EL PREMIO DE SIEMPRE.- UN SUEÑO DE AMOR.- LAS LUCHAS DEL GENIO

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Parte I.- IMPULSOS DEL ALMA.

Parte II.- ESPERANZA Y DOLORES.

Parte III.- DESEOS VAGOS

EL PREMIO DE SIEMPRE

IV

UN SUEÑO DE AMOR

Angiolina de Rocaberti era, en verdad, una mujer encantadora. Viuda de uno de los mejores jefes de la República florentina, hermosa, joven y rica frecuentaba su casa la más escogida sociedad, y hallábase constantemente rodeada, como Cosme de Médicis, por una corte de artistas, de filósofos y de poetas.

Para todos tenía una palabra afectuosa, una frase picaresca, un rasgo de ingenio, y la misma movilidad de su carácter constituía un elemento importantísimo de su atractiva belleza.

A su lado se experimentaba algo parecido al vértigo, al deslumbramiento; tenía á sus pies mil aduladores, pero su espíritu inquieto y ligero no se fijaba en ninguno.

En la noche del baile á que hacemos referencia, pululaba por los vastos salones de su espléndido palacio cuanto Florencia encerraba de inteligente y rico. Millares de flores abrían sus corolas en una atmósfera saturada de perfumes; magníficos espejos, reproducían hasta lo infinito el número de los lujosos convidados, y la condesa, con un bellísimo traje de tisú de plata con flores rosa-pálido, recibía graciosamente á sus convidados. Hermoso collar de perlas rodeaba su torneado cuello, mezclándose hilillos de las mismas entre sus negrísimos cabellos.

Con su delicioso rostro oval, moreno, grandes ojos brillantes y soñadores, y su esbelta y airosa estatura, embellecíala tanto la lujosa sobrevesta de raso blanco, que parecía Angiolina la personificación espléndida del arte que impulsara y diera vida al Renacimiento, mezcla feliz de los purísimos ensueños del espíritu cristiano y de los ardores ya debilitados del antiguo paganismo.

Hallábase la fiesta en todo su apogeo, el baile en su mayor animación, cuando Angiolina huyendo del tumulto, internóse distraída por el frondoso jardín. Allí la encontró nuestro Andrés, quien, efectivamente, alimentaba en silencio loca pasión por la noble dama.

—Hacéis mal en abandonar á vuestros convidados,—dijo el artista con dulce reproche,—porque los salones carecen de animación, y las conversaciones de encanto cuando vos no brilláis en ellas.

—También se divierten sin mi, y poco se nota mi ausencia.

—Sois injusta.

—No ciertamente.

—¡Con tantos adoradores!

—Y ninguno verdadero.

—¿Creéis que os engañan los que os hablan de amor?

—Si; por eso no doy importancia á sus protestas.

—Veo que tenéis formada mala idea de la sinceridad del hombre.

—El amor verdadero no se satisface con protestas, necesita hechos. ¿Creéis que á mí basta el amor frívolo que se alimenta en los salones de frases huecas é insustanciales? Yo quiero, si un día llego á amar, que el amor se inspire en obras capaces de inmortalizar al hombre, y al mismo tiempo á la mujer que supo inspirarlas.

—¿Os seduce la gloria?—preguntó Andrés deslumbrado por la vivísima luz descubierta en aquel espíritu que hasta entonces creyera frívolo.

—A mí no me puede seducir la riqueza, porque me sobra el dinero, ni el poder, porque, según dicen, impero en los corazones, ni la hermosura…

—Porque sois la personificación de la belleza,—prorrumpió el pintor entusiasmado.

Sonrióse la amable dama, envolviendo al joven con una mirada deslumbradora.

—¿De suerte que amaríais al hombre que hallara en vos la inspiración?

—Si.

—¿Al hombre que cifrara en vos y en su arte el máximum de la dicha humana?

—Si.

Al pronunciar esta última afirmación, los ojos de la bella florentina se fijaron de un modo tan elocuente en el demudado rostro del joven, que éste, fuera de si, loco de dicha, exclamó tendiendo ambas manos hacia su simpática interlocutora:

—¿Y si ese hombre fuera yo, que soñara en merecer vuestro cariño?

—Cuando os hicierais digno de él, entonces os amaría.

Palideció intensamente el joven y llevóse la mano al corazón para contener sus violentos latidos.

—Indicadme lo que podría emprender que os fuera más grato.

—¡Que sé yo! ¡Vosotros los artistas en tantas cosas podéis probar vuestras aptitudes! Precisamente ahora Cosme de Médicis congrega á los pintores de más fama, para elegir dos que pinten un gran cuadro que falta á la iglesia de San Giovanni. De los dos lienzos, al terminar los cuales se presentarán al moderno Creso, él elegirá el mejor para el templo, proclamando á su autor como el primer pintor de la República florentina. ¿No podríais ser vos quien alcanzara tan señalada honra?

