EXEQUIAS DE PRIMERA CLASE

Como hemos visto en la entrada del blog de Vicente Moreno de la Tejera: Lamentos de un madrileño, Vicente fue amigo y compañero de Alfredo Opisso i Vinyas, director, entre otras muchas cosas, de la Ilustración Ibérica (ver biografía).

La autora del relato que rescatamos hoy, es Antonia Opisso i Vinyas, hermana de Alfredo, y por tanto probablemente se relacionó con Vicente. En cualquier caso merece la pena descubrir a esta autora.

pab840

EXEQUIAS DE PRIMERA CLASE

Si fué muy sincero el dolor de Rosa al enviudar, cosa es que todavía no he logrado poner en claro; en cambio no tiene para mi la menor duda que el sentimiento con tal ocasión demostrado fué de primera clase, esto es, una pena discreta, resignada y altamente cristiana.

Nada de lágrimas ni gimoteos; nada de afearse el rostro con la contracción que ocasiona el llanto prolongado; nada de proferir esos lamentos y exclamaciones que una pena vivamente experimentada arranca á las almas doloridas. Ella era mujer harto discreta y como su esposo vivía achacoso y enfermizo, el triste desenlace la encontró perfectamente preparada para recibir el golpe esperado con anticipada resignación.

Durante su matrimonio había sufrido la paz doméstica repetidos eclipses, no porque ella no fuese fiel y celosa guardadora del honor conyugal sino por la incompatibilidad de su carácter con el de Pedro su consorte, tanto más avaricioso y retenido cuanto más le soplaba la fortuna, y sobre todo cuanto más cariño á los trapos y baratijas cobraba su mujer.

De ahí que la tranquilidad del hogar se alterara con sobrada frecuencia, y que fuese su vida una lucha continua, una constante desesperación.

Pedro se consolaba con la idea de que pronto sus achaques le conducirían á una vida mejor, mientras que Rosa, por su parte, se prometía tributar á su marido suntuosas honras y hasta le mandaría construir uno de esos panteones-garitas, estilo neo-griego, que tanto abundan en el cementerio antiguo.

Para depositar sus restos, nada economizaría: había que honrar la memoria del muerto; pero cuanto hubiese cumplido con él, ya procuraría ella recuperar con creces las hermosas horas de su juventud perdidas en irritante soledad y forzoso retiro.

Por eso cuando los médicos que asistían á su marido se declararon impotentes para atajar los progresos de la enfermedad, Rosa sintió un vago desaliento, y más melancolía que dolor, ante la idea de que era llegada la hora de dar la postrera despedida al padre de sus hijos, al honrado compañero de su vida. Al iniciarse la agonía, la familia abandonó la alcoba del enfermo, dejándole al cuidado de un médico, y atendido por un sacerdote, dos hermanas de la caridad y una criada de la casa, por manera que para el tránsito de esta á la otra vida, no podía estar ni mejor cuidado el doliente cuerpo, ni mejor preparado el espíritu que pugnaba ya por desprenderse de la materia.

Como sucede en muchos casos, la familia no tuvo valor para recoger el último aliento del que había pasado una vida de privaciones y continuos sacrificios para asegurar á los suyos holgado y envidiable porvenir..

Rosa deseaba estar sola y se encerró en su cuarto; sentóse en una butaca y apoyando sus brazos en un velador contiguo ocultó su rostro entre las manos, en las que tenía aún el pañuelo con que pocos momentos antes enjugaba el frío sudor del moribundo.

No lloraba. Sentía un nudo en la garganta que parecía fuese á ahogarla; instintivamente llevó una mano á su cuello ansiosa de romper el lazo que la oprimía, pero su garganta estaba libre. Lo que la sofocaba eran las lágrimas contenidas que no acertaban á salir de sus ojos; por eso cuando tras largos suspiros y quejas consiguió llorar, se sintió muy aliviada. Y lo cierto es que lloró con verdadero sentimiento.

¡Lo que son las cosas del mundo y los secretos del corazón humano! Nunca sintió aquella mujer tanto amor para su Pedro como en aquel supremo momento en que iba á romperse para siempre el vínculo que los había unido, y que en algunas ocasiones le pareció férreo eslabón que la martirizaba despiadadamente.

En tanto esperaba con inquieto malestar la nueva del triste desenlace, cruzaban por su agitada imaginación en confuso desorden todos los recuerdos de su vida, todas las alegrías y amarguras que la habían conmovido durante su matrimonio.

Su Pedro era el tipo de la honradez y de la rectitud, pero fué con ella algo exigente y severo. Cuando se casaron, ¡qué pobreza la suya! El corto jornal que ganaba su esposo apenas si alcanzaba á cubrir las más apremiantes atenciones de la casa, pero el hombre tenía ilimitada confianza en lo porvenir y esperaba siempre días mejores, mientras lo cual tenía ella que correr con el manejo de la casa, desempeñar los quehaceres, coser, lavar, planchar, y para colmo de fatigas ir por agua infinidad de veces al día, pues era ella mujer muy limpia y hacendosa, y á falta de jabón, el estropajo, el agua y la muñeca tenían que estar en continuo contacto con los cristales no muy enteros de su ventana, y con los feos y descoloridos ladrillos que eran su constante desasosiego, pues que iban disolviéndose en polvo á medida que percibían la humedad del agua; ó bien habérselas con los deteriorados cachivaches y los cuatro platos desportillados que constituían su escasa pero siempre blanquísima vajilla.

