EL PREMIO DE SIEMPRE (I).- IMPULSOS DEL ALMA

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EL PREMIO DE SIEMPRE

I

IMPULSOS DEL ALMA

Rugía con inusitado furor en los montes Apeninos violenta tempestad, durante una fría tarde del mes de Febrero, y la espléndida vegetación italiana, victoriosa de los rigores del invierno, se preparaba apenas á desplegar sus galas al primer soplo de la riente primavera, cuando velase combatida por el desvastador aquilón que en fuertes ráfagas hacia estremecer hasta los cimientos de la inmensa cordillera de montañas que atraviesa Italia desde los Alpes marítimos hasta el estrecho de Sicilia.

En una de las pintorescas vertientes del monte Amaro, situado en el Apenino meridional, una sencilla y hermosa casa de campo, con puertas y ventanas herméticamente cerradas, ofrecía dulce esperanza de refugio al desalentado viajero que en tarde tan tormentosa sorprendiera la tempestad en aquellas soledades.

Cabalgando sobre un rocín flaco y enteco, como los que suelen proporcionar en las posadas á los viajeros, adelantaba por el accidentado sendero del monte un hombre, anciano ya, con visibles muestras de descontento, calado hasta los huesos y sin poder dominar su impaciencia desde que divisara la aislada casita.

Caía una lluvia verdaderamente torrencial cuando nuestro viajero echó pié á tierra, llamando con vigorosa mano á la cerrada puerta.

La graciosa hospitalidad italiana no podía verse desmentida en tan deshecha borrasca; el viajero fué introducido en una espaciosa sala de la planta baja, donde se hallaba reunida la familia, compuesta de un matrimonio de alguna edad, y un hijo, que podría contar á lo sumo diez y seis años.

—Sentaos caballero,—dijo el dueño de la casa al desconocido, ofreciéndole cortésmente una silla junto al fuego. —Horrible está la tarde para aventurarse por estos montes.

—¡Espantosa! — objetó á su vez el recién llegado descubriendo su cana cabeza, dejando á un lado de la habitación una voluminosa caja, y aceptando con desembarazo el sitial que le había sido ofrecido. Después, su mirada inteligente y viva recorrió uno por uno todos los semblantes que le rodeaban, fijándose con singular complacencia en la expresiva cabeza del adolescente que antes hemos mencionado. Realmente aquel niño con sus negros ojos, su rizada cabellera, su frente noble y despejada y un perfil purísimo, como los que sirvieron de modelo á los antiguos artistas griegos, hablaba en honor de la raza italiana, digna heredera en belleza y arte del pueblo heleno su predecesor.

Bien pronto quedó cubierta de sabrosos manjares la modesta y limpia mesa, junto á la cual, previamente invitado, se sentó el desconocido, á quien el viaje había abierto apetito.

Difícil es trabar animada y larga conversación entre personas que se ven por vez primera, pero el viajero era hombre que no se aturdía por poco, y el dueño de la casa, á pesar del modesto traje que vestía y su silvestre morada, parecía tener más trato de mundo del que suele abundar entre la gente campesina. Así, al cabo de media hora de estar reunidos, parecían los mejores amigos del mundo y’ habían encontrado asunto para agradable conversación.

—Es preciso que os resignéis á pasar aquí la noche.—dijo el dueño de la casa;—la tempestad lejos de disminuir aumenta, y seria imperdonable dejaros emprender de nuevo la caminata.

Mañana veremos como se presenta el tiempo, y entonces estaréis libre para proseguir vuestro viaje. Hoy nos pertenecéis.

—Y sin ninguna violencia por mi parte,—repuso jovialmente el desconocido, mirando los francos rostros de los que le rodeaban.

—Sólo siento que os parezcan largas las horas, de aquí á mañana.

—Nada de esto; además tengo un medio eficaz para distraerlas, si me permitís, pues soy hombre que no gusta de perder tiempo.

—Estáis en vuestra casa.

