EL ANSIA DEL PLACER

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EL ANSIA DEL PLACER

(Al eminente escritor D. Carlos Frontaura)

NARRACIÓN

I

Al recorrer las sombrías galerías de no recuerdo qué convento, vi en una hornacina, cuyos bordes festoneaba raquítico musgo, una imagen tallada en piedra representando á la Virgen del Carmelo.

La escultura se hallaba asaz deteriorada, y sus perfiles carcomidos por la destructora acción del tiempo.

Al pie de la hornacina, y grabado en el muro, se leía una inscripción que avivó mi curiosidad.

En caracteres góticos, apenas perceptibles, se leía:

AQUÍ MURIÓ

NOEMI LA HEBREA

ROGAD A DIOS POR SU ALMA

ANNO M C D X C IV

Instigado por la curiosidad, y después de indagar lo que la extraña inscripción significaba, pude reconstruir el drama que hace cuatro siglos se desarrolló ante aquella sacra imagen del Carmelo.

II

Hugo de Florestán había llegado á los veinte años, llena su alma de misticismo á la par que ardiente apasionamiento por algo que no sabía definir en su todavía virginal alma.

Hijo de nobles, el destino le brindaba un brillante porvenir.

La guerra contra el moro se hallaba declarada con gran ahínco, y ya los Reyes Católicos cercaban á Granada, último baluarte del musulmán, construyendo el Real de Santa Fe.

Hugo se alistó en las huestes que á la sazón se formaban.

Asistió al asalto de la ciudad mora, joya inapreciable hacia la cual se volvían todas las miradas: las de los cristianos llenas de avaricia, las del musulmán impregnadas de lágrimas.

El joven Hugo, en vista de que el fragor de la batalla le impresionaba demasiado y que nunca llegaría á ocupar un pueblo brillante en la guerra, resolvió retirarse á un convento.

Y es que antes, los nobles, ó morían llenos de gloria peleando por su rey, ó daban su postrer suspiro en los claustros. Así es que los progenitores de Hugo, lejos de oponerse á la decisión de su primogénito, hicieron cuanto les fué dable para que en un plazo breve el doncel trocara su bruñida armadura por el sayal tosco del monje.

Y así sucedió.

Días después de la rendición de Granada, Hugo de Florestán ingresaba como novicio en un convento situado á muy poca distancia de aquella ciudad.

III

Habían trascurrido dos años desde los sucesos narrados, y hallamos al joven á solas en su celda, entregado á actos de la más violenta desesperación.

Y es que el joven comprendía, aunque tarde, su error al ingresar en el monasterio.

Su alma se violentaba de aquella esclavitud por él formada.

Su pecho se despertaba con sentimientos en un todo opuestos á los que la vida monástica le imponía.

Su cuerpo revivía de pasión.

Pero no religiosa: era una pasión que quemaba sus venas, y que hacía que en el cerebro del ex noble penetrase el vértigo de lo desconocido.

Hugo ya no era el Hugo de otros tiempos: era Fray Antonio, y bajo su burda vestidura se ocultaba una carne torpe y viciosa que le torturaba hasta lo infinito.

El despertar del fraile fué triste, sombrío; y al ver las austeras fisonomías de sus compañeros se aterrorizaba; y cuando la campana del convento era volteada y el espacio se poblaba de ecos argentinos, éstos repercutían en su corazón y los alegres tañidos se trocaban en ayes de dolor.

Era el despertar de la materia; y el pobre monje sentía que su sangre circulaba con vertiginosa rapidez por sus venas, y, quemándole el ser, difundían estremecimientos crueles que le horrorizaban.

Aquella vida era un terrible suplicio.

La mente de Fray Antonio se atrofiaba, y su loco delirio le hacía ver en todas partes imágenes bellísimas dotadas de exuberante vitalidad; y en su celda, en los claustros y galerías, por doquier que iba, por doquier le perseguían mujeres de peregrina hermosura, mujeres que fascinaban, cuyos ojos eran de fuego; cuyos labios, rojos y húmedos, convidaban á depositar en ellos el beso ardiente de amor; y, en fin, cuyas carnes de rosa y nieve exhalaban un aroma vago, desconocido, que penetraba hasta la médula de los huesos; y con aquellas visiones, hijas de su inquieta fantasía, el monje era acometido del vértigo, y su pecho parecía querer saltársele en mil pedazos, y un temblor de frenesí le sobrecogía, y su vista, ebria por el ansia, y sus labios murmurando las incoherencias del deseo,y sus músculos distendidos, acusaban el estado efervescente de su malaventurado espíritu.

