El oficial quinto.

pab821

EL OFICIAL QUINTO

HISTORIA CONTEMPORÁNEA

I

Aunque era el empleado de menos categoría del negociado, todos le llamaban don Nicolás; incluso su jefe, el almibarado, distinguido y cargantísimo velocipedista Juanito Rodríguez, sobrino carnal de S. E. el ministro del ramo; y la verdad sea dicha, es lo cierto que D. Nicolás Sánchez, con su larga barba, casi blanca, su raído levitón de color de canela y su espeluznada chistera, era digno de la respetuosa consideración que inspiraba en la oficina, no sólo por su aspecto de apóstol y la dulzura de su carácter, sino por sus treinta años de servicios y sus múltiples cesantías, sin contar el profundo conocimiento que tenía de los asuntos que radicaban en aquel departamento ministerial y el celo constante con que se dedicaba al cumplimiento de sus deberes.

Y eso que el pobre Sánchez tenía bien poco que agradecer á los diversos personajes que habían desempeñado sucesivamente el cargo de ministros, pues á excepción de uno, que por error, sin duda, le ascendió de auxiliar á oficial quinto, los demás sólo se habían acordado de su modesta personalidad para dejarle cesante, reponiéndole al cabo de algunos meses, cuando el general Rodríguez, á cuyas órdenes había servido como sargento durante la campaña de África, se tomaba la molestia de pasar por el ministerio á pedir la reposición de aquel desdichado.

Por esta causa la adhesión de D. Nicolás á su jefe, hijo de su protector, no tenía límite, y el buen viejo se desvivía por suplirle y disculparle en las prolongadas ausencias, despachando los expedientes que aquél debiera estudiar, á fin de que no tuviese más trabajo que poner su garrapatosa firma al pie de los informes escritos con elegante letra de tipo Iturzaeta.

Cierta tarde encontrábase D. Nicolás sumamente atareado poniendo en limpio varias comunicaciones, cuando se abrió la mampara de la habitación, dando paso á Juanito, que tendiendo la vista en derredor, dijo mientras se quitaba los guantes:

—Felices, D. Nicolás. ¡Qué sólito está usted!

—Qué le hemos de hacer. Ramírez se ha ido á las carreras y el manchego ha salido no sé á qué, y como no han hecho nada, más que tomar café en el rato que han estado aquí, estoy cumplimentando la firma de ayer.

—Sí; a usted siempre le toca bailar con la más fea.

—No hay remedio, D. Juanito.

—¡Bah! Yo no lo haría, replicó el joven, tomando asiento en el cómodo sillón de su mesa. Ya sabe usted mi teoría de que la mayor parte de los expedientes se despachan ellos mismos, únicamente con darles el tiempo necesario de reposo en cualquiera de esos armarios.

Y una alegre carcajada sirvió de epílogo á aquel ingenioso aforismo administrativo. Luego Juanito encendió un puro, sacó del bolsillo una elegante cartera y de ella un plieguecito de papel perfumado que aspiró con delicia, antes de leer los tres ó cuatro renglones que contenía, hecho lo cual volvió á guardarle, y dirigiéndose á su auxiliar, engolfado de nuevo en su tarea, le preguntó:

—Amigo D. Nicolás, ¿usted sabe por dónde anda el expediente de los Sres. Isaac Moisés y C.ª de Granada.

—Sí, señor.

—Pues tráigamelo usted.

—Allá voy.

Y D. Nicolás, abriendo una taquilla colocada detrás de él, sacó un legajito de papeles atado con balduque rojo, que puso en manos de su jefe diciendo:

—¡Esto es un mochuelo que ya ya! Se han hecho infinidad de desatinos, y le aconsejo á usted que no se meta en honduras, sin tentarse la ropa.

—No pienso hacer tal cosa, replicó el petulante joven, retorciéndose las guías de los bigotes, pero me han hablado de este asunto y quiero enterarme.

