El mundo del crimen.-INTRODUCCIÓN

EL

MUNDO DEL CRIMEN

RESEÑA TÍPICO-HISTÓRICA

DE LA CRIMINALIDAD MODERNA EN TODO CUANTO ABARCA EL CÓDIGO PENAL

POR

DANIEL FREIXA

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INTRODUCCIÓN

df1b

Atracador, detenido en la Cárcel de Barcelona.— Tipo tomado del natural.

I

              —¿Tanto de injusto blasonas?

             —Tengo vencidos cien reyes.

             —Buen bandido de coronas.

Campoamor

DIME con quien paces y no con quien naces, asevera el refrán para indicar que trato y comunicación hace más que la crianza y linaje en orden a las costumbres; lo cual viene a corroborar que más influyen en nuestro modo de ser las circunstancias que nos rodean que el propio origen; pues lo que escribió Larra al pintarnos con asombrosa veracidad la fuerza de las circunstancias en aquel su famoso Eduardo Prestley, que habiendo nacido para ser inglés, protestante y rico, resulta español, católico y pobre, podría escribirse de casi todos los hombres habidos y por haber.

Efectivamente:

¿Quién no debe á las circunstancias su modo de ser?

¿Dónde está el artesano, el artista, el escritor, el comerciante, el hombre de carrera, el político, el ministro, el general y aun el mismo rey, que no deba, mejor que al nacimiento á las circunstancias, el puesto que ocupa?

Napoleón I decía de sí mismo: «Toda mi ambición se cifraba, al salir del colegio, en lo que casi creía imposible: en alcanzar á los cincuenta años el grado de coronel de artillería.»

Sin embargo, y gracias á las circunstancias, era á los cuarenta el primer soberano de Europa.

¿Quién le había de decir al general Prim, cuando, gracias á sus consejos, proporcionaba un triunfo a las armas del Emperador de Turquía, ni cuando millares de balas mahometanas asestadas contra el vencedor de Castillejos y de Tetuán respetaron su valor con su vida, que las postas de cuatro cobardes asesinos cristianos, le acribillarían en un rincón de la calle del Turco, en la capital de la nación que tanto engrandeciera, y corte futura de un rey que le debía la corona?

¿Quién había de sospechar, antes de que los hermanos Salvador cometieran el abominable y nunca bastante, execrado crimen de la calle de Moncada, que habían de llegar á tales extremos; ni quién podía creer que después de la condena dictada y confirmada en cada una de las gradas de los tribunales de la nación, habrían de resultar indultados, (como fue indultada así mismo la mujer de la calle de la Aurora); ¡gracias, únicamente, a las circunstancias que pusieron la sentencia firme en manos de una princesa generosa que no quiere manchar con sangre la cuna del niño inocente cuyo poder regenta!

¿Por qué fue ahorcado candelas?

¿Por qué se fusiló a Pancha-Ampla?

¿Por qué se perdonó la vida a mariano de la Coloma y se ha salvado el cura Galeote?

¿Por qué fueron pasados por las armas Ortega, los sargentos del 22 de junio y Bellés y Ferrandiz? ¿Por qué, para terminar, no fueron ejecutados y son hoy lo que son, muchos de nuestros políticos de primera fila, excondenados a la última pena?

—Por las circunstancias, y por nada más que por las circunstancias.

¡Las circunstancias: origen siempre de todos los males o bienes que se atribuyen vulgarmente al hado, al sino o a la suerte!

¿Qué tiene pues de extraño que las gentes sencillas den crédito a la explotadora picardía de los embaucadores de oficio, que leen en las líneas de la mano, en las cartas que salen de la baraja mediante ciertas palabras, en el decir de las estrellas, esto es, en todo linaje de casualidades más o menos verosímiles que creen o demuestran creer supeditadas al sino ó sea al fatalismo de lo preconcebido, que es igual al «estaba escrito» de los adoradores del Profeta?…..

d8bHay, de cuando en cuando, hombres que saben aprovecharse de las circunstancias, y parecen á veces dominarlas; en tales momentos se llaman Atilas, Césares, Carlos ó Napoleones; pero como todo es relativo y perecedero, acaban también todos ellos por ser, si no los desgraciados Pedro, Juan ó Diego, la víctima del puñal de un Bruto, el maniático y fanatizado monje de Yuste ó el aislado y triste prisionero de Santa Elena.

