AURORA BOREAL

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AURORA BOREAL

Ocupaba mi vecino un antiguo caserón de señorial aspecto, inmediato á la casa en que yo vivía; al principio de mi llegada á Torrente le creía un maniático ó un misántropo, y hasta demente le juzgué, y lo cierto es que su inexplicable comportamiento, lejos de desvanecer mis sospechas, me afirmaba cada vez más en ellas.

Nos veíamos á todas horas y apenas si me saludaba; en nuestras excursiones campestres raras veces tomábamos el mismo sendero, al contrario, como nos evitábamos, nos dirigíamos siempre en opuestas direcciones. Cuando yo tomaba el camino del río que corre á la izquierda del pueblo, mi vecino se encaminaba á las montañas que se levantan á la derecha; cuando uno de nosotros subía á la ermita, infaliblemente el otro debía descender á los sotos á ver como los cazadores perseguían las codornices. Llamaba mi atención que mi desconocido saliera siempre sin escopeta, ya que la caza es una de las contadas distracciones que ofrece el campo, y más me sorprendía el extraordinario efecto que le causaba el disparo de una arma de fuego; estremecíase entonces como un epiléptico, su semblante se demudaba sus ojos tomaban extraña expresión y llevando las manos á sus oídos emprendía vertiginosa carrera cual si en pos de él marchara su más feroz enemigo.

Una tarde me encontraba descansando en una colina; en un soto inmediato mi vecino platicaba amigablemente con un pastor que apacentaba numerosísimo ganado; la hora era muy agradable, una brisa saturada de saludables emanaciones perfumaba la atmósfera, declinaba el sol y sus doradas nubes iban tomando tornasolado color, que rápidamente se tiñó de rojo quedando el cielo envuelto en una espléndida aurora boreal. A su vista ¿qué le pasó á mi vecino? no sé; pero le vi mirar al cielo con espantados y despavoridos ojos, y caer luego como herido por un rayo. Obedeciendo á un impulso natural, llegué donde mi desconocido se encontraba; con el auxilio de algunos campesinos fué trasladado á su casa, y bajo su techo, en el seno de la más cordial confianza, me contó lo que voy á referir:

—El cielo,—me dijo,—no debería teñirse nunca de color de sangre; es un color que hiere mi vista más fieramente que podría un rayo herirme en la cabeza… He visto mucha; un día la hice derramar muy injusta, muy cruelmente, pero no me alcanza á mí toda la responsabilidad; aquella mujer funesta tuvo la culpa: yo creí cumplir con mi deber: se dudaba de mis gentes; la mancha que sobre mis soldados pesaba sólo con sangre la podía lavar.

Era yo uno de los más populares cabecillas de la primera guerra civil (1); mi columna operaba en combinación con las de la parte del Ebro, y por lo bizarro de mis gentes, por lo práctico de mis oficiales era solicitado siempre para los ataques decisivos, para los casos desesperados; mis soldados más que hombres eran verdaderas máquinas de guerra; insensibles á las rudas penalidades de una lucha pertinaz y obstinada, fanáticos por la causa que defendían, batíanse con denuedo tan audaz que siempre el éxito y la victoria coronaba sus jornadas. Cinco años llevábamos de guerrear continuamente, y mi columna se resintió,—como era lógico que ocurriera,—de las bajas que había sufrido; había perdido lo más bravo de mi gente, los oficiales que más brillantes servicios me habían prestado. Con el objeto de cubrir las bajas y de reformar las compañías, me retiré unos días al castillo de Peñalva situado en el Maestrazgo y propiedad de uno de los más caracterizados defensores de la causa que amparábamos. Entre oficiales y voluntarios me acompañaban unos ciento cincuenta hombres que fueron todos convenientemente alojados en las espaciosas habitaciones del referido castillo, habitado á la sazón por su propietario y su joven y bellísima esposa.

Estaba ansioso de descanso y en parte alguna podía encontrarlo ni mejor ni más regalado, de manera que prolongué mi permanencia en Peñalva más tiempo del que había acordado. Ademas ¿á qué negarlo? tenía la castellana tal atractivo, era tan gentil y agraciada, que mis pobres ojos cansados de contemplar horrores, no se cansaban de admirar la plácida belleza de aquella tentadora mujer; nada, sin embargo, la signifiqué; ¿cómo faltar á lo sagrado de tan generosa hospitalidad? ¿cómo corresponder con más fea deslealtad á las bondades de un ejemplar amigo? Ella, por su parte, mostrábase cada vez más amable y expansiva conmigo y más condescendiente con mis gentes á las que solía obsequiar de continuo con cigarros y licores ó disponiendo alguna espléndida merienda en alguno de sus cortijos inmediatos al castillo; mis voluntarios á su vez correspondían con la mayor gratitud á sus repetidas finezas y para alegrarla y distraerla solían referir las más famosas acciones que habían tomado parte, las tristes y sangrientas venturas que se corren en una guerra civil, cuanto, en fin, consideraban que podían ofrecer algún aliciente á la curiosidad de nuestra protectora.

