La petenera

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La petenera

Hay un canto en Andalucía, sentido, original, con algo de melancólico y mucho de expresivo.

En aquel país de flores y de mujeres bonitas, de ricos vinos y de ingeniosas ocurrencias, la petenera, canción del pueblo, ay que sale de todos los corazones y que lanza al aire la chula en su blanca vivienda y la señorita en su dorada sala, aquélla al movimiento de las cuerdas de una guitarra, al de las teclas de un piano ésta, la petenera se escucha donde quiera y es la nota característica de las alegres fiestas andaluzas.

El que haya visitado Sevilla, con su Giralda, su Alcázar y su Torre del Oro; Córdoba, con su mezquita, su liceo y sus campos; Granada, con su vega y su Alhambra; Jerez, con sus bodegas; Cádiz, con sus casas blancas como copos de nieve; Jaén, con su cara de Dios; Málaga, con su puerto, sus pasas y sus vinos; Almería y Huelva, con sus minas; Sanlúcar, con su playa y su manzanilla; la Isla de San Fernando, con sus salinas; las poblaciones todas de Andalucía, con aquel cielo tan alegre y tan puro que recuerda el de América, con aquellas mujeres tan hermosas, de mirada viva, cabello negro, cutis suave, rasgados ojos y pie menudo; el que haya visitado aquel país habrá sentido más de una vez un extraño estremecimiento al oír los cantos característicos de la que llaman tierra de María Santísima.

En una ocasión, cuando al mediar la noche de un día de verano atravesaba las calles de Sevilla buscando en el puente que va á Triana el fresco de que era imposible disfrutar en el aristocrático centro de la villa, al pasar por una de las casas del clásico barrio de la gente de rompe y rasga, una voz dulce, vibrante, que algo tenía de un canto de ángeles, llegó á mis oídos como una vibración de los sentimientos del alma.

La curiosidad me movió á acercarme hacia donde salia la voz.

A merced de la luz de la luna que por entero bañaba la cara de una mujer hermosa, vi unos ojos rasgados, una tez morena y un cabello tan negro como las sombras de una noche de invierno; los de la cantaora, envuelta en un traje clarín encarnado y blanco. Llevaba unas lindas rosas en la cabeza, y con los dedos de sus manos rasgueaba las cuerdas de una guitarra.

De sus labios continuó brotando la armonía de antes y pude escuchar muy distintamente esta petenera:

lapetenera2Cuando tú me hayas matado,

cuando yo no exista ya,

cantándome peteneras

que me lleven á enterrar.

Aprendí la copla de memoria, y la fisonomía de aquella mujer que no se me borrará nunca del corazón.

Seguí mi camino, y después de haber dado algunas vueltas, el cuerpo, más fatigado por el insomnio que por la pesadez del calor, me obligó á buscar el hotel de Londres en donde á la sazón me hospedaba, y me metí en la cama bajo la agradable impresión de aquella canción escuchada, de aquella mujer como la fantástica creación de un poeta, contemplada entre una luz de plata, unas flores hermosas y unas notas sentidas.

Pasó el tiempo—que todo pasa, hasta el dolor y la agonía—y pasó un año. Salía de la Alhambra de Granada. Había sido invitado á una fiesta celebrada allí en honor de un poeta que había obtenido el triunfo en un certamen.

Nada más grande que aquel monumento que tan de manifiesto pone los adelantos de la arquitectura árabe y su riqueza y su brillantez.

La Alhambra de Granada es el palacio de los sueños de las Mil y una noches, la fantasía de las tradiciones árabes, el mundo viviente de los recuerdos de la reconquista de España por los hijos de Pelayo y Witiza, el mismo alcázar sobre cuyos muros ondeara el pabellón cuyos colores hirieron por vez primera los ardorosos rayos del sol espléndido de un nuevo mundo.

Todo eso y algo más es la Alhambra que con admiración y entusiasmo visitan las personas más ilustradas de todas partes.

Nada se diga de aquella inmensa riqueza de colores, de aquellos cincelados techos, de aquellos mármoles, ni del patio de los Leones, ni de las ojivales ventanas de la morada suntuosa de los antiguos reyes moros. ¡Se ha cantado por tantos vates, la han esculpido tantos buriles, y la han copiado tantos pinceles!…

Pero volvamos á mi cuento.

Iba pensando en la era de grandezas que empezó para España desde que se hizo dueña del último baluarte de los árabes en la tierra de Fernandez de Córdoba y de Cid Rodrigo, y revolviendo iba en mi memoria las páginas gloriosas de aquellos tiempos, y se me presentaba

con todo el vigor de sus tonos, bellezas de coloridos y dibujo admirable el cuadro de Pradilla que, como una de las más preciadas joyas de la pintura moderna, figura en el salón de conferencias del Senado español, La Rendición de Granada.

Entré por una calle, cuyo nombre no recuerdo—tan abstraído estaba en los panoramas de mi fantasía,—y los ayes y los sollozos y la siniestra luz que salía de una ventana baja de par en par abierta, me sacaron de mis febriles meditaciones.

Como por un resorte movido me acerqué allí, con una inexplicable inquietud, apartando inmediatamente la vista del tétrico cuadro que contemplé lleno de pena.

La mujer de la petenera, la de las rosas, la de los ojos y el cabello negro que había visto en Sevilla, yacía—con el sello que marca la muerte en los rostros—en un estrecho ataúd, también cubierto de flores y regado por las lágrimas de dos mujeres y de un hombre que salió de pronto y como trastornado de aquella casa.

El interés pudo en mí más que otro miramiento cualquiera, y deteniendo al hombre—mozo de pocos años—le pedí informes de la muerta.

El joven, á impulsos de esa corriente del momento que nos hace comunicativos en las grandes desgracias con las personas que se interesan por lo que adoramos, me contó una historia de amor en unos cuantos sollozos y algunas palabras.

Aquella mujer que había cerrado por siempre los ojos á la luz del día—bajo el tupido velo de sus largas y espesas pestañas—había sido juguete de un hombre por quien sentía una adoración parecida á la que profesaba ella á la Virgen del Carmen, de cuyo hábito estaba amortajada.

Le pasó lo que á tantas y lo que á tantos: fué engañada. El ídolo de su corazón le mintió un cariño que sentía por otra con quien se unió para siempre.

Soledad, que así se llamaba la cantaora de la petenera que escuché en Sevilla, abandonó este punto en seguimiento de su novio, y fué á Granada.

Su viaje fué inútil. Su novio se casó al poco tiempo con una labradora de la vega, y Soledad, muerta de pena, se murió al fin y al cabo realmente de un mal contra el que nada pudo hacer la ciencia médica para conjurarlo.

El joven por quien todo lo supe era un amante desdeñado de Soledad.

Se separó de mí como presa de una enajenación mental, estrechando mi mano contra las suyas calenturientas.

Corrí tras él temiendo por su razón, y al doblar la esquina me estorbó el paso un cortejo fúnebre. Era el entierro de Soledad. En aquellos momentos pasaba el féretro por la casa de la mujer de su antiguo amante, en donde con risas y algazara se celebraba el bautizo del primer hijo de aquel matrimonio, y entre el ruido que hacían al chocar las copas de vino se oyó al compás de una guitarra una petenera que decía así:

Cuando tú me hayas matado,

cuando yo no exista ya,

cantándome peteneras

que me lleven á enterrar.

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PEDRO SAÑUDO AUTRAN

(NARRACIONES ESPAÑOLAS Y AMERICANAS, 1886)

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