Que en esto, y no en otra cosa, es á lo que vienen á parar las vanas altiveces de los que embriagados por la varia fortuna, han tenido la candidez de exclamar desde lo alto de la rueda en el momento de estar en el Auge, la tan pretenciosa como admirada frase de: «Querer es poder.»

No: querer no es poder, sino cuando se quiere lo que se ha podido, lo cual no pasa de ser una perogrullada de las más vulgares.

Los hombres todos, así en los campos de la industria, como en los del arte; así en los de las ciencias como en los de la política; no son sino las hojas del gran árbol social, lanzadas aquí o allá según soplen los vientos de uno u otro cuadrante, o según sea la fuerza con que las impulse hacia el norte o el mediodía de la fortuna, al levante o poniente de la casualidad cuando no caen por su peso excesivo o van a parar, por su extremada ligereza, fuera del punto al cual se las arrastra, para estrellarse con el primer obstáculo que encuentren o hundirse en el limo de algún pantano para transformarse, antes de lo natural, en abono ajeno.

II

No han transcurrido todavía tres meses que yendo, el que esto escribe, a visitar a un su amigo que vive en el tercer piso de cierta casa de la calle Escudillers de Barcelona, cuyo número no hace al caso, oyó entonar desde la escalera, y en el interior de la propia habitación a la cual se dirigía, el popular tango de la zarzuela en moda, La gran vía.

La voz me era completamente desconocida, lo cual picó más mi curiosidad, haciéndome preguntar a mi amigo que vino en persona a abrir la puerta, sin duda porque conoció perfectamente por la manera, que era yo quién llamaba:

—¿Quién es ese que canta la pobre chica?

—Un pobre niño, respondió mi amigo, que si no hay quien lo remedie, no tendrá más medicina para sus dolencias que la vara de fresno del cabo…

—¿Como? ¡Esconde usted un prófugo en su casa? pregunté admirándome.

—¡Ojalá! exclamó mi amigo.

—¿Quién es entonces? insistí yo entre curioso y extrañado.

—Un infeliz, un pobre chico de diez y siete ó diez y ocho años de quien su madre creía hacer un abogado, sino un presidente de Sala ó regente de Audiencia, y gracias al despego de su padre y á las circunstancias de haberle salido una madrastra sin pizca de corazón, ha resultado un granuja que, sabe Dios si no pasará de presidiario.

—¿Luego es hijo de una persona…?

—Decente, es decir: de las que se llaman tales: ilustrada, simpática, de talento… En fin, es nada menos que el hijo de un magistrado…

—¿De un magistrado?

—A quien conoce usted como á mí.

—¿De un magistrado á quien yo conozco? pregunté admirado de nuevo y condolido.

—A quien usted conoce tanto como á mi, repitió acentuando la frase.

—¿Y dice usted que cuenta diez y ocho años?

—No cumplidos.

—¿Sería, por ventura, el hijo de Ernesto?

—¡El mismo! Exclamó mi amigo, con los ojos humedecidos y mordiéndose las uñas para disimular la pena que embargaba su noble corazón, temiendo sin duda las que esperaba, inconscientemente, el pobre chico que seguí cantando el tango popular.

—¡Pobre Miguel!

—Y tan pobre! Exclamó mi amigo, pasando por sus humedecidos ojos su pañuelo después de hacer como que se sonaba.

—¡Si viviera su madre!

—¡Oh! Si viviera su madre no se hubiera vuelto á casar el padre, ni se hubiera descuidado la educación del hijo, ni éste hubiera rodado por la pendiente que…

—¿No se está a tiempo de salvarle?

—Si no se le hubieran embotado en la cárcel los pocos…

—¡Cómo! ¿Ha estado en la cárcel?

