Un sueño de gloria (conclusión)

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Un sueño de gloria (conclusión)

Tres años después, la bulliciosa corte de España se preparaba para aplaudir las relevantes dotes artísticas de una cantante recién llegada de Italia y cuyo nombre habían esparcido rápidamente por todo el mundo las trompetas de la fama. Las localidades del Real se cotizaban á precios fabulosos y el público madrileño ansiaba que llegase el momento de tributar el homenaje de su admiración á la afortunada artista.

Es inútil decir que en la noche del debut, cuanto la corte encierra de brillante y selecto, se había dado cita en el regio coliseo: hermosas damas con deslumbrador lujo vestidas , eminencias de la ciencia y de las artes, grandes títulos, notabilidades políticas, todo se había reunido allí para componer un público numeroso é inteligente, capaz de dar su voto y aumentar la fama de aquel nuevo meteoro que cruzaba los cielos esplendorosos del arte.

La obra escogida por la célebre artista era la Norma, del inmortal Bellini, esa joya del arte musical que vivirá tanto como el arte mismo. Nunca, como aquella vez, la protagonista de la ópera obtuvo tan perfecta interpretación. ¡Qué delicados arranques del sentimiento, qué modo de expresar las fogosas alternativas de una pasión!

Desde las primeras escenas, el público seguía arrobado, absorto, todos los movimientos, todos los detalles escénicos con que avaloraba la eminente artista el mérito del personaje puesto por ella en acción, y las notas que salían de su garganta, límpidas y sonoras, sumergían á su auditorio en un delicioso éxtasis, del cual á duras penas podía librarse en determinados momentos para manifestar de un modo arrebatador el entusiasmo que se albergaba en todos los pechos.

Al final del primer acto, los aplausos estallaron de una manera atronadora y el escenario se cubrió de flores; pero, ¡cosa extraña! entre aquel público entusiasmado, ebrio de admiración, sólo un espectador permanecía frío y demostraba en la gravedad de su pálido semblante que los aplausos tributados á la artista eran otros tantos puñales que se clavaban de rechazo en su corazón.

—Nuestros lectores ya habrán adivinado la verdad: la famosa cantante era Estrella, el mudo espectador Ángel, Ángel que había seguido á su amada á Italia, presenciando, sin que ella lo supiera, sus luchas y sus triunfos, anhelando tan sólo que las exigencias del arte llamaran á Estrella á su patria, que la artista recibiera la consagración del genio en medio de sus compatriotas, para presentarse á ella entonces y saber en definitiva si debía renunciar para siempre á su amor.

El deseo supremo de Ángel se hallaba en vías de verse satisfecho.

Cuando, á la terminación del segundo acto, la artista se dirigió á su cuarto para descansar un momento de tantas emociones, su doncella le entregó un billete que ella cogió distraída, embargada la mente por encontradas ideas.

Pero al fijar la vista en su contenido, se estremeció.

Era de Ángel y se hallaba concebido en estos términos:

«¡Estrella, Estrella! Yo os he seguido paso á paso, he sido testigo de vuestras luchas y de vuestros triunfos. No sé si habréis aprendido todavía que la gloria que tanto amáis no os dará la paz del alma, necesaria á la vida. Ya se ha cumplido vuestro juvenil deseo, habéis visto un público entusiasmado á vuestros pies, ¿que esperáis ya? Renunciad á esa vida deslumbradora pero fría, donde vuestro corazón, en medio del entusiasmo general, buscara en vano un afecto tierno, verdadero y profundo; volved al país que os vio nacer, donde vuestra madre os espera y yo os amo; allí recobraréis la apacible felicidad que en el mundo del arte, lleno de luchas y decepciones, es un imposible. ¿Aceptaréis el consejo de quien, ni por un momento, ha dejado de adoraros durante el tiempo transcurrido?

»Espera vuestra contestación:—ANGEL.»

Una nube de tristeza interceptó la vivida luz que despedían habitualmente los ojos de Estrella, al finalizar la lectura de esta carta; todavía resonaban en sus oídos los postreros y halagadores ecos de los aplausos del público, aun temblaba todo su cuerpo á impulsos de la emoción, pero su pensamiento voló un instante hacia aquel pueblo del golfo de Vizcaya, donde transcurriera su infancia y una parte de su juventud.

Estrella sintió algo parecido á la fatiga que sigue al rudo batallar de la vida, algo como el perfume santo del recuerdo la envolvió, pensó en su madre y una lágrima humedeció sus párpados, mientras que sus labios murmuraban con una voz que parecía un gemido:

—¡Madre mía!

Pero se había levantado el telón y su meditación se vio interrumpida por la voz del avisador de la escena; entonces, como por encanto, sus ideas tomaron nuevo giro, la artista hizo desaparecer el último rasgo de la debilidad de la mujer y con mano firme y decidida trazó estas breves palabras al pie de la carta que acababa de leer:

«Lo que me proponéis es imposible, Ángel. A mi madre nada le falta, y yo sólo vivo para un amor, el del arte.»