El desconocido se dirigió al ángulo de la habitación, donde dejara su equipaje, sacó de él, una reducida caja, la abrió, y en su fondo viéronse todos los objetos propios de un pintor.

—¿Sois artista?—preguntó sonriendo el dueño de la casa.

—¡Oh! artista precisamente no,—contestó con modestia el desconocido.—¡Quién puede apropiarse tal nombre en el mundo, siendo las obras de los hombres tan deficientes! Admiro el arte, sueño con él algunas veces, helo aquí todo. El arte es la expresión perfecta de la belleza, y ésta no cabe en los humanos límites.

—Mucho habría que discutir sobre esto.

—¿Lo creéis así?

—¡Vaya si lo creo!

—Entonces, la ocasión es á propósito: hablad.

—¡Oh, no! si no me engaño os proponíais hacer algo: prefiero veros trabajar y así juzgaré de vuestro mérito.

El desconocido miró fijamente á su interlocutor.

—¿Sabéis lo que pienso?—dijo después de un momento de meditación.

—¿Qué?

—Os lo diré con franqueza: nada tenéis de campesino; ni vuestras maneras, ni vuestra conversación revelan al hombre nacido y educado en el campo.

—Quizá tengáis razón, pero por lo menos os puedo asegurar que solo en el seno de la naturaleza, en el aislamiento, he encontrado la verdadera ventura. El mundo exige mucho y da poco en cambio, y aquí vivo solo para mi familia.

Pero hablemos de vos ¿qué pensáis hacer?—preguntó viendo al pintor revolver en su caja de colores.

—Trasladar al lienzo la cabeza de vuestro hijo, si me lo permitís. Es una cabeza esencialmente artística, expresiva y soñadora.

—¡Vais á ocuparos de mí!—exclamó el niño que hasta entonces no había desplegado los labios, en el colmo del asombro.—¡Qué gusto veros pintar!

Sonrió el artista al ver el entusiasmo del adolescente, preparó el lienzo y se dispuso á ejecutar’ la obra.

Todos le rodearon llenos de curiosidad, inspeccionando sus menores movimientos, no perdiendo detalle, y tres horas después el milagro del arte se había realizado: la hermosa cabeza del adolescente, admirable de expresión, quedaba retratada en el lienzo.

—¡Qué felicidad saber pintar!—suspiró el niño.

—¿Te gustan los cuadros? —preguntó el artista.

—Mucho, aunque solo he visto los que se conservan en la iglesia cercana.

—Y que por cierto no son de ninguna celebridad,—repuso el padre.

—Entonces, bien puedo asegurarte que los hay mucho más bellos, pequeño.

—Pero, yo no los he visto.

—Los verás con el tiempo, cuando crecidas tus alas, abandones cómo los pajarillos, el paterno nido, para volar en pos de la realización de tus sueños.

El niño suspiró de nuevo, y sus ávidas miradas volvieron á fijarse en la caja del pintor.

Este desarrolló un lienzo que tenía guardado en el fondo de su equipaje. Representaba una hermosa Virgen, llena de idealidad y celestial belleza.

Entonces el adolescente cruzó sus manos con ingenua admiración, exclamando:

—Y ¿tanta hermosura nace únicamente de la sencilla mezcla de los colores? ¿Todo esto se enseña?

—Materialmente considerado sí, pero, para lograr que resulten llenas de vida las figuras, se necesita algo más que la enseñanza material, algo que Dios da á sus elegidos, el don del genio, compañero inseparable de la gloria.

—Daría la mitad de mi vida por imitaros.

¡Qué dicha copiar cuanto encanta nuestros ojos, el ser humano, la Divinidad, la naturaleza; manejar á capricho los pinceles, producir cosas bellas, despertar la admiración, inmortalizarse!

¡Ah!—prorrumpió el niño con desaliento,—¿por qué cuando uno es capaz de soñar esas cosas, no es fácil realizarlas?

—Aquí tenéis el entusiasmo primero de la juventud,—dijo el artista contemplando al adolescente con cariñoso interés, y dirigiéndose á su

nuevo amigo, añadió:—Con menos entusiasmo empezaron muchos la carrera artística.

