EL CAPITÁN HERRERA.

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EL CAPITÁN HERRERA.

I

No recuerdo á punto fijo el nombre de aquel pueblo; sí que era de escasa importancia, pero cercano á una hermosa ciudad de las principales de España. Tenía algunas calles rectas que iban á terminar en una plaza, en la que se elevaba la iglesia de la Virgen del Carmen, un templo modesto, muy antiguo, con bonitas imágenes de talla las unas, vestidas las otras, y casi todas alumbradas por lamparillas que sostenían las devotas del lugar.

A la salida de la plaza se extendía el campo, que tenía fértiles huertas, bellas casas con elegantes jardines, elevados árboles, graciosos arbustos, cristalinos arroyos, poéticas cascadas y gran variedad de plantas silvestres. Altivos montes, casi siempre cubiertos de nieve en su cima, acababan el cuadro. El cielo, como de España, era azul y despejado y un sol ardiente doraba con sus puros rayos la campiña.

Al pie de la montaña había una casa pequeña con un solo piso, y en cuya fachada no se veían más que dos ventanas y una puerta. Se componía de cuatro habitaciones, una sala, una cocina y dos dormitorios. El mueblaje no podía ser más modesto; en la primera sólo había algunas sillas de enea, una mesa y un sofá; en una de las alcobas una cama grande y otra más pequeña, más bien una cuna, una cómoda y un pobre lavabo; el último cuarto no contenía sino baúles y trastos viejos. La cocina encerraba los utensilios más indispensables.

Era el dueño de aquella casa Raimundo Gómez, que fué soldado en sus mocedades y cuando empieza esta historia era labrador. Antes de ir al servicio ya sostenía amorosas relaciones con una virtuosa muchacha del pueblo llamada Piedad, y á pesar de su prolongada ausencia y de los azures de la vida militar, el joven no la olvidó un momento, y al recoger su licencia absoluta lo primero que hizo fué volver al lugar para cumplir su promesa casándose con la doncella que le había esperado tantos años.

Su dicha fué de corta duración; á los diez y ocho meses de haber dado á luz una niña, murió Piedad dejando á Raimundo en el mayor desconsuelo. Como la pequeña Inés estaba ya criada, no se vio obligado su padre á separarse de ella ni quiso confiarla á ajenos cuidados. Por la mañana se la llevaba al campo mientras trabajaba, y de noche no salía de su casa para no dejarla sola. Aquella hija era cuanto amaba en el mundo, por ella vivía y procuraba estar contento para que la niña no adquiriese esa natural melancolía que tienen las criaturas cuando se hallan entre las personas que sufren. Jugaba con ella, y estaba decidido á ser su maestro cuando fuese mayor, enseñándole lo poco que él supiera.

Inés acababa de cumplir tres años cuando empieza mi relato. Era una espléndida mañana de primavera y Raimundo se disponía á ir á su trabajo, no habiendo salido ya porque la niña dormía en su cuna, y le daba pena despertarla.

Por otra parte estaba algo inquieto porque nunca dormía la pequeña á aquellas horas y temía que estuviese enferma. Le tocó la frente y las manos, y como creyese que estaban más ardorosas que de costumbre, se decidió á llamar al médico porque la víspera había oído decir que había varios niños atacados de sarampión en el pueblo.

Besó á su hija, la tapó bien con las ropas y salió de su casa cerrando la puerta con llave, lamentando por vez primera la soledad en que vivía, que le obligaba á dejar á su niña en una casa que estaba lejos de todas las otras y sin poder confiarla á ningún amigo porque apenas trataba en el lugar á nadie.

Rápidamente se dirigió hacia el pueblo, llamó en la casa del médico y supo por su familia que había salido para una aldea cercana avisado con

urgencia para que asistiese á un herido.

Raimundo se fué á pie á la aldea, donde habló breves instantes con el doctor, que le prometió ir enseguida á ver á Inés.

