LA VILLA-ROSA (conclusión)

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LA VILLA-ROSA

(conclusión)

La señora de Soriano hacía lo posible porque sus amigos lo pasaran bien á su lado procurando variar las distracciones, en muchas de las cuales no tomaba ella la menor parte. Pedro y Marta los acompañaban sin cesar, aunque la joven no había recobrado por completo sus fuerzas después de la grave enfermedad que había padecido.

Ya iban á una gira campestre, ya de caza ó se entretenían con los juegos ó los columpios del jardín ó con la música y el baile durante la noche en uno de los magníficos salones de la quinta.

Fernando estaba un tanto preocupado y hacía lo posible por acercarse poco á Lily, pero á veces una fuerza involuntaria le impulsaba hacia ella y conversaba animadamente con la joven.

Un día que lo habían pasado en el campo, como se hallaban más cansados que de costumbre, decidieron retirarse temprano á sus habitaciones, porque á la mañana siguiente debían ir de caza y era preciso madrugar. Ya de noche habían bajado al jardín, y, después de permanecer en él un rato, se dirigieron á la casa, siendo los últimos en entrar en ella Pedro, Marta, María Orloff, un amigo de Soriano, Fernando y Lily. Yendo por una frondosa alameda que conducía directamente á la casa, formaron tres grupos, caminando delante el joven Urgel y la señorita de Velasco.

—Parece que está usted triste,—dijo ella;—¿no le ha gustado á usted la expedición de hoy?
—Todo lo contrario, respondió él, ha sido un día muy agradable para mí y crea V. que no se borrará de mi memoria.

Al pronunciar estas palabras sus ojos se fijaron en la joven, que inclinó la cabeza para ocultar su turbación.

Le ofreció el brazo para subir la escalera y después se despidieron todos. Pero antes de entrar Lily en su cuarto notó la falta de una pulsera y volvió rápidamente á buscarla.

Fernando estaba en la antesala asomado á una ventana, desde la que se veía el jardín.

—¿Se le ha olvidado á usted algo?—preguntó á la joven.
—Es—contestó ella—que he perdido una pulsera que tengo en gran aprecio por ser un recuerdo de familia. Estoy segura de que al entrar en la casa la llevaba, así es que debe habérseme caído en la escalera.

Fernando se apresuró á bajar de nuevo y no tardó en hallar el objeto que buscaba.

—Gracias señor Urgel—dijo Lily;—no sabe usted cuánto se lo agradezco.
—¿Por qué me llama usted señor Urgel?
—¿No es ese su apellido?
—Sí, pero me agradaría más que me nombrase Fernando.
—Como usted guste, siempre y cuando que me nombre Lily. ¡Qué hermosa noche! Añadió acercándose á la ventana, ¡lástima no poder pasarse sin dormir!
—En efecto, ya hay luna y deberíamos realizar la proyectada expedición á las ruinas del castillo.
—¡Si fuéramos pasado mañana!
—Excelente idea.

Fernando se había asomado al lado de Lily, y ambos contemplaron en silencio el jardín, iluminado por la luna en su cuarto creciente. Los gigantescos árboles proyectaban su sombra en las anchas calles; los pájaros nocturnos dejaban oír sus extraños cantos, y algún ruiseñor las dulces é incomparables melodías que parecía dedicar al astro de la noche.

Hasta los jóvenes subía el grato aroma de diversas flores, en tanto que la fuente, con su suave murmurio, completaba aquel concierto inimitable.

Largo rato guardaron silencio; al fin Fernando, cogiendo entre sus manos una de Lily y estrechándola con emoción, le dijo:

—¡Qué noche más dulce y más triste para mí!
—¿Por qué, Fernando?
—Sería muy largo de explicar y acaso para usted muy incomprensible; así es mejor que no lo sepa.
—Está usted enigmático.
—Se pasarán estos días y partirá usted.
—Ciertamente, pero ya le he dicho que iré á Madrid, donde usted reside, y además usted es hombre y puede ir á todas partes.
—No siempre es uno libre.
—¿No es usted soltero?
—Sí.
—Entonces… Fernando, prométame explicarme esas palabras.
—Lo haré, pero no hoy.
—¿Cuándo?
—La noche que vayamos al castillo. Lily hizo ademán de retirarse y el joven la detuvo.
—¿Por qué se marcha usted?
—Me parecía haber oído ruido de pasos.
—Todos están acostados ya.
—Pudiera haberse retrasado alguno, y ¿qué pensaría al verme con usted?
—Es verdad—murmuró Fernando,—no la detengo más.