—Pero la han terminado olvidados de todos, si no tienen genio, ó postergados por la envidia, si realmente eran hijos del arte; con el hielo de la vejez, este fuego desaparece,—objeto el padre.

—Algo hay de lo que acabáis de decir,—añadió el artista,—pero algunos se ven recompensados por la admiración de sus contemporáneos, y respecto á vejez, los artistas jamás somos viejos. En mi tenéis palpable ejemplo: la cabeza se llena de canas, sin que se apague el fuego sagrado del corazón. Recorro el mundo en busca de ideales; tan pronto hallo un modelo en el centro de la populosa y loca capital, como á solas con mi entusiasmo, pido á la soledad inspiraciones misteriosas. La naturaleza me ofrece asuntos grandiosos para mis cuadros, y todo, absolutamente todo lo olvido, cuando me consagro mi arte: el mundo, la sociedad, las pasiones, las virtudes y aun los vicios; en aquellos momentos sólo vivo para sentir la belleza, sólo anhelo aprisionarla en el campo reducido de mis cuadros.

Desde niño me arrastra la pasión suprema del arte y moriré con ella. No hagáis caso; todos los artistas tenemos algo de locos.

—¡Qué fortuna poder estudiar con vos caballero, y seguiros á todas partes! Yo siento que sería capaz de imitaros á fuerza de estudio,—dijo el adolescente.

—¡Tú!—exclamaron á la vez el padre y la madre con asombro;—¡es posible, tú, hasta ahora tan indiferente á todo!

—Hasta hoy no he sentido despertarse en mi la verdadera vocación; quiero ser pintor.

—Vamos, tú estás loco,—repuso el padre encogiéndose de hombros.

—Tienes un gran corazón, muchacho,—dijo el viajero, —y á fe de Giacomo, te aseguro que estás llamado á ser algo grande en la tierra; no desconfíes.

Sonrióse el niño con sublime confianza y acercándose al artista exclamó:

—Seguid pintando, os lo suplico; que yo os vea trabajar.

Pasaron los días sin que Giacomo abandonara la alegre morada de los Apeninos; todos le querían en la casa, no como un huésped, sino como se quiere á un antiguo y buen amigo. La amistad había echado pronto profundas raíces en aquellos corazones honrados y francos.

Por fin, como todo tiene su término en este mundo, y la gradación agobiadora que une los días unos á otros no se interrumpe según el capricho de los mortales, en una hermosa mañana de primavera, abandonó Giacomo la hospitalaria casa.

No iba solo; el adolescente que tanta simpatía le inspirara desde los primeros momentos, le acompañaba.

—Adiós, Andrés,—dijo el padre al muchacho con severa tristeza;—yo me alejé del mundo buscando aquí la felicidad, tú vas al centro tumultuoso de Roma para encontrarla. Bien opuestas son las sendas, pero no quiero contrariar tus deseos. Giacomo, á vos os le encomiendo. Todavía mis antiguas amistades pueden servirte de algo en la ciudad Eterna. Estudia con perseverancia y buena fortuna.

—Sé feliz,—dijo la pobre madre sollozando.

—No olvides sobre todo,—añadió el padre,—que el sendero del arte se halla sembrado de espinas.

—Es cierto,—contestó pensativo el extranjero;—tal vez un día lamentes lo que hoy dejas, una familia, la paz, la soledad y la inocencia.

Pero si quieres ser algo,—exclamó dando brusco cambio á sus ideas,—no desmayes, y á Roma.

—¡A Roma!—repitió el joven soñador, y sus pupilas húmedas aún por las lágrimas de la despedida, lanzaron reflejos de mal contenido entusiasmo.

JOSEFA PUJOL DE COLLADO.

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica

Barcelona 26 de marzo y 3, 16, 23 y 30 de abril de 1887.

Parte I.- IMPULSOS DEL ALMA.

Parte II.- ESPERANZA Y DOLORES.

Parte III.- DESEOS VAGOS

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