Después encargó á su doncella remitiese la carta á su dueño y se dirigió precipitadamente á la escena.

Allí, olvidándose de ella misma, de su madre, de Ángel, de su infancia, de todo, se transfiguró, hizo prodigios, arrebató nuevamente al público con la magia de su voz, y al terminarse la representación, en medio del delirio de sus admiradores, se vio precisada á presentarse varias veces al palco escénico.

La ovación llegó á su colmo, el entusiasmo no reconoció límites; las damas agitaban sus pañuelos y el público en masa, como impulsado por una corriente eléctrica, no cesaba de aplaudir, en tanto que la escena se cubría de flores y Estrella se entregaba por completo al goce de aquella dulce embriaguez que la transportaba al mundo misterioso donde tantas veces había soñado penetrar.

En aquel preciso momento en que la artista se veía rodeada por todos los encantos del triunfo más embriagador, el entusiasmo general ahogó un grito horrible, partido de una de las galerías, grito que sólo oyeron las personas más inmediatas y que fué proferido por un joven desconocido al caer al suelo, presa de horrible convulsión.

Era Ángel que acababa de leer la carta de Estrella.

*       *

*

Quince años después de los sucesos narrados y en una hermosa mañana del mes de Mayo, una mujer todavía joven, sencillamente vestida y cuyo rostro surcaban prematuras arrugas, avanzaba con tardo paso por la linda alameda que conduce al pueblo de X.

A la entrada de la población y junto á una casa de agradable aspecto se hallaba una mujer cosiendo tranquilamente, mientras dos hermosos niños jugaban, á pocos pasos de ella, y un hombre, joven aún, cómodamente arrellanado en un sillón, se entretenía en hojear algunos periódicos.

La mujer era Teresa, y el hombre sentado cerca de ella, Ángel, el cual, desesperanzado de alcanzar el amor de Estrella, se unió, al fin, con la hermana de la mujer que tanto había amado, reconociendo las relevantes cualidades que la dulce niña atesoraba y convencido de que con ella alcanzaría la verdadera felicidad, exenta de quimeras y sobresaltos.

La viajera llegó á la casa, y ante el hermoso cuadro de ventura doméstica que se ofrecía á sus ojos, detuvo por un momento el fatigado paso.

Los esposos levantaron la cabeza para mirar á la recién llegada y un doble grito salió de sus pechos.

—¡Estrella!—exclamaron corriendo á su encuentro con asombro.

—Si, yo soy,—repuso á su vez la viajera,—y vengo á ser testigo de tu felicidad, Teresa mía.

—¿Vienes para quedarte entre nosotros?—preguntó con amante afán la feliz esposa.

—Sí,—contestó Estrella.

—¡Cuánto me alegro!—añadió Teresa, besando cariñosamente á su hermana en la frente,—¡pero qué cambiada estás, casi te he desconocido!

—Es cierto, he envejecido mucho de algún tiempo á esta parte; soy una anciana que apenas cuenta treinta y ocho años.

—¡No digas eso!.estás desmejorada, si, pero aquí te repondrás, los aires del país natal siempre sientan bien, y volverás á ser lo que has sido, hermana mía.

—¡Imposible, Teresa! La vida del artista, que tú afortunadamente desconoces, es una vida brillante, deslumbradora, pero sus luchas envejecen, gastan los frágiles resortes de la humana naturaleza. Antes pensaba que el genio tenía el dulce privilegio de sobreponerse á todo, hoy me he convencido de lo contrario, de que socavado por la envidia, sucumbe al fin, y que la gloria sólo merece el nombre de tal cuando proyecta sus rayos sobre el frío mármol de los sepulcros… durante la vida no se consigue jamás. En mí tienes el ejemplo; después de una época de no interrumpidos triunfos, me he visto postergada, olvidada, siguiendo la suerte común á todos los soñadores; el público es así, inconstante y veleidoso hasta un grado superlativo, pero es tarde para retroceder, ya que hasta ahora no he sabido en realidad lo que valen los aplausos de las multitudes. Vuelvo, pues, al pueblo donde nací, y que no debiera haber abandonado nunca, sin más patrimonio que mis muertas esperanzas. Estoy resuelta a acabar aquí mis días en el seno de esa tranquilidad tan decantada que en vano he buscado en mi agitada vida de otros tiempos.

Estrella calló durante algunos momentos, entregándose por completo á sus tristes pensamientos sin que Angel y Teresa se atrevieran á romper aquel silencio, que encerraba un mundo de dolor. Al fin, la recién llegada preguntó, designando á los dos niños que jugaban á pocos pasos de ellos:

—¿Son estos vuestros hijos?