Y cuando la efervescencia pasaba, cuando el monje se convencía de su deliquio lascivo, gruesas gotas de sudor caían de su frente, su vista se extraviaba, y con las manos extendidas caía de rodillas ante un tosco crucifijo de madera y lloraba hasta que los ojos, enrojecidos por el llanto, y el cuerpo, presa de sacudidas nerviosas, se doblaba yendo á besar el duro pavimento de la celda.

Y allí le sorprendían los primeros albores de la aurora; y cuando los monjes entonaban su rítmica salmodia, y el órgano del convento llenaba de notas graves y sonoras la nave de la capilla, y el canto de los pájaros se confundía con el de los hombres, y las notas del órgano con las notas producidas por las campanas, volvía en si de su terrible deliquio Fray Antonio, y, levantándose, salía de la celda y con pasos precipitados y ademanes descompuestos penetraba en el coro, y allí, confundido con los demás, sus hermanos, entonaba el canto matutino…

Pero ¡ay! aquel canto era el rugido de su alma destrozada, y la estrofa latina era una imprecación maldita que él dirigía contra el mundo.

IV

Era al declinar la tarde de un día de primavera.

Fray Antonio se paseaba por la galería, á aquella hora desierta.

El monje se encontraba en un estado horrible.

De vez en cuando se interrumpía en su paseo, y un anatema contra su existencia se escapaba de su garganta.

La sobre excitación del fraile era grande.

Aquel día, más que ningún otro, sus apetitos materiales se habían exacerbado con punzante intensidad.

En una rogativa ó procesión que pocas horas antes había hecho la comunidad por los alrededores del pueblo, vio Fray Antonio una preciosa judía que por un instante se asomó, sin duda atraída por la curiosidad, á un ajimez de una casa mora situada á corta distancia del monasterio.

Y así como la chispa que cae en una gavilla de mies la incendia rápidamente, así también los negros y rasgados ojos de la judía electrizaron de tal modo la insólita ansia del placer que devoraba á Fray Antonio, que el cuerpo de éste, estremecido y ardiente por las sensaciones que cual lava recorrían su ser, cayó privado de sentido á la puerta del convento.

La brisa, impregnada de puros aromas que se escapaban del bosque vecino, volvieron á la vida al desdichado monje.

Maquinalmente se levantó, y tambaleándose se encerró en su celda.

Allí se asfixiaba, y la vista del Mártir del Gólgota le horrorizaba.

Y era que, en la lucha del espíritu contra la materia, surgía una luz entrevelada que aturdía á Fray Antonio. Su cuerpo debía darle por muerto; era una envoltura que cubría al espíritu, único que debía sobrevivir: esto le dictaba la razón; pero sus voces no arraigaban en el cerebro del monje, y, al considerarse impotente contra la lucha que pretendió entablar, dejóse arrastrar por sus ensueños y fué á salir de su celda.

Pero se detuvo como sorprendido.

Había escuchado por la parte exterior de aquélla la voz suave, dulce y armoniosa de una mujer, y la reposada, grave y austera del prior.

Instintivamente el fraile aplicó su oído á la puerta.

Fray Jacinto,—decía la mujer en voz baja, no tanto que no la oyese Fray Antonio;—ya sabéis que, aunque soy judía de nacimiento, soy cristiana por mi fe. Lo que á su merced he confiado me lo dictaba el corazón que lo hiciese como un medio tranquilizador. Ahora quisiera que vos guardaseis el secreto y no lo confiaseis á nadie por no causar honda herida en el pecho del anciano que me dio el ser.

Noemi, podéis abandonar tranquila la casa del Señor,—replicó Fray Jacinto.—El bien sabe que nunca mis labios os descubrirán.

Gracias, gracias, señor,—balbuceó la judía.—El Cielo os premie tanto bien como me hacéis. Me retiro antes de que la campana dé la queda.

¿Queréis que os acompañe?

No os molestéis, Fray Jacinto: conozco bien el camino.

Sin embargo…

No: os lo ruego. Vos tenéis graves ocupaciones que reclaman vuestra presencia en el convento.

En ese caso marchad con Dios.

El nos dé su gracia.

Y Fray Antonio, que proseguía escuchando tras la puerta de su celda, oyó los pasos de su superior, que se internaba por los claustros, y los de la hebrea, que salía ala entrada de la galería.

El monje abrió sigilosamente la puerta de su cuarto y siguió detrás de la hebrea como una sombra, sin producir el más leve ruido al andar y conteniendo aun la respiración.

Noemi llegó al promedio de la galería, y, frente al nicho donde se hallaba la sacra imagen de Nuestra Señora del Carmen, se paró.

El fraile se ocultó tras una pilastra.

La judía murmuró en voz baja una sentida oración.