No era esta la respuesta que Lily esperaba.

Estrechó la mano de Urgel y se alejó con dirección á su cuarto.villarosa6

VI

La joven no asistió á la cacería del día siguiente.

Se quedó con Antonia y las niñas protestando que la expedición no tenía atractivo ninguno para ella.

La caza sé presentó abundante y se cobraron bastantes reses. Pero lo que más impresionó á Fernando fué un diálogo que oyó entre Pedro y uno de sus amigos llegado poco antes á la Villa-Rosa, y que parecía sentir por el joven Soriano una sincera afección. Llamábase Alfonso y era el hijo mayor de un opulento banquero.

—Te he encontrado todo el día un tanto preocupado— dijo á Pedro sin importarle al parecer la presencia de Fernando, sentado al otro lado suyo; sin duda la fiesta de hoy no ha sido completa para tí á pesar de tus aficiones cinegéticas.

—No entiendo lo que quieres decirme con eso—replicó Pedro,—lo he pasado muy bien.
—No te basta la presencia de estos amigos y de estas amigas, y tu pensamiento vuela hacia la rubia de ojos color de cielo que nos está aguardando en la Villa-Rosa.
—¿Lily? ¡si es una niña!
—Tú no eres un viejo.
—No he pensado en semejante cosa, y además estoy convencido de que ella no me amaría jamás
—Ese es un error hijo de tu modestia. Lily puede amarte mañana, si no te ama hoy, cuando comprenda lo que vales y vea que tu amor es verdadero y constante.
—Pero, Alfonso, ¡si esa es una idea tuya y nada más!
—¿Piensas que no te veo cuando no apartas tus ojos de ella? Espías sus menores movimientos y sabes mejor que nadie lo que hace, lo que dice y lo que siente.
—Te ruego que no me hables de eso.
—Como gustes, pero el tiempo confirmará lo que te digo hoy.

Hubo un instante de silencio que Pedro interrumpió preguntando á su amigo:

—¿Vendrás mañana con nosotros á las ruinas del castillo?
—¡Ah! ¿es para mañana la expedición?
—Lily lo ha dispuesto así…
—No sé si podré, porque tengo que ir á la ciudad á un encargo de mi padre y será fácil que pase allí la noche.
—Siento que no nos acompañes.
—¿Cuántos vais?
—Cinco ó seis.
—¿Á pie?
—Iremos en coche hasta los castaños; allí nos bajaremos para llegar sin hacer ruido á las ruinas.
—¿Ireis armados?—preguntó Alfonso riendo.
—¿Para qué? ¿Acaso para los aparecidos sirven algo las armas?
—¿Sabes que siento no ir con vosotros?
—Procura arreglarlo y ven.
—Haré lo posible.

Y volviéndose hacia Fernando añadió:

—¿Usted irá al castillo, señor Urgel?
—Sí—contestó el joven;—tiene esa expedición bastante encanto para mí.

A la vuelta fué nuestro héroe entregado á sus reflexiones. ¿Sería cierto que Pedro amara á Lily? Ella al menos no parecía corresponderle; sin ser jactancioso, Fernando había comprendido que la hermosa niña le otorgaba su preferencia sobre lodos los habitantes de la Villa-Rosa. Lo que no se explicaba era por qué no había ido á la cacería cuando pensaba tomar parte en ella pocos días antes. ¿La habría él disgustado sin quererlo? Es verdad que se había mostrado algo enigmático, como ella le había dicho, pero circunstancias especiales le obligaban á no ser más explícito. Sentía vivas simpatías por ella, pero no podía ni debía llevar aquella aventura más adelante, aunque Lily le hiciese comprender claramente que su amor no sería desdeñado. Y si era cierto que Pedro la amaba, ¿debía él labrar la infelicidad de aquel amigo?

Al llegar á la quinta, Lily estaba esperándolos con Antonia y las niñas. Les preguntó si habían pasado bien el día, y luego se hicieron planes para el siguiente, sobre todo para la excursión de la noche, que prometía ser espléndida.

