EL PREMIO DE SIEMPRE (conclusión).– MALES DEL ALMA.–HONORES PÓSTUMOS.

florencia7

Parte I.- IMPULSOS DEL ALMA.

Parte II.- ESPERANZA Y DOLORES.

Parte III.- DESEOS VAGOS

Parte IV.- UN SUEÑO DE AMOR

Parte V.- LAS LUCHAS DEL GENIO

EL PREMIO DE SIEMPRE

VI

MALES DEL ALMA

El trabajo sobrehumano llevado á cabo por Andrés agotó por completo sus fuerzas físicas, y al terminar el cuadro apoderóse del pobre joven violentísima calentura, perdiendo toda noción de cuanto á su alrededor acontecía. Dos solas ideas vagaban sin concierto, pero persistentes siempre entre las brumas agobiadoras de la calentura; su cuadro, Angiolina.

En tanto, solícitos amigos, por no dejar pasar el plazo señalado, apresuráronse á llevar el cuadro al palacio de Cosme de Médicis, donde se hallaba ya el del competidor de Andrés, y pasáronse los días en medio de la mayor incertidumbre, entregado el artista á su lucha con la enfermedad, y los amigos á la inquietud por la suerte que cupiera á la obra, objeto de tantas esperanzas.

Junto á la cama del pobre enfermo, congregábanse diariamente los amigos, artistas también y allí, sin que Andrés tuviera conocimiento de lo que pasaba á su alrededor, trasmitíanse sus impresiones.

Una de las noches que más animada parecía la tertulia y Andrés daba muestras de mayor agitación y desasosiego, entablóse á media voz la siguiente conversación:

—¿Qué noticias corren por la capital, Pietro amigo?

—Pocas de las que á nosotros nos interesan; las artes duermen indolente sueño, y como acontecimiento de sensación, sólo se habla de la llegada del fastuoso embajador español, por tanto tiempo esperado.

—¡Hola! En este caso nuestras damas ya tienen digno objeto donde saciar su infatigable curiosidad.

—Hasta tal punto, que tú no sabes cuanto se comentan las frecuentes visitas del gallardo embajador, á la linda condesa Angiolina.

—Su fausto la habrá deslumbrado.

—Al contrario, pienso que ella desea deslumbrarle á él con su belleza y opulencia, pues esta noche da un baile que se considera en honor del noble extranjero.

—Es una coqueta.

—A mí no me entusiasman las mujeres así, y desgraciado el hombre que en ellas fía.

Abrióse en aquel momento la puerta de la estancia, y en su dintel apareció un joven pálido y denudado.

—¿Qué te pasa, Marcelo?—preguntaron todos.

El recién llegado púsose un dedo sobre los labios, y luego preguntó á media voz:

—¿Cómo está?

—Lo mismo que siempre.

Marcelo dirigióse de puntillas al lecho, y vio efectivamente á Andrés con los ojos cerrados por la intensidad de la calentura y revolviéndose con fatiga.

—¡Siempre igual!—murmuró.

En todos los semblantes retratóse profunda pena, porque Andrés era querido sinceramente por sus amigos. Después, estos se sentaron al rededor de una mesa, disponiéndose á cambiar sus impresiones en voz baja según costumbre.

—Parece que vienes disgustado, Marcelo, ¿qué te pasa?

—Os traigo una mala noticia.

—¿Respecto á qué?

—Respecto al cuadro.

—¡Será posible!

—¡Y tanto! Acaban de asegurarme que esta tarde misma, Cosme de Médicis se ha decidido por el cuadro del rival de Andrés, y que mañana se hará pública la noticia.

—¡No puede ser!—dijeron todos con estupefacción.—La obra de nuestro amigo es mil veces mejor que la de su contrincante y saltan á la vista sus bellezas.

—Pero se han puesto en juego muchas intrigas para negar el premio al verdadero mérito.

Andrés, durante el año del plazo, sólo se ha ocupado en pintar el cuadro; el otro, lo ha aprovechado también para hacer atmósfera en su favor, empleando para ello todos los medios de que dispone la bajeza y la adulación. De suerte que tiene de su parte á casi todos los magnates florentinos.

—¡Qué siempre la fortuna ha de ser para los intrigantes! ¡Pobre Andrés!

—Yo todavía no lo creo y me permitirás que haga lo posible para enterarme. Me voy á adquirir noticias,—dijo uno de los jóvenes.

—Y nosotros te acompañamos. ¿Quién se queda hoy para velar al enfermo?

