El mundo del crimen.- M. D…… (IX y XI)

EL

MUNDO DEL CRIMEN

RESEÑA TÍPICO-HISTÓRICA

DE LA CRIMINALIDAD MODERNA EN TODO CUANTO ABARCA EL CÓDIGO PENAL

POR

DANIEL FREIXA

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IX

Decir que entendimos algo de la conversación sostenida en la mesa del francés del gabán, dado el tono y la variedad de idiomas en que era sostenida, sería faltar a la verdad a sabiendas y por esto no lo he de consignar, pero sí aseguro que, dado el sistema que entre otra clase de gentes hubiera podido ser casual, aunque excepcionalmente, no salía de los labios la más insignificante frase ni se pintaba en los rostros de los comensales de la mesa indicada el menor rasgo de admiración, inteligencia, alegría ó disgusto que no lo creyésemos nosotros de mal agüero.

Que aunque la lechuza cantase como un jilguero y el canario como un buho, siemprc nos habían de parecer tétricos ó de muerte las notas de las aves de rapiña y alegres y regocijadas las de los pintados pajarillos.

Y de que aquellos eran buhos y lechuzas, no nos cabía ya la menor duda.

Acababan de dar las tres de la madrugada y la calle seguía tan fresca como caldeado el café.

El caballero del gabán pidió la cuenta al camarero, en buen castellano, y después de hacer como que se enteraba, dijo tirando el papel sobre la mesa y tomando su gabán que con camareril solicitud le entregaba el mozo, al mismo tiempo que se dirigía á un joven rubio y colorado, de mirada chispeante y pelo crespo.

Ciento cuarenta y tres pesetas que es como si dijéramos ciento cincuenta.

El mozo sonrió.

Sonrió también con cierta benevolencia el del gabán abrochándose el último botón, y el joven rubio dejó sobre la mesa tres billetes de cincuenta pesetas que sacó de una carterita notablemente repleta, y casi antes de que resonara para la comitiva el muchas gracias obligado del camarero, ya estaban acomodándose en sus coches los cinco comensales.

La señora, el caballero del gabán y el joven rubio, en uno que siguió por la calle de Alcalá hasta llegar al número 60 y los otros dos en el suyo, saliendo en dirección a la del Barquillo.

*       *

*

¿Como supe eso?

Sencillamente, saliendo tras ellos al mismo tiempo y siguiendo con toda la vista y piernas de que podía disponer el primer coche, mientras Rizo arreglaba nuestra cuenta de veinte y tres pesetas cincuenta con nuestro camarero.

Éste dio una mirada envidiosa hasta cierto punto á los billetes que recogía su compañero. Rizo aprovechó la ocasión para verlos también aunque a distancia.
Y mientras el de los billetes le preguntaba al nuestro por lo bajo:

—¿Cuánto ha caído?

—Seis…

—Yo siete, interrumpió el primero.

—Sí, ya, siete… pero son pesetas y lo mío no pasa de seis realitos sin el menor tapón.

Ni tapujo.

—Eso según va la luna…

Rizo que había alcanzado hasta el busto de los billetes consabidos exclamaba embozándose en su capa:

—Tres calderones que puede que luego resulten calderillas.

XI

Al comunicarnos con Rizo nuestras investigaciones, al día siguiente, sacamos en limpio que los dos sujetos que habían tomado por la calle del Barquillo eran el uno hijo de un rico capitalista de Provincias y el otro el apoderado de cierto banquero andaluz.

Ambos, á lo que parece, estaban en tratos con el caballero del gabán que resultó ser M. D… director de una compañía de cierto ferrocarril que iba á construirse en la Mancha, el cual realizaba contratos mediante crecidas fianzas, con las casas constructoras que quisieran encargarse de las explanaciones y obras de fabrica cuyos planos se les ponían de manifiesto para que se hicieran perfecto cargo de las condiciones necesarias a la cabal inteligencia topográfica del trazado, así como de las cualidades del subsuelo etc., etc… puesto que nada faltaba de cuanto pudiese contribuir al objeto que se proponía el titulado ingeniero M. D… para conseguir buenos depósitos de garantía á cuantos contratistas se le iban presentando.

