LOS AZOTES DE SAN SIMÓN. (HISTÓRICO)

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Me lo contó un bravo militar, que ya no existe, dándome palabra de honor de ser verdad en todos sus detalles.

El cuento, pues, no es mío; yo no pretendo más que darle forma literaria; si ficción hay, que no lo creo, pertenece ésta á un coronel peruano que murió luchando con denuedo contra los chilenos, en los campos de San Juan, el 13 de enero de 1881.

Llamábase Buenaventura Aguirre; era pequeño, grueso, bastante feo, con un defecto en la vista y que más se inclinaba á la conquistada que á la conquistadora, pero muy oportuno y gracioso, á la vez que caballero cumplido.

Como un valiente, como lo que era, sucumbió, y al recordarle hoy, evocando historias y cuentos del continente americano, me parece tenerlo á mi lado, refiriéndome costumbres de los indios, entre los cuales se había criado, y enseñándome canciones quichuas, que cantaba muy mal, pero con mucho carácter.

Que el hecho era cierto, decía seriamente, y que todavía recordaban, temblando, las carnes de sus posaderas, las rajaduras del látigo, puesto que él y un hermano suyo habían participado de la azotaina.

*        *

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La cosa ocurrió en Puno…

¡En Puno!… Permíteme, lector, que antes de explicarte el título que he puesto á la cabeza, te hable un poco de la capital de este departamento del Perú, siquiera sea para que rías á mi costa, leyendo las peripecias que allí me ocurrieron.

Está la ciudad de Puno situada 155 leguas al SE. De Lima, y á la respetable altura de 3915 metros sobre el nivel del grande Océano.

Llueve allí, ¡qué horror!, con furia tan espantosa, que el más torrencial de nuestros aguaceros de tormenta, de esos que duran pocos minutos felizmente, es una lloviznita, si se la compara con aquel baldeo celeste.

Pero en cambio, comienza á las doce del día, poco más ó menos, y no lo deja hasta que sale el sol á la mañana siguiente; eso sí, sale y luce el astro espléndidamente hasta… las once y media; después vuelta á comenzar de nuevo la lluvia.

Este trajín se traen en Puno las nubes seis meses al año, pues los otros seis meses entran los hielos en turno, y es de ver cómo se chupa uno los dedos del frío y hasta se chuparía las orejas y la punta de la nariz si pudiera alcanzarlas.

Bajando, bajando un día entero en ferrocarril, llegamos á Puno á fines del mes de enero de 1877.

Si después de bajar tanto nos encontrábamos á la respetable altura de 3.915 metros sobre el nivel del mar, figúrate lector en dónde habríamos pasado la noche; aún diciéndote que en el sotabanco (léase quinto piso) del palacio atmosférico, ten por seguro que nada pongo de mi cosecha.

Fué el hoy departamento de Puno, en tiempos del coloniaje la ubre metálica más productiva para la corona de Castilla; pues considerando que solamente las minas de Carabaya produjeron á España 33 millones de pesos fuertes, cantidad que representa el doble por aquello de que en todas las épocas ha sido el vil metal castigado con infundios y chanchullerías, debemos pensar que se trataba de un terreno inmensamente rico.

Conserva allí la tradición el recuerdo de una Josefa (no me atrevo á llamarle Pepita) de oro nativo, que pesó más de cien libras; afectaba la forma, no muy bien dibujada, de un caballo, y fué remitida al señor Carlos V, como muestra de lo que producían aquellas tierras, que jamás visitaron los reyes, sus dueños, y ¡Dios no les tome en cuenta tamaña necedad!

Una bola, de oro también, de las propias minas de Carabaya y del tamaño de una cabeza humana de las más desarrolladitas, vino consignada á Felipe II, y no sé qué habrán hecho con aquellos recuerdos el bilioso señor del Escorial y su padre el tétrico relojero del monasterio de Yuste.