Fernando sólo pudo hablar breves palabras con la joven, y esto en presencia de Marta, que apenas se separó de ella hasta que se retiraron á sus habitaciones.villarosa4b

VII

El castillo del renegado estaba á tres leguas poco más ó menos de la Villa-Rosa. El camino que á él conducía era muy bello, bastante accidentado al principio y terminando por una larga calle de castaños por la que se iba á las ruinas directamente. Debió haber sido en otro tiempo un soberbio edificio, pero de él no quedaban en pie más que un torreón y las derruidas almenas de sus murallas. Precisamente en la ventana de la torre era donde decían que al dar las doce brillaba la misteriosa luz.

La luna bañaba con sus puros rayos los restos del castillo, en cuyos muros crecían algunas plantas entre las profundas grietas. Sólo los pájaros nocturnos interrumpían con sus monótonos cantos el silencio que reinaba allí.

A eso de las once y media un carruaje de los que se usan para las excursiones por el campo, tirado por mulas, se detuvo al principio de la calle de los castaños, bajando de él tres mujeres y tres hombres, quedando el coche al cuidado del conductor. Se dividieron en grupos iguales, yendo Marta con Norberto Alba, el marido de la rusa, que era uno de los huéspedes llegados últimamente, Pedro con María Orloff y Fernando con Lily. Iban silenciosos después de haber hablado y reído mucho en el carruaje á propósito de su expedición.

Al final de la calle de árboles se detuvieron buscando un sitio desde el que se viera el castillo y pudieran descansar.

Las ruinosas murallas proporcionaron asiento para todos. Fernando quedó, como antes, al lado de Lily.

—¿Cree usted que veremos la luz que representa el alma del renegado?—preguntó Urgel en voz baja.
—Ni creo ni afirmo nada,—dijo la joven.
—¿Es posible que tome usted esto en serio?
—Como usted, como Pedro, como Marta y como todos los que estamos aquí. A no haber esperado que ocurriese en el castillo algo extraordinario, ninguno de los presentes hubiéramos dejado el agradable salón de la Villa-Rosa, donde tan bien se está, para pasar tres leguas de camino que con las tres de vuelta hacen seis, solo por el gusto de ver cómo ilumina la luna unas ruinas que no encierran nada notable. Si pensáramos que únicamente veníamos á oír el canto de las aves que acaso tienen sus nidos en lo alto de la torre y á meditar sobre las grandezas humanas viendo como el tiempo convierte en polvo hasta lo más fuerte, hubiéramos podido llegar hasta aquí al declinar la tarde, tomar un refrigerio y seguir nuestro camino en las primeras horas de la noche, sin pensar en apariciones ni misterios. Tan poéticas son las ruinas iluminadas por el sol poniente, por ejemplo, como por les rayos de la luna.

—Tal vez no le falta á usted razón—murmuró Fernando;—por escéptico que sea un hombre, y conste que yo no soy de los más, siempre le atrae lo desconocido y lo fantástico.
—Porque hay un fondo de romanticismo en cuantos están lejos del límite de la juventud, aunque quieran aparentar lo contrario.
—Señores—interrumpió Pedro, que acababa de consultar su reloj,—van á dar las doce.

Fernando permaneció callado, pensando en que aquella niña le cautivaba más á medida que más la trataba, mientras ella buscaba una razón que le explicase cómo aquel hombre que tan feliz parecía ser á su lado, no se atrevía á demostrar aquella dicha que la hubiera colmado de alegría.

De repente el silencio fué interrumpido por un ruido metálico, algo semejante al arrastre de cadenas, y en lo alto del torreón, en la ojiva ventana, se vio brillar una luz tenue y misteriosa.

Algo después pasó entre las almenadas murallas más distantes una gigantesca sombra blanca.

Lily apoyó su mano en el brazo de Fernando y todos permanecieron mudos y absortos contemplando la singular aparición. De pronto, y sin que nadie hubiese podido preverlo, Norberto Alba sacó un revolver y disparó un tiro. La sombra desapareció súbitamente.

—¿Qué has hecho?—preguntó Pedro con enfado al marido de María Orlof.
—He tirado al aire; pero aunque así no fuera, no creo que las balas puedan nada contra los fantasmas.
—¿Pero no recuerdas, desdichado, que tienes una puntería fatal, que en la vida has dado en el blanco por tu mala vista y que eres capaz de haber acertado ahora que no hacía falta?
—¿No decís que es un aparecido?—preguntó Alba.

