EL PREMIO DE SIEMPRE.-(ESPERANZA Y DOLORES.–DESEOS VAGOS)

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Parte I.- IMPULSOS DEL ALMA.

EL PREMIO DE SIEMPRE

II

ESPERANZA Y DOLORES

La acción avasalladora del tiempo no ha despojado á Roma de su augusta grandeza. Emblema soberbio de otras civilizaciones, á sus ruinas acuden cuantos gozan en la contemplación del pasado. La historia encuentra en ella sus mayores encantos, las artes su eterna inspiración, las almas manantial inagotable de dulces meditaciones, la poesía hermoso motivo de sus cánticos, la religión emporio de sus grandezas, y todos los pueblos de la tierra una porción misteriosa de su espíritu y de su orgullo, cimentado en aquella remota epopeya greco-romana que inmortalizara la más admirable etapa del progreso humano.


Mil locos ensueños de gloria cruzaron por la mente de Andrés, apenas pisara el sagrado recinto de la hija del Tiber. Arrancado de sus apacibles montañas por la fuerza avasalladora del destino, mezclado de repente á esa pléyade de soñadores y artistas quie pululan en Roma, teniendo por amable Mentor á un hombre, si viejo por los años, joven aún por el entusiasmo, bien pronto se posesionó del mecanismo de la pintura, de los elementos primordiales del arte. A la par se desenvolvían en él un corazón entusiasta, una inteligencia vivísima y un conocimiento perfecto de las obras maestras de la antigüedad, cuyas ocultas bellezas ponía de relieve á sus asombrados ojos su maestro y amigo.


Poco á poco iba engrandeciéndose la inteligencia de Andrés. Roma es la tierra de promisión para los artistas, la patria de los sueños; sólo allí se confunde en extraña mescolanza lo antiguo con lo moderno; un esbelto pórtico se alza al lado de rústica cabaña; se encuentran sepulcros de nobles familias romanas, junto á murallas destruidas, y no es raro hallar así mismo, una estatua rota, recuerdo de lejanos tiempos, inmediata á un edificio de construcción moderna; por todas partes el arte; donde quiera que se pose la investigadora mirada, vestigios augustos de un pasado glorioso.

Pues bien; al contacto de tanta belleza, el alma de nuestro adolescente se desenvolvía como una hermosa flor al influjo de un rayo de sol, y nada más puro que las primeras manifestaciones del espíritu, nada más bello que los primeros impulsos de un corazón.

—Tienes condiciones para ser un gran artista,—decía Giocomo al joven, —pero, no desmayes en la lucha; precisan soberanos alientos para vencer las contrariedades. Todos hemos luchado; yo soy viejo ya, y lucho todavía.
—Si yo llegara á vuestra altura, creo que me volvería loco de dicha. ¡Ser admirado por todos es el complemento de la ventura!

—Eso no lo lograrás nunca por completo, porque hay muchos seres mezquinos, dedicados á empequeñecer los triunfos de los demás. Para mí, no ha llegado todavía la hora de que se me haga justicia; luchando por imponerme han emblanquecido mis cabellos, invadiendo repetidas veces la amargura mi corazón. Sólo una cosa no han podido arrebatarme, ni mis enemigos ni mis desengaños, ni la edad misma: el entusiasmo que alienta en mi alma con soberano impulso.

—Cuando contemplo las obras de los grandes maestros,—contestaba Andrés,—me siento pequeño, desespero de llegar á ser algo, y la fiebre, hija de la impotencia, hace circular fuego por mis venas.

—Espera, espera,—decía bondadosamente el anciano;—la gran ciencia de la vida consiste en saber esperar. Ya lo ves, yo soy viejo y espero todavía. No lo olvides.
Después de estas conversaciones el joven cogía lleno de fe y entusiasmo los pinceles; el interrumpido trabajo le parecía ligero y fáciles de vencer todos los obstáculos.

¡Qué de horas felices mecidas por los más dulces ensueños, vio transcurrir Andrés en el estudio de su maestro, perfeccionándose en el arte!

Pasaron seis años con la rapidez de un sueño. La juventud no mide el tiempo; Andrés se ocupaba poco del presente; su afán era conquistarse un nombre para el porvenir.

De vez en cuando recibía noticias de la hermosa casita del monte Amaro; los ojos del joven se humedecían de ternura al calor de los recuerdos y se sentía con más alientos para trabajar. Antiguas relaciones de familia abrieron para Andrés las puertas de aristocráticos salones romanos, pero como para nuestro joven sólo existía el arte, los frecuentaba muy de tarde en tarde, con perfecta indiferencia. Ni el amor mismo había llamado á su corazón, absorbido por completo en la contemplación de la belleza del arte.

La constante lucha que con sus detractores sostenía Giacomo, con admirable perseverancia, fortalecía más y más á Andrés en sus propósitos de llegar al logro de sus deseos.

Pero ¡ay! quebrantado un día el bondadoso maestro por la edad y los disgustos, cayó peligrosamente enfermo, y conociendo que se aproximaba su fin, llamó junto á su cama al joven.