Era Puno, cuando yo lo he visitado, lo que debe ser hoy: un poblachón feo y destartalado; pero gracias á su situación, que le hace llave de Bolivia por ese confín, no carece de importancia, mucho más si tenemos en cuenta el gran comercio de lanas de alpaca y vicuña que hace con el exterior y la cantidad de ganado que apacenta en sus montañas. Corónanle éstas por una parte y báñale por otra el grandioso lago Titicaca, del que no me ocupo hoy, reservándolo para ocasión más en punto.

Llegamos á Puno á las cuatro de la tarde; y excuso decir que las cataratas del firmamento se portaban como de costumbre, sabiendo que nos encontrábamos en el invierno húmedo, como llaman allí á los seis meses de lluvias para distinguirlos del otro invierno, al cual denominan seco.

En la estación había muchos indios, y maldito el caso que nos hacían cuando les rogábamos que cargasen con nuestras maletas.

Mi compañero de viaje estaba de humor detestable á causa de una fluxión á la boca, y tenía yo por consiguiente que entendérmelas con aquellos condenados, que no hacían más que mirarme y reír, pero sin coger las maletas que les alargaba.

Hablaban los unos quichua y los otros aymara, pues que las dos razas se mezclan en Puno; pero ni una palabra entendían de castellano, cosa que me desesperaba tanto en aquellos momentos, como me hubiera divertido en otra ocasión.

De unos en otros íbanse dando aviso, y pronto observé que era yo el objeto de su admiración y de sus risas.

Supuse que mi traje pudiera ser la causa de la persecución de que me hacían objeto, y la verdad es que pensándolo bien era un poco llamativo para una población del interior, en donde la moda va siempre con paso tardo.

Ibamos de Chile, y allí andaba el último figurín corriente y al día con los caprichos de Francia. Consistía, pues, mi atavío de touriste en un traje á grandes cuadros obscuros, de forma entre griega y judía, con gorra de la misma tela y una larguísima capa de paño gris con capucha de terciopelo negro, cuya punta, rodeada con grandes cordones, bajaba hasta el borde.

«Es indudable, me decía, el traje asusta á estos diablos.»

Cogimos nuestras maletas para transportarlas nosotros mismos, y lo propio tuvieron que hacer los demás pasajeros.

No hubo medio aquella tarde de hacer que nos sirviesen los indios.

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Eva Canel

Nos informamos de que había un hotel en la plaza y allá nos encaminamos, cargados como mozos de cuerda y aguantando la lluvia, que ya nos había llegado á lo vivo.

¡Cuál no sería nuestra rabia al ver que los indios nos seguían en tropel, mirándome siempre, riendo estúpidamente y hablando entre sí, como si se comunicasen algo que les espantaba!

El trayecto desde la estación á la plaza era muy largo; y en todo él no dejó de correr la gente y avisarse los unos á los otros para que saliesen á las puertas y á las ventanas.

«Decididamente no es el traje, pensé, porque ya no son los indios los que me miran y se ríen; veo señoras que hacen lo mismo, y esto me da que pensar.»

¿Qué diablos sería?

Después de mil fatigas llegamos al hotel de Serafini, un italiano, casado con una chola boliviana, cuya suciedad y desidia eran proverbiales en todo el alto Perú.

Pedimos un cuarto; nos dieron una sala grande, negra, destartalada y más fría que la misma cordillera, cuyo solo recuerdo nos hacía dar diente con diente.

El agua arroyaba por nuestras personas entre cuero y camisa; y lo que era peor, no había esperanza de poder mudarse: habíamos dado orden de trasladar el equipaje desde la estación al vapor en que debíamos cruzar el lago al siguiente día, y la cosa no tenía remedio.

«Nos acostaremos aunque sea sin comer,» dijimos.

Descubrí las camas y me asusté. Tenían sábanas, ¡sí que las tenían!, pero tan rotas y negras, que volví á tapar precipitadamente temiendo que saliesen sapos y culebras.