—_Dos veces, y en ella ha aprendido muchas cosas que debía ignorar e ignoraba, y que ya no olvidará en su vida. Y aun no es ello lo peor, sino que ha contraído amistades como, por ejemplo, la de los Salvadors…

—¿Qué quiere usted decir?

—Que como es muchacho que se encariña con todo lo que le rodea, sin curarse de lo que ello sea, está ya tan y tan contagiado que, he de equivocarme mucho, o no tiene la cosa remedio alguno.

—Pero… ¿y su padre?

—¡Su padre!

—Podría encerrarlo en una casa de corrección…

—Si la hubiese.

—¿No la tenemos por ventura?

—De nombre.

—¿De nombre?

—Si señor. En España., no lo dude usted, todo es puramente nominal. Además, su padre se ha desentendido de él por completo.

—¡Pues qué! exclamé al llegar á este punto verdaderamente indignado. ¿Pueden los padres desentenderse nunca de los hijos?

—No pueden, o mejor: no deben, pero lo hacen…

—¡Pocos serán!

—Pocos ó muchos, que no hemos de ir ahora á contarlos; pero lo hacen, repito, cuantos quieren.

—Pero usted que tan noblemente se interesa por el hijo, y tanto conoce al padre, puede influir.

—Esto quisiera, y esto voy á intentar por centésima vez, pero temo que no he de conseguir nada…

—¡Pues yo creo todo lo contrario! Yo creo que dado el modo de ser de Ernesto, nadie ha de hacerle entrar en razón sino usted.

—Si no estuviera de por medio la madrastra, tal vez; pero…

—¡Cómo! se amedrenta usted ante una mujer que no ha de poder llorar… —Pero que chilla como un energúmeno.

—Grite usted como un hombre, que no ha de ser ella quien le gane a pulmones, ni puede ser mayor su mala intención que los buenos propósitos de usted.

*           *

*

En esto entró Miguel, previo permiso que pidió a la puerta, hasta donde llegó moscardeando el tango.

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—Aquí tiene usted al hijo de Ernesto, dijo mi amigo.

—¡Guapo mozo!

Una sonrisa casi estúpida se dibujó en los labios del pobre chico.

Con la intención de herirle desde luego en lo que a mi entender había de conservar aún de más sensible, continuó:

—Si, sí, ¡guapo mozo! ¡Como que es el vivo retrato de su madre!…

—¿Conoció usted á mi madre? preguntó tímidamente y sonrojado el muchacho.

—¡Oh, sí! exclame yo.

—¿Era muy guapa?

—¡Tanto como buena! exclamé de nuevo interrumpiendo la pregunta, al ver que el sonrojo del joven se le había subido hasta la frente.

—¡Buena también! exclamó él á su vez como alegrándose; ¡ojala no hubiese sido sino buena!

—¿Por qué? preguntéle yo entonces, admirado de su última exclamación.

—Por nada, pomada… dijo como entre dientes, y volviéndosele á subir los colores á la cara.

Mi amigo, que conocía sin duda la causa de aquel flujo y reflujo de sangre á la cabeza de Miguel, que se manifestaba tan marcado en las facciones del muchacho, detuvo en mis labios la nueva pregunta que la curiosidad les había ya ofrecido para formularla, diciendo:

—Con permiso de usted. Y dirigiéndose á Miguel, continuó: Es la hora de mandar estas cartas al correo, ciérralas y haz que la muchacha las lleve en seguida.

Debemos aprovechar el tiempo. Miguel suspiró como quien se quita un gran peso de encima, y tomando las cartas que se le entregaban, dijo saludando y retirándose sin chistar, con esta obediencia pasiva propia de los seres inferiores y resignados:

—Cuénteme usted entre el número de sus servidores.

III

—No extrañe usted la, hasta cierto punto, brusca manera de cortar la conversación, pues usted, sin saberlo, está haciendo sufrir horriblemente a ese chico.

—¡Cómo!

