La muñeira.

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LA MUÑEIRA

Es preciso haber recorrido las hermosas campiñas de Galicia, aquellos panoramas de una naturaleza privilegiada, aquellas iglesias rodeadas de árboles, de montañas ó de riachuelos para comprender bien lo mucho que vale esa porción de España que los hijos de Suiza confundirían tan fácilmente con su tierra.

Mucho se ha hablado de Galicia, pero la mayor parte de las veces con un desconocimiento casi completo de su fértil suelo, sus bellas hijas, la distinguida sociedad de sus capitales y todo aquel conjunto tan agradable de notas simpáticas y sentidas que presenta el país en donde es proverbial la honradez y el amor al trabajo.

Ese pueblo, como todos, tiene sus cantos y sus bailes, las manifestaciones de su sentimiento, que no de una manera vulgar, como ordinariamente se cree, se traducen en una muñeira, cuyo aire no es monótono, y dice todo el poema de aquellos campos y expresa los impulsos del corazón, las historias de amor, la alegría y las penas.

Acompáñanse las muñeiras con las gaitas, característico instrumento de los gallegos, cuyo sonido es tan prolongado como los ecos que repiten tanta y tanta montaña en que abunda Galicia.

Mercedes, joven de diez y ocho años, morena, hermosa y con unas trenzas tan largas que la llegaban hasta la cintura, cantaba de un modo especial las muñeiras.

Era una Patti en las muñeiras, una verdadera celebridad, no sólo en su pueblo, sino en toda aquella comarca, que no era otra que la formada por las iglesias y las aldeas de las pintorescas cercanías de Coruña.

Al lado de su aldea se hallaba una que á Mercedes le parecía el rincón más hermoso del mundo.

En ella había nacido un mozo de buen talante, no menos bueno que su carácter y sus ojos. Llámenle ustedes Juan, si quieren conocerle por su nombre.

Se habían conocido desde muy niños, y al aprender sus nombres habían aprendido también á quererse, y para aquellos rústicos aldeanos, que nada se les alcanzaba de los ceremoniosos amores de la ciudad, era su cariño el ídolo de su vida, al que habían levantado un altar en su pecho.

Se querían porque sí y se manifestaban con franqueza sus impresiones.

Al repartir entre el terruño y el ganado aquel amor sincero, se llevaba éste siempre la mejor parte.

Juan y Mercedes formaban un alma en dos cuerpos.

Aquella tierra en que habían visto por vez primera la luz del día convida á querer, con aquel ambiente tan diáfano y tan puro, aquella lujuriosa vegetación y aquellas limpias aguas que la bañan, como si necesitase de este perfil de encanto.

Nada más bello ciertamente que el Mero rodeado á ambas orillas de sauces, cuyas bellas y largas hojas ya tocan en las aguas, ya se trasparentan en ellas que semejan cristal clarísimo.

Allí creció y se desarrolló, al par que Juan y Mercedes, el amor inmenso que se tenían.

Mercedes, con la alegría en el rostro y la dicha en el alma y del brazo de Juan, concurría á las fiestas de los lugares vecinos en donde era siempre solicitada para cantar sus muñeiras, que se habían hecho célebres en veinte leguas á la redonda.

Un día los jóvenes deletreaban con angustia una carta y aun se la dieron al cura de El Pasaje para que la leyese dos ó tres veces, porque les parecía imposible que encerrasen aquellas líneas como un decreto de destierro y separación.

Con efecto, Juan tenía un tío en América, único pariente cercano que le quedaba en el mundo.

Lo llamaba con toda urgencia, incluyéndole una letra de cuatrocientos duros, y tenía que partir. Era una orden expresa.

El autor de la carta vivía en Buenos-Aires.

A fuerza de trabajo y de constancia había reunido un capital, y á la sazón era dueño de un almacén magnífico de los que se conocen en aquel país con el nombre de Registros.

El tío de Juan, como tantos otros, había ido á la República Argentina en busca de una fortuna, que por los medios que hemos dicho consiguió al fin y al cabo.

