LA JOTA

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LA JOTA

    Entre los cantos característicos de España figura en primer término la jota, que ya se canta en la Rioja, ya en Navarra, ya en Aragón.
    La de este último país, formado por las tres provincias que en un tiempo constituyeron un reino, es la que más se conserva hoy, la que tiene más variantes y, sobre todo, mayor número de aficionados.
    Como todas las jotas, abunda en notas alegres que llenan el corazón de gozo y ensanchan el alma.
    No se puede oír la jota aragonesa sin experimentar una sensación agradable.
    Es de ver las rondallas, patrullas de mozos que con bandurrias y guitarras atraviesan las calles de los pueblos aragoneses cantando la jota con voces sentidas y vibrantes, moduladas y hermosas.
    ¡Cuántas y cuántas veces, cuando todos duermen, casi al rayar la aurora, se escucha, en medio de un profundo silencio, la jota aragonesa, cuyos acordes recoge la noche en su manto de estrellas y los eleva hasta el cielo para llevar allí un canto más de gloria!
    La jota aragonesa es el himno de la devoción y del heroísmo.
    Cantando la jota levantan los aragoneses un altar en su pecho á la Pilarica, y entonándola van á la lucha cuando la patria reclama su esfuerzo.
    Aragón está lleno de grandezas que han podido cantarse en todos los tonos: el poema del amor en Teruel, el de la religión en el Pilar, el del valor en las calles de Zaragoza.
    La leyenda ha encontrado uno de sus mejores asuntos en la Campana de Huesca.
    País hermoso y risueño el de Aragón, y uno de los que llevan mejor Impreso el sello característico provincial, no ha perdido sus antiguas costumbres, sus trajes y sus fiestas, ni su franqueza, que lo ha hecho célebre.
Los baturros de hoy son los de siempre; los honrados hijos de Zaragoza , de Teruel y de Huesca; los hijos del pueblo, que dicen siempre lo que sienten, y sienten en sus almas ideas grandes y generosas que los dignifican y los hacen simpáticos.
    Tienen la sencillez del niño y la entereza del hombre honrado.
    Sus cantos son ecos de gloria, armonías de sentimientos puros y elevados, notas del corazón.
    La jota aragonesa es la poesía de Aragón, de sus campos, de su leyenda y de su historia.
    Las cuerdas de las guitarras y las bandurrias vibran pulsadas por los aragoneses como las fibras del corazón.

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    En los días de fiesta y al compás de la jota bailaba con los mozos del arrabal de Zaragoza una linda muchacha que contaba apenas veintidós años.     Empezaba el año 1809.
    Los franceses, que acababan de dominar el mundo con sus armas, habían impuesto un rey á los españoles. D. Fernando VII había salido desterrado de España, y sus hijos habían lanzado á los aires ese mágico grito que ha llevado siempre al heroísmo y á la lucha desesperada á los animosos descendientes de D. Pelayo: ¡Viva la patria!
    Napoleón I había soñado en sus triunfos con la conquista de un pueblo de leones, que como tales clavaron sus garras en el coloso del siglo y lo arrastraron á la isla de Santa Elena, donde acabó su poder y su vida.
    De aquella raza era la niña que se entregaba á los placeres de la danza en las fiestas que de ordinario se organizaban en el sitio que llevo dicho.
    Como la mayor parte de las zaragozanas, se llamaba Pilar, y el apellido no hace al caso.
    Era la alegría de su padre y de su novio, con quien debía casarse en aquellos días.
    Pilar contaba por instantes el ansiado momento de su enlace, y su futuro esposo por segundos. Y á fe que éste se merecía muy en justicia todo el       cariño de su novia, que era gallardo el mozo y tan trabajador como bueno y devoto de la patrona de Zaragoza, á quien hicieron los aragoneses su bendito caudillo en esta copla que no ha dejado nunca de cantarse:

                                                  La Virgen del Pilar dicen
                                                  que no quiere ser francesa,
                                                  que quiere ser capitana
                                                  de la tropa aragonesa.

    El que iba á ser marido de Pilar se llamaba Manuel y, según me han dicho y reza en las crónicas, era de la familia que tuvo la gloria de contar en su seno á la inmortal heroína del primer sitio de Zaragoza, Agustina Zaragoza, que tuvo por digna competidora á Manuela Sancho.
    Los franceses, al mando del general Moncey, se aproximaron á Zaragoza, que á la primera noticia de aquel movimiento se preparó para la defensa de una manera imponente.
    Todas las salidas se fortificaron. Los conventos y los edificios públicos de mayor resistencia quedaron convertidos en fuertes.
    Cada bocacalle, cada casa y hasta cada piso era un parapeto.
    Los bosques, árboles y ramajes espesos de los alrededores de Zaragoza que pudieran servir de trincheras á los enemigos quedaron talados.
    Palafox tomó el mando en jefe de la guarnición y de los paisanos.
    Empezó la epopeya.
    Era el 11 de Enero de 1809.
    Moncey rompió las hostilidades contra Zaragoza, á la qué cercó en regla, dando orden de que se abriesen las bocas de fuego de los instrumentos de guerra. Los cañones de los franceses empezaron á arrojar bombas sobre aquella ciudad otra vez heroica.
    La resistencia fué tenaz; era una resistencia zaragozana.