—Usted, no ignorará, de seguro; que en nuestras cárles se comenten a cienc¡a y paciencia de los que vienen obligados a cuidar de la moralidad de los detenidos, las más viles y groseras acciones.

—¡Quén lo ignora!

—Pues bien, dijo sonrojándose también también mi buen amigo. El pobre Miguel no ha sido victima de uno sino de varios atropellos tan brutales como no ha de podérselos imaginar nadie que tenga un átomo de decoro, y se le ha metido en la cabeza que debe su desgracia a su…

—¡Comprendo!

—Así pues, siempre que le hable usted de su madre, recuérdele, para que las imite, sus virtudes, que por mucho que las exagere no ha de hacerle daño; lo mucho que le amaba, lo cuial no dejará de halagarle, y los deseos que tenía de verle hecho un hombre con los talentos de su padre y la dignidad de quien merece todas las consideraciones sociales; pero no le hable usted de la hermosura de su madrc… Porque se le ha metido en la cabeza que a ello debe….

Pobre chica

la que tiene

oyóse que cantaba nuevamente.

—Entonces, diga usted que es ello un principio de locura.

—Ya lo está usted viendo. Acaba de experimentar una revolución interior; se ha disgustado todo lo que puede caber en él de disgusto, y ya está cantando de nuevo.

No, no hay duda, es lo que usted ha dicho: está loco.

—Indudablemente. Como lo está todo hombre que no puede,dominar sus instintos. Como está loco el jugador desenfrenado, el bebedor sin tino, el lujurioso sin escrúpulos, los soberbios, los avaros, los irascibles, los golosos, los envidiosos, los holgazanes, en una palabra: no existe ni ha existido jamás crimen alguno que no sea hijo del desenfreno de las pasiones, y por consiguiente, un acto de locura.

¡Oh! si en lugar de esas cárceles, que la tontería llama modelos, por más que sean ellas focos de vicio y corrupción, de estos presidios en que la holgazanería tiene por única ley la vara del cabo y la cadena soldada al pie como regulador de la cabeza, y de estos patíbulos asquerosos y repuganantes en donde se da el torpísimo ejemplo de que un hombre mate a sangre fría a otro hombre, que nada le ha hecho, entregándoselo atados de pies y manos; existiesen buenos manicomios con oficinas y talleres para todas las artes y oficios, dirigidos por médicos, no especuladores pero sí dignos y entendidos, lo cual, si algo difícil, no sería imposible de conseguir; ya verá usted como a la vuelta de diez o doce años nos reiríamos a una de cárceles y presidios como de toda la retahila de teorías, criminalistas, empleados y demás chirimbolos que hace tantos y tantos siglos viven de condenar tontos a todas las personas imaginables, siendo la burla, sino el juguete u otra cosa peor, de los listos que conocen todos los atajos y salidas de las leyes penales.

—¡Tiene usted razón! Exclamó mi amigo haciéndome el favor de entusiasmarse. Y luego añadió: ¡yo curaré a Miguel!

IV

Después de unos instantes de ensimismamiento, mejor que de reflexión, me dijo tendiéndome la mano:

—¡Qué peso me ha quitado usted de encima! ¡Gracias, amigo mío! ¡gracias!

—No las admito.

—¿Por qué?

—Porque no venía yo ó buscarlas sino a dárselas á usted.

— ¿Cómo se entiende?

—El objeto de mi venida, no había de ser, como usted comprenderá muy bien, el de la conversación que acabamos de tener, sino otro…

—Muy distinto.

—No tanto.

Mi amigo se quedó parado, y después de sonreír con cierta complaciente cxtrañeza, exclamó:

—Usted dirá.

—Vengo á pedirle consejo con relación a cierto trabajo de índole muy especial que se me ha encargado.

—Ya sabe usted que, desde hace más de veinte años, estoy siempre á sus órdenes. A ello pues.

—¿Conoce usted á Daniel Freixa?

—No de vista, pero sí de referencia, siempre que sea el Daniel que yo me figuro; ¿lo cual supone que tiene usted algo que ver con la…

—¡Policía! Exclamé yo á mi vez interrumpiéndole sonriendo y satisfecho.

