El mundo del crimen.- M. D…… (V y VI)

EL

MUNDO DEL CRIMEN

RESEÑA TÍPICO-HISTÓRICA

DE LA CRIMINALIDAD MODERNA EN TODO CUANTO ABARCA EL CÓDIGO PENAL

POR

DANIEL FREIXA

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M. D….

V

Hacía más de doce horas que no había probado nada de comer ni de beber y sólo ardía en mis labios el último de los cigarros de mi petaca, y en mi estómago el calor de todo mi cuerpo impelido ó, mejor dicho, acorralado por el frío del exterior.

Encontrábame á la sazón junto á la calle del Barquillo, en medio de la de Alcalá, viendo apearse de sus carruajes propios ó alquilados á varios señoritos, á más de cuatro soñoritas y algunos señorones, mientras un buen número de caballeros y señoras de a pie penetraban, casi atropellándose unos á otros, los otros y los unos, en los radiantes salones de Fornos, cuyos multiplicados destellos de luz iban a descomponerse sobre la cristalizada nieve torpemente manchada por el barro callejero chapuceado, sin la menor piedad, por docenas y docenas de cortesanos de alto y bajo copete y cortesanas de todas horas.

Cuando más ensimismado estaba yo contemplando el espectáculo que ofrecía aquella, casi diré, abigarrada muchedumbre, que se dirigía en todas sus partes, indudablemente á un mismo fin, es decir, a comer; desde la media tostada de abajo al pavo trufado acompañando relativamente, cada cual, el refrigerio con el digestivo sorbo de agua, la vulgar media botella de Valdepeñas ó debilitado peleón perfectamente disfrazado de Macon con sus correspondientes y legítimas etiquetas de Burdeos y el Champagne, Dios sabe de donde, con sus tapones y botellas de la autenticidad más irreprochable… Mientras esto contemplaba, repito, vino á sacarme de mi ensimismamiento, la voz de un pobre diablo, más débil aun de estómago que yo, menos filósofo y más positivista o decididamente más hambriento, diciendo:

—¿Vamos á tomar algo?

—¡Santa palabra! exclamé en contestación á mi interlocutor, antes de preocuparme de quien pudiese ser; y obedeciendo mejor, a las exigencias de mi estómago que se había ya casi impuesto sobre toda mi máquina como se impone á todas las máquinas de vapor la indispensable necesidad del combustible.

—¡Pues ya estamos andando! exclamo nuevamente y como empujándome hacia el restaurant el aparecido.

Entonces me acordé de fijarme en mi compañero para saber con quien me las había; y, procurando verle la cara, dije:

¡Cómo V. guste!

—¡De cuando acá tanto señorío! exclamó mi hombre sonriendo.

—No te había conocido, hijo, repuse, y luego sonriendo también, añadí:

—Por supuesto que eres tú quien paga.

—No, yo soy quien se pega.

—Entonces, como decía el famoso vendedor de sanguijuelas, ¿Las que no se pegan no se pagan?

—Pues, por eso tú debes pagar la que se te pega.

—Conformes de toda conformidad.

*       *

*

Se trataba de un buen amigo cesante á la sazón, quien me auxiliaba con su experiencia, sus consejos y aun con sus obras; sin celos ni envidia y con un desprendimiento comprensible tan sólo en los que cobran por dos ó tres conceptos.

Y eso que estaba el pobre en una situación nada superior á la del menos afortunado de los cesantes.

Si hay hombres que han nacido para ser honrados y leales, el bueno de Juan Rizo es uno de ellos.

Y siempre tan alegre y dichararechero.

Así trataba él, y era apreciado de muchísimos exgobernadores, exdirectores generales y aun exministros, como del último de los individuos del cuerpo en el cual había prestado muy buenos servicios y esperaba prestar todavía otros muchos.

Es verdad que en él podía ser, como era, su cesantía de derecho más ó menos torcido, para desviar el sueldo que le correspondía hacia otras manos menos delicadas de hecho que no de derecho, pero el buen Rizo siempre resultaba el mismo hombre. Y á no haber sido porque también tenía á veces sus momentos de mal humor, hubiera resultado en realidad lo que se llama un chico irreprochable.

A uno de tales momentos, dentro de los cuales podía tenérsele como intratable, debía su prolongada cesantía.

Sin embargo, más de una y de diez veces le oí contestar á los que le echaban en cara cierta palabrota que contestó oportuna, pero inconvenientemente, ante cierto señorito muy pulcro y redomado que ejercía de director.

—Si se la solté fue porque se la merecía; y, si no supo entenderla, peor para él, pues probó que si podía dejarme cesante de una plumada, era incapaz de hacer constar que raciocinaba como hombre de mediano talento.

Conque, no fui yo quien perdió más en definitiva; ¡pues si á mí me falta hoy por hoy el empleo y sueldo, á él le falta la razón, que es mucho peor!