Pero ya Pedro no le oía; se había dirigido hacia el castillo siguiéndole Fernando.

No les fué fácil entrar en el torreón, cuya puerta estaba obstruida por los escombros. Al fin, apartando algunos con pies y manos, lograron pasar al interior.

En el centro ardía una antorcha, que era la que indudablemente iluminaba la torre; una puerta de ésta daba á las murallas, y como desde ella se presentara fácil el camino, Pedro y Urgel le siguieron.

Allí encontraron una gruesa cadena y una sábana, pero el fantasma había desaparecido. El blanco lienzo tenía algunas manchas rojizas, lo que probaba que, en efecto, Norberto Alba no había errado el tiro.

—Vamos uno por cada lado á ver si hallamos al herido,—dijo Pedro.

Así lo hicieron en efecto, y apenas se había alejado Fernando, Soriano oyó que pronunciaban su nombre. Se volvió asombrado, hallándose en presencia de su amigo Alfonso, que estaba oculto detrás de un montón de escombros.

—¡Tú!—exclamó Pedro.
—Sí, yo mismo, que quise amenizar la aventura de esta noche.
—¿Y estás herido?
—No es nada, un rasguño,—respondió el joven mostrándole una mano que había vendado con su pañuelo;—no creí correr el menor riesgo puesto que me ofrecisteis no traer armas.
—Y no las hemos traído ni Urgel ni yo, pero el marido de María Orloff no ha hecho lo propio.
—¡Ah! ¿ha sido Norberto? ese es un majadero que siempre ha de hacer una de las suyas.
—Dice que no quería dar á nadie.
—Claro, y por eso dio. Ahora, Pedro, vuelve con tus amigos y guarda el secreto de quién era el fantasma; ya verás qué poética resulta la aventura contada por esas señoras y esos caballeros.

Dentro de tres ó cuatro días me la referirán cuando yo regrese de la ciudad, donde voy á que me curen la mano. Si algo notan, diré que he tenido un duelo, eso hace siempre buen efecto, sobre todo en las mujeres. He encontrado por el lado del Norte una salida muy fácil, pero no te la enseño para que no me descubran si vamos juntos. Adiós, amigo.

—Adiós, Alfonso—respondió Soriano.

Y ambos se separaron, yendo Pedro en busca de Urgel, que le dijo apenas le vio que no había hallado nada, lo que no extrañó naturalmente al hijo de Antonia.

Salieron de las ruinas, encontrando con algún sobresalto á las tres damas y acaso también á Norberto, aun cuando no lo confesó.

—Ya empezábamos á inquietarnos por ustedes— dijo Lily.
—¿Han visto ustedes algo?—preguntó Marta.
—Una antorcha, una cadena y un blanco sudario— contestó Fernando riendo.
—Bueno, entonces ya no tenemos nada que hacer aquí,—murmuró Norberto levantándose.—El fantasma se ha evaporado, ahuyentado por el tiro de mi revólver.

Por el mismo orden que habían llegado pasaron la ancha calle de castaños, subieron al carruaje, que los condujo rápidamente á la Villa-Rosa, donde los dueños y sus huéspedes no tardaron en entregarse al descanso. Al día siguiente se habló mucho de la singular aventura, pero nadie sospechó la realidad de ella.villarosa3

VIII

Apenas habían transcurrido cuarenta y ocho horas después de los sucesos referidos en el capítulo anterior, cuando Lily y Fernando, sentados en el cenador del jardín de Antonia, sostenían el diálogo siguiente:

—Noto á usted hoy más triste y preocupada que otros días, Lily. ¿Le ha ocurrido algo desagradable?

—Por un lado no debiera serlo—respondió la joven—pero no puedo menos de sentir el dejar tan pronto estos sitios, aunque sea para reunirme con mis padres.

—¡Qué! ¿se marcha usted ya?
—He recibido una carta, en la que me participan que pasado mañana enviarán en mi busca una persona de confianza.
—¿Y por qué?
—Están muy solos, y no pueden vivir más tiempo lejos de mí.
—Eso nos pasa á todos. ¿Qué va á ser de nosotros sin usted?
—¡Bah! ya se acostumbrarán á no verme.

Antonia espera á otras amigas que me sustituirán con ventaja.