D. Nicolás hizo un gesto de asombro ante aquella curiosidad inusitada de su superior.

—Así es, prosiguió Juanito, que me lo llevo á casa para verlo esta noche, pues ahora tengo que ir al casino.

—Cuidado con extraviarlo. Es un expediente reservado.

Va ahí el voto secreto del Consejo y otros papeles de interés, y sería un percance el que…

—No tenga usted temor, hombre, que le tiene usted un cariño á los papelotes, que parecen hijos suyos, replicó el ]efe del negociado, metiendo el legajito en uno de los bolsillos de su magnífico abrigo.

—A mí, ya comprende usted…

—Bueno; me voy: si me llama el Sr. Director, que no me llamará, le dirá usted que me he puesto enfermo. Hasta mañana, amigo D. Nicolás.

—Vaya usted con Dios y que usted se divierta, replicó el viejo empuñando de nuevo la pluma, mientras murmuraba con aire pensativo: Dios quiera que este chico no haga alguna de las suyas. ¡Qué cabeza más ligera!

II

Una semana después hallábase el bueno de D. Nicolás en la pieza de su modesto sotabanco de la calle del Pez, que hacía los oficios de comedor, sala y despacho, sentado ante la camilla, leyendo tranquilamente el Año Cristiano al amor de la lumbre, mientras su mujer la anciana Teresa remendaba unas prendas de ropa blanca.

De pronto un fuerte campanillazo vino á interrumpir la lectura, y los esposos se miraron asombrados.

—¿Quién podrá ser á las diez de la noche?, dijo D. Nicolás.

—Puede que sea Carmen, la del tercero.

Otro campanillazo más fuerte que el anterior cortó los comentarios, y el empleado salió al pasillo diciendo:

—¡Allá va! Hombre, vaya unas prisas.

Abierta la puerta, vivo asombro pintóse en la fisonomía de D. Nicolás al divisar á su jefe, que sin más preámbulo penetró hasta la sala, descubriéndose al ver á Teresa, á quien saludó con una familiaridad que denotaba antiguo conocimiento.

—¡Pero D. Juanito, usted por estas alturas!, dijo la anciana, mientras su marido acercó una silla que el joven ocupó diciendo con angustiado acento:

—¡D. Nicolás, doña Teresa, estoy perdido!

—¡Cómo es eso!, exclamaron á un tiempo los esposos con admiración.

—El maldito expediente de Isaac Moisés y Compañía…

Ustedes, como no leen periódicos ni nada, no se han enterado del escándalo que ha tenido lugar en el Congreso.

—¿Pues qué ha sucedido?

—Nada; una friolera. Figúrese usted que García Machaca, ese diputado de oposición que es el ente más cargante que he conocido, ha explanado una interpelación á nuestro ministro sobre el asunto de Isaac y le ha dado una carrera en pelo, apoyándose, ¿en qué dirá usted?

—No sé.

—Pues en el voto reservado del Consejo, que ha leído íntegro. Mi tío le ha contestado muy bien, echando el mochuelo á su antecesor, pero diciendo que el conocimiento de ese voto, de carácter secreto, demostraba que había empleados que habían faltado á su obligación, revelando lo que no debieran, á lo cual pondría el oportuno correctivo.

—¿Pero nosotros qué tenemos que ver con eso?, dijo D. Nicolás con cierta inquietud.

—¡Pues no hemos de tener! ¡Como que ese expediente es el que yo me llevé de la oficina!

—Pero le devolvió usted á los dos días, y no le faltaba nada, porque yo lo revisé por si acaso.

—Pero durante esos dos días los malditos papeluchos han estado en casa de Monina…, una señora muy elegante y muy… alegre, que me dijo que me agradecería mucho que le hiciese este favor para que se enterase una prima suya que tenía interés en el asunto: y ha resultado que el primo he sido yo, y que García Machaca, abogado de Isaac Moisés, es carne y uña de Monina y han copiado lo que les ha dado la gana y me han partido por el eje, porque yo conozco el carácter de mi tío, y mañana ya verá usted la que se arma cuando averigüe que el expediente ha salido del negociado.