Díme á cazar por el intrincado caserón á la esposa de Serafini con ánimo de hacerle los ojos dulces para lograr que me cambiase la ropa de la cama; y cuando después de cruzar patios y corredores dí con sus greñas en la cocina, ¡qué cocina!, me dijo que no le era posible complacerme porque no tenía más ropa que aquélla.

Le doy cinco soles (duros) si me cambia las sábanas.

Pero si no tengo.

Pues le doy un cóndor chileno (moneda de oro del valor de diez duros).

Ya en el Perú no se veía más que papel, y papel que comenzaba á despreciarse, por lo cual la perspectiva de una moneda de oro, y moneda tan apreciada como el cóndor, hizo que la chola aguzase el sentido.

En fin… buscaré… veré si encuentro algo.

Volví á mi habitación para infundir ánimo en mi enfermo, y cuando creí encontrarlo medio muerto por el frío, la humedad y los dolores, vi con asombro… que no lo veía por ninguna parte.

Lo llamo inútilmente: no me contesta.

Recorrí de nuevo la casa y nadie podía darme razón, hasta que alarmada sin saber qué pensar, se me ocurrió abrir el balcón de un largo corredor que daba á la plaza, y le encontré sentado en una silla coja, creo

que era la única que tenía nuestra sala, contemplando las gradas de la catedral, que estaba precisamente en el otro extremo frente al hotel.

¿Qué haces aquí con este frío? ¿No estás bastante remojado todavía?

Estaba mirando ese atrio y figurándome ver á los Pizarros, Almagros y Maldonados pasear, haciendo sonar sus espuelas y con la mano en el puño de la espada.

Llévete el diablo con tus idealidades, dije furiosa por su lirismo, cuando yo andaba ocupada en cosas tan prosaicas.

Nos llamaron á comer; y como las sábanas no parecían y por lo tanto no queríamos acostarnos, bajamos al comedor.

Allí estaban nuestros compañeros de tren aguardándonos y gozando ya con la sorpresa que habíamos de recibir al ver el servicio de una mesa larguísima y derrengada.

El mantel era dibujado á la aguada sobre un lienzo muy negro: algunos cuchillos no tenían mango, otros tenían, media hoja solamente; las vinagreras estaban tumbadas de babor; de los tenedores, ostentaba dos dientes el que más; y por último, no nos fué posible encontrar un plato que no estuviese desportillado.

Los camareros estaban también en carácter; un rebañito de chiquillos muy listos, tan listos como zafios, hijos todos del italiano y de la chola, nos oían hablar y reír burlándonos del servicio, pero seguían imperturbables atendiéndonos con diligencia y buena voluntad.

Aquello había que tomarlo á broma.

Terminada la comida écheme de nuevo á buscar á la dueña para ver si lograba las sábanas limpias, pues ya nos era imposible resistir por más tiempo la ropa mojada.

Como todo llega, también llegó la señora de Serafini con algo que me llenó de gozo, porque divisé tela blanca doblada.

No he podido encontrar más que una, me dijo; pero traigo un mantel, que como está lavado puede servir lo mismo.

Olí las piezas para convencerme que estaban del agua, y di gracias á Dios por tener algo limpio en que acostarme, aunque fuese un mantel y me costase tan caro.

Este era el mejor hospedaje que en aquel entonces podía ofrecer Puno al viajero; pero á los ocho meses, á mi regreso de Bolivia, se complacía otro fondista, que no era Serafini, en hacerme ver el mismo edificio convertido por él en hotel confortable.

Nos embarcamos al día siguiente á las once de la mañana, pues aunque no debía salir el vapor hasta la marea de media noche y con la luna, no queríamos aguardar en tierra el aguacero. Sin embargo, comenzaron á caer gotas gruesas cuando íbamos para el muelle, y por cierto que me alegré mucho de este contratiempo que nos proporcionó un curioso espectáculo.

Tan pronto caía una gota de agua en el suelo, saltaba un diminuto sapo; y como las gotas menudeaban, eran tantos los sapitos que á nuestra vista brincaban alegres, que asegurábamos, y nadie nos apeaba del burro, que en Puno caían sapos de las nubes.

