¡Tuya ó de Dios! (Crónicas olvidadas del Madrid viejo.)

...departían misteriosamente junto á una reja de la casa los dos enamorados...

…departían misteriosamente junto á una reja de la casa los dos enamorados…

Crónicas olvidadas del Madrid viejo.

La España, donde se desarrolla el sencillo drama que vamos á relatar, no es por cierto la España del siglo XIX, fecunda en grandes inventos é imbuida del expansivo y generoso espíritu moderno: es la España que por los años 1600 y 1602 regía con más bondad que buen acierto el débil rey Felipe III, príncipe magnánimo, inhábil para sostener con mano fuerte las riendas del Estado, y entregado por lo tanto, á la funesta dirección de astutos favoritos.

Para estos últimos guarda en sus páginas acerbas censuras la severa historia, especialmente en cuanto tiene relación con D. Francisco de Rojas, duque de Lerma, y D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, siendo ellos los que más contribuyeron al debilitamiento y postración de nuestro generoso pueblo.

Pero no es nuestra intención intención ocuparnos en asuntos políticos de todos conocidos y por todos lamentados; únicamente nos proponemos arrancar de las sombrías sinuosidades de la historia el recuerdo de unos amores á los cuales presta poético reflejo, misterioso encanto, la hermosa tradición.

El Madrid antiguo, la brillante corte que poetizaron con sus galantes aventuras, misteriosas tapadas y en cuyas revueltas callejuelas hallaban protector refugio, rufianes y enamorados, yacía en completo silencio. Envuelto en las medrosas sombras de la noche, parecía que todos sus habitantes se hallaban entregados al más profundo sueño, cosa por cierto muy distante de la verdad, pues á tales horas, solían ser teatro las desiertas calles, de amorosos y sangrientos lances.

No lejos de Puerta-Cerrada y en el llamado Pretil de San Pedro, que más tarde se conoció con el nombre de Costanilla del Nuncio por hallarse enclavado en sus inmediaciones el palacio de la nunciatura romana, elevaba su pesada mole inmenso caserón perteneciente á un rico hidalgo muy conocido en la villa y cuyo nombre no conservan las crónicas de aquel tiempo.

Allí vivía el opulento propietario con su linda hija Leonor, cuya custodia, por ser la joven huérfana de madre desde la cuna, hallábase encomendada á rígida dueña, convertida de continuo en celoso cancerbero, para ahuyentar de aquellas inmediaciones á los atrevidos galanes que sin cesar rondaban la casa.

El severo padre, que soñaba para Leonor un porvenir espléndido, velaba sin descanso á fin de que el amor no se introdujera traidoramente en el cándido pecho de la doncella, desbaratando los lisonjeros planes forjados para el porvenir. Mas, de antiguo es sabido que para defenderse de los certeros dardos del travieso Cupido son inútiles las más fuertes rejas y la más perspicaz vigilancia.

Desde un día que al entrar en el templo y junto á la pila del agua bendita un gallardo mancebo ofreció á la linda joven, á escondidas de la dueña, unos hermosos claveles, deslizando de paso, amantes palabras al oído de la doncella, Leonor amaba como se ama á los veinte años, es decir, con toda el alma. Poco tardó el hidalgo en enterarse de los amores de su hija, á pesar de las precauciones adoptadas por los amantes; el galán era de noble alcurnia, pero pobre, y por este motivo el padre de Leonor se negó rotundamente á sus repetidas peticiones.

En tan funesto estado se hallaban las cosas, cuando principia nuestra narración. Dos años contaban de fecha los desventurados amores, siendo para los jóvenes amantes continuo manantial de lágrimas y sobresaltos. En la noche á que hacemos referencia, aprovechando la momentánea ausencia del padre, el pesado sueño de la dueña y las sombras de la calle, departían misteriosamente junto á una reja de la casa los dos enamorados, él desde la calle, pegado al muro, ella al otro lado de la reja, conmovida y llorosa, apoyando su mórbido brazo en los ennegrecidos hierros.

Casi toda la calle se hallaba envuelta en tinieblas; sólo de vez en cuando alumbraban á la joven pareja los indecisos destellos de un mortecino farol que en la pared de enfrente se columpiaba á impulsos del viento, junto á una imagen empotrada en la pared.

—¡Leonor mía!—murmuraba el galán fijando en la hermosa niña sus miradas de fuego.

—No estoy tranquila, Gonzalo; á cada instante temo que regrese mi padre,— contestó ella á media voz, y con encantador sobresalto.

—Depón todo temor vida mía; tengo vigilantes apostados en las próximas calles que me avisarán oportunamente. Puedes estar tranquila.

