Un sueño de gloria

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Un sueño de gloria

La casualidad, esa madre solícita de gran parte de los acontecimientos de la vida, me condujo no ha muchos años á una pequeña y linda aldea situada en las inmediaciones del turbulento golfo de Vizcaya, deseoso de encontrar en ella durante algunos días la tranquilidad y el reposo, que en vano buscara en el agitado seno de las grandes capitales, abrumador emporio del progreso moderno.

Allí, en medio de la agreste soledad y acompañado únicamente de Shakespeare, mi autor favorito, me complacía en pasar horas enteras sentado á la orilla del mar, contemplando el incierto vuelo de las vagabundas gaviotas y midiendo con soñadora mirada, al par de la inmensidad del Océano, la inmensidad del humano corazón, merced á la maravillosa sonda del infatigable pensamiento.

Un día, durante uno de mis solitarios paseos, llena mi mente de las sombrías ideas que en ella provocaba la reciente lectura de Hamlet, ocurrióseme penetrar en el modesto cementerio del pueblo, impulsado por el vago deseo de hallar algo en él algo que diera pábulo á mis tétricos pensamientos.

Por desgracia, alejado aquel lugar de común reposo de los grandes centros donde impera la civilización, sólo guardaba en su seno los restos de oscurecidos marineros. Pronto me convencí de que era inútil buscar en él la manifestación de la vanidad, que consignan á menudo los vivos sobre el lujoso sarcófago de los muertos, y desalentado me disponía á retirarme después de abarcar con vaga mirada aquel recinto sembrado de toscas cruces, cuando descubrí arrimada al muro, medio cubierta por trepadora yedra, una piedra funeraria que ostentaba, sin nombre alguno, esta sola inscripción:

DOMINE NE IN FURORE TUO ARGUAS ME

NEQUE IN IRA TUA CORRIPIAS ME

Confieso ingenuamente que este salmo del Rey-profeta llamó desde luego mi atención. Me acerqué más, y junto á la tumba, rodeada de hermosas flores que se columpiaban dulcemente en sus tallos á impulsos de las marinas brisas, vi una columna truncada, de mármol blanco, junto á la cual alzaba un melancólico ciprés, su aguda punta, á los cielos.

pa503No sé por qué aquella tumba y el salmo de David hirieron de tal suerte mi imaginación que forjándome al punto á mis solas una peregrina historia relativa al ser que allí reposaba, después de leer una y cien veces la misteriosa inscripción, formé el propósito de buscar en el vecino pueblo quien me diera datos suficientes para satisfacer mi curiosidad, vivamente sobrexcitada.

He aquí lo que me contaron, y que cuidadosamente guardado entre mis apuntes de viaje, hasta hoy no me he decidido á darlo á pública luz.

*            *

*

Corría el mes de Setiembre del año 1860. A esa hora misteriosa en que el día espira entre arreboles de luz y la naturaleza se prepara lentamente á entregarse confiada á la apacible quietud de la noche; iluminadas de un modo fantástico por los pálidos destellos que enviaba á la tierra el astro-rey antes de ocultarse por completo en el ocaso, á orillas del mar, y no lejos del pintoresco pueblecillo de X., junto al cual estrella sus olas el inquieto golfo de Vizcaya, paseaban dos bellísimas jóvenes, hablando con animación y familiarmente cogidas del brazo.

Morenas ambas, pero con ese moreno especial, peculiar á los seres avezados á las caricias de las marinas brisas, el rostro de la una sólo reflejaba una dulce melancolía, al par que en los rasgos más salientes de la movible fisonomía de la otra, se adivinaba el fuego que germinara en su interior. Las dos vestían con sencillez, casi con humildad, pero revelando en su porte un sello especial de elegancia y distinción que parecía impropio de aquellos lugares, si éstos eran, como sospechamos, su habitual residencia.

