SIGA LA FIESTA.—A GUISA DE PRÓLOGO

Paseaba yo por la feria del libro viejo y antiguo de Madrid, disfrutando de la búsqueda de obras relacionadas con Vicente Moreno de la Tejera y su época. De repente veo un libro pequeño, en un estado no demasiado bueno; pero en su lomo pone TABOADA. El corazón se acelera, ¡Taboada! Lo hojeo, no me fijo demasiado, tiene algunas ilustraciones simpleS, habla de toros, es de 1892 y cómo siempre sin pensarlo, obedeciendo a mi intuición, me lo llevo.

Aquí lo tienen:

LUIS TABOADA

SIGA LA FIESTA

DIBUJOS DE ÁNGEL FONS

Madrid

Manuel F. Lasanta, Editor.

CALLE DEL MESÓN DE PAÑOS 6, BAJO

1892

slf2

Yo ni combato ni apadrino las corridas de toros, porque tengo por línea invariable de conducta dejar que cada uno se divierta como pueda.

Lo que hago en esta obrilla es copiar escenas cómicas relacionadas con el arte del toreo, y sacar á luz algunos tipos pertenecientes al gremio de aficionados, sin meterme á emitir opiniones ni á cantar las excelencias de este ó del otro matador. Para mí todos son excelentes, con tal de que despachen al bicho de la primera estocada.

He tenido mi época de entusiasmo por el arte taurino, á pesar de mi oriundez gallega, y hasta he llegado á creer que podría banderillear un becerro “en confianza”, para lo cual nos reunimos unos cuantos contertulios del café de la Luna y organizamos una corrida en la plaza de toros de los Campos Elíseos; pero ¡ay! Nunca me habría yo metido en semejante jaleo, porque todavía me duelen los achuchones.

Verán ustedes lo que me sucedió.

Yo quise echarle un capote al primer becerro, y éste se vino hacia mí furioso. El director de la lidia, que era un boticario de la calle de las velas, hombre muy inteligente, aunque obeso, comenzó á decirme:

—Ande usted con él, que estoy yo aquí.

Y yo, inocente, metí el capote en la cara del bicho.

¡Fuuuu! Hizo él, arrancándose como un rayo; y me dio con el testuz en la boca del estómago, obligándome á tomar el olivo de la cabeza.

Aún me parece estar viendo los ojos del animal, que echaban chispas.

El público, aunque no había pagado sus asientos, se creyó con derecho á insultarme, y desde un tendido me tiraron dos naranjas y un sombrero de copa viejo; y una señorita picada de viruelas que estaba en un palco; me llamó “maleta”, y “desaborío” y “pendón”.

Después yo me metí en un burladero hasta que pasó el chubasco, y de allí fué á sacarme el director, diciéndome con malos modos:

—Tiene usted que poner banderillas.

—¡Qué las ponga el nuncio!

—Usted se ha comprometido á banderillear.

—Bueno pues me descomprometo.

—No tiene usted delicadeza taurina.

—No señor; no tengo ninguna.

Cumpla usted con su deber… ¡so zapatilla!

Aquello me llegó al alma, y cogí los palos con arrojo.

El becerro me miraba de mala manera, como si quisiera decirme:

—¿Conque tú pretendes colgarme esos palitos? ¡Yo te daré a tí banderillas… esgalichao!

—Señor de becerro, le decía yo, mirándole con ternura. Déjese usted clavar estos adornos. ¡Hágame usted ese favor! ¡Si no duelen…! Consideren usted que me están contemplando una porción de personas conocidas, y entre ellas mi novia y su mamá, que es una especie de moro irascible, capaz de negarme la mano de la chica si no salgo airoso.

Dicho esto, quise alegar al bicho; pero se conoce que no tenía ganas de broma, antes bien seguía dirigiéndome miradas iracundas.

slf1Entonces tomé una resolución heroica; recé el credo, di el último adiós á este mundo, y… ¡pum! Le puse las dos banderillas al boticario en el cogote.

Este lanzó un grito y comenzó á dar saltos espantosos, con lo cual vinimos á saber que era blando al hierro.

A todo esto el novillo, que no me quitaba ojo, se lanzó sobre ambos, y á este quiero á este no quiero, nos puso la epidermis que daba horror.

Al boticario le llevaron á su casa en un serón, entre el mancebo de su botica y un mono sabio, y á mí me metieron en la enfermería, donde comenzaron á frotarme el cuerpo con un cepillo mojado en vinagre.

¡Ay! ¡Qué dos horas pasé! Un médico opinaba que debían sangrarme, porque se me habían contraído los músculos y tenía los brazos como dos rosacas. Otro médico decía que lo mejor era meterme en un saco de sal gorda para que se me castraran los chirlos.

Por último, me llevaro á mi domicilio envuelto en una colcha, y estuve un mes y medio en un ¡ay1 hasta que, á fuerza de unturas, conseguí que volvieran los músculos á su pristino estado.

Cuando salí á la calle, todo me producía pavor; los guardias de orden público, las jamonas, los clérigos. En cuanto veía un bulto negro, ya estaba yo echando á correr, creyéndome perseguido por un torete.

Pero aún me faltaba lo más grave, y fué el recibimiento que me hizo mi futura suegra.

—¿Tiene usted todavía valor para presentarse delante de las personas decentes? Me dijo aquella arpía echando fuego por los ojos. ¡Usted no es un hombre; usted es un panecillo de Viena sin sustancia y sin jugo!

—Pero, señora…

—Nunca consentiré que se case con mi niña un hombre que se deja revolcar delante de todo el mundo.

Y me dio dos puñetazos en este hombro (el derecho), que todavía me duelen.

Ya notarán los lectores que después de lo ocurrido, hay para perder la afición á las banderillas; pero eso no impide que me guste ver los toros desde la barrera.

Que es precisamente lo que pueden hacer ustedes si se toman la molestia de hojear el presente libro.

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