeres que así tuvieran idea del mar y de los marinos como de la cara que tienen los habitantes de la luna.

Allá se encaminó mi hombre, resuelto, sí también allí se sabía lo que era un remo, á volverse á su pueblo, y á morir célibe cuando Dios fuere servido de llamarle á mejor vida.

Al cabo de algunos, de bastantes días de camino, Tomás llegó al partido de Sequeros, que era entonces, y sigue siéndolo, uno de los menos favorecidos por el gobierno y por la provincia en cuanto á caminos vecinales, que son la vida de los pueblos.

En Sequeros, capitalidad del partido, en seguida conocieron que el viajero llevaba un remo. Allí preguntó cuál era el pueblecito más escondido, más apartado, más incomunicado con el resto del partido, y habiéndoselo dicho el señor alcalde, allá se dirigió más que de prisa, tardando no poco en llegar, porque no había camino para cristianos en aquel país, y expuesto estuvo el terco marino á perder la vida, rodando por precipicios, ó atravesando regatos y pantanos. La Virgen, á la que se encomendó devotamente, le amparó y le libró de todo mal grave, pero no de un horrible catarro con que llegó al misero pueblecillo, de tal guisa que no se le entendía lo que hablaba.

Entró en el pueblo, donde las casas eran más cuevas que casas, y en viéndole, hombres, mujeres, y muchachos quedaron asombrados, mirándole de pies á cabeza y mirándose unos á otros, y preguntándose que era aquel palo que llevaba el desconocido.

Allí nadie sabia que aquello era un remo.

Tomás pidió albergue al alcalde, mostrándole sus papeles para que viera que no se las había con un vagabundo, pero, como si no se los hubiera enseñado, porque el alcalde no sabía leer, aunque era la persona de más importancia del pueblo, á juzgar por la casa en que vivía, que, si bien estaba hecha de adobes, y para entrar en ella, casi había que arrodillarse, y no tenía más luz que la que entraba por la puerta, comparada con las horrendas cuevas en que vivía el resto del vecindario, era un palacio maravilloso. El alcalde, habiéndole ofrecido dinero el viajero, brindóle su propia casa, y en ella entró Tomás, y no bien entró, cayó como privado de conocimiento, con una horrible fiebre, consecuencia de lo que se había mojado y había sudado en el camino. Tenia el pobre una pulmonía terrible, de esas que no cura la ciencia de todos los alópatas y homeópatas juntos.

Ni alópata ni homeópata fué el médico que le asistió en su grave dolencia, que fué el mismo alcalde, que era herrador, herrador sin título, que daba una en el clavo y ciento en la herradura, y que viendo que se le moría el huésped, allá á su modo, le asistió haciéndole tomar un vino más negro que la pez, poniéndole unos sinapismos que le despellejaron las piernas, y dándole friegas con una bruza, con que allá cada seis meses solía adecentar á un jaco que tenia, más viejo que Matusalén. Y para que el hombre sudara, á falta de mantas, echóle encima ocho ó diez fanegas de paja, y con este tratamiento, el enfermo, que estuvo delirando dos días seguidos, al tercero abrió los ojos, y sintió menos peso en la cabeza, y pudo enterarse de dónde estaba y lo que le pasaba.

Y la primera persona que vio, que le preguntaba cómo se sentía, era una mujer bien parecida, de grandes ojos, morena, graciosa, con el cutis curtido por efecto del poco cuidado y de la vida del campo, mujer de buen talante, ancha de espaldas, alta de pechos, de ademan no brioso, sino modesto y hasta candoroso.

Aquella mujer le cuidaba cariñosamente, y le presentaba una cazuela llena de un líquido negro, que, preguntando Tomás qué era, díjole que flores cordiales, y se lo bebió el enfermo, aunque á demonios sabia el jarope, mas le hizo tan buena impresión la enfermera que hubiera tomado de ella, no ya el desabrido brebaje que le presentó, sino un jarro de plomo derretido con que le hubiera brindado.

Por milagro de Dios sanó el hombre, bien que estuvo muchos días que apenas podía tenerse en pie, y oyendo referir los síntomas de su enfermedad y los remedios del herrador, conoció que había estado muy malo, y conoció, sobre todo, la excelente voluntad y el generoso instinto de aquella buena gente que así le había asistido, un poco bestialmente, pero con buena intención y con buen éxito.

La mujer era hija del alcalde, tenia sus treinta y tres años, y desde luego se le advertía el candor y la inocencia de su alma buena. Todo el día, mientras el alcalde iba al campo á cuidar su hacienda, estábase en casa atenta á servir al huésped, con quien conversaba largamente, oyendo con embeleso lo que de sus viajes por tierra le contaba Tomás, quien pudo persuadirse al poco tiempo de que ni la más remota idea del mar tenía la doncella silvestre en quien cada día notaba nuevas perfecciones. Una vez le preguntó para qué viajaba con aquel palo largo, por donde Tomás conoció que ignoraba su cuidadosa enfermera el nombre y el uso del remo.