—¡Inútil empeño! la tranquilidad está reñida con nuestros amores, que desde su principio sólo tienen por compañeros la zozobra y la tristeza. Somos muy desgraciados, Gonzalo.

—Pero llegará el día de la dicha, de la felicidad sin límites, cuando unidos los dos en santo lazo no tengamos que ocultar nuestra ventura.

—¡Sueños que no llegarán nunca á realizarse!—contestó la doncella con desaliento,—ya sabes que mi padre se niega rotundamente á consentir nuestra unión.

—La rechaza porque soy pobre, Leonor mía, y él desea riquezas para tí; no me rechaza por ser de sangre indigna de mezclarse con la suya, puesto que nobles somos los dos. Por este motivo, hoy más que nunca, estoy resuelto á conquistarme una fortuna. Cuando la riqueza se una á mi ilustre nombre, tu padre no me negará tu mano.

—¡Pero entre tanto!

—Es preciso esperar, no desconfíes; tenga yo fe ciega en tu constancia y no me importan los peligros. Parto tranquilo, abrigando tan dulce seguridad que estimo más que mi vida.

—¿Conque estás decidido á partir?

—¿Cómo no? Aquí no adelanto nada. Se prepara la expedición contra Argel mandada por el duque de Lerma y me he alistado en ella. La

guerra me ofrecerá honra y riquezas, y volveré triunfante y feliz con tu cariño. Mañana salgo para Córdoba á fin de despedirme de mi madre, y de allí me dirigiré al punto señalado para el embarque.

—¡Si tú murieras!—murmuró la joven apenada.

—¿Quién piensa en la muerte? El porvenir es mío, si tú me amas.

—Con toda mi alma y siempre igual.

El galán á través de la reja cogió una de las manos de su amada, imprimiendo en ella apasionado beso.

En aquel momento la luna, saliendo de un grupo de nubes, alumbró dulcemente la escena proyectando sus rayos sobre la hermosa Leonor, cuyo peregrino rostro surcaban abundantes lágrimas.

—¿Por qué lloras, bien mío?—preguntó su amante con cariñoso acento.

—¿Vas á partir y me lo preguntas?

Reinaron algunos instantes de silencio, durante los cuales el enamorado mancebo contemplaba extasiado á la hermosa niña, que afligida y llorosa, iluminada por la pálida Diana, ostentaba celestial belleza. Vestida de blanco, sencilla, angelical, su endeble esbeltez daba á su figura misterioso encanto. Dos hermosos claveles rojos se destacaban entre sus negros cabellos. Gonzalo contemplaba aquellas flores con amante afán.

—¿Qué miras? — preguntó ella al fin, extrañando su silencio.

—Estos claveles rojos que adornan tu cabeza, y cuyos colores palidecen ante el rojo de tus labios.

—Los claveles rojos son mis flores predilectas, desde que tú por medio de ellas me declaraste tu amor.

—Dame una de estas flores, Leonor amada, te lo suplico,—dijo Gonzalo con apasionado acento.

—¿La deseas?

—Sí; al despedirme quiero llevarme esa flor que tú prefieres á todas. En medio de los azares de la guerra, y marchita su lozanía, aún me recordará el dulce encanto de esta noche inolvidable.

—Toma,—contestó ella alargando el clavel al mancebo, á través de la reja.—Desde que te amo tengo en el jardín claveles rojos, siendo ellos la única planta que cultivo con especial cariño.

No seguiremos á los dos amantes en su amorosa plática. Una hora después habían trazado mil planes halagüeños para el porvenir y se habían jurado cien veces amor eterno.

Cuando más embebidos se hallaban en su felicidad, algunas luces brillaron al final de la calle, á tiempo que partió un silbido de los soportales vecinos.

—Tu padre llega y me avisan,—exclamó el mancebo arrancado á sus sueños de ventura por la brusca realidad. —Adiós Leonor, no volverás á verme hasta que sea digno de tí.

El galán cogió entre las suyas las temblorosas manos de la doncella y al mirarla fijamente como si quisiera grabar en su alma aquella imagen querida, exclamó con acento de infinito amor:

—Júrame que esperarás mi vuelta, que no serás de nadie más que mía; júramelo, y parto tranquilo.

¡Tuya ó de Dios!—contestó solemnemente Leonor, alzando al cielo sus hermosos ojos llenos de lágrimas.

Gonzalo se separó de la reja precipitadamente.

Ya era tiempo.

El viejo hidalgo se acercaba á su casa y los hachones que sostenían sus servidores alumbraban vivamente la calle.

—¡Quién vive!—preguntó uno de los criados, viendo un bulto arrimado al muro.

Nadie contestó á la interpelación. Leonor cerró con precaución la ventana, Gonzalo se deslizó hacia la calle contigua, buscando el amparo de las sombras, y el hidalgo y su gente, por más que exploraron la calle, nada vieron ni supieron de lo que allí acababa de pasar.