—Yo,—dijo Pietro.

—¡Pues adiós, y ojalá mañana no resulte cierta la infausta noticia!

Los amigos abandonaron cabizbajos la habitación, Y Pietro quedóse solo con el enfermo, meditando un buen rato en las consecuencias que tendría para el pobre artista lo que acababa de saber.

Transcurrió una hora. Andrés parecía algo más tranquilo y Pietro hacía inauditos esfuerzos para vencer al sueño. El silencio que reinaba en la casa no era el más á propósito para estar desvelado, y como el enfermo en aquellos momentos descansaba, al parecer, Pietro, cómodamente arrellenado en un sillón, se dispuso á permitirse algún, descanso.

Cuando su igual y tranquila respiración demostraba que dormía, Andrés se incorporó en el lecho con los ojos desmesuradamente abiertos, y con presteza se dispuso á vestirse, cuidando de no despertar á su compañero. Parecía animado por sobrenatural lucidez, temblaba convulsivamente y apenas podía tenerse en pie, pero á costa de heroicos esfuerzos, logró vestirse, dar algunos pasos por la habitación, y luego salir de ella sin producir el menor ruido.

Pietro dormía profundamente.

VII

HONORES PÓSTUMOS

Cuando el viento fresco de la noche agitó los desordenados cabellos de Andrés, sus ideas parecieron esclarecerse algún tanto, cobró nueva fuerza y exclamó por lo bajo:

—¿Conque es cierto que mi porvenir desaparece como si se hundiera en el abismo de la desventura? Mi cuadro en el cual cifraba tantas esperanzas, postergado; mi amor que me sostenía en la ruda lucha de la vida, burlado indignamente. ¡Oh! ¡No; no puedo creerlo! Si Angiolina en realidad me amaba, no me retirará su cariño por esta derrota artística, hija de la torpe intriga; yo encontraré nuevas fuerzas, lucharé más, y algún día conseguiré lo que deseo; no ser el primer pintor de Florencia, sino del mundo! Me sobran fuerzas para acometer grandes empresas; yo no desmayo nunca, pero es preciso adquirir antes la certeza de su amor, de lo contrario, ¿para qué quiero la vida? Anhelo convencerme de que son una miserable calumnia los rumores que circulan respecto al embajador español; quiero saberlo esta noche misma. ¡Oh Angiolina, en tus manos tienes mi suerte! ¡Arte ingrato, que mal pagas á tus más fervientes cultivadores!

Andrés se dirigió á la morada de la condesa, por cuyas ventanas salían torrentes de luz y armonía. Saltó fácilmente la verja del jardín é introdújose en las habitaciones de la planta baja, y como el criminal que busca donde ocultarse, fué recorriendo con precaución diferentes aposentos. A sus oídos llegaban de vez en cuando, dulcemente debilitados, los ecos de la fiesta, y en un momento dado, que creyó percibir ruido de pasos, y el rumor de cautelosa conversación, ocultóse precipitadamente en la penumbra.

Ya era tiempo; la condesa deslumbradoramente vestida, se aproximaba del brazo de un arrogante caballero.

—Sois muy bella, condesa,—decía el desconocido con pasión,—y cuando os llaméis mi esposa, en España, país clásico de la hermosura, eclipsaréis la belleza de todas las mujeres.

Angiolina guardó silencio, pero sonrió de un modo seductor ante tan halagadora idea.

Al pasar junto al sitio donde se hallaba oculto Andrés, detúvose la feliz pareja ante un hermoso canastillo de flores. La condesa cogió una de ellas, la más diminuta de todas y la ofreció graciosamente á su caballero. Éste la prendió en el pecho, y estrechando la hermosa mano que se la ofreciera, exclamó con entusiasmo:

—¡No puedo creer en la dicha que me ofrecéis, y algunos momentos paréceme que soy juguete de un sueño! ¿Es cierto que consentís en ser mi esposa, que no nos separaremos nunca y que soy el único hombre que ha reinado en vuestro corazón?

—Mi marido fué para mi un padre; el verdadero amor del alma, hasta hoy no lo he conocido.

—De suerte que la admiración que despertabais, los adoradores que tenéis en Florencia…

—Pasatiempos nada más, señor embajador, hasta hoy no me convierto en mujer seria.

Sonriéronse ambos interlocutores y prosiguieron su interrumpido camino.