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*   *   *

    Las cosas estaban dispuestas, y el día precisamente en que las fuerzas de Napoleón dispararon el primer tiro sobre Zaragoza, en el segundo sitio, era el que estaba designado para el enlace de Pilar y Manuel. La ceremonia no se aplazó.
    Los dos amantes vieron llegar al fin y al cabo el suspirado día. El sacerdote bendijo la unión.
    Pilar tuvo que correr al lado de su padre, quien se había agravado de un mal que de antiguo padecía.
    Manuel la acompañó hasta la casa de éste, y quedando en volver tan pronto como se hubiese presentado ante el capitán de su compañía para saber el punto en que debía cumplir como bueno al primer aviso, se separó de su esposa con una extraña sensación, difícil de explicar. Era dueño de la mujer á quien tanto quería y se le presentaba la ocasión de engrandecerse á sus ojos luchando por la patria, á la que tanto amaba, y de disputarle á los franceses á Zaragoza.
    Al presentarse á su jefe había sonado el primer tiro del enemigo y le señalaron puesto de honor. Allí debía permanecer antes que nada.
    La patria era Pilar, Zaragoza, el hogar, la familia, todo, y allí se estuvo sin pensar en ir al lado de su esposa; cuyo padre seguía luchando con la muerte.
    Nada se diga de los prodigios de valor de aquel sitio. Thiers y Pognat, y cuantos escritores franceses se han ocupado de él, han declarado que después del de Sagunto y del de Numancia no hay en la historia nada que se le parezca siquiera.
    Palafox, digno jefe de aquellos,valientes, le dijo entre otras cosas á Moncey cuando intentó proponerle una capitulación:
    —”Esta hermosa ciudad no sabe rendirse. Nada le importa un sitio á quien sabe morir con honor.»
    El mariscal Lannes, que sustituyó á Moncey en el mando del ejército sitiador, le escribía á Napoleón I:
    “Jamás he visto, señor, un encarnizamiento igual al que muestran nuestros enemigos en la defensa de esta plaza. He visto á las mujeres dejarse matar delante de la brecha.”
    Entre ellas se hallaba Pilar.
    Eran las doce de la noche. Su padre había espirado en sus brazos. Manuel no había vuelto.
    El fuego de cañón se había generalizado; aquel ruido infernal no cesaba un momento. Pilar, fuera de sí, salió á la calle como una loca y encaminó sus pasos maquinalmente hacia la primera brecha que encontró. Estaba llena de cadáveres y de escombros, sobre los que se apoyaban unos cuantos que habían sobrevivido á la hecatombre. Un hombre yacía en tierra exhalando sus últimos suspiros y destrozado el pecho por un proyectil. Una bala enemiga ponía fin á la existencia de aquel mozo en sus primeros y mejores albores.  zaragoza4Un grito agudo, penetrante, espantoso se escapó de los labios de Pilar, que más hermosa que nunca en aquellos supremos momentos, con el cabello suelto, la vista extraviada y los brazos abiertos rodeó con ellos el cuello del moribundo, cuyos ojos, medio cerrados ya por la muerte, hicieron un supremo esfuerzo para abrirse, contemplar por última vez á Pilar y enviarle en una mirada su alma.
    Pilar selló los labios de su esposo con un ardiente beso. Manuel pareció revivir al contacto de tanta vida escapada de los labios de aquella mujer tan bella, y levantó la cabeza para dejarla caer nuevamente y no volverla á levantar ya nunca.
    Pilar regó con sus lágrimas aquel cuerpo yerto y permaneció entre él y aquellos escombros y bajo el fuego del enemigo. Le quitó el fusil á Manuel y peleó con el valor de la desesperación sin ceder á sus adversarios un palmo de terreno. Los franceses intentaron por allí, como por todos los arrabales de la ciudad, hacerse camino, y algunos destacamentos que se atrevieron á probarlo fueron rechazados. Al fogonazo de los disparos, despreciando el mortífero fuego del enemigo, custodiando un cadáver se veía una mujer que semejaba el ángel exterminador, teñido el cuerpo de sangre, ennegrecido el rostro por el humo de la pólvora, oprimidos los labios y lanzando centellas por los ojos. Era Pilar, ante cuya presencia sola retrocedieron muchos franceses, estupefactos, llenos de asombro ante aquella fiereza tan hermosa.
    Las primeras luces de la aurora con sus dulces y poéticas tintas, esas que en los tiempos de paz despiertan al labrador que va con su arado á cultivar los veneros de riqueza que la tierra ofrece, iluminaron un cuadro terrible, desolador, horripilante.
    En medio de un montón de ruinas veíanse dos cuerpos unidos por los helados lazos de la muerte. Uno era de mujer, otro de hombre.
    Ambos tenían el pecho atravesado de un balazo.
    La mujer estaba abrazada al hombre. Eran dos desposados. Sus cuerpos descansaban en aquel espantoso lecho nupcial que la suerte les preparó en su noche de bodas. Pilar y Manuel dormían por siempre acariciados en sus amores por el eterno sueño de la gloria.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

(NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886)

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