De suerte que aquella era la mujer soñada por Tomás.

Este dijo que no podía explicar el uso de aquel palo sino á la mujer con quien se casara, y con esta respuesta, la mujer, prudente sino satisfecha, no volvió á preguntar otra vez.

Para abreviar, diré que como el trato engendra confianza y la confianza cariño, Tomás se aficionó por singular manera á la hija del alcalde, y que ésta también tomó querencia al marino que, aunque tan entrado en años, era un buen mozo muy superior á todos los del pueblo, y que al fin, un día Tomás dijo á Tomasa, que así se llamaba, que la quería, y Tomasa, poniéndose muy colorada, contestó á Tomás como éste deseaba, y á poco se concertó la boda con el consentimiento del alcalde, que ya habría pensado que su hija se iba á quedar sin casar.

Tomás mandó al arriero del pueblo, que cada dos ó tres meses bajaba una vez á Salamanca, que fuera á comprar todo lo necesario para la boda. Dióle una lista de los efectos que había de comprar y dinero largo para pagarlos, y le autorizó á traerlo en dos ó tres ó más bestias que se necesitaran, pues, aunque al mes de celebrarse la boda, se iría á su pueblo natal con su mujer, el mes que viviera en compañía de su suegro lo quería vivir cómodamente.

Treinta días después volvía el arriero, trayendo primorosa ropa blanca y lujosos vestidos para la novia, una cama de las llamadas cameras, de hierro, con su cabecera llena de amorcillos pintados, gran copia de jamones, cántaros de buen vino, embutidos sabrosísimos y otras muchas cosas de comer, sin faltar el rico aceite de anís, y los dulces, más duros que piedra, y varios regalos para el padre y para los amigos, que ya lo eran todos de Tomás.

Y se celebró la boda, siendo aquel día en el pueblo el de mayor algazara que se ha conocido desde su fundación.

A las nueve de la noche todo el mundo estaba rendido, y retirándose los convidados, es decir, todo el pueblo, y retirado el padre, quedaron solos los recién casados, en la nupcial alcoba, que era la sala y el gabinete y toda aquella casa. El padre se fué á dormir á la cuadra.

Sobre quién había de acostarse primero tuvieron cariñosa cuestión los esposos, y Tomás hubo de ceder al ruego de Tomasa, y desnudándose en un periquete, se metió en la cama, que no era muy grande, la verdad, y allá en medio de ella se estuvo mientras Tomasa se quitaba todas las galas con que la había obsequiado su esposo y había lucido en la fiesta. Y cuando ya se las había quitado, llena de rubor, pero atraída por las tiernas frases con que la animaba el esposo, acercóse al lecho conyugal tímidamente, siendo preciso que Tomás le cogiese una mano y suavemente la obligara á acercarse más, pero sin reparar que no le dejaba sitio en el lecho… De suerte que ella, decidida ya á ocupar su puesto honradamente al lado del que era su dueño, con la bendición de Dios, tuvo que indicarle que le hiciera el lugar preciso para su cuerpo. Y se lo indicó díciéndole:

—Pero, Tomás esposo mío, hazme el favor, ¡échate á babor!….

Tomás dio un brinco que, como el techo era bajo, dio en él con la cabeza, y se la abrió.

¿De qué le sirvió llevar el remo?….

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V

Tomás, cuando estuvo más en calma, y persuadido de que la cosa no tenía remedio, pidió explicaciones á su mujer acerca de aquella frase náutica con que tanto le había sorprendido la noche de la boda.

La explicación fué muy sencilla. Años antes había estado en el pueblo un sabio que iba allí á buscar fusiles, decía Tomasa, queriendo decir fósiles, y se había hospedado en la casa del alcalde. Aquel sabio había sido marino y navegado muchos años, y á Tomasa le había referido muchísimos detalles de la marinería, le había descrito los vapores y los bergantines y las fragatas, le había explicado la significación de los términos técnicos de los marinos y las maniobras de los buques, y por eso sabía Tomasa lo que era á babor y á estribor, y en fin sabia de la mar y de los mareantes más que ninguna de las mujeres que Tomás había visto en sus viajes tierra adentro.

Lo único que no sabia era cómo era un remo. Eso se conoce que no se lo dijo el sabio.

—¿Y porqué no me lo dijiste antes de casarnos? preguntaba Tomás.

—¡Toma! contestaba Tomasa porque tú no me hablaste nunca de la mar. Como no se terció la conversación no me ocurrió decirte nada.

Con lo cual Tomás, ya resignado, quedó convencido de que no por buscar mucho la mujer que se desea se le encuentra cómo se desea.

CARLOS FRONTAURA

Publicado originalmente en:

Ilustración Artística.

Barcelona 30 de julio de 1882.

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