Inmediatamente regresó á su pueblo el antiguo soldado caminando muy de prisa, temiendo que lejos de él su niña se hubiese puesto peor ó que le llamara en balde.

Por fin entró en el lugar y se dirigió hacia el campo. Mucho antes de llegar á su casa se detuvo presa del mayor espanto. Allá, á bastante distancia, precisamente donde estaba su modesta vivienda, ardía un edificio, pero el humo y las llamas le impedían ver si era en su propia morada donde ocurría el siniestro. Sin socorros y favorecido por violentas ráfagas de viento que silbaba con fuerza desde una hora antes, el incendio había tomado tal incremento que nadie podía cortarle ya.

Raimundo corrió todo lo que su cansancio físico y su abatimiento se lo permitían; pronto pudo convencerse de que la casa incendiada era la suya.

II

Inés se había despertado poco después de la salida de su padre, y al verse sola empezó á llamarle á gritos y después á llorar. Como la niña no estaba en realidad enferma, se levantó y quiso vestirse, no poniéndose por último más que las botas y una falda de percal que le costó gran trabajo abrocharse. Después, lo primero que se le ocurrió fué salir en busca de Raimundo; arrastró una silla hasta la puerta, se subió y trató de levantar el picaporte. Viendo que no podía abrir, rompió de nuevo á llorar llamando á su padre. Si Inés no hubiera acabado de despertarse, quizá sus mismas lágrimas la hubiesen hecho dormirse; pero en aquella ocasión el llanto no podía ser precursor del sueño. La pobre criatura, que tenía un carácter dulce y apacible, hubo de resignarse, y ya tranquila se fué á la cocina donde no estaba encendida la lumbre. Al ver una jarra llena de leche, bebió de ella y luego cogió un pedazo de pan que comió sentada en el suelo.

Papá vendrá tarde, se dijo, voy á barrer la casa y á limpiar.

Bien ó mal lo hizo así, y después se puso á doblar la ropa que su padre usaba para trabajar en el campo, pues había llevado la de los días de fiesta para avisar al médico. De un bolsillo cayó una caja de fósforos y aunque Inés la recogió, algunas cerillas quedaron sobre una estera vieja que había delante del sofá. La niña, corriendo de un lado á otro, pisó algunas de aquéllas y esta fué la causa del incendio.

Grande asombro produjo á la tierna hija de Raimundo el humo que advirtió primero, y las llamas que se elevaron después. El fuego iba consumiendo lentamente los muebles, lamía las paredes con sus rojizas lenguas y se corría hasta el techo, amenazando destruir en breves instantes todo el edificio. Inés asustada fué á refugiarse á la cocina, donde estaba la ventana abierta, gracias á lo cual no se asfixió.

Entre tanto la gente del próximo lugar iba haciéndose cargo del siniestro, pero aunque algunos labradores habían formado grupos no lejos de la casa, nadie se atrevía á penetrar en ella.

Estarán en el campo, decía un hombre, y no vale la pena de arriesgar la vida por cuatro trastos viejos.

Pero en aquel momento Inés se acercó á la ventana, extendiendo sus bracitos desnudos hacia los campesinos como implorando compasión y pidiendo auxilio:

¡Está la niña! gritaron algunas mujeres, ¿no se podría sacarla por una ventana?

¿Cómo, si tiene hierros?

Ahí viene su padre, el decidirá.

Pero la gente del pueblo se engañaba; el hombre que se dirigía hacia allí no era Raimundo, aunque tenía la misma estatura que él, el cabello y la barba negros y los ojos brillantes y expresivos.

El conjunto era algo semejante, pero el recién llegado iba bien vestido, y se advertía en su porte y sus maneras, que pertenecía á más elevada clase de la sociedad. Llevaba un traje de cazador y le acompañaba un hermoso perro.

