LA MILONGA

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LA MILONGA

Es el canto popular de las Repúblicas del Plata, original, sentido, eminentemente criollo.

Es preciso escucharlo para poderse formar idea de la melancolía expresiva de sus notas.

Las guitarras que pulsan los cantadores gimen no menos que las coplas que salen de los labios de los milongueros.

Los cantos son la voz de los pueblos, la voz del alma de sus hijos, y los argentinos y uruguayos , como buenos americanos, la tienen muy sensible y muy bien templada.

La milonga es el canto más generalizado en las Repúblicas Argentina y del Uruguay y el más genuino.

Sucede en esos hermosos países del Plata algo de lo que ocurre en nuestra España: las provincias que lo componen tienen sus cantos, completamente diferentes unos de otros, si bien domina en todos ellos un marcado y profundo sentimiento.

La milonga tiene algunos puntos de semejanza con las saetas, que muy especialmente en las cárceles de las ciudades andaluzas cantan los presos en el Viernes Santo.

El plañidero acento de los milongueros llega derechamente al corazón del hombre más rudo ó menos impresionable.

En más de una ocasión he visto á los gauchos más fuertes verter lágrimas al escuchar una milonga.

Yo no he sentido nunca al oír la Patti, la Theodorini ó Gayarre, el singular estremecimiento que experimenté cuando llegó á mis oídos por vez primera el canto popular de Buenos-Aires, dulcemente arrullado por las brisas de los desiertos de las Pampas.

La milonga participa también un poco del cante jondo de Andalucía, de las tristes cuanto sentidas notas que el macareno entona en una de esas noches de luna que fantasean la Alhambra de Granada, el Generalife, la Torre del Oro, el Alcázar ó la Giralda de Sevilla, la antigua Mezquita y las ermitas de Córdoba, que celebró en estrofas tan inspiradas Fernandez Grilo.

El estro de los poetas naturales, de los fáciles improvisadores, campea en la milonga.

payador6Durante horas enteras el milonguero canta sin darse apenas punto de reposo, y paya siempre sin fatigarse, sin detenerse un segundo en contestar á su contrario.

Los payadores son algo así como los trovadores de que habla la historia novelesca de la Edad Media.

Más correctos aquéllos, pero tan espontáneos éstos, ambos tienen semejanza entre sí.

El trovador cantaba historias de amores y hechos de guerra al son de su laúd, en un lenguaje más correcto, pero no con menos poesía. El payador de las milongas narra siempre su propia historia, los sentimientos de su alma, las emociones que experimenta, de manera tiernísima, con versificación y con frases la mayor parte de las veces poco cultas, pero siempre inspiradas, y arranca de las cuerdas de su guitarra ayes del corazón que simulan quejidos.

Hubo en todos los tiempos payadores insignes, milongueros muy populares, y al nombre celebrado de Santos Vega, que va de boca en boca en el pueblo argentino, se une en la actualidad el de un moreno que admiran y aplauden muy justamente, con gran entusiasmo, las dos Repúblicas que baña el ancho Plata con sus aguas.

ezeizaGabino Ezeiza es hoy el primer cantador de milongas, el payador más incansable y más fácil.

Ha payado en Montevideo, cantando allí las glorias de sus hijos y los hechos más culminantes de su historia, y ha payado en la capital de su país natal contendiendo con los más reputados payadores de la República Argentina, y expresando en versos conmovedores, entonados al son de su vihuela, el amor á su patria y la admiración por sus grandes poetas.

En una de sus últimas payadas, parte del edificio en donde gorjeaba sus milongas empezó á derrumbarse al peso de tanta gente como se había aglomerado en una galería alta, ávida de escuchar á Gabino Ezeiza.

No hubo que lamentar desgracias personales; la galería fué desalojada en el acto, y en el momento mismo del suceso, que arrancó un

prolongado ¡ay! de los concurrentes, el moreno alentó á todos en unas cuantas milongas improvisadas seguidamente, y detuvo con su mágico acento á los que se agolpaban en la puerta y huían, evitando Gabino Ezeiza las terribles desgracias que semejantes atropellos siempre ocasionan en esos casos.

Allí estaba yo, allí pude admirar de un modo cierto la viva y penetrante imaginación del moreno, cuyos ojos centelleaban, al cantar sus milongas, como focos de luz en su cara, que, con ser muy oscura, brillaba de manera extraordinaria, reflejando los rasgos más ardientes de su meridional fantasía.

Gabino Ezeiza es el Juan Breva de los pueblos del Plata.

*  *

*

milonga1En el año 1860, los cantadores de milongas parecían multiplicarse en la República Argentina. La afición aumentaba, y el espíritu patrio enardecido buscaba sus manifestaciones de todos modos.

Los gauchos, esos libres señores del campo, entonaban, así como himnos patrióticos, las milongas más inspiradas y más sentidas, que sus chinas escuchaban entusiasmadas y enseñaban á sus pequeños.

Por entonces, y en uno de los pueblos más importantes de la República Argentina, se anunciaba la aparición de un célebre cantador de milongas, que había logrado fama extraordinaria en todo el país, y á su nombre se unía el de otro no menos insigne, que había apagado los fuegos de más de un milonguero ó payador, que todo viene á ser lo mismo.

Se preparaba un torneo interesante.

De muchas leguas á la redonda había acudido gente á presenciarlo.

Las justas de milongas adquirían por aquellos tiempos un carácter terrible; eran luchas tremendas, en las que ambos contendientes ponían á contribución sus inteligencias violentando sus facultades, y duraba noches y días enteros la pelea.

