LA VILLA-ROSA

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LA VILLA-ROSA

AL SEÑOR DON JOSÉ STORCH Y DE GRACIA

Habían terminado aquella tarde, que era una de las más hermosas del mes de Mayo, las carreras de primavera, y Fernando Urgel, distinguido sportman que había ganado mucho apostando por los caballos vencedores, regresaba á su casa en el coche de uno de sus más íntimos amigos. Allí se despidieron; Fernando se apeó del carruaje y subió al piso principal, en el que habitaba con sus padres.

El joven era hijo único, de familia rica é ilustre, poseyendo magníficas fincas en provincias y alguna cercana á Madrid.

Cuando entró en la sala donde su madre acostumbraba á recibir á las personas más de su confianza, la halló por excepción sola, haciendo una labor destinada á un asilo de huérfanos. Al lado de algunas madejas de hilo, cintas y botones se veía una carta abierta escrita con una letra menuda y elegante, indudablemente de mujer. —Mira lo que me pide Antonia,—dijo después de abrazar cariñosamente á su hijo—alargándole aquel pliego.

Y Fernando leyó lo siguiente:

«Bien sé, querida Magdalena, que es casi un imposible lo que te voy á suplicar, pero, no dudo que si alguna vez alteras tus costumbres por alguien y haces un cambio total de vida, será seguramente por esta vieja amiga, á la que has dado tantas pruebas de cariño desde tu infancia.

«Por prescripción facultativa he abandonado la ciudad donde he residido tantos años, para venir á la Villa-Rosa, bellísima posesión en la que solo había estado dos breves temporadas desde hace treinta años que me casé. No ha sido porque no me agradase, sino porque la educación de mis hijos primero y la falta de distracciones para ellos después, no me permitían encerrarlos en este rincón de España. Terminada su enseñanza hace mucho tiempo, teniendo forzosamente que vivir en el campo hoy, he elegido esta casa con preferencia á otra cualquiera, por lo saludable de este clima, porque despierta en mí los recuerdos de mis primeros años y porque en ella puedo encontrar más comodidades que en cualquier otro punto que buscase para mi residencia.

»La Villa-Rosa, llamada así por ser éste el nombre de mi madre, para quien mi padre la compró, y quizá también porque la fachada de su casa tiene un color rosado ó por la abundancia que hay de la flor de ese nombre en su jardín, se compone de un gran edificio con piso bajo y principal v cuartos para la servidumbre en un segundo que da á una azotea. Rodéala un extenso y bien cultivado parque, teniendo varias dependencias, cochera, vaquería, gallinero y palomar. Había restos de columpios, que se han mandado componer, y se han puesto varios juegos para procurar hacer aquí más amena la vida.

»Bien comprenderás que esto no lo hago por mí sino por mis hijos y mis huéspedes, pues desde luego habrás adivinado que haré todo lo posible por dulcificar nuestra soledad llamando a mi lado á algunos buenos amigos que no dejarán de acudir á consolar á esta pobre vieja de un destierro al que su salud la obliga. Procuraré que los haya de todas edades: los unos para poder evocar los recuerdos de la pasada juventud, los otros para que animen con la gracia y la alegría de los pocos años estas alamedas, que aguardan las giras campestres, y estos salones, bastante extensos para conciertos y bailes.

»Tú, Magdalena querida, eres mi amiga predilecta, y á nadie con más gusto vería á mi lado que á tí. Espero que tu esposo se resignará una breve temporada á estar sin su amante compañera y sin Fernando, al que suplico venga contigo.

»Hace algunos años que no veo á tu hijo y ¡á su edad se cambia tanto! Supongo que el hermoso niño de cabellos rubios y ojos negros será hoy un gallardo joven, al que ya no conoceré. No me niegues lo que te pido y ven á acompañar, aunque solo sea durante un mes, á tu siempre afectísima, Antonia.»

Fernando dejó de nuevo la carta sobre la mesa é interrogó á su madre con la mirada.

—Ya ves—contestó Magdalena—no es posible negarse en absoluto á lo que mi pobre amiga desea. Yo no puedo ir por no dejar á tu padre, cuya salud está muy quebrantada, pero tú…

—¡jYo!—murmuró el joven sin poder contener un movimiento de contrariedad—apenas conozco á esa señora.