Se acercó el forastero todo lo posible á la casa, vio á la niña que llena de espanto lloraba llamando á su padre, y sin vacilar dio con la escopeta

varios golpes á la puerta, que cedió al cabo, pudiendo penetrar resueltamente en la sala que continuaba ardiendo. La niña se retiró de la ventana y la gente del pueblo no la vio más.

Hubo un instante de ansiedad terrible, luego apareció el cazador llevando á la criatura en sus brazos. Las ropas y el cabello de él ardían por varios lados, pero Inés estaba salvada.

Los campesinos apagaron con sus chaquetas el traje y el pelo del caballero y, pasada la primera emoción, prorrumpieron en atronadores vivas que conmovieron al desconocido. Luego intentaron también apagar el incendio por consejo del cazador, y mientras lo hacían, llegó Raimundo, que viendo á su hija fué acometido de un síncope, causado por la impresión de hallarla viva.

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III

Cuando recobró el conocimiento, Inés estaba á su lado prodigándole tiernas caricias. El fuego iba extinguiéndose y el desconocido sacaba los muebles que podían salvarse todavía, en unión de la gente del pueblo, para lograr sin dificultades apagar del todo el incendio que los viejos baúles y otros objetos no dejarían de alimentar.

Raimundo se levantó, pues le habían echado sobre la verde hierba, abrazó con delirio á su hija, después se acercó al salvador, y con voz que revelaba profunda emoción, y mirándole con sus grandes ojos velados por el llanto, le dijo:

Bendito sea usted, señor, por la felicidad que me da hoy; pueda Dios devolvérsela centuplicada en su esposa, si la tiene, en sus hijos, si es padre, y en usted mismo. Mi gratitud será eterna por su noble y generosa acción. ¿Se la podré pagar algún día? nadie me vería vacilar en arriesgar la vida por usted si la necesitase.

Dígame su nombre para que mi pequeña Inés lo pronuncie en sus oraciones cuando reza conmigo al acostarse.

No merece le que he hecho gratitud—respondió el cazador;—en mi caso usted no se hubiera portado de otro modo. Me llamo Pablo Herrera y habito algo lejos de aquí. He venido á cazar convidado por un amigo que tiene una posesión en este pueblo, de donde partiré pronto; mas acaso volveré algún día. Soy soltero, pero no tardaré en casarme con una prima mía, tal vez el próximo otoño. Poseo una fortuna bastante considerable, y si usted me lo permitiese, daría una pequeña cantidad á su niña para que volvieran á edificar esa casa, donde sin duda habrá nacido, y que tendrá gratos recuerdos para usted.

No, no señor, interrumpió vivamente Raimundo, soy joven, puedo trabajar; ya ha hecho usted bastante por nosotros.

Adiós, Inés, dijo el caballero cogiendo en sus brazos á la niña y besándola; cuando vuelva por aquí te traeré una muñeca.

La niña le besó sonriendo y repitió lo que su padre le decía por lo bajo:

Gracias, salvador mío, nunca me olvidaré de usted.

Luego el cazador estrechó la mano de Raimundo y partió seguido de su perro.

Mira, papá, lo que me ha puesto ese señor en la mano, dijo la niña.

Era un bolsillo que contenía muchas monedas.

El fuego había hecho terribles estragos en la pobre casita; Raimundo vio con pesar destruido el humilde mobiliario de su sala, quemadas las paredes y una parte del techo y rota la puerta.

Pero gracias al dinero de Pablo Herrera, pronto se reemplazaron los muebles y se arregló la casa.

Desde entonces Inés no volvió á quedarse sola.

Algunos días después de este suceso, Raimundo vio en el campo al perro del salvador de su hija, que buscaba inútilmente á su amo. Dedujo el labrador de aquél encuentro que el animal se habría extraviado y que, teniendo Pablo que partir, según le había dicho, no podría hallar al perro, que este perdería su rastro por completo, y que, á no recogerle él, andaría vagando por el pueblo y sus cercanías sin que más adelante pudiera ser devuelto á Herrera.