—Bien sabe usted que eso es imposible. Hay en usted un encanto irresistible que subyuga á cuantos tienen la dicha de tratarla. Yo no la olvidaré jamás. Y usted ¿se acordará alguna vez de mí?

Lily no contestó á Fernando, pero sus hermosos ojos se llenaron de lágrimas. El no pudo contenerse entonces y, cogiendo una de las manos de la joven, le dijo con vehemencia:

—¡Ah, Lily! le hablo á usted con toda sinceridad.

Si la hubiese conocido hace dos años, si fuese libre, en vez de continuar en la Villa-Rosa iría donde usted fuese para declarar á sus padres y al mundo entero el amor que me había inspirado y al que creo hubiera usted correspondido.

—¿Y ahora?—interrumpió la joven.
—Ahora todo ha cambiado para mí.
—Pues si estaba comprometido con otra…
—Yo no he dicho eso.
—Pero yo lo adivino. ¿A qué turbar mi reposo con sus miradas y con sus frases? ¿á que buscarme á cada paso? ¿á qué sentarse á mi lado siempre? ¿es esto justo y es leal?
—Olvide usted esos momentos que yo nunca olvidaré, y perdone sí, sin quererlo, he turbado la paz de su alma. Pronto partiré yo también, para Madrid; si los sucesos cambian algún día y usted no me desprecia, ¿quién sabe lo que puede aún pasar? No aumente usted mi tristeza con la suya, y sepa yo que será feliz.

—Fernando, yo también deseo que usted lo sea. Dentro de dos días ya no nos veremos más.
—¿Me permitirá usted al menos que vaya á despedirla?
—Eso llamaría la atención, y quisiera evitarlo.

Antonia y sus hijos irán á acompañarme á la estación, y desearía que no viesen á usted allí.

—Corre de mi cuenta que no me vean, pero no faltaré.

La presencia de María Orloff y de Marta cortó la conversación de los jóvenes, que ya no tuvieron ocasión de hablar á solas.

A la noche siguiente llegó Alfonso curado de su ligera herida y oyó con la mayor seriedad la historia de la aparición del fantasma, que era entonces objeto de casi todas las conversaciones en la Villa-Rosa.

En la mañana del día en que Lily debía partir recibió Fernando un telegrama que le obligaba á ir al pueblo de H…, mucho más allá de la ciudad, por algunas horas. Se despidió de todos prometiendo volver á la mayor brevedad posible. Nadie leyó el telegrama ni preguntó su contenido.

Pedro y Marta salieron por la tarde con Lily en el coche de viaje para dejarla en la estación, donde ya la estaría esperando una tía suya, señora de alguna edad, que debía conducirla al lado de sus padres.

Lily se había despedido muy conmovida de Antonia y sus amigos, prometiendo hacer lo posible por volver al siguiente año. Y aún más triste fué el adiós que le dio Pedro al estrechar su mano cuando la dejó en el vagón que debía alejarla de él llevándola cerca de su familia.

Marta y su hermano no salieron de la ciudad hasta que perdieron de vista el tren donde iba la joven.

En la estación inmediata subió un viajero al coche en que estaban Lily y su tía. Esta se durmió al llegar la noche, y Fernando pudo sostener con la señorita de Velasco un animado diálogo.

Al día siguiente estaba Urgel de regreso en la Villa-Rosa.

—¡Cuánto me alegro que hayas vuelto tan pronto!—exclamó Antonia.—Sin Lily y sin tí nos habíamos quedado muy tristes. Por cierto que nos encargó que cuando vinieses te diéramos recuerdos suyos.villarosa8

IX

Carta de Lily á su amiga Isabel:

Dirás, querida mía, que te escribo ahora con una frecuencia que acaso te moleste, pero tú sola puedes darme algunas noticias que me son de urgente necesidad. Como resides en la corte acaso conocerás ó habrá entre tus amigos alguno que conozca á un joven llamado Fernando Urgel, que estuvo hace tres meses al mismo tiempo que yo en la quinta de la excelente Antonia Soriano. Allí hizo el amor á una íntima amiga mía, sin que desde entonces haya ella vuelto á saber de él. Su conducta no dejó de ser por demás extraña. Procuró agradarla, más aún, hacerse amar, pero evitando todo compromiso, como si tomara aquello como un pasatiempo de verano, al que no suelen dar los hombres la menor importancia. Ofreció escribirla, ¡palabras que se llevó el viento! El parecía realmente impresionado cuando se hallaba en su presencia, y como ella es joven y bastante inexperta, quizá tomara en serio lo que solo fuese una burla cruel.