Cuando se hubo perdido en lontananza el ruido de sus pasos, salió Andrés de su escondite con todos los rasgos de la desesperación pintados en el descompuesto semblante. ¡Todo se hundía á un mismo tiempo para el desdichado!

Sus sueños de amor y sus esperanzas de gloria, y aquella naturaleza tierna, exquisita, soñadora, viose de repente desposeída de todo ideal, y pesadumbre inmensa rindió el espíritu que antes se sintiera fuerte para la lucha.

Andrés, ciego por la desesperación, loco de dolor, y agobiado por la intensa calentura que le prestara ficticia vida, quiso á todo trance abandonar aquellas habitaciones, donde respiraba envenenada atmósfera y tambaleándose como un hombre ebrio, se dispuso á ganar el jardín.

—¡Quién fía en el amor de la mujer, es un necio, quien sueña con la gloria es un insensato!—balbuceaba al alejarse de aquel palacio funesto.

Al estar en la calle, cuando por última vez dirigió la triste mirada á aquella casa que antes creía el cielo de su amor, tan profunda desesperación se apoderó de su alma que sintió algo extraño en su interior, como si se rompieran los frágiles resortes de la vida; nubláronse sus ojos y cayó desplomado sobre el frío pavimento á tiempo que resonaban en la ancha plaza los melodiosos acordes de la orquesta que en el vecino palacio preludiaba una pavana.

Al día siguiente recogieron de la vía pública, helado, rígido, el cadáver del desventurado Andrés.

Su muerte, los móviles que le hicieron abandonar el lecho para correr al palacio de Angiolina, fueron un misterio para el vulgo, pero á pesar de que no había hablado nunca con sus amigos del pacto que celebrara con la voluble condesa, alguno de ellos sospechó algo de la verdad, pero no pasó de ser una sospecha.

Mientras se identificaba al día siguiente su cadáver, circuló con la rapidez del rayo por toda Florencia, la noticia de que su cuadro había sido premiado por unanimidad en el concurso, predominando en el ánimo de Cosme de Médicis el verdadero mérito, antes que los torpes manejos de la intriga.

Entonces, aquella ciudad entusiasta por el arte é impresionable como ninguna, llevó al palacio de los Médicis el cuerpo del infortunado artista. Allí se le cubrió de coronas, se pronunciaron sentidos discursos en su honor, y el tentador aparato de la gloria mundana prodigóse sobre aquellos mortales despojos.

El cuadro de Andrés fué admirado por todos los florentinos, se le colocó solemnemente en el templo y el nombre del joven artista lo repitieron hasta la saciedad los mil ecos de la fama.

¡Pobre Andrés! Ya no podía gozar de aquel triunfo á tanta costa alcanzado; su existencia breve y azarosa fué un nuevo eslabón de la ineludible cadena, una etapa del martirio que sufre el genio, mientras permanece en el mundo.

Los hijos predilectos del arte son naturalezas privilegiadas que sueñan la belleza infinita, que alguna vez dan forma real á sus sueños, pero á quienes se recompensa con la más fría indiferencia.

El amor de la mujer y los halagos de la gloria resultaron igualmente negativos para Andrés, y sucumbió en la lucha como tantos otros.

Si hubiera vivido, tal vez la envidia de sus contemporáneos hubiera buscado defectos en su obra inmortal; murió, y sólo á este precio pudo lograr sus ensueños de gloria.

Angiolina se casó con el embajador español, no tuvo jamás remordimientos y fué feliz, como lo son las mujeres coquetas, gozando de los bienes materiales de la vida.

Es de suponer que el nombre de Andrés no acudió nunca á su memoria, y le olvidó, como antes de él fueron olvidados tantos otros adoradores.

¡Pobre Andrés! La soñada gloria, aquella que debía llenar su alma de inefables emociones, sólo se reflejó en su tumba.

Tal es el premio que el mundo destina á los artistas: después de obstinada lucha, sólo consiguen la admiración de los hombres cuando pisan las misteriosa penumbre de la eternidad.

FIN

JOSEFA PUJOL DE COLLADO

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica 

Barcelona 26 de marzo y 3, 16, 23 y 30 de abril de 1887.

Parte I.- IMPULSOS DEL ALMA.

Parte II.- ESPERANZA Y DOLORES.

Parte III.- DESEOS VAGOS

Parte IV.- UN SUEÑO DE AMOR

Parte V.- LAS LUCHAS DEL GENIO

Parte VI.- MALES DEL ALMA

Parte VII.- HONORES PÓSTUMOS

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