—No importa, basta que seas hijo mío para que allí se te reciba con cariño y con agrado.

¿Tienes algo que hacer en Madrid?

—Ya no—respondió Fernando.

—Entonces…

—Está bien; iré si te parece el mes que viene y volveré lo más pronto posible.

Así quedó decidido el viaje, que Magdalena se apresuró á comunicar por escrito á su amiga.

II

Causas imprevistas hicieron sin embargo que el joven no pudiese partir hasta los primeros días del mes de Julio. Su madre, que luchaba entre el deseo de complacer á Antonia y la pena de separarse de su hijo, aunque fuera por breve tiempo, no le apremiaba demasiado, y Fernando, que sentía salir de Madrid, donde tenía buenos y numerosos amigos, encontraba un pretexto tras otro para no alterar su vida yendo á un país desconocido, entre personas en su mayor parte no tratadas y que tenía pocos deseos de ver. Al fin se decidió repentinamente, como si hubiese tomado una resolución heroica, y sin avisar siquiera á la amiga de su madre el día fijo de su llegada, se puso en camino.

Sus padres y algunos amigos de club, porque pertenecía á uno de los más distinguidos, le despidieron en la estación, dejándole instalado en un vagón donde no iban más que dos viajeras. Era ya de noche, y como el camino, además de no ofrecer ninguna belleza, no estaba iluminado por la luna que se hallaba en su menguante, Fernando aseguró á sus acompañantes que pensaba dormir todo lo posible sin cuidarse para nada de aquellas dos señoras, cuya edad no se podía adivinar á causa de la débil claridad que había en el interior del coche.

Por la mañana del siguiente día el joven estaba solo, pues las viajeras se habían bajado en una estación á las cinco.

Era largo el trayecto entre Madrid y la ciudad más cercana á la Villa-Rosa; así es que Fernando no llegó hasta por la tarde. Pensó que no era aquella hora á propósito para dirigirse á casa de Antonia, que mejor sería hacerlo a la mañana siguiente, y que entre tanto podría pasar en cualquiera de las fondas á las que ofrecían llevarle los conductores de coches que encontró en la estación; pero cuando iba á realizar su proyecto, un hombre, al parecer criado de buena casa, se acercó y le preguntó si era D. Fernando Urgel. El interpelado le miró con el mayor asombro y contestó afirmativamente:

—Tengo orden de la señora de Soriano de llevar al señor á la Villa-Rosa, si no tiene inconveniente en ello.

Fernando pensó entonces, y estuvo en lo cierto, que después de su marcha sus padres habían avisado por telégrafo á Antonia su salida de la capital.

—El señor de Soriano—prosiguió el sirviente,—el hijo de la señora, le ruega perdone si no ha venido á buscarle como era su deber y su deseo, pero una indisposición de su madre le ha obligado á quedarse en la quinta en el momento en que se preparaba para salir.

Condujo al joven junto á un coche tirado por mulas que esperaba cerca de allí, y después que le hubo dejado sentado dentro, subió al pescante al lado del cochero, que hizo emprender al carruaje una carrera rápida.

Nada más bello que el camino que desde aquella ciudad conducía á la Villa-Rosa.

A la derecha se veían altas montañas cubiertas de pinos, entre los que se destacaban de vez en cuando ya grandes caseríos ó pequeñas aldeas. Un riachuelo con puentes rústicos, alguna cascada

que bajaba con suave rumor, plantas silvestres que perfumaban el ambiente, molinos que distaban mucho de tener todos los adelantos modernos, rebaños que pastaban al cuidado de muchachos curtidos por el sol, aldeanas que recogían la blanca ropa lavada durante el día y puesta á secar sobre la verde hierba, y á la izquierda huertas inmensas, campos de maíz, de cebada ó de trigo que ya empezaban á segar, prometiendo abundante cosecha para aquel año. Carros cargados de mieses, jóvenes que reían ó cantaban, rostros con ojos chispeantes, alegres sonrisas, tal vez frases de amor que Fernando creía adivinar desde el interior del carruaje. Aquellos seres parecían felices en medio de su pobreza y sus trabajos, siendo para Urgel como habitantes de un mundo nuevo acostumbrado al que él frecuentaba, generalmente de gente frívola y perezosa.