¿Qué opinas tú?

Lo más triste del caso es que mi amiga se enamoró de él, porque Fernando tiene una hermosa figura, un trato agradable, y hay algo en él que atrae y que fascina. Ella no atendía ni al cariño de los unos ni al afecto de los otros para no ver más que al ingrato, que probablemente ni se acordara ya de que la ha conocido.

Tú no sabes lo que es vivir en una provincia que no ofrece distracción ninguna, pensando diariamente en la felicidad perdida, alimentando vanas ilusiones y locas esperanzas y ver pasar las horas de una monotonía aterradora sin que haya nada que reanime el abatido espíritu; soñar con la dicha, para no tener al despertar más que decepciones, y fingir una paz y un contento que no se sienten, para no apesadumbrar á los seres queridos que nos rodean. Esto le pasa á mi amiga y espero que tú, diciéndome la verdad toda, contribuyas á borrar de su mente este recuerdo si Fernando no es digno de ser amado de ese modo, ó si por el contrario merece que tanto se le quiera, me lo escribes para labrar la ventura de dos seres nacidos el uno para el otro.

Desisto por ahora de ir á Madrid contigo; el año que viene iré tal vez.

Contéstame á vuelta de correo, lo que te agradecerá en el alma,

LILY.»

Tres días después recibió la siguiente respuesta:

«Bien hubiese deseado, Lily querida, decirte que nada sabía respecto á lo que me preguntas, pero Fernando Urgel es muy amigo de Amelia S… aquella simpática extranjera de quien te he hablado tantas veces en mis cartas y á la que me une un afecto tan sincero como el que siento por tí.

Fernando es efectivamente un joven de hermosas prendas y de bella figura, y no es extraño que tu amiga se apasionara de él y que él se entusiasmara con tu amiga. Porque ésta debe ser bellísima, yo la adivino desde aquí con sus cabellos de oro y sus ojos del color del cielo, capaces de volver loco al más cuerdo. Urgel es casi un niño y estaría fascinado al contemplar el rostro más encantador que seguramente habrá visto en su vida, pero… antes de seguir oye una historia.

Hace dos años, Fernando conoció á Amelia, sintiendo por ella una viva simpatía que no tardó en convertirse en amor. Mas el joven sabía que sus padres no habían de ver con agrado el lazo que unía su corazón al de una extranjera y calló su sentimiento. Cuando Antonia Soriano le convidó á ir á la Villa-Rosa, aquello le produjo una violenta contrariedad que disimuló en lo posible, y aplazó su viaje para hacerlo al propio tiempo que Amelia y su hermana casada sin que sospecharan nada sus padres. La joven iba á acompañar á su hermana para que tomase unas aguas minerales. A las cinco de la mañana se separaron.

Fuese por un sentimiento de delicadeza que no le permitía enviar sus cartas á una casa extraña, ó porque el viaje de Urgel la hubiese disgustado, es lo cierto que Amelia durante la estancia de Fernando en la Villa-Rosa no le escribió una sola vez. ¿Se consideró él por esto un tanto libre, creyó aquellos amores á punto de acabar y buscó un consuelo en el afecto de tu amiga? Esto es lo más posible y así se comprende, aunque no se disculpe, su conducta.

Al regresar á Madrid volvió á ver á Amelia y, más enamorado que nunca, habló de su amor á sus padres, que al fin lo aprobaron, fijándose la época del matrimonio para un plazo no muy lejano.

Con pena te digo, pues, que tu amiga procure olvidarle; que perdone su ligereza y busque, puesto que debe ser muy niña, un lenitivo á su pesar en el amor de otro hombre que sólo viva por ella y para ella. Creo que lo encontrará fácilmente.

Te abraza con el mayor cariño tu siempre afectísima,

ISABEL.»

Lily lloró mucho al leer esta carta, pero á su edad aún pueden borrarse los primeros desencantos y las más crueles decepciones.

Al año siguiente no fué á Madrid, y en cambio pasó parte de la primavera y todo el verano en la Villa-Rosa.

JULIA DE ASENSI.

Publicado originalmente en

El Álbum Ibero Americano

Madrid 7, 14. 22 y 30 de agosto de 1892.

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