Brillaron con el indiscreto fuego del entusiasmo los ojos del joven artista.

—Buena es la empresa para alcanzar laureles; la obra es gigantesca y no todos, los alientos, por grandes que sean, se hallan á la altura de ella.

—¿Os anonada sólo intentarlo?

—No me conocéis, Angiolina; el entusiasmo es en mí tan grande, más quizás, que mis fuerzas; además, todo me parece poco, si por recompensa tiene vuestro amor.

¡Qué no intentaría yo para conseguirle!

—¿De suerte que lucharéis?

—Hasta morir ó vencer en el empeño. fijadme un plazo para venir á reclamar vuestra promesa.

—Un año.

—Sea. Durante este tiempo no preguntéis por mí, estaré por completo consagrado á mi obra, que por otra parte tiene también señalada un año de plazo por Cosme de Médicis. Después de este tiempo, si el mundo aplaude en mí uno de sus grandes pintores, vendré á reclamaros la palabra empeñada, á buscar el dulce complemento de mi gloria.

—Y habréis merecido mi amor, —añadió la dama tendiéndole su hermosa mano, á tiempo que invadían aquella parte del jardín varios invitados buscando á la encantadora dueña de la casa.

Andrés desapareció á través de un bosquecillo, sin que nadie notara su ausencia, y la fiesta se prolongó hasta el amanecer.

Cuando, al fin, la seductora florentina, fatigada de aquella noche de aturdimiento, se encontró sola en sus habitaciones, sonrióse complacida, mirándose al espejo, y exclamó á tiempo que desprendía los hilos de perlas entrelazados con sus negros cabellos:

—Creo que he hecho una obra de caridad entusiasmando á Andrés para que tome parte en el concurso; mi corazón es harto inconstante para abrigar por mucho tiempo una pasión; conozco que me ama, y en cierto modo le recompenso la predilección que me manifiesta animándole en la empresa. Después… ¡quién sabe! Un año es muy largo, y tanto él como yo, al final del mismo, habremos cambiado mil veces de parecer. No pensemos, pues, en el porvenir, y gocemos con el presente.

Angiolina se durmió aquella noche con la sonrisa de la felicidad en los labios.

¡Pobre Andrés!

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V

LAS LUCHAS DEL GENIO

Inauguróse desde aquel momento para nuestro artista una época de agitación y de ansiedad indescriptibles. Una sola idea le dominaba: hacerse digno de Angiolina, y á conseguirlo dirigió todos sus esfuerzos.

Merced á fatigosísimas luchas, poniendo en juego todas las influencias, presentando á Cosme de Mediéis varias de sus obras, y después de muchos días de agobiadora perplejidad, logró Andrés ser nombrado uno de los dos artistas que debían pintar el codiciado cuadro. Su competidor era un artista célebre ya, cuyo nombre volaba en alas de la fama, y los alientos del joven debieron sufrir poderosa sacudida, cuando recibido el nombramiento, se dispuso á medir sus fuerzas, él, individualidad oscura y casi desconocida, con un artista por todos celebrado.

Para lograr el triunfo apetecido, competían en Andrés sus nobles ensueños de siempre y el amor cada día más poderoso que le inspiraba Angiolina, amor nutrido en el silencio y la soledad de su reducido estudio. Allí, donde de memoria había trazado la imagen de su adorada, elaboraba el plan vastísimo de su obra recurriendo para ello, al inagotable arsenal de su rica imaginación. El tema propuesto era El Sermón de la Montaña, y necesitaba nuestro héroe sentir con toda su fuerza la sublimidad del asunto, para reproducir la figura de Jesús é interpretar uno de los actos más notables de su vida.

No sangre, fuego, corría por sus venas, durante el tiempo ¡un año! Que necesitara Andrés para concebir y ejecutar su obra. La fiebre de la inspiración cubría de intensa palidez sus mejillas, y por momentos enflaquecía el combatido cuerpo.

¡Oh vosotros los que no sabéis, por fortuna, lo que son los deliquios del alma cuando en la mezquina tierra quiere aprisionar un reflejo de la grandeza eterna por medio del arte! ¡vosotros los que vivís en el mundo ignorando los combates que á todas horas sufre el hijo del genio cuya mente caldea avasalladora fantasía! ¡los que disfrutáis sosegada vida en la esfera vulgar y adocenada, no podéis, no, comprender ni imaginar el tormento que sufren las naturalezas privilegiadas al luchar entre la realidad de la existencia y la idealidad del arte, suspendidos entre el cielo de la gloria y el abismo del ridículo! para comprenderlo, es necesario sentir lo que ellos sienten, sufrir con ellos, y concebir sus mismos ideales, atenaceando el alma y aniquilando la indócil materia.