Cuando la puerta del caserón giró perezosa sobre sus goznes para dar paso á la comitiva, y volvió á cerrarse con la misma lentitud, todo quedó envuelto en el más profundo silencio.

I I

Partió la flota para Argel á su debido tiempo y la enamorada Leonor quedó esperando la vuelta de su amante, dirigiendo al cielo fervientes preces para que se realizaran sus sueños de ventura.

Amaba y esperaba; á los veinte años, además de creer en la felicidad, todos abrigamos la convicción de que podemos hacernos superiores al destino que nos empuja con sobrehumana fuerza.

Cuando la joven alimentaba más lisonjeras esperanzas, dejándose arrastrar por venturosos ensueños, llegaron á España desconsoladoras noticias respecto á la suerte que había cabido á los expedicionarios. La triste doncella no tardó en saber que Gonzalo había muerto, y perdida la bella esperanza de su vida, la joven quiso morir para reunirse al hombre que tanto había amado.

Una gravísima enfermedad puso en peligro su vida, agotando los recursos de la ciencia; al fin venció la juventud, y cuando el padre de Leonor, loco de dicha, la vio entrar en el período feliz de la convalecencia, quiso hablarle de su porvenir, pero la joven le interrumpió diciendo que había resuelto encerrarse para siempre en un convento.

Vanas fueron todas las súplicas, inútiles las amenazas; Leonor tomó el velo en el convento de religiosas Concepcionistas descalzas, cuyo edificio se hallaba enclavado en los jardines propiedad del célebre Jacobo de Grattis, en las inmediaciones de la que hoy conocemos con el nombre de Calle del Caballero de Gracia.

Cuando las puertas del claustro se cerraron para siempre detrás de la afligida Leonor, la joven monja, murmuró por lo bajo, dirigiéndose á un ser invisible, cuya imagen no se había borrado de su corazón:

—¡Tuya ó de Dios!

I I I

Pasaron los años. Leonor se llamó en el convento sor María de los Angeles, y de su antiguo amor, de aquella pasión infinita que un momento embelleciera su vida, sólo quedó como recuerdo una mata de claveles rojos en un ángulo del jardín del convento, que la joven religiosa cuidaba con amorosa solicitud y especial cariño.

Cuando llegaba la risueña época de las flores sor María de los Angeles se complacía en adornar el Cristo que pendía de las desnudas paredes de su celda con los simbólicos claveles, poniendo asi á los pies del Salvador aquel triste recuerdo del amor mundano purificado por los consuelos del amor divino.

Un día la superiora recibió aviso de que se disponían á visitar el convento, el rey Felipe III y la reina D.ª Margarita de Austria.

La comunidad formada en dos hileras á la puerta del claustro recibió, orgullosa por la distinción, la regia visita, y confundida con las demás religiosas, hallábase sor María de los Angeles. Después que los soberanos descansaron breves instantes, la reina acompañada de la superiora recorrió el reducido edificio, enterándose minuciosamente de las práticas, á que se hallaba sujeta la orden. Cuando los monarcas se disponían á retirarse, por casualidad la reina se asomó á un mirador que daba al jardinillo, y fijando sus ojos en la soberbia mata de claveles que con tanto amor cuidaba sor María de los Angeles, exclamó sorprendida agradablemente:

—¡Que hermosos claveles!

La superiora, deseosa de complacer á la augusta señora, mandó cortar algunas de aquellas flores ofreciéndoselas á la amable soberana.

Margarita de Austria, que amaba las flores con pasión, aceptó en extremo complacida los claveles, mientras el rey preguntaba á la superiora de quienes eran las dos casas inmediatas al convento. No pudo la venerable religiosa complacer al monarca, pero Jacobo de Grattis, que como patrono del convento se hallaba presente, se apresuró á informar á Felipe III que pertenecían los dos edificios uno al arzobispo de Santa Fe, recientemente consagrado, y el otro al alcalde de casa y corte D. Francisco Solorzano.

De ambos nombres tomó nota el monarca y al despedirse los reyes de la comunidad, Margarita de Austria dijo sonriendo á la superiora mostrándole los claveles que conservaba en la mano:

—Tengo buena memoria, y procuraré en breve corresponder á vuestro delicado obsequio.

IV

Así fué en efecto. El rey y la reina, de común acuerdo, decidieron adquirir las casas lindantes con el convento para hacer donación de ellas á las religiosas, á fin de ensanchar su morada harto estrecha y mezquina. Antes de la visita regia las monjas concepcionistas vivieron completamente olvidadas y con una modestia que rayaba en pobreza, pero apenas circuló por la corte la noticia de que los monarcas se disponían á proteger la comunidad, á porfía todos los magnates quisieron erigir altares en el reducido templo.

