El mundo del crimen.- M. D…… (VII y VIII)

EL

MUNDO DEL CRIMEN

RESEÑA TÍPICO-HISTÓRICA

DE LA CRIMINALIDAD MODERNA EN TODO CUANTO ABARCA EL CÓDIGO PENAL

POR

DANIEL FREIXA

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VII

Vista la carta por pesetas (nada de reales) y teniendo en cuenta el estado financiero de nuestra compañía gastronómica, pedimos modestamente un par de docenas de ostras, dos raciones de filete de ternera y otras dos de salmón, en compañía de una botella de Valdepeñas, pan, manzanas y queso.

Apuntó el mozo, con una sonrisa de complacencia, que a mí se me antojó algo amarga, y salió volando mientras nosotros encendíamos unos pitillos de Alicante para esperar.

A los cinco minutos, rodaban los pitillos por el suelo revolcándose en su democrático humo, mientras los brillantes cuchillos de nuestros cubiertos describían una incisión espiral alrededor de ambos panecillos.

¿No han comido Vds. nunca en Fornos? ¿No?

Pues crean Vds. que vale la pena.

En fin, que al minuto siguiente le preguntaba á Rizo:

—¿Qué tal?

—Yo bueno. ¿Y tú?

—Mejor.

Lo cual quiere decir que comíamos ambos sin levantar mano, cabeza ni ojos.

¿Que podía contribuir á ello la salsa del hambre? No lo niego. Pero que lo que comíamos era comible de todo punto, resultaba tan verdad como lo era que en la calle se hubiera helado el mismísimo Papa.

VIII

Después del tercer plato, esto es, al dirigirnos á los postres, y habiendo sin duda notado el camarero que seguíamos dispuestos á engullir, nos ofreció media, perdiz por barba, ofrecimiento que no pudimos aceptar por atenciones muy atendibles con nuestro bolsillo.

Sin embargo de este ligero accidente, estábamos ya dispuestos a reanudar nuestra conversación,

—¿Qué hay de nuevo? le pregunté Rizo.

—Lo más nuevo en este momento es la restauración de nuestros estómagos.

—Y ¿en cuanto á lo demás?

—En cuanto a lo demás hay que el hombre de la calle de Barrionuevo no es un contrabandista de rumbo, como dijo Pepe, sino un falsificador de primera, capaz de sofisticar el aire del Guadarrama.

—Ya yo me lo sospechaba. Sin embargo, es preciso no aventurarnos á dar un golpe en vago.

—¿Cómo?

—Quiero decir que necesitamos una prueba, cuando menos, irrecusable, de estas que no dejan lugar a la menor duda.

—Ya tú sabes, dijo Rizo tomando el aire serio y formal de quien no sabe mentir, que en más de veinte años que llevo de servicios jamás…

—Que yo sepa, lo has dado…

—Ni lo daré.

—Cuando se acusa á un hombre…

—Es preciso saber porqué se hace y yo me lo sé perfectamente.

—Pues manos á la obra, en cuanto se tenga la prueba.

—Qué será mañana á estas horas.

—¿Mañana?

—Me esperas con una pareja en la plazuela y verás como atrapamos al hombre con la mano en la masa…

Y esto diciendo, iba Rizo mirando á la mesa que tenía delante a espaldas mías, con la sagacidad y cuidado de quien posee la inteligencia y la práctica del cargo que tan bien sabía desempeñar.

—¿Qué miras? le dije.

—Los diamantes de una señora, que tiene más de lista que de distinguida y esto que parece una duquesa.

—Pues no son las duquesas las que acostumbran a andar más empedradas, ni comen…

—¡Pues, por eso!

Y al soltar esta exclamación se le cayó de las manos á Rizo la manzana que iba á mondar, pero con la particularidad que fue rodando hasta besar los pies traseros de mi silla.

Agácheme para coger la manzana, (ya que el camarero había ido a por unos cigarros que le señaló Rizo antes del salto de la fruta), que me hizo volver la cabeza hacia donde se sentaba la señora objeto de la admiración de mi amigo.

Al dejar yo en la mesa la manzana con mano casi temblorosa y con los ojos hechos otras tantas naranjas de admiración, exclamó Rizo sonriendo y satisfecho:

—Pues parece que a tí…

—¿Qué?

—No te han disgustado los brillantes.

—¡Qué brillantes, ni qué ocho cuartos!

—El hombre…

—¿Cómo el hombre?

—El hombre, digo el caballero que la acompaña.

—El del gabán de pieles.

—Precisamente.

—No te diré… Sin embargo, se me antoja más distinguido aún, más fino que ella.

—¡Y tan fino!. .

—También…

—Por todo lo alto.

*           *

*

Era este un caballero como de cincuenta á cincuenta y dos años, de porte distinguidísimo, vestido con extremada, pero seria elegancia., el cual había entregado al camarero, al entrar, un riquísimo gabán guarnecido de pieles. Parecía francés, aunque hablaba tan bien el español como los idiomas de Balzac y Goethe según supo después.

Los demás comensales parecían también todos personas distinguidas.

No había entre ellos otra señora que la que había llamado, como he dicho, la atención de Rizo.

Entonces volví la cabeza nuevamente, no sé á qué pretexto, y no me cupo la menor duda de que conocía, más de lo que él sin duda hubiera querido, al señor del gabán.

—¡Él es! exclamé á media voz.

—¿Le conoces realmente? preguntó Rizo.

—De Barcelona…

—¿Es catalán?

—No, francés.

—Y; se dedicaba…

—A la falsificación de billetes de Banco, digo: al menos le conocí intimando y andando en tratos con una compañía de falsificadores de billetes de los que parecía, si no lo era, el capitán…

—General, añadió Rizo, sonriendo con cierta amargura íntima, continuando: Y mientras éste triunfa y se regodea, comiendo como un príncipe y vistiendo como un emperador, los pobres subalternos estarán en Chirona, en Tarragona… o…

—En Ceuta…

—Purgando su cuatro ó cinco por ciento de participación en un negocio que da para ostentar despilfarros autócrata al director de una compañía cuyos accionistas, se han de contentar con las caricias de la vara del cabo.

—Que bien decía cuando decía el difunto inspector Serra… —¿Soldado? de ningún regimiento; Capitán: aun que sea de…

—¡Ladrones! exclamó Rizo con el desenfado particular de su expansivo corazón.

A todo esto, el caballero del gabán y sus demás compañeros de mesa iban hablando en sus tres ó cuatro idiomas, riendo y comiendo que era una bendición de Dios, mientras el camarero se entretenía destapando botellas que era una gloria y guardándose la mayor parte de los tapones para luego cobrar una buena comisión por el pesado trabajo que llevaba…

—¡Engañando á los engañadores!… exclamé yo dirigiéndome á Rizo y señalando lo que hacía el mozo.

—¡Qué noria la noria social! exclamó á su vez mi compañero.

El cosechero engañando al industrial, el industrial al comerciante, el comerciante al dueño del establecimiento y el mozo de éste al parroquiano…

—Y si el parroquiano es del jaez del que nos está llamando la atención, engaña éste al mozo luego y queda el círculo terminado.

Continúa: El mundo del crimen.- M. D…… (IX y XI)

Para no perderse en 

EL MUNDO DEL CRIMEN

Introducción.

Advertencia.

Capítulo D. M…. (I,II,III y IV)

Capítulo D. M…. (V y VI)

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