Dos años llevaban de matrimonio cuando Pedro le regaló la primera mantilla con que cubrió su cabeza. ¡Qué inolvidable gozo el que su alma experimentó aquel dia! Si más hubiese sabido amar, más hubiera amado á Pedro, pero no era ella mujer exagerada en sus afectos y demostró llorando su contento; al poco tiempo cambiaron de casa, trasladándose á otra que tenía agua de pié, y para colmo de dicha su marido consintió en que tomara criada. Desde aquel día corrió la Maritornes con el cuidado de los dos chiquillos y de la casa. Rosa sentía comezón por callejear; había estado por fuerza tanto tiempo metida en su nido, que deseaba desplegar las alas y ver luz y aire, y sobre todo las tiendas de novedades que eran objeto preferente de sus predilecciones. Aquellas madames, —Rosa consideraba francesas á todas las modistas,—la trastornaban, le volvían el juicio. Con los sombreros, abrigos y vestidos que diariamente veía expuestos en lujosos escaparates, ¿qué mujer no había de estar elegante y hasta guapa? ¡Oh! si ella hubiese podido gastar, como podía hacerlo, con su arrogante figura y su poco de garbo y su mucho de fatuidad hubiera sido la mujer más envidiada de su tiempo, la que hubiere impuesto las modas, la más celebrada y feliz de las criaturas, pero Pedro era muy cruel… Tal le consideraba cada vez que sin razonable ni justo motivo se oponía á que hiciera algún dispendio. Por supuesto que Rosa ignoraba que hubiese habido en Castilla un rey tocayo de su marido y llamado por sus vasallos como llamaba ella á su Pedro, pues, como la gran mayoría de improvisadas, no conocía más reyes que los que figuran en la baraja; pero el mote le parecía tan expresivo que no encontraba otro que mejor respondiera al resentimiento que guardaba su corazón.

Todo les iba viento en popa; eran ricos y considerados, pero las mezquindades de Pedro daban de continuo al traste con el sosiego conyugal. ¡Qué miedo el suyo á empobrecerse! ¡Con qué espanto recordaba las privaciones de su pasado! ¡Qué noble ambición la de asegurar el porvenir de sus hijos, y qué indomable la terquedad que demostraba cuando ella le invitaba á hacer algún gasto que se le antojara á él superfluo! Ella no comprendía la generosidad que encerraba la negativa de su marido; sólo veía que no tenia casa propia, que no la llevaba á viajar, que no la abonaba á la ópera, y que se mostraba más intransigente, cuando más suplicaba para lograr lo que al fin no conseguía.

En el único punto que estaban conformes era en su horror á libros y periódicos; cuántas veces el director del colegio presentaba la cuenta de los libros adquiridos por sus hijos la casa se venía abajo, conviniendo marido y mujer en que únicamente los pobres y los tontos deben saber leer. Y en esto revelaban su procedencia: como discurrían ellos, discurren todos los parvenus; el horror á lo impreso es la marca de fábrica que les distingue. No hay más que entrar en una de esas fastuosas viviendas propias de capitalistas de última hora, para echar de ver los alcances de sus moradores; al que más se le ocurre, es mandar construir una cuadra, para cuando tenga coche; una sala destinada á biblioteca no podría verla el vulgo desde la calle, y se suprime; además ¿por qué gastar un dineral en libros y revistas, si al fin ni habían de comprenderlos ni de saberlos leer?

Pero volvamos á Rosita. A medida que iba ahondando en sus recuerdos, recrudecían en su imaginación los disgustos y desavenencias que habían alterado la felicidad doméstica. ¡Cuántas lágrimas y cuántos disgustos y cuántos altercados le costó conseguir que Pedro consintiera en que se pusiera sombrero! Hasta con el divorcio la amenazó, pero al fin pudo arrancar su consentimiento. Y ahora estaba agonizando, iba á dejarlo todo; aquel capital atesorado con tantas privaciones vistas y tantas sorpresas ignoradas, lo disfrutaría ella sin necesidad de rendir irritantes y enojosas cuentas.

Cuando así discurría un ruido extraordinario y el golpear de los muebles contra el suelo y las paredes la distrajo de sus reflexiones. Salió apresurada al pasillo y se encontró con el sacerdote y un hermano de su marido; cambiaron algunas palabras y le comunicaron el triste desenlace.

Rosa lanzó un prolongado suspiro, pero no lloró como había llorado antes; encontrábase ya en el período de la resignación; lo que si hizo fué llamar al encargado de la Funeraria para encargarle personalmente lo concerniente al entierro de su difunto esposo. Cama imperial con colgaduras de terciopelo negro y franjas de oro, muchas luces y flameros en la mortuoria estancia, ataúd de zinc con doble féretro de ébano, carroza de ocho caballos, con los correspondientes palafraneros vestidos á la Federica, coche de respeto y toda la comunidad de la parroquia, además de los niños del Asilo dio de aquella hipócrita tristeza, encargada de pregonar en dolor no sentido, una pena ficticia, un alarde de vanidad y no de piadoso cariño manifestado por medio de la opulencia en aquellas inmorales exequias de primera clase, con que su viuda más que honrar su memoria celebraba su eterna separación.

ANTONIA OPISSO.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s