El joven que salió del café en compañía de M. D… y la señora, tendría como unos treinta años, se titulaba también ingeniero y vivía, según su tarjeta, en la que decía llamarse J. F. Van-Dam, en la calle del Desengaño. Este joven venía á ser como si dijésemos el secretario, el auxiliar, o mejor: era el segundo de mi antiguo conocido de Barcelona director á la sazón de la línea de la Mancha. M. D…

Bajo el pretexto de ser uno de tantos contratistas; presentóse en el despacho de M. D…, a los pocos días de nuestras investigaciones, cierto caballero amigo mío, cuyo nombre no puedo consignar, el cual presento al lector con las iniciales F. V.

El señor F. V. acompañado de uno de sus mayordomos, pudo enterarse de toda la parte visible y risueña del negocio que quiso presentarle M. D… quien con asombrosa verbosidad y sin el menor recelo, explicó las grandísimas ventajas que la nueva obra que se iba á emprender había de reportar tanto al país como á los accionistas cuyos tílulos se negociaban ya con prima antes de imprimirse, y dejando entrever que si los contratistas no salían tan beneficiados como él hubiera querido, consistía en que lo primero que debía procurarse en toda obra de la índole de la que se trataba era, después de su solidez y perfección, la de la más completa economía.

Sin embargo, añadía luego, como yo poseo la más omnímoda confianza de la compañía y de las dos importantes casas concesionarias de París y Bayona, cedería una buena parte de acciones á la par á los contratistas que resultasen perjudicados en sus cálculos, en la seguridad de que esta concesión, coloca el negocio en terreno lucrativo para el perjudicado, si lo hubiere, sin menoscabo de la masa común de los accionistas, puesto que como no se habían hecho los presupuestos de bóbilis bóbilis sino sobre lo más exacto y equitativo, no se omitiría una acción ni obligación más de las que servían de base sólida y segura al lisonjero éxito de la empresa.

Yo no soy de los que quieren disfrutar del sueldo de directores sin ganármelo y beneficiando á veces con contratistas de índole despreciable; yo quiero, seguía, que todos ganemos dinero, y, de que lo ganaremos, no me cabe la menor duda, pero trabajando, trabajándolo todo y sin apropiarnos nada que no nos pertenezca en absoluto.

*     *

*

Como el acompañante del supuesto contratista J. V. era yo mismo convenientemente desfigurado, á fin de no excitar la menor sospecha al famoso director de la compañía ferrocarrilera de la Mancha, pude apreciar de cerca y á mi sabor así al cazador á quién ya conocía según he dicho, como á su companero Van-Dam, á la señora del café, y así mismo también, las lujosas y espléndidas habitaciones de aquella celada de incautos montada con todas las exigencias del aparatoso sibaratismo moderno.

Espejos, bronces, tapices, mármoles, porcelanas, cuadros, muebles de todos los tiempos, clases y comodidades, desde la época de Cleopatra á la de Luís XIV, combinados con no pocos objetos variados y perfectamente escogidos de cuanto produce el gusto moderno. Tal aparecía la ratonera cuyo solo y riquísimo aspecto era capaz de infundir la mayor confianza al más desconfiado contratista, que si calculaba el valor de cuanto veía, no exclamase para si:

¡No hay aquí miedo! pues solamente con lo que se ve, queda garantizado diez veces mi depósito.

No he de hablar tampoco de la señora á quién llamaremos Mme. D. y no pudimos ver sino breves instantes hasta la cuarta y última de nuestras visitas de contratista, ó sea el día en que quedamos ya entendidos para recoger los planos y firmar la escritura mediante un depósito de cien mil pesetas.

(Se continuará)

Para no perderse en

EL MUNDO DEL CRIMEN

Introducción.

Advertencia.

Capítulo D. M…. (I,II,III y IV)

Capítulo D. M…. (V y VI)

Capítulo D. M…. (VII y VIII)

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4 pensamientos en “El mundo del crimen.- M. D…… (IX y XI)

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