EL MUNDO DEL CRIMEN.- M. D…. (I, II, III y IV)

EL

MUNDO DEL CRIMEN

RESEÑA TÍPICO-HISTÓRICA

DE LA CRIMINALIDAD MODERNA EN TODO CUANTO ABARCA EL CÓDIGO PENAL

POR

DANIEL FREIXA

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M D…..

I

¿Qué quiere decir la palabra estafador?

—La persona que estafa contesta el diccionario de la lengua española.

—Y ¿estafar qué significa?

—Pedir ó sacar dinero o cosas de valor con artificios y engaños, y con ánimo de no pagar.

Hasta aquí el diccionario.

Sin embargo, yo opino que por más que saque el dinero o cosas de valor, con ánimo de pagar, quien no tiene con qué, resulta tan estafador en el hecho y por consecuencia en perjuicio del estafado, como el que abrigue dicho propósito.

II.

Ignoro si el lector estará ya enterado por la leyenda ó la historia, de que el famoso Rodrigo de Vivar, conocido por el Cid Campeador, le pidió prestados á un judío unos cuantos miles de florines para hacer guerra á los moros, dejando en garantía del préstamo unos serones ó cosa así, llenos, según dijo, de plata; y que cuando venció el plazo, después de vuelto ya Rodrigo de su expedición batalladora habiendo vencido á su vez á los moros, pagó, con los despojos de estos, religiosamente su deuda al judío.

Pero es el caso que los tales serones no guardaron nunca, ni encerraban á la sazón, plata de ningún género ni ley, sino sencillamente unas cuantas arrobas de arena.

Y ahora, si se lo ocurre preguntar al lector ¿qué hubiera sido de los buenos propósitos ó del buen ánimo del Cid Campeador si no hubiese logrado vencer á los moros, con cuyos despojos pudo sostener su palabra? le diré en conciencia que lo ignoro, y que es de temer que, a pasar el caso en nuestros días, se le hubiera podido llamar estafador impunemente; porque lo del ánimo no hubiera pasado de la categoría de lo que ahora se llaman reservas mentales, mientras que la arena no hubiera hecho el menor esfuerzo para convertirse en plata si, por no haber sido recogidos los serones en tiempo oportuno, hubiese el judío intentado realizar su valor. A bien que, dado el espíritu de la época, con jurar el Cid que el cambio del contenido de los serones había sido obra del judío, hubiérase tenido que contentar éste con dar gracias al Dios de Moisés de que se le hubiese dejado la lengua en estado de orar, y en el supuesto que no se le hubiese ocurrido al deudor abrirle el cráneo en dos mitades, á fin de escudriñar en qué rincón del cerebro podía haberse escondido el israelita la sospecha de su buena intención.

A pesar de todo lo cual no hubiera dejado de ser en realidad calificada de estafa la acción del famoso conquistador de Valencia.

Y sin embargo, por la censurable indiscreción de un judío moderno, el cual había prestado una cantidad de cierta importancia á uno de los más famosos bolsistas de Barcelona, con garantía de ciertos títulos de la Deuda, que examinados por el prestamista, antes de vencer el plazo, resultaron falsos: hace más de veinte años que están en presidio, si no han muerto todavía en él, así el bolsista a que me refiero, bien conocido por cierto y considerado en nuestros círculos mercantiles por los años de 186… como otras varias personas que resultaron cómplices de su falta.

Y, ¿quién sabe, si de haber el judío moderno esperado el vencimiento del compromiso se le hubiera reembolsado debidamente su préstamo con los correspondientes intereses sin que nadie hubiese sospechado jamás de la lealtad del hoy presidiario pues que, de seguro, á haber esto vencido á los moros que perseguía, hubiera pagado también religiosamente la deuda contraída, á no dudar, con ánimo de pagarla en su día…..

III

Como estoy seguro de que no tienen necesidad alguna, mis buenos lectores, de que sea yo quien les diga ó cuente lo mucho que abundan, por desgracia, en nuestra metalizada sociedad, desde el último rata al primer don Alvaro de Luna, así los Campeadores afortunados como los judíos indiscretos voy á entrar en materia contándole lo mucho que yo sé sobre el particular, que viene á ser nada con relación a lo que se realiza diariamente en nuestra España, cuyos dominios son, también á su vez, una parte insignificante de lo que se llama mundo civilizado; que es la parte del globo donde más se estafan los hombres, al parecer honrados, puesto que de no ser así, nadie se dejaría engañar según yo opino. Y sin embargo:

¿Quién ha comprado por buenos, géneros averiados pagándolos religiosamente, más de una vez; ni quién no ha pagado más de dos con una moneda falsa y a sabiendas géneros de ley?

Yo de mi sé decir que no me atrevería á dar con una sola persona que no haya sido autor ó victima, si no víctima y autor, de faltas de semejante jaez, apesar de aquel famoso principio de derecho que viene á decir:

“Jamás justifica ni autoriza un crimen la comisión de otro”

IV

Erase que se era uno de los días más crudos del invierno de 1885. Salía yo, por más señas, de uno de los teatros de mayor categoría, cuyo nombre no hace al caso, de la villa y corte de Madrid.

Por cierto que, á juzgar por la impresión que acababa de producir en mi la obra representada, se había también, con ella, estafado bonitamente al público.

Cuando menos al público pagano.

La nieve había hecho de las suyas, y los pobres diablos condenados por el deber y la necesidad, á andar a pie, dábamos cada resbalón capaz de descoyuntar los huesos del más pintado sino del mejor soldado de los mortales.

Yo vi como el pobre andador de cierta sociedad benéfica que servía de noche de acomodador, se rompió una pierna junto al pasadizo de San Ginés. vi también descoyuntarse un pié á cierta damisela de última hora y vi, finalmente, resbalar los caballos y dar con la cabeza sobre la nieve el infeliz cochero de uno de nuestros marqueses más encopetados, cuyo señor tuvo que desenmoldar las facciones de su servidor perfectamente grabadas en rojo, y tomar un coche de alquiler para mandar a su casa al pobre hombre, guiando luego por sí mismo el carruaje, no sin dar las gracias y alguna propina á las primeras personas que se agruparon á su alrededor haciendo como que le auxiliaban ó auxiliándole en realidad.

Continúa: El mundo del crimen.- (V y VI)

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