Ya empezaba á anochecer cuando el carruaje se detuvo ante una puerta de hierro que abrió un criado haciéndole pasar al parque de la Villa-Rosa, encantadora residencia de la señora de Soriano. Extensas alamedas, adornadas algunas con estatuas mitológicas, conducían á una gran plazoleta en cuyo centro había una fuente rodeada de geráneos y petemías. En frente se veía la casa con una ancha escalinata de piedra en la que esperaban un joven de veintiocho á treinta años, sencillamente vestido con traje de campo, y una señorita poco menor que él. La fisonomía del primero era simpática, aunque no hermosa, demostrando ser un hombre dotado de gran fuerza y robustez; en sus ojos brillaba una franca expresión á la vez que una inteligencia poco vulgar. Ella tenía los ojos negros y castaño el cabello, cortado como si hubiese padecido recientemente una de esas enfermedades que privan á la mujer, aunque sea por breve tiempo, de uno de sus más bellos adornos naturales.

Y así había sido en efecto, porque la hija de la señora de Soriano había estado muy grave poco después de instalarse con su madre y su hermano en la Villa-Rosa.

En la parte más distante de la plazoleta se veían formando grupo una señora que á Fernando le pareció extranjera, dos niñas de doce á catorce años y una joven que el viajero no pudo distinguir bien desde donde él estaba. Estas cuatro personas eran por entonces las únicas que acompañaban en su residencia á los señores de Soriano.

Los hijos de la dueña de la casa hicieron á Fernando una cariñosa acogida, rogándole entrara en la sala donde su madre, ansiosa de abrazarle, le estaba esperando.

Antonia tenía el cabello completamente blanco, no tanto por la edad como por los sufrimientos físicos que desde tiempo atrás habían hecho de ella prematuramente una anciana. Se hallaba sentada en un sillón, al que se acercó Fernando para saludarla.

—¿Quién te hubiera conocido á no saber quién eres?—le dijo la amiga de su madre.—Supongo que permitirás que te tutee porque te he conocido muy chiquito

—No faltaba más, señora—interrumpió Fernando;—quiero que me trate usted como á uno de sus hijos.

—No sabes la pena que he tenido por no poder salir al jardín á esperarte y que Pedro no fuera á buscarte á la ciudad; pero me dio uno de esos fuertes accesos nerviosos que padezco y mi hijo no se atrevió á dejarme sola con su hermana Marta. Hoy estamos casi en familia, pero dentro de pocos días espero á algunos amigos más; deseo que lo pases lo mejor posible. Y ahora quédate un poco á mi lado y háblame de tu madre.

Marta salió para acompañar sin duda á las señoras que la aguardadan en el jardín y Pedro se sentó al lado de su nuevo huésped.

III

Fernando fué, después de permanecer un rato al lado de Antonia, á sus habitaciones, donde se lavó y cambió de ropa, habiendo encontrado allí ya su equipaje. Su cuarto era uno de los más bonitos y alegres de la casa, con vistas al jardín, y estaba amueblado con tanta elegancia como sencillez.

A causa de su llegada y con objeto de que descansara de las fatigas del viaje, se había retrasado la comida y era ya muy de noche cuando se sentaron á la mesa. La señora de Soriano ocupaba el centro, teniendo á su derecha al hijo de su amiga y á la izquierda á su hija; enfrente á Pedro, á cuyos lados se colocaron las dos señoras que había visto el Joven en el jardín, y después de ellas las niñas. Antonia le presentó á todas.

—Mi amiga la señora de Alba, conocida no hace muchos años, cuando aún estaba soltera, por la señorita María Orloff, la señorita de Velasco y las dos hijas de mi sobrino Adolfo, que ha ido á tomar baños con su esposa á Alemania, y que me las ha confiado.

Fernando saludó á todas, prestó escasa atención á la rusa y á las niñas, pero no pudo menos de fijarse detenidamente en la señorita de Velasco, cuyo rostro no había podido ver hasta entonces. Era una encantadora joven de diez y seis á diez y ocho años, con el cabello rubio y los ojos azules de dulcísima expresión. El no recordaba haber contemplado jamás una figura tan ideal y tan bella, como no fuese en algún lienzo, trazada por el inspirado pincel de un gran artista. Y lo que más le atraía era que fuese tan modesta y sencilla, que no parecía saber siquiera que era hermosa.