Los ojos de Fray Antonio no se apartaban de la desconocida.

Dijérase que la devoraba con la vista.

De pronto, el monje, como poseído de un vértigo de extraña é insensata locura, lleno su pensamiento, sin duda, de la aberración más odiosa, se coloca de un salto al lado de aquella mujer, que, abstraída en su oración, no le veía; y, frenético y loco, se abraza á ella, y, lleno de la vehemencia del deseo, con la palabra torpe, ruda, le prodiga las palabras más llenas de pasión; palabras de fuego, imposibles de trascribir; palabras que se truecan en sonidos inarticulados, inarmónicos, y que se confundían con el chasquido brutal de besos ardientes de los labios secos y calenturientos del fraile.

La judía, atónita, sobresaltada, llena de anangustia á aquel choque imprevisto, odioso, lanzando un ¡ay! de espanto, forcejea, quiere desasirse de los brazos de aquel monstruo, y ella y el delirante monje caen sobre las duras losas del pavimento, y allí, alumbrados por la luz suave del astro nocturno y la mortecina que despide; la lámpara colocada delante de la Virgen, vense rodando por el suelo los dos, y los dos lanzando, la judía ayes de dolor y desesperación, y el fraile sonidos vagos, difusos, que no expresan ideas, sino los epilépticos espasmos del alma ansiosa de amor, del cuerpo, vil polvo que arde en pos de lo lascivo, de lo repugnante, de lo cruel.

*        *

*

De repente suena algo que estremece y ahita, una cosa así como el chocar de un cráneo contra la piedra sillar de una pilastra; y un ¡ay! Fatídico, desgarrador, mortuorio, última expresión de una lucha desesperada y repugnante, vibra en el espacio, y poco después un suspiro, en el que vuela un alma; y un líquido rojizo, viscoso, cálido aún y humeante, se desparrama por el pavimento, exhalando el olor ocre de la sangre.

¡Eres mía, mía!…—balbucea en tanto Fray Antonio.—No te importe tu raza… Ante Dios no las hay… ¡Oh! ¡No forcejees, no!… Deja que el cuerpo salte hecho pedazos, pero antes permíteme beber en tus labios la ambrosía de la vida… ¡Hermosa mujer, carne pecaminosa!… ¡Sois mías!… ¡Sí, sí, no os vayáis! ¡No, no, por Cristo!… ¡No me matéis!…

Y los labios ardorosos del monje van á buscar, sedientos de placer, la boca de la judía, y un sonido gutural, sobrehumano, como si el alma se le desgarrase, sale del pecho de Fray Antonio; y asustado, tembloroso, lleno de horror, estremecido, se levanta, arrastra el cuerpo de su víctima, y sacándole fuera de la galería lo lleva al patio de la misma; y allí, al débil rayo de luz que esparce la luna, mira con aire estúpido la faz yerta y pálida de la hebrea, y doblando las rodillas cae en tierra, y sus brazos rodean el talle de la mártir y quiere reanimarla, darle un soplo de vida. Pero ¡ay! ¡empresa irrealizable! ¡ aquel cuerpo es el cuerpo de un cadáver!

Al rasgarse el velo que ofuscaba su razón, al comprender aunque vagamente su terrible obra, Fray Antonio tornó de nuevo á levantarse y dirigió en torno de sí una mirada de espanto.

Allí, á pocos pasos, vio á sus hermanos, los monjes, llenos de horror.

Y aun vio más: su fantasía, lúgubre y espeluznante, le hizo dibujar la silueta de un hombre, que era el padre de su victima, el cual le maldecía con una mueca espantosa; y allá, en el rasgado jirón de una nube, un ser que horror y miedo causa, un ser que es el verdugo, que con irritante serenidad le mira, en tanto prepara el hacha fatídica de la ley.

Y el malaventurado fraile, preso su espíritu de esas quiméricas visiones, sudoroso, desencajado, pálido, lleno de temor, da un salto de fiera acorralada; y corriendo, desatentado, llega á la entrada de la torre del monasterio, y sin darse cuenta sube de dos en dos los tramos de la escalera, se halla al final con la terraza, y apareciendo en ella se dirige á una de las almenas, y, como impelido por su fatal destino, rodeado siempre de sangrientas visiones, se ase á la mole de ladrillo que le separa del vacío, y dando un salto cruza el espacio, y el cuerpo del monje va á estrellarse contra las rocas que bordean un foso que circunda por su parte exterior la torre almenada del convento.

ALEJANDRO LARRUBIERA CRESPO

Publicado originalmente en:

La Ilustración Ibérica

Barcelona 3 y 11 de noviembre de 1888.

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