Las más de las veces concluía la fiesta como el Rosario de la Aurora, y los dos contrarios, después de haberse batido con sus guitarras y sus canciones, se armaban de su faca y se asestaban duros golpes, que iban derechos al corazón que había sentido las milongas, aquellos cantos que un rato antes habían aglomerado lágrimas abundantes en los ojos de los oyentes.

El torneo de los cantadores tuvo lugar al fin. Los periódicos anunciaron con la debida anticipación el día, la hora y el local donde había de celebrarse. Todo estaba dispuesto, y los agentes de la policía, situados convenientemente, se hallaban encargados de mantener el orden á toda costa.

payador4Los gladiadores se presentaron en la palestra con la guitarra en la mano y la sonrisa en los labios.

El numeroso público, que esperaba su presentación en el tablado dispuesto ad hoc, saludó con una salva nutrida de aplausos la aparición de los milongueros. Eran éstos dos arrogantes mozos de ojos vivos, fisonomía agradable y expresiva y muy buen talante.

Una mujer de tez morena y mirada de águila seguía con la vista los movimientos del público y los del más alto de los cantadores.

Empezaron á contender. A la aguda milonga de uno contestaba el otro con el mismo ingenio.

Ya celebraban los concurrentes las oportunidades de un improvisador, ya las de otro.

Ambos rayaban á grande altura, y ambos tenían una palabra, una frase, un verso asomado á sus labios para cuando les tocaba su vez, contestándose á sus coplas de contrapunto con una prontitud verdaderamente pasmosa.

El auditorio estaba entusiasmado, más aún, electrizado ante aquel pugilato de titanes.

Pasó una hora, y dos, y tres, y cuatro. Nadie se movía de sus sitios, y los payadores, no menos que el público, continuaban en sus puestos con la frescura del primer momento y la sonrisa que asomaba á sus labios al presentarse en el lugar de la fiesta.

Pero aquella contienda se prolongaba indefinidamente. El amor propio de los que luchaban se iba excitando cada vez más. A las coplas de cortesía siguieron las de una violentísima ostentación de ingenio, y á éstas, otras en que se tiraban á dar, en que la agresión se iba manifestando muy claramente, y el reto iba tomando el carácter de desdén ó de insulto.

Muy luego el público tomó parte en la lucha, dividiéndose la reunión entre los dos cantadores, á quienes iba faltando el aliento para prueba tan dura.

Se cruzaban fuertes apuestas é imprecaciones agrias.

Empezó á iniciarse el tumulto, y el delirio de los aficionados á las milongas se acentuaba mucho.

payador5Los cantadores seguían impertérritos en su fatigosa tarea.

Aquella situación era indudable que no podía prolongarse mucho.

Podía notarse por momentos que faltaba ya el ánimo á los cantadores, quienes se esforzaban inútilmente en seguir contendiendo.

Alentaban unos á los famosos milongueros á que siguieran sin interrupción, haciendo un esfuerzo supremo. Miraban otros ya con ojos de conmiseración á aquellas víctimas de la mil sica popular argentina, y les pedían á voces que suspendieran las milongas, y los payadores seguían, seguían, sin darse cuenta de lo que hicieran, como unas máquinas movidas por el vapor de aquella atmósfera que les iba asfixiando, y al impulso inconsciente de la espantosa fiebre que se había apoderado de ellos. Su excitación era temible.

La congestión amenazaba sus calenturientos cerebros, en los que buscaban con avidez más imperiosa que la resistencia de sus extenuadas imaginaciones, asonancias y consonancias para seguir aquella batalla de coplas improvisadas.

El subido color de sus rostros se iba apagando como la luz que, por haber gastado en corto plazo sus elementos de vida, anuncia poco á poco su pronta extinción, palideciendo visiblemente.

Se aproximaba la crisis.

El cantador á quien tan significativamente había mirado al entrar aquella hermosa trigueña que hemos visto al comenzar el relato de esta célebre justa de milongas, por un movimiento instintivo de propia conservación iba á retirarse de aquel tablado que se iba pareciendo al en que se colocan los reos que deben ser ejecutados, y al encontrarse con los ojos de su china y escuchar el rugido de satisfacción con que celebraban el triunfo de su contrario los partidarios que le alentaban de continuo, recobrando ficticias fuerzas, balbuceó esta copla:

Aunque me falte el aliento,

no me falta corazón

para morir contendiendo,

pero derrotado no.

Adiós, Pampa de mi vida,

adiós, amada mujer;

todo para mí se acaba,

todo, menos mi querer.

Y cayó exánime el cantador, asido fuertemente á las cuerdas de su guitarra, que saltaron al mismo tiempo que se escapaba el alma, que le había comunicado su sentimiento, del cuerpo desplomado en la tarima.

Así murió también Santos Vega.

Una mujer corrió despavorida, llegó al sitio en que exhalaba su último suspiro el cantandor de milongas, y permaneció largo rato abrazada á su cuerpo. Al ser retirada de allí, salió cantando y repitiendo la última copla que había dicho su amante.

Había perdido la razón.

* *

*

payador3Por las calles y plazas de las ciudades, pueblos y estancias (grandes establecimientos de campo) de la República Argentina iba una hermosa mujer cantando milongas. Tenía marcadas en su rostro las huellas del dolor. Todo el mundo se condolía de su desgracia, inspirando atrayente afecto y despertando gran interés su desdichada historia y el origen de su incurable mal. Era la amante del payador muerto en la justa narrada antes.

La conocían por La Milonga.

PEDRO SAÑUDO AUTRAN

(NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886)

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