Nada contestó D. Nicolás, aterrado ante aquella catástrofe que veía venir y en la que presentía que había de tocarle parte no pequeña, á pesar de ser completamente inocente.

Juanito prosiguió:

—Yo por el pronto he ido á ver á Monina, que se ha echado á reir ante mi apuro. La he puesto como un trapo…

—¿Y qué?

—Pues nada, tan fresca. Entonces me he ido á la Peña á buscar dos amigos que vayan á pedir á García Machaca una reparación en el terreno de las armas.

—Todo eso, exclamó D. Nicolás, fuera de sí ante tanto disparate, es música celestial, y si á su tío le da por sentarle la mano, le va á usted á costar la torta un pan.

—Eso es evidente. Ahora bien, D. Nicolás de mi alma, usted puede salvarme.

—¿Yo? ¿Cómo?, exclamó el viejo.

—Muy sencillamente. Diciéndole al ministro que usted ignoraba el carácter reservado del expediente, y que por eso dejó tomar nota á un individuo que fué á enterarse como tantos otros.

—¡Vaya unas notas, murmuró el pobre oficial, cuatro pliegos y pico que tiene el voto reservado solo.

Reinó un silencio de algunos instantes; mientras los esposos se miraron angustiados, interrogándose con la vista. Juanito al advertir aquella mímica tuvo como un estremecimiento de frío al pensar que lo que proponía á aquel infeliz subalterno era su ruina y la de su pobre consorte; pero el egoísmo se sobrepuso á sus generosos sentimientos, y dijo:

—Vamos, algo hay que hacer por mí, siquiera por lo mucho que mi padre ha hecho por ustedes. Todo lo más que le puede resultar á D. Nicolás será una suspensión de empleo y sueldo por quince días, y yo le daré el doble de lo que pierda.

—No, Juanito, repuso el anciano: lo que resultará será mi cesantía. ¡La miseria para estos dos pobres viejos!

—¡Ca, hombre, no será tanto! En todo caso, yo le colocaré á usted en otra parte, no le dé á usted cuidado.

—Eso es fácil de decir, replicó Teresa; pero luego… se olvida, y harto sabemos lo que es no tener pan… Usted sería el primero en cansarse…

—Ya comprenden ustedes que cuando les propongo esto es cuestión para mí de mucho interés y haré todos los sacrificios… Figúrense ustedes una carrera tan bonita como la mía, ¡jefe de negociado de segunda clase á los veintisiete años!.. Y que mi tío me arma un expediente que me inhabilita para siempre… ¿Qué hago yo entonces? Vamos, Teresa, usted que me ha tenido en brazos cuando chiquitín; D. Nicolás, usted que á mi padre le decía tantas veces que estaba dispuesto á matarse por él, y cuando murió se portó usted tan bien…, ¿no harán ustedes nada por mí en esta ocasión?

Si no acceden á mis súplicas, no me queda más remedio que saltarme la tapa de los sesos, y lo hago esta misma noche.

Aterrada por esta amenaza, Teresa se levantó de su asiento, y acercándose á su marido le puso una mano sobre el hombro y le dijo con voz trémula y los ojos empapados en lágrimas:

—Nicolás, si viviera el general y te pidiera ese favor, ¿lo harías?

—¡Quién lo duda!

—Pues lo pide su hijo y hay que hacerlo.

—Tienes razón, Teresa; ha llegado el momento de sacrificarnos por nuestros protectores. Juanito, vaya usted al ministerio y diga usted á su tío lo que guste, seguro de que Nicolás Sánchez no le ha de desmentir. Por la memoria de su buen padre estoy dispuesto á todo. Sólo le ruego por esta pobre mujer, ya que no por mí, que no nos abandone luego en la desgracia…

III

—D. Nicolás, dijo un ordenanza entreabriendo la mampara del salón, que vaya usted inmediatamente al despacho del señor ministro.