Como Antonia seguía delicada, y solo por un esfuerzo de voluntad se había sentado á la mesa, se habló poco durante la comida, y después de ella, en vez de pasar á la sala, como otras noches, para ejecutar algunas piezas de música, Marta, la señorita de Velasco, y la rusa, salieron al jardín, donde se sentaron en un cenador alumbrado por una lámpara; las niñas se fueron á acostar, Antonia se retiró á sus habitaciones apoyada en el brazo de su hijo, y Fernando se dirigió á su cuarto para buscar en él el descanso que tanto necesitaba después de una noche de insomnio que, según dijo, había pasado leyendo en el tren.

Al día siguiente la señora de Soriano se había mejorado mucho y ya pudo hacerse la vida ordinaria. Pedro acompañó á Fernando durante toda la mañana; le enseñó la casa y el jardín, jugaron un rato al billar, y después del almuerzo, durante el cual no pudo hacer más amplio conocimiento con la bella rubia, porque ésta apenas habló, salió Urgel con su nuevo amigo á caballo, no regresando hasta cerca de la hora de comer. Fueron á visitar las ruinas de un castillo algo distante, que tenía, como casi todos, su tradición, asegurándose que se veía á las doce de la noche brillar entre los derruidos muros una luz extraña que era el alma en pena de su último dueño, un conde que renegó de su Dios y de su patria por el amor de una mujer.

—Sería curioso venir una noche á la hora de la aparición—dijo Fernando. —Si—respondió Pedro,—sobretodo si consentían en acompañarnos la rusa, Lily y Marta. —¿Quién es Lily? —Ese es el nombre con que familiarmente conocemos á la señorita de Velasco. —¿Y cree usted que querrán venir hasta aquí? —¿Por qué no? Por lo menos Marta y Lily de seguro no renunciarán á la expedición. La fijaremos para cuando haya luna, si á usted le parece. —Por mi parte queda convenido. —Esta noche, después de comer, trataremos de ello, antes de que toquen el piano y el violín. —¿Quién toca? —Marta y María Orloff el piano, y Lily el violín. —¡El violín!—repitió Fernando.

—¿Qué, le extraña á usted? En efecto, hay pocas mujeres que se dediquen á ese instrumento, y así se lo manifesté á esa niña la primera vez que la oí tocar. Me dijo que siendo muy pequeña y teniendo una verdadera pasión por la música, la llevó su padre á un concierto dado por varios artistas, y que el que más llamó su atención fué un violinista muy notable que le impresionó de tal manera que hasta le hizo derramar lágrimas. Desde entonces su único deseo fué aprender el violín, y su padre, no queriendo contrariarla, le compró uno y le tomó un excelente profesor. Lily maneja hoy el arco con gran soltura y toca con tanto sentimiento que conmueve hasta á los seres más insensibles. Pero si no tiene usted inconveniente volveremos ya á casa, porque se hace tarde y no sé si llegaremos á la hora de la comida.

Durante el regreso Pedro y Fernando sólo hablaron de cosas indiferentes, que ninguna relación tenían con los habitantes de la Villa-Rosa.

IV

A las nueve de aquella noche todos se dirigieron al salón, que se hallaba espléndidamente iluminado, como si fuera á celebrarse una gran fiesta. Fernando dió el brazo á Antonia, Pedro á la rusa, yendo Lily con Marta y las niñas. Poco después llegaron otras personas que estaban pasando el verano en quintas cercanas y á las que la señora de Soriano se había apresurado á ofrecer la suya, y se organizó una agradable velada musical. Marta y Pedro tocaban muy bien el piano y con gran maestría María Orloff; pero lo que más entusiasmó á Fernando fué cuando Lily cogió el violín y con tanta precisión como sentimiento ejecutó varias melodías alemanas. El joven la elogió con calor y ella le contestó con visible turbación al darle las gracias.

Hubo un descanso algo largo que Pedro aprovechó para hablar á su hermana y sus amigas de la proyectada expedición. Todas la aprobaron y se fijó la fecha para fines de la semana siguiente, en que ya la luna brillaría en todo su esplendor haciendo la excursión más fácil. Convinieron en que irían en coche hasta un cuarto de legua antes de llegar á las ruinas, y que se acercarían á ellas con las debidas precauciones para ver la luz que representaba el alma del renegado.