Andrés sufría un combate espantoso que agostaba los frágiles resortes de su vida, y puesto en el empeño, sabiendo toda Florencia su audacia de querer competir con un hombre famoso, no le quedaba más recurso que vencer ó morir en la contienda, porque de salir derrotado, se cubría de ridículo, se inhabilitaba para siempre y perdía el dulce encanto de su existencia, el amor de Angiolina.

No sólo luchaba por el arte, por su porvenir, luchaba también por el amor; no le eran permitidos, finalmente, términos medios; debía hacerse célebre ó desaparecer como seca arista, arrastrada por el vendaval.

¡Cuántas horas de horrible angustia vio transcurrir Andrés en la soledad de su estudio! De mil maneras pensó desarrollar el asunto, y otras mil rechazó sus propios planes, con desaliento, considerando mezquina la composición al lado de la grandiosidad augusta del asunto. Pero el artista, cuando se halla posesionado de la inspiración hija de Dios, parece adquirir él también algo de la divina grandeza. Un día, tras continuados combates, la frente de ordinario sombría y tempestuosa de Andrés resplandeció con celestiales reflejos, trazando con mano segura las primeras líneas de su cuadro. Paulatinamente fué cubriéndose el lienzo de colores, cobraron relieve las figuras, movimiento y vida los semblantes, y pasaban los días, sin que el abstraído Andrés se separara del lienzo un solo instante. Cuando la fatiga le rendía y los pinceles caían de sus manos, sus ojos, inmensamente abiertos, su mirada calenturienta, no dejaban de acariciar la obra soñada en sus delirios de artista.

Terminóse al fin el cuadro, y la continuada agonía de Andrés tuvo también un término.

¡Respiraba la obra una placidez tan augusta!

Al fondo, divisábanse las costas de Tiro y de Sidón; una multitud inmensa, acampada al pie de una montaña, escuchaba absorta las palabras que como miel dulcísima destilaban los labios del Salvador. Este, vestido con la blanca túnica de los profetas, no fijaba sus ojos en el cielo, su habitual morada, sino posando en la tierra sus dulces miradas para acariciar á la pobre multitud, ofrecía un conjunto tal de grandeza y sencillez que atraía con fuerza irresistible. Los apóstoles, no lejos del Divino Maestro, guardaban atentos en su mente la preciosa semilla del universal amor, para difundirla más tarde como fruto de bendición por todos los pueblos. Las puras auras de Galilea parecían agitar la blanca túnica de Jesús y su hermosa cabellera; un horizonte sin nubes armonizaba el conjunto del cuadro. Allá en los cielos asomaba su faz augusta el Eterno, complaciéndose en las predicaciones del Hijo amado, y tal era el efecto fascinador del lienzo, que parecían moverse las gentes y repercutir por los aires las dulcísimas palabras del Redentor: Bienaventurados los que lloran porque de ellos será el reino de los cielos.

En todo resplandecía una sencillez, una verdad, una placidez tal, tenían tanta vida las figuras, tanta armonía el conjunto, que Andrés al terminar el cuadro y sentir todas sus bellezas, olvidando que él era el autor de aquella maravilla, cayó aturdido, extasiado, fuera de sí, de rodillas, adorando como un insensato su propia obra.

Lector benévolo, cuya alma no está quizás templada para tan fuertes sacudidas é ignoras, por tu bien, la fuerza avasalladora de semejantes tormentos y alegrías, no te encojas de hombros desdeñosamente al leer estas líneas, ni llames loco al pobre Andrés. ¡Cierto que era loco! Pero hay locuras sublimes, y sin ellos Dante, Milton, el Tasso, Rafael y Miguel Ángel, no hubieran dejado su inmortal recuerdo en la tierra. ¡Ante esas locuras, algunas veces asoman lágrimas, aun á los ojos más indiferentes, y por ellas las razas legan preciados timbres á sus descendientes, después que murieron olvidados y pobres, tal vez cubiertos de ridículo sus infortunados autores!

JOSEFA PUJOL DE COLLADO

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica

Barcelona 26 de marzo y 3, 16, 23 y 30 de abril de 1887.

Parte I.- IMPULSOS DEL ALMA.

Parte II.- ESPERANZA Y DOLORES.

Parte III.- DESEOS VAGOS

Parte IV.- UN SUEÑO DE AMOR

Parte V.- LAS LUCHAS DEL GENIO

Parte VI.- MALES DEL ALMA

Parte VII.- HONORES PÓSTUMOS

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