En esa New-York de la América del Sud, cuyo movimiento comercial es tan grande; en esa hermosa capital que presenta todo el aspecto de las grandes ciudades del progreso moderno, pueblo virgen y lleno de vida en donde encuentra la actividad del hombre un porvenir risueño y anchos y nuevos horizontes, le ocurre á muchos lo que al tio de Juan: llegan de jornaleros y pasan luego á ser empresarios.

La pobre Mercedes lloró con lágrimas de sangre la partida de Juan, quien salió para Buenos-Aires en el primer vapor que pasó por Coruña.

El día de la marcha fué para ellos, á pesar de la hermosa luz que irradiaba el sol en medio del puro azul del cielo, lo que el de todos los enamorados que se separan, oscuro, sombrío preñado de nubes y lleno de amargas tristezas.

El buque empezó á andar. Juan en la borda y Mercedes de pie en la lancha que le había conducido al vapor, cada uno con su pañuelo en la mano, se dieron el saludo que agita el aire á la distancia.

Aquellos dos pañuelos que fueron blancos para todos, aparecieron como negros crespones á la vista de los amantes.

*

* *

Mercedes se quedó sola con su tristeza, y cuanto le rodeaba, objetos y personas que se moviesen á su alrededor, le parecían únicamente sombras de un pasado que embelleciera su existencia.

Con ansiedad indescriptible esperó la llegada de los correos, y estuvo á punto de caer exánime al encontrarse que no llegaba ninguna carta dirigida á su nombre, aunque supo perfectamente que el buque había arribado felizmente y en él, en buen estado de salud, su ingrato novio, que de aquel modo pudo la desgraciada joven calificarlo luego.

Dudó aún y esperó de nuevo.

Había ocurrido algo grave.

Esto pensaba Mercedes, y así era. El tío de Juan se estaba muriendo, cosa que supo por conducto de éste, que en los primeros momentos se ocupó sólo en correr á la cabecera del enfermo y no separarse de allí para nada.

El mal tuvo bastantes intermitencias y su vida se fué prolongando, siquiera fuese penosamente.

Mercedes, sin otro cuerpo del cariño de Juan que sus cartas, las estrechaba contra su pecho, se las sabía de memoria, las perfumaba con los suspiros de su alma y las empapaba en las dulzuras de sus lágrimas.

Se excusaba de ir á las fiestas de los pueblos cercanos, y cuando no podía evadirse de concurrir á ellas, salían allí de su garganta notas de una marcada melancolía. Sus muñeiras eran ayes de un alma destrozada por el dolor.

Las hijas de Galicia quieren con el delirio de la vehemencia, con el vértigo indefinible de las grandes pasiones.

Juzguen nuestros lectores del estado de Mercedes al empezar á no recibir cartas de Juan.

Investigó, pero todo fué inútil.

Al cabo de algún tiempo de averiguaciones supo que ya no se hallaba Juan en América, sino en España: ¿pero en dónde?

No tuvo calma para más y quiso ella misma salirle al encuentro. Preparó su modesto equipaje, compuesto de algunas mudas de ropa, de su inseparable gaita, recuerdo de su amante que tan bien la tocaba, y con sus ahorros y lo que le produjo la venta de su terruño se fué de puerto en puerto, como una loca, inquiriendo de fonda en fonda y poco menos que de casa en casa. Los recursos se le acabaron; empeñó cuanta ropa llevaba, se quedó con la puesta, y reducida, por último, á la miseria, agarró su gaita y se fué de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad cantando muñeiras y procurándose el sustento y lo más preciso para seguir la peregrinación que había empezado con las monedas que le alargaban los transeúntes, movidos por la expresión de profunda tristeza de sus hermosos ojos y la de aquellas notas sentidas que brotaban de sus rojos y bellísimos labios.

Llegó hasta Madrid.

Era uno de esos crudos inviernos en que los pobres sienten como nunca el rigor del frío. La miseria horrible en lo moral se presenta en el invierno en toda su espantosa y asoladora desnudez.