Mientras tanto, el duque de Lerma, deseoso de complacer á la reina, se esforzaba en vano para adquirir las casas vecinas al convento, pero los respectivos propietarios negábanse á enajenarlas á pesar de la intervención de Jacobo de Grattis, que intentó hacer valer sus derechos como patrono en beneficio de las religiosas.

En vista de que el arreglo no llevaba trazas de resolverse favorablemente, el duque de Lerma anunció á la reina su propósito de trasladar las monjas á otra parte donde él pudiera edificarles un convento de nueva planta á sus expensas.

—No,—contestó Margarita de Austria, —el empeño no es vuestro, sino mío, puesto que estoy en el deber de corresponder al regalo de los claveles. Quiero que todo se arregle sin violencia alguna, y por lo tanto yo me encargo de ultimar el asunto.

Toda la corte se ocupaba en los famosos claveles que habían despertado tanta emulación, y el príncipe de los ingenios, nuestro inmortal Cervantes, describió en una composición poética la lisonja de los cortesanos acerca de aquellos claveles, añadiendo que cualquiera que fuese la solución del asunto, siempre los cinco claveles mejores guedaban dentro del convento, aludiendo á las cinco primeras fundadoras de aquella santa casa.

A instancias de la reina reuniéronse en la real cámara el arzobispo, el conde-duque de Lerma y el alcalde Solorzano, y recurriendo la soberana á su genial travesura y á un rasgo de diplomacia perfectamente femenina, anunció al arzobispo su inesperada promoción á primado de Indias, y al alcalde de casa y corte su nombramiento de consejero de Castilla.

Cuando ambos señores, sorprendidos ante tan señaladas mercedes, murmuraban palabras de agradecimiento, la generosa princesa les interrumpió diciendo:

—No me deis las gracias por vuestros nombramientos, porque yo á mi vez tengo que pediros un favor.

El arzobispo y el alcalde se inclinaron profundamente.

La reina cogió de encima de una mesa los célebres claveles que le regalaron las monjas concepcionistas, y entregando uno al alcalde y otro al arzobispo, añadió sonriendo:

—Ahí tenéis, al par de los nombramientos, un clavel cada uno, en memoria mía. Ya sabéis que toda la corte se ocupa de estas flores; las tengo en singular aprecio, y al haceros partícipes del regalo, espero que vosotros no desairaréis mi mediación, accediendo desde luego, á secundar la piadosa obra de ensanchar el convento.

—También para nuestro celoso servidor, el duque de Lerma, reservo una de estas flores, en recompensa de sus activas gestiones, —prosiguió

Margarita de Austria, ofreciendo otro clavel al duque, y ahora decidme los tres si puedo contar con vuestra ayuda.

Los magnates se pusieron desde luego á la disposición de la reina, y obligados por la esplendidez de ésta derribaron sus respectivas casas, construyendo el arzobispo á sus expensas la capilla mayor de la iglesia con parte del convento, y el alcalde de casa y corte el crucero del templo. Siendo necesario para terminar las obras abrir una calle que comunicaba con la del Caballero de Gracia, y la de las Infantas, en memoria de las famosas flores que tanto habían dado que hablar á los desocupados cortesanos, se la denominó Calle del Clavel, con cuya nombre aún subsiste en nuestro siglo diez y nueve.

V

Sor María de los Angeles debió quedar satisfecha del fin providencial á que fueron llamados los claveles rojos, que le recordaban su desgraciado amor.

El favor real de que disfrutaba el convento fué en aumento paulatinamente, hasta llegar la comunidad á un estado de prosperidad y abundancia que á las mismas religiosas parecía un sueño cuando le comparaban con su anterior escasez.

Andando el tiempo, murió la antigua amante del infortunado Gonzalo, pero las religiosas concepcionistas, deseosas de perpetuar el recuerdo de la hermosa flor á la que debieron su fortuna, cuidaron siempre de conservar en el jardín del convento claveles rojos, sin sospechar nunca que el verdadero origen de su elevación le debían ¡ellas, cándidas esposas del Señor! Al misterioso y triste recuerdo de un amor mundano.

Sor María de los Angeles llevóse á la tumba el secreto de su predilección por los simbólicos claveles, con los cuales sus compañeras de clausura se complacieron en adornar la modesta sepultura de aquella víctima del amor que fué causa inocente del engrandecimiento y fortuna de las religiosas concepcionistas madrileñas.

JOSEFA PUJOL DE COLLADO.

Publicado originalmente en:

La Ilustración Ibérica

Números de los días 26 de septiembre y 3 de octubre de 1885.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s