Los últimos pasajeros que llegaron á bordo á las doce de la noche, me explicaron el porqué del alboroto que mi presencia había producido entre los indios y los que no lo eran.

Llevaba yo flequillo recortado sobre la frente, moda que no había hecho su aparición todavía en aquellas alturas y que á mí salida de Chile acababa de ser importada; hasta entonces solamente los frailes habían usado por aquellas tierras tan raro peinado, y de ahí la admiración y extrañeza con que me miraban, creyéndome un leguito vestido de niña.

Alguna de mis lectoras supondrá que exagero; pues en mi ánima juro que he dicho la verdad purita.

*        *

*

Volvamos ahora al cuento del coronel, ya que hemos dado una idea de la ciudad en que los azotes de San Simón fueron aplicados.

Había en Puno, allá por el año 40, un maestro de primeras letras, patriota exaltado que se había batido por la independencia á las órdenes del gran Bolivar, y que sentía por éste veneración rayana en culto idólatra.

Apenas sabía enseñar otra cosa ño Pepito (señor Pepe), que lecciones de buena crianza, para lo cual era muy escrupuloso y puesto en puntos; pero en cuanto á instrucción, ¡válgame Dios! qué deficiente era la que podía dar á los chiquillos púnenos el antiguo soldado de la patria.

Era un hombre bonísimo; de carácter tan dulce, que los muchachuelos hacían de él mangas y capirotes, mientras no cometían algún atentado contra la cortesía; pues tocante á esto, como un discípulo faltase á la corrección y á la etiqueta, de las cuales era esclavo ño Pepe, le sacaba tiras del pellejo, á punta de látigo bien sacudido.

Leía á tropezones; escribía muy mal y no sumaba tres unidades sin equivocarse; mas á parte de estas pequeñeces resultaba un preceptor excelente, porque hacía del chiquillo más diablo un caballerete con ribetes de moral cristiana, inculcada á fuerza de discursos interminables y laberínticos.

Este era el fuerte de ño Pepito: á cada triquitraque mandaba que cerrrasen los libros, y se arrancaba con una homilía digna de más formal auditorio, ó con un trozo de historia peruana y aun universal muchas veces, porque en esto sí que no era lego el dómine patriota.

Tenía el hombre asombrosa facilidad de palabra, y cuando estaba de vena porque le inspirase un asunto, hablaba tan bien y tan de corrido, que nadie escuchándolo pudiera creer que, leyendo, tartamudease de la pícara manera que lo hacía.

Ninguno de los discípulos de ño Pepito pasaba de los diez años, pues dicho se está que en cuanto tenían edad para ello, los mandaban sus familias á Lima ó Arequipa para que supiesen algo más de lo que el ex soldado podía enseñarles. Como de costumbre, entraron una mañana los chicos en la escuela, alegres y contentos, saludando al maestro con el filial cariño que le profesaban. Pero ¡cuál no sería el asombro de las criaturas, al ver que les contestaba airado, sin mirarlos y tan pensativo que cualquiera diría se le acababa de morir el ser más querido que tuviese en la tierra!

Pasó la mañana con alternativas, y tan pronto parecía que dulcificaba el acento, como gritaba desaforadamente por la más mínima cosa.

Los niños, que no estaban acostumbrados á tales excesos, temblaban de miedo sin atreverse á rechistar; pero niños al fin, en cuanto salieron á la calle olvidaron el mal humor del maestro y volvieron á la tarde como si tal cosa.

Entonces ya no era ño Pepito un hombre, era una fiera.

Hoy no se estudia, dijo después de pasar lista para cerciorarse de que no faltaba ninguno y de cerrar herméticamente puertas y ventanas.

Los chicos comenzaron á desasosegarse, y los más entendiditos presumían que podía haberse vuelto loco de remate.

Encendió el maestro un velón, y una vez que la estancia quedó con la luz mortecina del grueso pábilo que daba más humo que llama, gritó con voz estentorea:

¡Calzones abajo!

