REVERIE

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Después que hubo encendido un cigarro, abrochóse Paco el ligero gabán de verano que llevaba, se despidió de sus amigos que quedaban en el Suizo, hundió sus manos en los bolsillos del abrigo, y ya en la calle echó á andar con paso un tanto acelerado á causa del sutil airecillo que soplaba y le hacía sentir en el rostro como agudos alfilerazos.

Clareaba el día; los encendidos arreboles de la aurora teñían el cielo con sus brillantes matices apagando los últimos argentados reflejos que producían las estrellas, próximas á desaparecer.

El tiempo era frío y desapacible y más á propósito para obligar á la gente á buscar el confortable calor del hogar, que no para invitarlas á discurrir por las calles de la villa.

Por fin, detúvose Paco frente al portal de una casa de la calle de la Magdalena, abrió la puerta, subió y al llegar al segundo piso, franqueada

también la entrada, atravesó un largo corredor y entró en su habitación, donde sin quitarse el sombrero ni el gabán se dejó caer en una butaca, único mueble decente que se veía en el aposento.

Era éste un verdadero cuarto de estudiante,—pues debo declarar que Paco pertenecía á la benemérita clase de estudiantes de medicina.—Arrimada contra un ángulo veíase una modesta cama con cobertor de percal, de colores abigarrados y chillones; pendiente de la pared un espejo de quebrada luna y sobre una mesilla, cubierta con un tapete de bayeta verde, estaban los libros de medicina, revueltos en confuso desorden con varios números de El Liberal y El Globo, cartas, apuntes y cubiertas de cajetillas, presidiendo todo aquello, en lugar preferente de la mesa, un cráneo, pesadilla constante de la patrona del futuro Galeno.

Mas de una vez estuvo tentada ella de poner al estudiante y á la calavera en la calle, pero era Paco tan buen muchacho y tan puntual pagador, que no se atrevía á hacerlo. Si los tiempos no hubiesen estado tan malos quizás su tolerancia no hubiera llegado á tanto y hubiera prescindido de las buenas cualidades de su pupilo con tal de librarse de la vista del espantable cráneo, con el que soñaba cada noche, á su vez, la Maritornes de la casa.

Paco estaba cansado, tenía frío y sentía inexplicable malestar; poco tiempo hacía que se había arrellanado en desvencijada butaca y al calor que se experimentaba en su mal ventilada habitación, entornáronse sus ojos suavemente, y más que por el sueño adormecióse bajo el influjo de fantástica reverie.

Aquella noche había estado en el Real tomando asiento, según costumbre, en el Paraíso, desde cuyas alturas, ya se ve, á cualquiera se le antojan ángeles todas las mujeres, y aun divinidades las consideraba Paco. ¡Con que maravilloso relieve se destacaban sobre el fondo rojo de los palcos aquellas hermosas damas envueltas entre oleadas de encajes y raso; aquellos bustos desnudos, cuya blancura envidiaría el alabastro, aquellas gargantas ceñidas por rivieres que parecían hilos luminosos despidiendo mágicos destellos! Paco estaba como fascinado, y fatigados sus ojos con abarcar tanta belleza se cerraron momentáneamente, pero al abrirlos de nuevo fué más violenta aún la impresión. Tanta luz le hirió que el triste creyó cegar. Su vista, anhelosa de descanso, buscó un punto de reposo, y al encontrarlo, el estudiante sintió vivísima conmoción. Él, que jamás había experimentado la emoción más ligera á la vista de los terribles espectáculos del hospital ó en sus primeros días de anfiteatro, sentía ganas de llorar á la vista de una mujer, desconocida, que no le debía el menor afecto y de la cual ni una mirada no podía prometer.

¡Con que beatifica adoración la contemplaba Paco desde las alturas! Si él hubiese sido rico ¡cómo la hubiera pedido por esposa aquella misma noche y hubiese fabricado para morada suya un palacio de jaspes y de pórfido y la hubiese adorado eternamente cual beldad tan peregrina tenía derecho á serlo.

Ocupaba su desconocida una platea de la izquierda. Paco no vio quien había en el palco; sus enamorados ojos solo á ella sabían mirar. ¡Oh, si ella le hubiese enviado una mirada, él hubiera enloquecido de felicidad! Pero ¿cómo iba á fijarse en los del Paraíso la que con tan soberano desdén contestaba á los saludos y sonrisas de sus amigos,—ya que amigas, al parecer, tenía pocas?—Ninguna mujer la saludaba. Paco se explicaba el caso con mucha sencillez: no la saludaban por envidia.