—Es, según tengo entendido, un chico muy listo y muy atento, tan amigo de cumplir con su deber como inflexible.

—Sí, sí: de estos que con muchísimo respeto, como dice Calderón le ponen un par de grillos al más pintado.

—Pero incapaz de hacerlo si no está bien enterado y convencido de lo que deba hacer.

—Cabalito.

—¿Y qué tiene usted que ver con este señor, que, aun sin ser cosa grave, y siendo él quien es, no deja de suponer peligro más o…

—No, no se trata del menos peligro porque no está de servicio.

—¿Qué quiere usted decir?

—Que no se trata del jefe de policía, sino del cesante honrado que en lugar de entretener sus ocios constituyéndose en agente medianero de ciertas causas, o en vividor de garito, trabaja honradamente y con la mejor intención en componer una obra en que se descubran a todo el que quiera saberlos, para evitarlos, los múltiples y variados medios de que se sirven los criminales en su extenso ramo, para salir en bien de todas las fechorías imaginables.

—No me parece mala, sino laudable y mucho, semejante idea. Pero ¿qué tiene usted que ver con…?

—Se me ha pedido un prólogo…

—¿Para la obra de que se trata? Preguntó mi interpelado cortándome la palabra en los labios…

¡Pues hombre! Exclamó interrumpiéndose a sí mismo: si la obra de que se trata, tiende, como es de suponer, al bien general…

—¡Naturalmente!

—Poco tiene usted que hacer para cumplir con su compromiso.

—Se trata de una cusa tan especial que temo no acertar.

—Pero ¡hombre de Dios! ¡si ya está hecho!

—¿Cómo?

—Dando cuenta de nuestra entrevista.

¿Que más prólogo quiere usted para una obra en que se trate de descubrir el mundo del crimen, mundo del que habla todo nuestro mundo á cada paso, pero que, como tantos y tantos otros mundos de los que vemos, y de los cuales hablamos frecuentemente, no conocemos sino de oídas? ¿qué más ni mejor prólogo, repito, quiere usted escribir para la obra de Freixa que aquel en que se da la solución, que el porvenir ha de confirmar á no dudarlo, al más trascendental problema del firmamento social?

¡Sustituir las cárceles y presidios por los manicomios! donde, ya que no con una ley para cada temperamento, instinto ó ilustración, se gradúen casi perfectamente las aptitudes, se clasifiquen los instintos, y se aproveche, en una palabra, lo bueno de cada individuo, descargándole de su parte mala por medios racionales y puramente científicos, que, si pueden á veces no curar, jamás agravarán las condiciones del paciente con el contacto de los demás enfermos.

—Usted lo ha dicho: este será el prólogo, tanto más en cuanto esperaré á ver, para apoyarlo en el ejemplo, los primeros resultados que de el ensayo que usted se propone.

V

Han trascurrido dos meses largos y acabo de hablar con mi amigo, el cual me ha dicho que el director de cierto manicomio le ha asegurado que, salvo una desgracia que no espera, Miguel podrá darse de alta antes de cuatro meses, puesto que en estos dos, lleva ya andada más de la mitad del camino.

—Antes de encerrar a Miguel, añadió mi amigo, visité cuatro establecimientos distintos: el primero (1) oficial. En este me dijo el director que le parecía la idea un solemne disparate, porque nada tenía que ver el instinto con el raciocinio, que el loco obraba inconscientemente y el criminal por cálculo, que el loco era pasivo y el criminal activo, y que la medicina y la higiene podían curar el cuerpo pero no el alma. Al llegar a esta última palabra corté la conversación y me despedí, lo mejor que pude y supe, del santo varón, quien se me antojó desde luego más a propósito para teólogo que para médico.