Los muchachos no se movieron; digo, sí se movieron, porque se echaron á temblar como si estuvieran azogaditos, pero ninguno llevó la mano á la pretina para obedecer el mandato.

¿No habéis oído? He dicho que os quitéis los pantalones.

En aquellos momentos estallaba sobre Puno furiosasa tempestad, pero más asustaba á los chicos la que se cernía sobre sus caritas posteriores.

A ver si obedecéis, dijo ño Pepito, cogiendo un látigo nuevo con muchos ramales de finas correas, que los discípulos no habían visto nunca, porque el que de vez en cuando empuñaba con suavidad, valgan verdades, no era de tanto castigo.

A la vista del feroz instrumento, se apresuraron las criaturas á bajarse los pantaloncitos, y comenzaron á llorar con gana, sin que el maestro hiciera nada por tranquilizarlos.

Por el contrario, parecía que sus llantos le regocijaban.

No se contentó ño Pepito hasta que sacaron perneras; y como ninguno llevaba calzoncillos, quedaron todos con las camisitas menguadas, que no cubrían ni el sitio en donde las madres castigan poniendo la palma de la mano.

Cuando hubieron quedado desnudos, comenzó el maestro, convertido aquel día en verdugo cruel, a latiguear en los angelitos; pero con tal fuerza, que al que cogía por derecho le rajaba la piel; y al cabo de una hora que, fatigado ya, puso termino á la salvaje azotina, corría la sangre de las tiernas víctimas, y algunas se veían, faltas de fuerzas, tendiditas en el suelo.

La tormenta seguía furiosa en las nubes, y ahogaba los desesperados gritos de los colegiales, ño Pepito había vuelto á sentarse en su antiquísimo sillón de vaqueta y á tomar la casi fúnebre actitud que tenía por la mañana.

Conforme recobraban las fuerzas, iban los niños vistiéndose y suspirando, y hasta la hora de salir continuaron en aquella triste semiobscuridad sin que el maestro despegase los labios.

Por fin les dijo:

Cuidado con que me falte mañana ninguno, y si contáis en casa lo que aquí ha pasado, os prometo que se repetirá la escena. ¡Ay del que lo diga!

¡Qué lo habían de decir! ¡Angelitos! Casi todos se fueron á la cama sin cenar, pretextando no tener gana y negándose á contestar cuando les preguntaban qué tenían.

A la mañana siguiente iban para la escuela tiritando de miedo; pero ¡cuan agradable no sería la sorpresa que recibieron al ver que ño Pepito los aguarda con los brazos abiertos y colmándolos de caricias.

Sentaos, hijos míos, sentaos, les dijo; necesito explicaros el sagrado misterio que encerraba ayer mi conducta: cuando lo sepáis, me daréis la razón, porque en vuestros corazones, aunque muy tiernos, he inculcado la veneración por nuestros héroes; porque han dado libertad á la patria y han hecho libres nuestros esclavos hogares.

La oratoria, como se ve, tenía casi tanta fuerza lógica como la azotaina.

¿Sabéis qué día fué ayer, hijos de mi alma? Ayer, 28 de octubre, día de San Simón, fué el santo de nuestro libertador, del gran Simón Bolivar.

Vosotros, hijos míos, no tenéis suficiente conciencia de su grandeza ni de cuánto le debemos; por eso no podíais celebrarlo dignamente más que de una manera: llorando su muerte.

¿Y cómo habíais de llorarla sin sentirla? ¿Y cómo habías de sentirla, si no sabéis todavía cuánto hemos perdido con perderle?

¡Acordaos siempre del día de ayer, mis queridos niños; acordaos para celebrarlo con algún sacrificio que más padeció por nosotros aquel grande hombre; no lo olvidéis: 28 de octubre!…

Y tanto como se acordaron.

Al año siguiente todos hicieron novillos.

EVA CANEL

Publicado originalemente en

La Ilustración Artística Barcelona 20 de octubre de 1890

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