Cuando terminó el acto primero de Rigoletto el impresionable estudiante dióse á averiguar quien era la prodigiosa beldad que le tenía de tal manera trastornado el juicio, hasta el punto de hacerle olvidar de las cosas de su patrona, de sus libros, de sus estudios y sobre todo de sus amores con Jacinta, su prima adorada, á la que había hecho formal promesa de que se casarían en cuanto acabase su carrera y regresara al pueblo. Todo lo había olvidado; su pensamiento estaba consagrado por entero á aquella mujer. Los pasos que dio para saber quien era la gentil dama fueron infructuosos; nadie pudo enterarle; no era título ni abonada. Los asiduos concurrentes al Paraíso conocen al dedillo los nombres y condiciones de todas las abonadas al regio coliseo, su filiación y su vida pública y privada. Se convino, pues, en que la desconocida era forastera y en que se averiguaría su procedencia y demás circunstancias propicias ó desfavorables. Durante el acto segundo, con tanta atención miraba Paco á la forastera, que no le pasaba desapercibido ni uno solo de sus ademanes, gestos y miradas. Hasta le parecía comprender sus palabras por el movimiento de sus labios, de tan puras líneas que parecían formados solo para rezarle á Dios.

iQué largo le pareció á Paco aquel acto! Bajó el telón, y prosiguió él con nuevo ardor sus averiguaciones, resultando estériles también. Empezó el acto tercero y apareció en el palco de la forastera un duque muy conocido por sus aventuras amorosas. El corazón del estudiante se estremeció; hubiera deseado despedir rayos con sus ojos para aniquilar momentáneamente al ilustre prócer que se sentaba al lado de aquella mujer. ¡Qué angustia tan dolorosa sintió el mísero! ¡Qué decepción tan terrible acababa de sufrir! Le pareció que moría su sentimiento más caro, que le faltaba la vida, que se desprendía de algo que ya le era propio y que intensamente amaba. De repente un brillante crescendo de la orquesta le despertó de su letargo. Prestó oído y oyó aquella terrible imprecación con tanta fidelidad interpretada por Verdi:

Cortigiani, vil razza dannata

per qual prezzo vendeste il mió bene

Paco sonrió con triste satisfacción, lo que Rigoletto acababa de expresar era lo que él sentía; aquel dolorido grito del padre era el que á su vez lanzaba su pobre alma, porque, no le cabía duda, aquella mujer ni merecía su cariño ni tan siquiera sus miradas. El decrépito duque era el Inri de cuantas mujeres acompañaba.

A pesar de que era Masini quien cantaba la parte de tenor, Paco se retiró del Real. Había sufrido un desencanto tan rudo que no se sintió con ánimos de continuar en el teatro. Cuando se encontró en la calle vaciló breves instantes; pensó donde iría para borrar del pensaminto la impresión que le conturbaba. Quiso ir al café Romero ó al Imperial, pero no se resolvió; quería distraerse, mas no tenía deseos de divertirse. Decidió ir al Suizo; allí vería á sus amigos y hablando de política y de medicina pasaría algunas horas agradablemente, y asi fué. Al retirarse á su casa, apenas ni se acordaba ya de aquella mujer, pero al caer rendido en la butaca de su cuarto, cuando se entornaron sus ojos, los recuerdos se avivaron de nuevo en su memoria, quedando sumido en dulce ensueño.

Aquella mujer era buena, amante y virtuosa; él era inmensamente rico y la había hecho la compañera de su vida. ¡Qué felices eran! ¡Cómo les envidiaba el mundo! ¿Y él había dudado un día de la virtud de aquella criatura sólo porque era bella? ¡Qué error tan lamentable! A discurrir los demás hombres como él, para creer en la virtud sería preciso que el mundo estuviese poblado únicamente por feas, pero no era así afortunadamente y para felicidad suya le había otorgado Dios la más poética hermosura que fe encontraba en la tierra. Los ojos de su esposa eran espejo de castidad: así miraban siempre como velados por dulcísimo pudor. Aquellas finas y aristocráticas manos no percibieron jamás el oro vil cual las de inmunda cortesana; empleólas siempre en las más delicadas y provechosas tareas; en su hermosa frente se reflejaba de continuo la más alta virtud, sus labios tan solo se movían para jurarle amor. ¡Cuánto la amaba! Con loca efusión estrechó su hermosa cabeza entre sus brazos y al ir á imprimir un amoroso beso en su frente un golpe brusco y violento resonó en la puerta desvelando á Paco.

—Las diez,—gritó la patrona.—¿Le parece á usted, señorito, si son estas horas de estarse durmiendo todavía? Pero, ¡qué miro! ¿No está besuqueando la calavera?

Paco se desperezó y al abrir sus ojos le pareció que las cuencas de las órbitas de la calavera le miraban.

—¿Qué es esto?…—murmuró—¡Qué estrambótico sueño! ¡Pues no es mala cara la que estaba yo besando!

—Muy hermosa,—gruñó la pupilera.—Que se lave V. muy bien, don Paquito. El diablo es tener en casa á esos muchachos que hasta soñando han de pensar en notomías.

Paco no pidió agua, pidió el almuerzo.

El estudiante dejó el cráneo sobre la mesa.

—¡Quién sabe,—pensó,—si ha pertenecido esta fea calavera á alguna peregrina beldad! ¡También á ella la destruirá la muerte y muy posible que como la mayor parte de las de su clase, marchita ya su lozanía y lanzada al arroyo como trasto inútil, vaya á morir á un hospital y su cadáver pase en una mesa de disección! Entonces seréis iguales, dos cabezas huecas, vacías; sin más que polvo en la tuya; en la suya, lodo.

ANTONIA OPISSO.

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