Historia de un libro.

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Historia de un libro.

Broté en un momento de inspiración de la mente de un genio oscurecido.

En mí quedó depositado todo el fuego, todo el sentimiento, toda la poesía que se desbordaba de aquel corazón.

Mis páginas eran el fiel retrato del que me produjo.

¡Pobre ilusión! ¡Con qué afán, con qué delirio se esmeraba en enriquecerme con todos los refinamientos de su talento! Yo representaba para él su pasado y su porvenir.

Sí, sí, me decía en sus horas mas amargas contemplándome con amor:—Tú me harás inmortal; con tu auxilio conquistaré la gloria que anhela mi alma, y, como Homero, seré por ti la admiración de los siglos venideros.

¡Infeliz! ¡No sabía que cifrar la gloria en un pedazo de papel es confiar al aire un juramento!

Fué mal comprendido y murió, pobre de recursos y rico de sentimiento, como tantos otros mueren, sin que el mundo sepa siquiera que hubiese nacido.

De sus manos pase á las de uno de aquellos entes despreciables y fatuos que no ven en un libro mas que un conjunto de hojas de papel manchadas de tinta, el cual, sin cuidarse ni poco ni mucho de mi valor literario, me mandó encuadernar lujosamente, y me regaló á una coqueta, cuyo veleidoso corazón empezaba á interesar.

¡Cuánto sufrí en poder de aquella mujer!

Yo era la víctima inocente de todos sus caprichos, y mil veces me arrojó con cólera al suelo al descubrir un pliegue en su vestido ó un desperfecto en su peinado.

Un día en uno de sus arrebatos me vendió á un mercader, para no conservar ni aun el recuerdo de un amante que ya empezaba á serle indiferente.

Del perfumado gabinete de la coqueta pasé al inmundo tenducho de mi nuevo dueño, y de allí á los escaparates de una librería.

¡Qué vergüenza! Yo que en mis primeros tiempos fui guardado con tanto esmero, me colocaron indiferentemente entre un vulgar Arte de cocina y una Filosofía de los toros.

¡Es imposible decir con qué ansiedad esperaba que alguien viniera á rescatarme de mi duro cautiverio!

Porque soy hijo de un hombre oscuro me veo colocado en tan ruin vecindad, pensaba con tristeza, al paso que otros muchos, sin valer lo que yo, y tan solo porque sus autores se han sabido dar lo que se llama un barniz de talento, se codean con las obras maestras de Calderón y Lope de Vega.

¡Puede haber martirio mas horrible!

Tantas veces como me cogieron los concurrentes al establecimiento, me soltaron con desdén al ver el ignorado nombre que ostentaba en mi cubierta.

Si me hubiese sido posible derramar lágrimas, mil veces con ellas hubiera borrado el nombre del desgraciado joven que depositó en mis hojas sus impresiones, para que no fuera por mas tiempo blanco de las burlas de los que eran incapaces de comprenderle.

¡Yo que encerraba un tesoro inestimable, expuesto al desprecio de un necio!

¡Oh! ¡Si los libros pudieran sonrojarse, cuántas veces obligarían á cerrar los ojos á los que recorren sus páginas!

Por fin una mañana entró en la tienda un caballero de aspecto bondadoso y me compró, pretestando que iba al campo y que distraería sus ocios.

Aunque esta perspectiva no tenía para mi nada de halagüeña, me di por satisfecho al sepultarme en uno de los anchos bolsillos de su gabán.

Nos instalamos en la quinta y empecé á distraer á mi nuevo dueño, y tanto se llegó á penetrar de mí que logré inspirarle algún cariño.

Ya casi me tenía por dichoso, pues entreveía en lontananza una ancianidad respetada, cuando ¡oh fatalidad! mi dueño, á causa de un suceso inesperado, tuvo que ausentarse precipitadamente, y en medio de su aturdimiento quedé olvidado entre un montón de papeles inútiles que dio á los niños del colono antes de partir.

Estos nos cogieron con la inocente alegría de la infancia, y después de una larga discusión se dispusieron á hacer con nosotros una hoguera.

¡Qué cruel dolor experimenté al verme impotente para luchar con la muerte á que nos destinaban!

Nuestra suerte siempre es digna de lástima, aun cuando alcancemos una vejez dilatada, porque en nosotros no se respeta el libro, sino al hombre que grabó en sus páginas las ideas que se agolpaban en su mente. No se respeta la causa sino el efecto.

¡Pobres libros condenados siempre á vivir de la vida que otros les dieran!

¡Figuraos cuánto mas debía yo desesperarme al ver que iba á ser pasto de las voraces llamas!

¡Oh! Si nuestros pensamientos pudieran ser visibles para los humanos, ¡cuántos dolores se sabrían que hoy quedan ocultos bajo una aparente insensibilidad!

De nada sirvió mi muda desesperación y nos prendieron fuego.

El humo me envolvió y las llamas empezaron á lamer mis páginas.

Los niños danzaban á mi alrededor, acompañando mi agonía con sus aturdidores y alegres gritos.

Cuando ya casi no tenia forma, cesó de repente la algazara de mis pequeños verdugos y vi como en medio de un sueño de muerte que un enviado de mi último dueño venia á recogerme.

Pero ¡ay! era tarde…

Algunos momentos después ya estaba reducido á cenizas, y mis pavesas revoloteaban por el aire.

¡De mí no quedó mas que la idea flotando en los espacios!

He aquí mi corta historia. ¡Pero qué importa, me diréis! Hay tantos libros en el mundo de los cuales no hacemos caso, que tú nos eres innecesario.

A falta de uno tenemos cien.

¡Pobres libros!

JOSEFA PUJOL

Publicado originalmente en La Ilustración de la mujer en Madrid el 15 de agosto de 1875.

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