—Mira, Teresa,—decía siguiéndola empezada conversación la joven morena, de enérgica mirada y altivo ademán,— hay en el fondo de mi alma ciertos misterios, indefinidas aspiraciones que con ser mi tormento y la ocupación incesante de mi mente, las palabras no aciertan á darlas cumplida forma. Sólo sé decirte que no amo á Ángel, que no le amaré nunca, porque distintas ideas ocupan mi mente y mi corazón.

Conténtate con saber que si un día, pongo por ejemplo este caso, que juzgo más que remoto, imposible, si un día, repito, diera oídos á la pasión que por mí siente Ángel, antes de poseer por entero mi amor se vería en el caso de sostener cruda guerra con un rival poderoso.

—¡Un rival!—exclamó Teresa con mal contenida alegría.—¿Luego tú amas?

—Amo, sí, ¿quién no ama en el mundo? Pero tranquilízate, no amo á ningún hombre.

—¡Ah, yo creía!…—balbuceó Teresa, palideciendo a su pesar.

—Creías mal, hermana mía. Lo que yo amo es la gloria, y ese es tan sólo el brillante fantasma que turba con seductores ensueños el reposo de mis noches y la tranquilidad de mis días. Yo necesito otro espacio donde agitarme, otra atmósfera donde vivir; me he convencido de ello, mi alma, ávida de emociones en un todo ajenas á la torpe materialidad de la vida, únicamente desea percibir un punto de luz para correr hacia él en busca de la realización de mis nobles aspiraciones. ¡Aquí me ahogo!—exclamó la joven con fuego, mirando á su alrededor. —¿Cómo quieres que me baste una sola aldea cuando necesito un mundo para llenar mis deseos? Por eso no puede resignarse á poseer el tranquilo amor de un solo ser quien aspira á despertar la admiración de todo un público.

—¡No te comprendo, Estrella! —murmuró Teresa admirada de lo que oía.

—Me comprenderás bien pronto , atiende. Sabes tan bien como yo que, por permitirlo la antigua fortuna de nuestra casa, recibimos vasta y cumplida educación en uno de los mejores colegios de la nación vecina. Durante nuestra permanencia en él y por mi decidida afición al canto, me distinguí siempre de mis compañeras, y recordarás perfectamente que mis profesoras me auguraban un brillante porvenir si continuaba con perseverancia mis estudios. Desgracias acaecidas en nuestra familia, reveses de fortuna y la muerte de nuestro padre, como consecuencia de tantas contrariedades, nos obligaron á salir del colegio y encerrarnos en este mísero pueblo, donde contábamos con una modesta casa para ponernos al abrigo del infortunio. Hemos sufrido todos los rigores de la suerte con resignación, particularmente tú, que eres un ángel y nuestra madre, que es una santa; en cuanto á mí, debo confesarte que sufrí un amargo dolor al ver desvanecidas mis esperanzas y devoré en silencio muchas lágrimas, pero os amaba y no quería abandonaros en los días de prueba. Hoy, las circunstancias han cambiado, la muerte de nuestro tío Julián nos permite contar con algunos medios de subsistencia; puedo abandonaros, pues, sin remordimientos, y contando con la autorización de mi madre me dispongo á partir dentro de breves días.

Teresa escuchaba con creciente asombro la relación de Estrella, y en vano trataba de descifrar por completo su alma sencilla y candorosa, el oscuro sentido de las palabras de su hermana.

—Pero, ¿qué es lo que te propones alcanzar? ¿A quién amas, pues? —preguntó al fin con recelo.

—Amo al arte, y por medio del arte quiero alcanzar la gloria.

—¡La gloria!—repitió Teresa lentamente como si fuera un eco de las palabras de Estrella.—¿A qué gloria aspiras?

—A la gloria de despertar la admiración de las gentes, interpretando, dando calor y vida á las creaciones de los grandes maestros.

—¿Te refieres á la gloria de la escena?

—Sí, ¿se puede soñar otra más hermosa y seductora?

—¡Ay, Estrella! Poco ó nada sé del mundo, pero los libros me han dado una pobre idea de lo qué es la gloria entre bastidores.