El perro pareció conformarse pronto con aquel cambio de amo y fué el mejor amigo de la pequeña Inés que jugaba con él á todas horas. Desde entonces Raimundo no tuvo que ocuparse tanto de su niña, porque ésta pasaba el día distraída con el fiel animal, y no se movía del lado de éste; ya sabía el labrador dónde encontrarla siempre cuando terminaba sus fatigo sos trabajos.

IV

Cuatro años pasaron de esta suerte sin que Raimundo volviese á ver á Pablo Herrera.

Entre tanto, la guerra civil se había encendido en el Norte de España, y aquel pueblecillo era uno de los que sostenía con más ardor la causa de los rebeldes.

El padre de Inés no tomaba parte en la lucha, á pesar de los consejos de los otros labradores, que habían abandonado el cultivo de sus hermosas

tierras por el fusil.

Tropas leales fueron enviadas para atacar á aquella ciudad cercana al lugar donde habitaba Raimundo, y este oyó decir que iban al mando del capitán Pablo Herrera. No sabía el campesino que el salvador de su hija fuese militar, pero no dudó que aquel valiente, cuyas proezas llegaban hasta él, fuera el mismo á quien tanto debía.

El capitán Herrera puso sitio á la ciudad y entró al fin en ella triunfante.

La suerte, sin embargo, no le fué favorable siempre. El enemigo, oculto entre los montes, se batió después con tenaz empeño, y Pablo, casi solo, tuvo que entrar en otro pueblo para esperar refuerzos.

Mandaba las tropas rebeldes un antiguo conocido de Raimundo que hizo llamar á este, no tardando en llegar á su presencia.

Oye—le dijo,—tú puedes prestar á la santa causa uno de esos servicios que no se olvidan jamás y que se te pagará á pesó de oro. Me han asegurado que tienes un perro que perteneció al capitán Herrera: pon al animal sobre la pista de su antiguo dueño y es seguro que le encontrará.

En cuanto tengas al capitán en tu poder le entregas al general B… que te dará el dinero y hará pasar por las armas al que tanto daño nos ha hecho. Algunos de nuestros hombres te acompañarán. Después que cobres, me darás una parte del oro en pago de esta feliz idea que á tí no se te había ocurrido.

Bueno, ya trataremos de eso,—respondió Raimundo.

¿Aceptas?

¿Por qué no? ¿No es un enemigo nuestro? La patria es lo primero.

Y se dispuso á partir para buscar al perro ante todo y seguir su camino después.

Pusieron á sus órdenes cuatro hombres, pero Raimundo halló medio de rendirlos pronto y continuó solo sus pesquisas.

Ya desesperaba de encontrar á Pablo, cuando el perro se detuvo ante una casa medio oculta en el bosque y que parecía deshabitada.

Aquí debe estar—murmuró.

No era fácil entrar en ella, pero Raimundo abrió una pequeña brecha en el muro y logró pasar al interior.

Allí estaba Pablo, convaleciente de una herida, al cuidado de una aldeana, que no le cono cía y que, viéndose bien pagada, no pensaba en averiguar quién era su huésped; los soldados vagaban tal vez por aquellos contornos, esperando el refuerzo que no llegaba.

Herrera no reconoció al pronto á Raimundo.

¿Vienes á entregarme?—le preguntó.

No; vengo á hacer á usted huir.

Es imposible, ya lo he intentado y me encuentro cercado de enemigos.

¿No me conoce usted, señor?—preguntó el labrador poniéndose ante el para que pudiera verle.

¡Ah! ¿Es usted, Raimundo?

¿Cree que puede venderle quien le debe tanto?

¿Cómo se halla usted aquí?—preguntó el capitán Herrera.—¿Y la niña?

He venido á buscarle; en cuanto á mi hija, Dios no la quiso dejar en este mundo y se llevó á ese ángel dos años después de la partida de usted. Ya estoy solo. Pero aunque he llorado y aún lloro su muerte, no me queda aquella tortura que me hubiese quedado si hubiera muerto cuando el incendio de mi casa. Mi pobre Inés ha volado al cielo, después de breves padecimientos, á reunirse con su madre, y las dos me esperarán para que no nos separemos nunca.