VI

Entramos en Fornos. El cambio brusco de temperatura, porque aquello era pasar del hielo á las brasas, nos dejó, como quien dice, sin resuello.

Y, si se añade á la fuerza del contraste la debilidad respectiva de nuestros estómagos, no hay para qué ponderar el efecto.

Los salones del afamado café de los afortunados hermanos Fornos rebosaban de gente, de luz, de exclamaciones, de carcajadas, de admiraciones, de choques de vasos y botellas, de indirectas, de miradas más ó menos significativas, y, sobre todo, de humo de tabaco de todos los precios, aromas y vitolas dominando á todo otro humo, incluso el de los distintos gases y vapores allí acumulados, pugnando y empujándose en busca de mayor espacio después de marchitar, con sus ardientes besos de despedida eterna, los artísticos bronces y dorados de candelabros, capiteles, marcos y artesones.

Una de las notas menos ruidosas y más simpáticas á los oídos de todos los que no alcanzaban á la categoría de Cresos, que éramos un 99 por ciento, y muy particularmente a los de los dueños de aquel delicioso infierno de verano, era el del sonido de las monedas contra los mármoles de las mesas, obligada piedra de toque así de las modestas pesetas, como de los distinguidos duros y aristocráticos doblones, saltando unos y otros acá y allá como constelaciones milagrosas en noche de borrasca veraniega antes de penetrar en el ocaso del bolsón del camarero.

Porque, si es verdad que en la calle existía y helaba sin misericordia ni piedad el inflexible é idéntico mes de enero, reinaba en los salones del café con toda la esplendidez de un agosto insobornable, el sol artificial (casi siempre en Capricornio) de las caloríferas luces del siglo.

Intervenían también, si no por la elevada tesitura del sonido, por el continuado roce con el mármol, infinidad de perros chicos y grandes que no hacían en su mayor parte otra evolución que la de saltar de las manos del camarero á la mesa, desde donde, empujados suavemente por el parroquiano, daban otro saltito sobre la diestra del sonriente mozo al exclamar este como agasajándole, el orapronobis, es decir, el obligado «muchas gracias» encerrándolos nuevamente en el bolsón de donde habían salido, dispuestos á repetir la operación á que tan fácilmente se acostumbra todo perro de cobre que llega á caer en manos de un mozo de café.

No es ello decir que no vaya á hacerles compañía, aunque raras veces, algún busto de plata de menguado tamaño, pero esto es casi de exclusivo derecho de los dependientes del restaurant.

Los salones del café llenos como huevo fresco ó granada en sazón, no ofrecían á los que con nosotros entraron y menos á los que venían detrás de nosotros, una sola silla, un palmo de otomana ni un ángulo de mesa, así es que tosiendo la tangible atmósfera y llorando los destellos de aquella ascua de luz, no nos quedaba más remedio que penetrar en el restaurant.

Es verdad que lo que en el café hubiéramos conseguido con quince ó veinte reales dado el principal objeto que nos impelía, habían de ser cuando menos, en el restaurant, quince ó veinte pesetas; pero el que se encuentra en el caso en que nos encontrábamos nosotros y con un estómago pedigüeño y necesitado como el que se agitaba á la sazón bajo nuestros chalecos, no gasta lo que se ofrece si no lo lleva consigo.

Afortunadamente para entrambos llevaba yo en mi compañía diez bustos reales como diez lunas de plata de ley salidas de su espléndido palacio de Recoletos no hacia diez días (estábamos á 6), cada uno de los cuales representaba el valor de cien perros chicos.

¿Quién es pues el mortal que sabe resistirse ante una mesa limpia como una plata, un camarero bien educado y servicial, entre aquel bullicio de luz, esplendor, derroche y manjares suculentos, yendo como iba yo en compañía de un buen amigo dispuesto á evitar el menor desaire á cualquier plato?

¡Yo no!…

—¿Cómo, yo no? me preguntó el amigo al ver que fijos los ojos en la mesita que parecía estar esperando y sin dejarme acabar la exclamación.

—¡Qué yo no me resisto á las tentaciones de esta mesa, este buen mozo y estos nuestros estómagos!

Y en medio del mutismo más elocuente y expresivo que pueda imaginarse el lector por poeta que sea, nos sentamos en las mullidas sillas que a derecha e izquierda del veladorcito nos habían estado esperando ocho o diez minutos. Esto es, el tiempo suficiente para que el camarero dejase mesa y sillas sin la menor huella del paso ajeno.

Parecía que íbamos a estrenar todo el servicio, tan en su punto nos lo ofrecía el risueño camarero.

Y como en este pícaro mundo todo consiste en la ilusión, tuvimos a bien hacérnosla completa como se la hace todo público ante lo que llama estreno de un tenor o de una prima donna, cuando no es el tenor ni la diva que en realidad se estrena, sino el ilustrado público.

Continúa: VII y VIII

Para no perderse en

EL MUNDO DEL CRIMEN

Introducción.

Advertencia.

Capítulo D. M…. (I,II,III y IV)

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