—Estás en un error, querida mía, error del cual felizmente no participo, pues tengo la seguridad de que cuando un ser recorre el sendero del arte obedeciendo al impulso de una voz misteriosa, interior, como me sucede á mí, no hay vacilación posible, se desechan pueriles temores y se avanza con valentía seguro de obtener la victoria al fin. La lucha por la vida existe donde quiera que vuelvas los ojos, no en determinadas carreras; para sobreponerse, pues, á las fatigas por ella producidas, es indispensable una voluntad de hierro, firme y decidida. Yo la poseo, y lucharé hasta realizar mis esperanzas. ¡No lo dudes, Teresa, por medio del arte llegaré á tocar el límite misterioso de lo sublime, y venceré, tengo esta convicción, venceré, puesto que el genio vence siempre, por ser un destello de Dios!

Y Estrella, al hablar así, parecía verdaderamente inspirada, brillaban sus ojos con inusitada viveza, elevábase su seno obedeciendo á la interior agitación que sentía, temblaba su voz impulsada por encontrados sentimientos, y erguida sobre una de las rocas junto á la cual se estrellaban con furia las rugientes olas del mar, rodeada su hermosa cabeza por los postreros rayos del sol, á manera de divina aureola, arrogante y altanera, más que una mujer de nuestros días parecía una pitonisa de la antigüedad, de pie sobre su trípode, en el acto de sondearlos misterios del porvenir.

—La mujer ha nacido mejor organizada para el amor que para la gloria. ¡No lo olvides, Estrella!— dijo Teresa, después de algunos momentos de meditación.

—¿Y quieres confundirme á mí con el vulgo de las mujeres? ¡Error insigne! Yo no soy como ellas, amo la lucha y lucharé hasta lograr salir de la triste oscuridad en donde me agito.

—¿Renuncias decididamente al amor de Ángel y al tranquilo porvenir que con él te ofrece?

—Sí, renuncio á su amor, y á todos los amores de los hombres. ¿Qué valen en comparación de la dicha que ambiciono?

—¡Quiera Dios que se realicen tus deseos! —contestó Teresa.

El sol se había ocultado por completo entre las rojas nubes del ocaso, y ambas jóvenes se apresuraron á regresar á su lugar.

Aquella noche Teresa se durmió murmurando:

—Durante mucho tiempo he ocultado cuidadosa en el fondo de mi alma el amor que Ángel me inspiraba, creyendo que el destino le reservaba para esposo de Estrella; hoy mi hermana renuncia á un porvenir que constituiría mi felicidad, y la esperanza vuelve á retoñar en mi corazón; esperemos, pues.

A la mañana siguiente, y no lejos del sitio donde medió, entre Teresa y Estrella, la conversación que hemos transcrito á nuestros lectores, Estrella sostenía otra no menos interesante, con un apuesto y gallardo joven que la escuchaba consternado, presa de la más profunda desesperación.

Bien veo que no me amáis, Estrella,—decía el mancebo,—puesto que ninguna esperanza me permitís abrigar.

Ninguna, Ángel, yo sólo tengo un amor, el amor á la gloria, ya lo sabéis.

—¿Y por ella nos abandonáis? ¿Abandonáis á vuestra madre?

La joven guardó silencio durante algunos momentos; luego repuso con firmeza:

—No la abandono, puesto que queda Teresa para cuidarla; además, por si fracasa mi empresa, dejo asegurada la tranquilidad de sus postreros días. Cumplido este deber, me considero libre de partir á Italia, la tierra de promisión para los artistas, y ó regreso de ella con gloria ó nada sabréis de mí. Adiós, Ángel, sed feliz con otra mujer digna de comprenderos; yo sólo os profeso, y os profesaré siempre, el cariño de una hermana.

El joven inclinó la cabeza sobre el pecho para ocultar una lágrima rebelde, y Estrella sin añadir una palabra más, se alejó con rápido paso de aquellos sitios.

A los pocos días había abandonado el pueblo.

JOSEFA PUJOL DE COLLADO.

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica los días 26 de enero y 2, 9 y 16 de febrero de 1884.

Continúa: Un sueño de gloria (conclusión)

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