TAUROMANÍA

LUIS TABOADA

SIGA LA FIESTA

DIBUJOS DE ÁNGEL FONS

Madrid

Manuel F. Lasanta, Editor.

CALLE DEL MESÓN DE PAÑOS 6, BAJO

1892

A GUISA DE PRÓLOGO.

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TAUROMANÍA

No haya miedo de que se acabe la afición. Antes al contrario, hay gente que se pasaba la vida vituperando el toreo, y hoy asiste á todas las corridas con la mente henchida de dulces ilusiones.

Algún caballero sensible, de esos que ven en el caballo un enemigo cariñoso, decía á voz en cuello que la suerte de varas debía desaparecer, y que el Gobierno estaba en el caso de hacer una ley reglamentando la lidia, á fin de que el toro se dejase lidiar buenamente y no se le llevase la contraria.

Ya ve usted,—me decía un filántropo de éstos;— el toro es un animal como usted y como yo, mal comparado, y nadie tiene el derecho de mortificarle. ¿Que le capeen? Bien. ¿Que le corran y le burlen? Perfectamente. ¿Pero que le claven banderillas y le pinchen en el morrillo? ¡eso es un abuso!

En fin, el número de anatematizadores taurinos era extraordinario; pero las cosas han cambiado esencialmente, y ahora hay padre de familia que deja á sus cuatro hijos en la cama con el sarampión, y se va á ver á Lagartijo y á echarle al Guerra cigarros de diez céntimos, acompañados de estas palabras:

—¡Ole tu mare!

No vayan ustedes los lunes á las oficinas del gobierno, porque los empleados no despachan expedientes, ni los porteros contestan como Dios manda, ni los jefes escuchan las reclamaciones del público.

—Buenas tardes—dice usted humildemente desde la puerta.—¿Podría saber si está despachada una solicitud que presenté el año pasado por este tiempo?

—Pero, hombre! —contesta uno de los funcionarios.—¿Cree usted que esto es lo mismo que hacer buñuelos?

—Es que…

—Ya comprende usted que en doce meses no hay tiempo material para enterarse de las solicitudes. Ahora estamos despachando los asuntos del 79.

Y le dejan á usted con la palabra en la boca, para ponerse á hablar de la corrida del domingo.

—Desengáñese usted don Serapio—dice uno. —El segundo toro era corniveleto.

—Era cornigacho.

—¡Si querrá usted saber más que sentimientos, que estaba á mi lado y me lo dijo en confianza!…

—Yo me peleo con cualquiera en cuestión de toros ¿sabe usted? Porque puedo decirle que nací en la dehesa, y me pasé la niñez entre vacas, como quien dice, ¿sabe usted?

—Pues yo sostengo que no entiende usted una palabra de toros.

—¡Orden, caballeros!— dice otro de los empleados, que toma café en un rincón sin meterse con nadie.

—En Chiclana— sigue diciendo don Serapio— tengo yo una tía que es uña y carne de Gordito, y todos los años, por Navidad, le regala pelo. Yo he tratado al Gordito como les trato á ustedes ahora, y sé de toreo como el que más. Vamos á ver: las banderillas que puso el Ostión al tercer toro, ¿han sido al relance ó al sobaquillo?

—¡Hombre! Eso lo sabe cualquiera: al relance.

—¡Protesto!

Es casi imposible llevar una de estas obras a la escena, porque habrá de conservar la languidez dramática que constituye su fondo.

—Es usted un chancleta.

—Y usted un mal aficionado.

—Y usted un besugo.

—¡Orden, orden!—vuelve á decir el funcionario del rincón.

En esto entra otro infeliz contribuyente para saber si le han resuelto un asunto, y los empleados le reciben con cara de perro.

—Venía á saber…—balbucea el recién llegado.

—¿Qué?—pregunta uno de los taurófilos oficiales.

—Si el señor ministro ha resuelto mi expediente.

—¿Qué expediente?

—El de las salinas de…

—¡Para salinas estamos!… Mire usted, don Serapio; las banderillas del Ostión han sido puestas al relance, porque el toro estaba tal como aquí, donde está este caballero.

—Muchas gracias por la comparación.—Murmura el aludido.

—Y el Ostión vino por este lado, y se las clavó así, al revuelo de un capote.

El funcionario, para hacer más clara la explicación,coge dos cuadradillos y se va derecho al del expediente, que apela á la fuga, dándose á todos los demonios.

sigalaf3Pero no por eso termina la discusión. Don Serapio es testarudo, é insiste en que el Ostión ha banderilleado de sobaquillo. Enfurécese el otro oficial; sube de tono la disputa, y don Serapio acaba por coger un tomo de la gaceta y tirárselo á la cara de su contrincante. Éste se ciega y coge el expediente de las salinas, para contestar á la agresión; intervienen los demás funcionarios, y, por último, se presenta el jefe echando chispas.

—¿Qué escándalo es este? —Pregunta furioso.

—Va usted á ser juez, don Cipriano—dice uno.

—¿De qué se trata? ¿Es así como respetan ustedes los centros oficiales?

—Figúrese usted—interrumpe don Serapio—que Fernández dice que las banderillas del Ostión han sido puestas al relance.

—¡Ah! ¿Hablaban ustedes de toros?—pregunta cariñosamente.

—Sí, señor.

—Creí que se trataba de otro asunto… Pues yo creo que el Ostión ha debido tomar al toro por la derecha… El toro se tapaba.

—Eso digo yo—interrumpe el portero que había acudido á las voces.

—Lo que quería aquel toro era que le echaran un capote—añade un chico escribiente.

—Oiga usted—contesta el jefe con aire de superioridad.—El toro estaba resentido del cuarto trasero, y además era un animal muy susceptible: de modo que no han debido abusar del capote.

—Eso, eso— dice don Serapio.

Y la discusión continua hasta que llega la hora de comer. Los expedientes entretanto, duermen el sueño de los justos, dice en confianza á los que van á preguntar por sus asuntos:

—Mire usted; hoy no podrán darle razón de nada, porque ayer hubo toros y están descutiendo. Vuelva usted el sábado de la semana que viene, á ver si se ha aclarao eso del Ostión; pero si es usted de fuera de Madrid y tiene ganas de volver á ver á la familia, vale más que vuelva usted el invierno próximo, por durante la temporada no nos ocupamos de los expedientes.

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