Un día, —con espanto lo recuerdo siempre, amaneció preocupada y cavilosa, nos miraba con mal reprimido espanto, evitaba hablarnos, aumentando por momentos su manifiesta inquietud.

¿Qué tenía? ¿qué le pasaba? ¿por qué aquel brusco y repentino cambio? Esto nos preguntábamos todos sin que ninguno de nosotros acertara á contestar.

Yo lo comprendo todo, menos que un hombre pueda vivir aguijoneado por la duda: dudé una hora, dos, tres; más tiempo no pude soportar el horrible peso de la incertidumbre. Hice cuanto humanamente pude por averiguar la causa del disgusto, cuando desesperado de no conseguirlo me amparé al último extremo, se lo pregunté á ella misma. Resistió, no quería contestarme; insistí, seguía en su obstinación; pero tanto y tanto rogué que, al fin, habló: ¡nunca jamás lo hubiese hecho!

—Tenía todas mis alhajas y una fuerte cantidad guardada en un escondrijo del castillo,— me dijo, —hoy al irlo á reconocer he visto que me han robado.

—¿Robado? ¿y quién piensa V. pueda haberlo hecho?—le pregunté frenético, terrible.

—No sé,— me contestó,— pero es evidente que me lo han sustraído.

—¿Está usted segura de ello? —insistí.

La contestación fué afirmativa y para confirmarme en su aseveración me hizo bajar al subterráneo del castillo en una de cuyas paredes se veía como el hueco de un nicho, recién abierto; allí guardaba sus joyas y parte de sus caudales; el tabique que los encerraba había sido derribado, los valores habían desaparecido.

Sentí teñirse mis mejillas con el carmín de la vergüenza; una oleada de sangre enardeció mi frente, temí perder la razón y sólo el ansia de hacer un pronto y ejemplar castigo me devolvió la tranquilidad.

Subí al patio, mandé tocar llamada; á los pocos minutos mi gente formaba esperando mis órdenes. Yo tenía ciega confianza en mis hombres y al verlos formados, con su marcial aspecto, con la ruda lealtad que respiraban sus semblantes, un vago remordimiento cruzó por mi corazón. ¿Qué me autorizaba á dudar de su probidad? pero mi sincera duda se desvaneció pronto ¿acaso no acababan de ver mis ojos el testimonio de la falta que se les imputaba?

Agobiado de pena y sufrimiento les manifesté la acusación que sobre ellos pesaba, otorgándoles una hora de tiempo para que me fuese delatado el que deshonraba nuestra compañía.

Me oyeron con extraña sorpresa, con profundo disgusto; los oficiales respondieron con sus vidas de la inocencia de los voluntarios; estos con aire tan amenazador me miraron que á no ser la disciplina en aquellos tiempos se hubiera originado un sangriento conflicto que en algunos instantes temí no poder evitar.

Aquella hora fué muy corta; sin esperar la señal de ordenanza formaron de nuevo mis gentes; nadie se declaró culpable, ningún indicio se me ofrecía para dar con el autor del robo; ¡quizás eran inocentes, quizás se habían concertado todos para no decirme la verdad! Atormentado por esa duda mandé que inmediatamente se sortearan los oficiales que debían formar el consejo de guerra, los cuales inspirándose en mis indicaciones acordaron que fuese diezmada la columna; luego como el número resultase excesivo se convino en sortear la mitad de los que debían ser pasados por las armas. El fallo era irrevocable; exigía su cumplimiento no sólo el buen nombre de mi columna sí que también la severidad de la disciplina.

Las sentencias debían ejecutarse la mañana siguiente.

Habilitóse el subterráneo para capilla; allí fueron trasladados los ocho reos que fueron custodiados durante la noche por el resto de la compañía.

Subí al castillo para no dar lugar á que nuestros favorecedores sospecharan la tragedia que se estaba desenvolviendo, y me limité á decir á la señora, que á la mañana siguiente al romper el alba, mis gentes saldrían á practicar algunas maniobras.

No sé qué extraño efecto produjeron mis palabras en aquella mujer; ello es que desde aquel instante reveló la mayor inquietud que fingí no observar; al contrario para evitar explicaciones difíciles me retiré antes de media noche, bajando inmediatamente donde los míos se encontraban.