Al otro día llegaron varios huéspedes que aumentaron la animación de la quinta.parasello7

Fernando se levantaba temprano, dedicando las primeras horas de la mañana á la lectura que le proporcionaba la bien provista biblioteca de la casa. Se sentaba generalmente al lado de la ventana que daba al jardín, disfrutando desde su cuarto del suave perfume de las flores, del canto de los pájaros y de las puras brisas matinales. Serían próximamente las seis; el joven suponía que todos se hallarían entregados al descanso, cuando creyó escuchar el roce de un vestido y unos pasos ligeros hacia la escalinata. Fernando miró al jardín y vio á Lily con un libro en la mano, que iba sin duda al cenador. Pero á poco de salir levantó la cabeza y fijó su vista en la ventana abierta de la habitación de Fernando.

No pareció turbarse lo más mínimo al verle, y por primera vez le dirigió la palabra sin que nada le obligase á ello.

—Buenos días, señor Urgel—le dijo—¿ya tan temprano levantado?

—No debe extrañarle, puesto que usted también madruga—contestó el joven.

—Me gusta leer por las mañanas y está el jardín tan hermoso; ¿por qué no estudia usted también en él? ¿no le agradaría más que estar en las habitaciones?

—No suelo salir de mi cuarto; pero si usted me lo permite, daremos un pequeño paseo.

Como Lily contestase afirmativamente, Fernando bajó con precipitación la escalera y pronto se encontró á su lado.

—A estas horas se está muy bien en el cenador—dijo ella.

Y allí se dirigieron.

Lily llevaba un sencillo traje de percal azul y blanco y un sombrero de paja con flores silvestres.

Estaba encantadora, y Fernando, que la contemplaba con respetuosa admiración, no pudo menos de pensar que era la mujer más bella que había visto en su vida.

Se sentaron en el cenador y ella le dijo:

—No quiero que pierda usted el tiempo; vamos usted á estudiar y yo á leer. —Si este no es un libro de estudio, es un tomo de poesías inglesas que me ha prestado Pedro. —Es igual para el caso; lea usted.

Y para darle el ejemplo abrió el libro que traía en la mano, y pronto pareció abismarse en su lectura.

Fernando, más preocupado de lo que quería aparentar, miró distraídamente las flores que cubrían el cenador esmaltando las verdes hojas, que no permitían penetrar allí á los puros rayos del sol.

Profundamente abstraído, había olvidado por completo el libro que tenía en la mano y que había abierto maquinalmente.

Así transcurrió un rato. Lily seguía leyendo.

De pronto levantó la cabeza y le dijo:

—¡Qué hermosa mañana! ¿Verdad? En Madrid no madrugaría usted tanto. —Generalmente, no. —Yo no he estado nunca en la capital de España. —¿No? ¿cómo es eso? —Mi familia es poco aficionada á la vida de las grandes ciudades, y desde que yo era muy pequeña no ha salido de su provincia. —¿Y no desea usted ir por allá? —Sí lo deseo—respondió Lily,—y es fácil que lo realice el próximo otoño, porque tengo en la corte una amiga que me ha convidado á pasar con ella una temporada y la he prometido ir. —¿Cuánto va usted á estar en la Villa-Rosa? —Unos quince ó veinte días. —¿Nada más? —Es fácil que pasadas dos ó tres semanas me llamen mis padres; no tienen más hija que yo. —Y usted ¿cuánto estará aquí? —Hasta mediados ó fines de Agosto; así me lo ha pedido la señora de Soriano, y es tan buena, y mi madre la quiere tanto, que no me atrevo á negarle nada.

En aquel momento llegó Pedro, que al ver á Lily y á Fernando no pudo reprimir un movimiento en el que había más contrariedad que sorpresa.

Después de saludarlos, dijo á la joven que Marta la estaba buscando, y los tres se dirigieron á la casa, donde hallaron en el comedor á todos los huéspedes reunidos.

Continúa: La Villa-Rosa (conclusión)

JULIA DE ASENSI.

Publicado originalmente en El Álbum Ibero Americano

Madrid 14, 22 y 30 de JULIO de 1892.

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