—Sí,—contestó Ángel, en cuyo franco rostro resplandecía la felicidad más pura y la más perfecta calma.

Su antiguo y loco amor hacia Estrella había muerto por completo y sólo un sentimiento profundo de compasión abrigaba su pecho por la mujer en quien cifrara el sueño hermoso de su juventud.

—¡Quisiera visitar la tumba de mi madre! —dijo Estrella.

Teresa la condujo al cementerio del pueblo, le designó el sitio donde reposaba la pobre anciana que les había dado el ser, é hizo ademán de retirarse de allí.

—No te vayas,— dijo Estrella con tristeza, —temo quedarme á solas con el remordimiento de haberla abandonado para seguir mis locos ensueños de gloria.

—Las madres perdonan siempre, y ella te perdonará también desde el cielo al ver tu arrepentimiento, porque, si bien es verdad que durante tu ausencia cuidaste de que nada le faltara, no lo es menos que le faltó lo que más podía llenarla, el amor y las caricias de su hija. Pero no pensemos en cosas desagradables, ya que, afortunadamente, has vuelto. En lo sucesivo, á nuestro lado vivirás tranquila y contenta.

—Tranquila sí, contenta no, porque acostumbrada á otra atmósfera, á mi pesar la echaré de menos. Pero no te alarmes, esta lucha durará poco; conozco que los resortes de mi vida, á causa de tantas emociones se hallan gastados, y no tardaré en disfrutar la verdadera paz, la única que no sufre perturbación, la paz del sepulcro.

—¿Qué dices? — exclamó Teresa con dolor.

—La verdad, hermana mía,—balbuceó Estrella, apoyando su apenada cabeza en el pecho de la joven.

Después reinaron breves momentos de silencio, cruzó por la mente de Estrella, con la rapidez del relámpago, el recuerdo del plácido cuadro de ventura que había presenciado en casa de su hermana, pensó también

que aquella felicidad debió ser suya, y no la quiso… y una ola de amargura invadió su corazón.

—La vida tiene infinitos resortes, — exclamó, al fin, tristemente;—algunos de ellos, los bastantes para ser feliz, los puso Dios á mi disposición, y no quise aprovecharlos; hoy me sería más amargo el convencimiento de haberlos perdido por mi culpa, si no supiera que, merced á mis desaciertos, eres tú dichosa; esto suaviza mi pena, hermana mía. Tarde, muy tarde, he comprendido que el arte, por sí sólo, no basta á llenar el alma de la mujer, y que menospreciando las dichas tranquilas del hogar, se equivocan lastimosamente las mujeres que prefieren el amor de la gloria á la gloria del amor, pues este último es la única felicidad positiva que les es dado gozar en la tierra á los mortales.

Poco tiempo después, minada su existencia por una profunda tristeza, Estrella sucumbía rodeada de los solícitos cuidados de Angel y Teresa. Aquella naturaleza exquisita, sensible como ninguna á los deslumbramientos sacratísimos del arte, amante de la gloria hasta el delirio y deseosa de consagrar sus fuerzas al más noble de los impulsos que pueden mover á la humana criatura, al enaltecimiento constantante de lo bello, tropezó, porque es ley fatal el que así suceda en la vida, con el olvido y la ingratitud. Su paso por el cielo del arte fué tan breve, que apenas si produjo deslumbramiento alguno; el público, como acontece siempre, y por el cual Estrella lo había sacrificado todo, después de aplaudirla un momento, la olvidó para rendir su homenaje de admiración á otras hijas del arte que debían sufrir idéntica suerte, mientras la pobre Estrella, encerrada en el humilde pueblo que la vio nacer, después de haber probado la embriaguez dulcísima de la gloria, no pudo resignarse á vivir en la oscuridad y murió en medio de la más profunda amargura.

*        *

*

Después que me hubieron enterado de esta sencilla historia, que con pocas variantes es la historia de casi todos los soñadores que se afanan en el mundo por alcanzar el brillante fantasma de la gloria, comprendí el sentido del salmo de David grabado sobre la tumba de Estrella, salmo que interpretaba de un modo fidelísimo las angustias que debían torturar aquella alma desolada en los últimos días de su vida.

A partir de aquel momento, siempre que durante mis solitarios paseos por la playa se fijaba mi mirada en el melancólico ciprés del cementerio, el nombre de Estrella acudía á mi mente, y al recordar cuánta felicidad, cuánto cariño había sacrificado la pobre niña para correr en pos de una efímera gloria, á mi pesar exclamaba, repitiendo el salmo del Rey-profeta grabado sobre su tumba:

DOMINE NE IN FURORE TUO

ARGUAS ME

NEQUE IN IRA TUA CORRIPIAS ME

JOSEFA PUJOL DE COLLADO.

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica los días 26 de enero y 2, 9 y 16 de febrero de 1884.

Continua: leer segunda parte

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