Ni un asomo de dolor, ni de decaimiento mostraban aquellos desgraciados; departían amigablemente con sus camaradas y mejor parecía que se disponían para entrar en fuego que para ir á ser pasados por las armas; ¡qué horrible, qué inexplicable malestar me atormentaba! Tentado estuve de revocar la sentencia impuesta á aquellos infelices, pero aquel nicho abierto en la pared con su cóncavo sombrío y oscuro parecía indeleble mancha que se extendía sobre el buen nombre y la fama de mis voluntarios; era una negra y pertinaz acusación; algunos oficiales me pidieron, que ya que la sentencia era irrevocable consintiera á lo menos en que los reos muriesen con el machete ceñido y ostentando las cruces que poseían; no pude negarme á tan justo como noble ruego. ¡Ay, que el corazón me lo gritaba, á voces! dignos eran de morir como soldados…

Era un día de Mayo, espléndido y hermoso como el de hoy. Acababa de romper el alba y la naturaleza amanecía engalanada con sus más seductoras galas. Las montañas parecían envueltas entre azuladas gasas, que cual fantástico velo se evaporaban entre ráfagas de rosada luz las flores brillantes con sus vivos matices y ricas en embriagadores perfumes rebosaban en gotas diamantinas, que amorosos les absorbían los primeros rayos del sol; á lo lejos un torrente dejaba oír su argentada voz que formaba singular contraste con el gorjeo de millares de pájaros que saludaban la naciente aurora; todo era vida, luz, belleza y armonía; cuanto nos rodeaba embellecía la existencia.


En medio de esa decoración espléndida y serena se puso en marcha el luctuoso cortejo para cumplir con su sangrienta misión. Yo me puse á su cabeza y al llegar á una llanura inmediata al castillo, di la voz de alto; luego ordené que formaran en cuadro, después los infelices sentenciados se colocaron en el centro; el oficial que actcarlistas5uaba como fiscal leyó la terrible sentencia; después blandí yo mi espada que brilló fatídica, siniestra: fué el centellear de un rayo que debía herir de muerte á ocho inocentes; súbitamente sonaron varias descargas, una nube negra empañó el espacio, rodaron por el polvo como masas inertas unos seres pocos minutos antes llenos de vida; vi mucha sangre, algún infeliz que se retorcía entre las convulsiones de bárbara agonía; cerré los ojos, tuve miedo, sentía profundo pavor, sonaron nuevas descargas, una nube más negra sucedió á la primera; al disolverse, junto á los cadáveres de aquellos desgraciados, vi el cuerpo inerte de una mujer. Era la castellana.

¿Cómo estaba allí? tan conturbado estaba que no la vi llegar ¿pero, qué quería? ¿qué buscaba? ¿cómo había llegado hasta el cuadro? ¿acaso quería que perdonara á los que ya no existían? ¡acaso venia á decirme que eran inocentes! ¡ay Dios santo! qué espantosa confusión me conmovió: y aquella mujer no volvía en sí, no se recobraba, y aumentaba mi incertidumbre, y la expresión más feroz se dibujaba en el semblante de mis subordinados.

Mucho tardó en recobrarse; volvió á la vida, pero había perdido la razón; era inútil interrogarla, vano buscar la luz en un cerebro en que se había anticipado la eterna sombra.

Regresé al castillo; allí supe que apenas habíamos salido, había recordado aquella funesta criatura que hacia tiempo había cambiado de sitio sus joyas y el dinero que reclamaba; anhelosa salió en mi busca; llegó en el preciso momento que acababa de cumplirse la fatal sentencia.

Desde entonces un temor pueril se ha apoderado de mi ánimo; el disparo de un arma de fuego me aterra, la vista del color rojo me enloquece, hace surgir á mi vista los espectros de aquellos desgraciados, evoca en mi memoria la sangrienta jornada de aquel inolvidable día. Inútilmente he buscado la tranquilidad de mi espíritu; ya más no la podré hallar, porque cuanto miro y veo se me antoja una acusación implacable á mi funestísimo error; si: hasta las amapolas que esmaltan nuestros sembrados las considero gotas de sangre que arroja Dios sobre mi hacienda; ¿que mucho que la vista de esos arreboles me cause tan gran trastorno, tan terrible conmoción? todo el cielo teñido de rojo, una nube gigantesca fluctuando sobre mi cabeza; un mar de sangre condensándose en las nubes para deshacerse y ahogarme entre sus rojas oleadas: tal se me figuran esas auroras tan extrañas.

Después de oírle me convencí de que mi vecino no era un maniático, ni un misántropo, ni un demente: era un pobre hombre aguijoneado por tenaz remordimiento.

Y continuó buscando la soledad y evitando mi compañía.

Al principio porque no lo conociera, después porque le conocía.

ANTONIA OPISSO

(1)-Referido a la que hoy conocemos como primera guerra carlista.

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica.

Barcelona. 21 de mayo de 1887.

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