Los dos colegas del oficial quinto, que por rara casualidad ocupaban sus respectivos sillones, se miraron asombrados, mientras D. Nicolás, abrochándose el vetusto gabán de color de canela, salía al pasillo, marchando con seguro paso y sereno continente en seguimiento del ordenanza, que le llevó á presencia del consejero de la corona.

Era éste hombre de edad madura, gaditano de los más finos, de mirada viva y perspicaz y presumiendo aún de buen mozo.

—¿Es usted D. Nicolás Sánchez?, preguntó al ver entrar al empleado, que se cuadró ante la mesa en respetuosa actitud.

—Para servir á V. E.

—¿Está usted en el negociado de este caballero?, dijo el ministro señalando á Juanito, sentado en un diván á pocos pasos de distancia.

—Sí, señor.

—¿Y quién ha autorizado á usted para facilitar copia de los expedientes reservados al primer quídam que se presente?

Una oleada de rubor y de vergüenza enrojeció el rostro venerable de D. Nicolás, que involuntariamente se volvió hacia el autor de la falta que se le imputaba; pero haciendo un visible esfuerzo balbuceó:

—Señor ministro, crea V. E. que… yo no sabía… Si hubiera presumido…

—Déjese usted de excusas; su jefe me lo ha referido todo, y estoy dispuesto á hacer un severo escarmiento con los funcionarios que comprometan imprudentemente los secretos del Estado.

La cara del oficial quinto, tan severamente amonestado, daba lástima por la angustia que expresaba, hasta el punto que las lágrimas asomaban á sus ojos.

El ministro clavó su mirada en el pobre empleado y luego en su sobrino, que abochornado y confuso contemplaba la punta de sus elegantes botas de charol, no sabiendo qué actitud adoptar.

—¡Conque es decir que confiesa usted su falta! ¿Y no sabe usted que lo que ha hecho es un delito penado que le puede costar muy caro?

—Señor ministro, no me interrogue V. E. más, porque no sabría contestar. Haga V. E. lo que guste de este infeliz que en treinta años de servicios no ha dado lugar á una reprensión.

Y de sus ojos se desprendieron dos gruesos lagrimones que corrieron por su gabán de color de canela.

—Acabemos, dijo entonces el personaje poniendo poniéndose de pie. En vista de la confesión de usted que confirma lo que ya sabía, he resuelto dejar á usted cesante y ascender á mi sobrino.

—Pero tío, dijo aquél levantándose y acercándose á la mesa, mientras D. Nicolás suspiraba afanosamente, si no estoy en condiciones…

—Mi compañero el ministro de Ultramar me remitirá esta tarde una credencial con tu ascenso para Manila. ¿No te gusta, eh? Pues mira, aquello te probará mucho. En cuanto á usted, Sr. Sánchez, ya comprenderá que para tomar posesión del destino de oficial cuarto es preciso que cese en el de oficial quinto.

Siento muchísimo que la ley de presupuestos no me permita ascender á usted á la vacante de este trasto, que no ha vacilado en sacrificar, para encubrir sus majaderías, al mejor empleado de la sección. En el libro del personal figurará usted como recomendado mío y ya está usted seguro.

—Señor, exclamó D. Nicolás en el colmo del asombro, no sé lo que me pasa ni cómo dar las gracias á V. E. que…

—Bueno, bueno; vuelva usted inmediatamente á su negociado á esperar la credencial. Adiós, adiós.

Y el ministro empujó al anciano cariñosamente, haciéndole abandonar el despacho, tras de lo cual encaróse con su sobrino y le dijo en tono entre severo y guasón:

—Me has querido dar gato por liebre, pero soy más listo que tú y no comulgo con ruedas de molino.

—Pero, tío, no comprendo quién ha podido decir á usted…

—¡Monina, hombre, Monina!

—¡Luego la conoce usted también!

—Más que tú, hombre. ¿Comprendes ahora lo majadero que eres y la necesidad de que te vayas en el primer correo que salga á pasar una buena temporada en las islas Filipinas?..

A. DANVILA JALDERO

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s