Pero dejemos esto y hablemos de usted.

Yo me casé—dijo Pablo,—y tengo una niña que me recuerda algo á la suya. ¡Pobre María! pronto quedará huérfana.

No, señor; para eso estoy yo aquí, para devolver á una hija su padre, como usted devolvió á un padre su niña.

¿Y cómo, Raimundo?

Es muy sencillo. En el vecino pueblo de S… no me conocen, pero sí me han oído nombrar.

Usted se pone mi ropa, se lleva mis papeles y el perro, además de algún dinero que he podido reunir. Llega allá, se presenta en la posada del León, dice que es Raimundo Gómez y que necesita un caballo para perseguir al capitán Herrera. Apenas se lo dan, lo paga y se pone en salvo. Yo visto su traje y me voy por el lado opuesto, donde como todos me conocen, no corro riesgo alguno.

Pero cuando descubran el engaño…

No lo descubrirán—interrumpió el labrador, y aunque lo descubriesen, soy tan querido en mi tierra, que nada tramarían contra mí.

Conque ahora, señor Herrera, manos á la obra, y á huir cuanto antes.

Cambiaron de ropa, y Pablo, visiblemente conmovido, abrazó á Raimundo, saliendo después con su perro, que le había conocido enseguida y no intentó separarse de él.

Una hora más tarde oyó Raimundo que algunos jinetes se aproximaban.

¿Habrá tenido tiempo de huir?—se preguntó con angustia.

Entraron en la casa varios hombres desconocidos, todos armados, diciendo á la mujer que iban á practicar un registro. La aldeana les dejó hacer, y consiguió ocultarse en un sótano de la casa, donde guardaba su dinero para que no se lo llevaran.

Al ver á Raimundo, uno de los hombres le preguntó si era el llamado capitán Herrera, á lo que se negó á contestar.

Veamos las señas, dijo otro sacando un papel del bolsillo: Pelo negro, ojos negros, grandes y expresivos, color moreno pálido, barba cerrada, estatura alta, delgado, viste uniforme, etcétera. No hay duda, es él.

Raimundo no intentó defenderse y fué hecho prisionero, sin que nadie pudiera identificar su persona, porque ninguno de aquellos hombres el conocía.

Algunos días después los periódicos publicaban un parte, en el que se decía que el capitán Herrera había sido pasado por las armas. Hasta sus enemigos declaraban que había muerto como un héroe, cual si más bien deseara que temiese aquel terrible fin.

El verdadero capitán, que había vuelto á abrazar á su mujer y á su hija, contaba conmovido á la primera la abnegación de Raimundo y hablaba de él á la segunda para que no olvidase su nombre jamás.

Cuando estuvo curado de su herida volvió á tomar parte en la guerra, en la que hizo prodigios de valor, y logró vengar la muerte de aquel hombre que había dado la vida para salvar la suya, pagando de este modo una deuda de gratitud.

Al terminarse la sangrienta lucha, el capitán Herrera entró en la capital con las tropas vencedoras y íué juntamente con ellas aclamado con entusiasmo. Obtuvo un ascenso, ganó algunas cruces y fué considerado como un oficial de verdadero mérito.

Y el héroe desconocido, Raimundo, cuyos restos dormían en el rincón de un cementerio del más humilde de los pueblos, confundidos con los de muchos soldados, no alcanzó en este mundo la gloria que su acción merecía, ni su nombre fué repetido más que por Herrera.

La hija de éste, ¿recordara siquiera hoy quién fué el salvador de su padre?

¡Los niños olvidan tan pronto!

JULIA DE ASENSI.

Publicado originalmente en:

El Álbum Iberoamericano

Madrid 7 y 14 de junio de 1891.

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