El segundo era un verdadero especulador: me dijo que cada cual tenía sus teorías, me citó varios autores de quienes nada sé, dijo que cada maestrillo tenía su librillo, me habló del temperamento, del cerebro, de la frenología, de la atmósfera y no recuerdo si de la Biblia; acabando por manifestarme el cuaderno de condiciones, suponiendo que el establecimiento de su dirección era el primero de Europa, si no por sus dimensiones, por su sistema, por su situación y por su reglamento; añadió que el caso no era nuevo, y que él se atrevería á asegurar un 77 % de las curaciones que se emprendieran comprometiéndose á hacer el ensayo con sólo el anticipo de un trimestre de pensión á pesar de que el reglamento, que no torcía jamás por nadie ni por nada, exigía media anualidad ó la garantía de su importe por alguna persona de su confianza. Y, al irle yo á contestar, me dijo: No, no es ello puñalada de pícaro, puede usted pensar, calcular, raciocinar, etc., etcétera, añadiendo luego: No tiene usted necesidad de venir á dar la contestación, pues mañana por la tarde ó pasado mañana tempranito, mandaré un dependiente á por ella.

Despedímonos cortesmente y tan esperanzado él como descorazonado yo.

Al día siguiente por la tarde se presentó en mi casa el dependiente, pertrechado de todos los documentos necesarios al efecto; de manera que no faltaba sino mi firma y el valor del trimestre. Díjele al tal, disimulando mi indignación, que había resuelto escribir una postrera carta al padre, indicándole mi proyecto y que sólo dependía de su resolución al cierre del contrato. El referido dependiente era una especie de espejo de su principal, como lo acostumbraban a ser todos los convencidos por sentimiento de que han de ser criados toda su vida, con motivo de lo cual se permitió también encomiar y suponer único el establecimiento del cual dependía.

En fin que a pesar de haberle dicho que mis ocupaciones no me permitían perder miserablemente el tiempo, no intentó retirarse hasta que le abrí la puerta, y aun tropezando en los primeros escalones del tramo preocupado con la prolongación de sonrisitas, cortesías y saludos.

Afortunadamente ya me había comprometido con el director del tercer establecimiento, quien me había dicho que gustaba mucho de hacer un ensayo que podía, a su entender, producir grandes y benéficos resultados, porque opinaba que existían en el mundo del crimen más locos, verdaderamente tales, que malvados incorregibles que podían tenerse por locos incurables,; y que no obstante, había muchos que se les contaba entre estos últimos no debiendo incluírseles en el número, pues a veces un simple cambio de temperamento, por medio de la higiene mejor que por otro, obraba lo que se llama vulgarmente milagros.

No hablaré del cuarto, pues aun cuando no me pareció tan mojigato como el primero ni tan interesado y charlatán como el segundo, se me antojó menos racional que el tercero.

Acompañé, pues, al siguiente día á Miguel debidamente preparado y sin ocultarle que iba a una cárcel en la que no se maltrata ni se abusa de nadie, que se cura á los que como él son victimas de las circunstancias que les enredan, mejor que del pecado de origen y que, aun á estos, se les cura también ó se les alivia mucho, cuando menos.

*

*          *

Resultado: Que en compañía de mi amigo fui a ver al enfermo, que me convencí de que estaba muy mejorado, de que el médico director no era un charlatán y que estoy persuadido de que, este ligero ensayo que puedo decir que he visto y tocado, daría, como vengo presintiendo, grandes y positivos resultados el día en que se ensayase de veras y con los medios suficientes, bajo la dirección de hombres verdaderamente sabios, prudentes y suficientemente despreocupados para no tomar la cosa como un juego especulativo.

¡Ojalá!

Y, ¡ojalá no me engañara mi buen deseo!

A. R. Ll

18 diciembre 1887.

Nota: 

las iniciales A.R.Ll. se corresponden con Antonio Rubio i Lluch (Valladolid, 1856-Barcelona,1937), helenista, historiador, medievalista y escritor español en catalán y castellano y autor de la introducción al libro de Daniel Freixa.

Más información sobre A.R.Ll. en  http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rubio_i_lluch.htm

Para no perderse en

EL MUNDO DEL CRIMEN

Introducción.

Advertencia.

Capítulo D. M…. (I,II,III y IV)

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