Hiela la sangre en las venas como la despiadada parca al desgarrar las ligaduras de la carne.

Mercedes, confundida entre ese pueblo bohemio que se agita en las grandes ciudades, luchando con el hambre y las intemperies, recorría sin cesar las calles, más herida por sus pesares en las fibras de su corazón que destrozada en la piel por la acción de la nieve.

En una noche del mes de Enero en que el hielo llenaba las calles de la villa del Oso y el Madroño, la pobre Mercedes, envuelta en un raído pañolón que apretaba contra sus ateridos miembros y colocada debajo de uno de los faroles que hay á la puerta del teatro de Variedades, cantaba muñeiras implorando de este modo la caridad de los asistentes á aquel espectáculo.

Entre la gente salió un apuesto caballero envuelto en un rico sobretodo de pieles. Llevaba del brazo una elegante y desenvuelta dama, á quien soltó de pronto yéndose como atraído por un imán secreto bacía el sitio en que se encontraba Mercedes.

Aquellas muñeiras sólo podía cantarlas ella.

A la luz del farol que bañaba su cara, y á pesar de las huellas que el sufrimiento había marcado en la hija de Galicia, podia reconocerse á Mercedes.

La mendiga y el caballero lanzaron un grito, se arrasaron sus ojos en lágrimas y se abrazaron con efusión.

Aquel hombre era Juan. Su tío murió, y heredero de su fortuna, que realizó en seguida, volvió á Europa con una italiana que había empezado á gastarle parte de sus bienes.

La muñeira fué el verdadero grito de su conciencia, adormecida por el filtro que había bebido de los lúbricos labios de la traviata que lo acompañaba, durante un año. La muñeira le trajo á su memoria los felices recuerdos de su vida en la aldea, sus antiguos y puros amores, las infidelidades que había cometido, la interesante y hermosa figura de su Mercedes, que se imponía á todo amor de un día, á toda pasión de un momento, á todo vértigo de un devaneo, y su corazón, que era noble y grande, le llamó á voces.

A los ocho días se unían en santo é indisoluble lazo los dos amantes.

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Mi amigo González García es una apreciable persona que goza de grande y merecida reputación en la Bolsa. Su firma es dinero. Respetables capitalistas de provincias y de Madrid tienen depositada en él su confianza.

El Sr. González García habita un precioso chalet en la Castellana, y antes de mi partida para América quiso que fuera allí para comer con él y presentarme á su señora, á quien no había tenido el gusto de tratar.

Es una persona bellísima, que hace feliz á mi amigo, quien estima que no son nada los tesoros que encierra en sus arcas al lado del que tiene con ella en su hogar.

Después de haber hecho los honores correspondientes á la suculenta comida y excelentes vinos que en la mesa fueron presentados, se sirvió el café. Hablé de los viajes y excursiones que como periodista había hecho, y después de habérsele dedicado un gran párrafo á Buenos-Aires, de cuya ciudad, así como de toda la República de que es capital, me había hecho la halagüeña descripción que se merece el señor González García, me puse á hablar de Galicia, y especialmente de Coruña, á la que, representando el importante diario democrático El Progreso, de cuya redacción formaba parte, fui cuando tuvo lugar la inauguración del ferrocarril directo entre aquella ciudad y Madrid.

Los Sres. González García eran gallegos y escuchaban con gusto la relación entusiasta que les hacía de la Coruña y sus cercanías.

Hablé también de las gaitas y las muñeiras, y dije de estas últimas que para mí, lo que se cree por algunos cantos monótonos sin expresión alguna, dicen mucho y las hay que seguramente hablan al alma.

La señora de mi amigo, no menos conmovida que su esposo, asintió á mis palabras y me dijo que, en prueba de que hablaban, iba á hacerme la historia de unas que había cantado ella en otro tiempo, y me hizo entonces el relato que acaban de leer ustedes.

Los Sres. González García son la Mercedes y el Juan de mi cuento.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

(NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886)

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