—Andrés,—dijo sonriendo con dulce serenidad,—me muero; no se gasta inútilmente en la ruda lucha por la vida la fantasía, pero si el organismo. Siento dejarte, porque hubiera querido asistir á tus primeros triunfos, complaciéndome en mi obra. Nada has hecho todavía para conquistarte un nombre, pero lo alcanzarás, porque vales; tuyo es mi estudio, y mi modesta fortuna, reunida á costa de mil trabajos. No desmayes: sigue con fe el camino emprendido, y con el tiempo ilustrarás tu nombre, siendo una gloria de nuestra hermosa Italia. Yo sucumbo sin ver cumplido mi anhelo de dejar un nombre que pase á la posteridad, pero confío que habrá un cielo especial para los artistas, destinados á sufrir en el mundo doble tormento que los demás humanos; la sed del infinito que nunca se satisface y la ingratitud que brota siempre ante sus pasos.

Murió el amigo generoso que fué para Andrés consejero, guía y casi padre. El dolor del joven fué inmenso, terrible, al verse sin el cariñoso apoyo de Giacomo. Negra nube de persistente melancolía invadió el espíritu de Andrés, quien por espacio de un año luchó en vano con el recuerdo constante de su bienhechor, y al fin, sintiéndose enfermo, resolvió dejar por algún tiempo la ciudad Eterna, donde todo le recordaba la muerte del más noble de los hombres.

—Sí, sí,—murmuraba Andrés contemplando un día desde el Capitolio, á la poética luz crepuscular, el panorama inmenso de Roma;—quiero buscar nuevas emociones para mí espíritu lejos de aquí, proporcionarme algún descanso y distracción. Me trasladaré á Florencia, la ciudad de la alegría y los amores, en vez de arrastrar lánguida vida por la ciudad de los sepulcros.

Y Andrés, entregado á tristes meditaciones, dejaba errar su mirada por los monumentos romanos, deteniéndola en los sitios favoritos que había visitado con su amigo, y lágrimas amargas aumentaban por momentos su agobiadora tristeza.

Por fin, el joven pintor abandonó la altiva hija del Tiber, llevando en su pecho el recuerdo tristísimo del perdido amigo y sus ensueños de gloria, nunca desvanecidos, porque Andrés, á pesar de sus desdichas, era el incorregible soñador de siempre.

 florencia

III

DESEOS VAGOS

Felices ó desgraciados, el tiempo transcurre con la misma vertiginosa rapidez. Dos años de estancia en Florencia, bastaron para hacer del niño entusiasta é irreflexivo un hombre enérgico y resuelto.

Mucho cambiara nuestro héroe desde la muerte de Giacomo, porque nada enfrena más nuestros ensueños que el choque rudo de la realidad.

Perdido el amigo generoso que guiara sus inciertos pasos por el sendero del arte, huérfano su corazón de aquel cariño indulgente y previsor, la necesidad de buscar en el aturdimiento un remedio á la inmensa pena que le embargaba engolfó al artista en las continuas fiestas de que era teatro la sin par Florencia, durante el siglo XV, cuando Cosme de Médicis regía aquella hermosa y rica república, rodeado por los artistas que engrandecieron la brillante época del Renacimiento. De salón en salón, de baile en baile, tan brusco cambio se efectuó en el modo de ser de Andrés, que así como no lograra su nueva vida divorciarle del arte, cuyos vagos ensueños atenaceaban más que nunca su alma soñadora, el amor de la mujer corrió al socorro del amor al arte, para verter la hiel del desengaño después de los encantos de las más dulces emociones, en la existencia del soñador hijo del genio.

Un día, paseaba Andrés á orillas del Arno, con uno de sus amigos florentinos, hablando de sus proyectos futuros con la animación y el entusiasmo que son encantador patrimonio de la juventud, cuando de repente interrumpiendo la conversación empezada, dijo el amigo de nuestro artista:

—Pero Andrés, tú siempre me hablas de tus ensueños de gloria, nunca de tus proyectos de amor, y lo extraño, porque el amor es el complemento de la existencia, el sol que presta calor á la fantasía.

—Dos soles de igual potencia en el cielo de nuestra alma, nos abrasarían sin compasión,—contestó Andrés sonriendo.

—Hay quien dice que tú corres ese peligro.

—¿Y en qué apoyan semejante afirmación?

—En que te gusta la condesa Angiolina, y eres su adorador más constante, desde que frecuentas sus salones.

—Soy galante y nada más.

—El amor y la galantería no se parecen, aún cuando son de la misma familia, y realmente la condesa es digna del amor de un hombre como tú; bella, joven, rica, libre é inteligente, tiene todas las cualidades propias para agradar; su rmico defecto es ser coqueta.

—No he visto nunca en ella coquetería alguna; es un ángel.

>—Si, sí, pero algo travieso; una naturaleza mitad ángel y mitad diablo; más, preciso es confesarlo ¡es un diablo tan bello!

Una sombra de disgusto cruzó por la frente de Andrés; no obstante guardó silencio, y su compañero, observando tan repentino mutismo, añadió pasados algunos instantes:

—¿Irás esta noche al baile de la condesa?

—Así lo creo.

—Entonces, allí seguiremos la interrumpida conversación.

—¿Referente á qué?

—¡Toma! Referente á tu amor por Angiolina.

—¿Insistes en esta idea?

—Más que nunca.

Encogióse de hombros el pintor por toda respuesta, y la conversación fué languideciendo cada vez más, hasta quedar reducida á monosílabos.

JOSEFA PUJOL DE COLLADO.

(Se continuará)

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica. Barcelona 26 de marzo y 3, 16, 23 y 30 de abril de 1887.

Parte I.- IMPULSOS DEL ALMA.

Parte II.- ESPERANZA Y DOLORES.

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