Una de esas.

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Una de esas.

—Mira qué hermosísima mujer viene hacia nosotros.

—Muy hermosa, en efecto… Pero pasemos á la otra acera, que no la quiero saludar.

—¿La conoces?

—Si. Por eso, porque la conozco.

—¿Te ha ofendido, acaso?…

—No, pero me es muy antipática,

—¡Caramba! pues serás el único á quien no le guste mujer de tan bizarro aspecto. ¿Quién es?… ¿Cómo se llama?… Supongo que será casada ó viuda.

—Se llama Inocencia, y es casada.

—¿Y su marido?

—Su marido está ausente por catorce años.

—¡Qué ausencia tan favorable para un conquistador afortunado! ¿Has pretendido galantear á esa mujer?…

—¿Yo? Dios me libre de tan mal pensamiento.

—Pues ¿qué especie de mónstruo es esa mujer tan hermosa?…

—¿Quieres saberlo?…

—Ya lo creo. Me has puesto en gran curiosidad.

pa769—Pues oye. Pepe—Pepe es su marido—la conoció en un baile de máscaras en el teatro Real, un baile de beneficencia, al que concurrió la flor y nata de la sociedad madrileña. Pepe se prendó de su elegante y distinguido porte, de su agudo ingenio, de aquellos ojos cuya mirada relampagueaba bajo la finísima careta, y á ella sin duda, la enamoró Pepe, que era un joven simpático y buen mozo y muy perito en el arte de agradar á las mujeres. Del baile salió completamente loco; ella le había indicado los nombres de varias personas que podrían presentarle á sus padres, y ocho días después, Pepe hacía su primera visita, á aquellos señores. Parecíale á Pepe y á todo mundo que los padres de Inocencia se hallaban en excelente posición.

El padre, hombre político de tercera ó cuarta fila, bullía mucho, frecuentaba el Congreso por haber sido diputado años atrás por influencia de un personaje ya difunto, escribía de vez en cuando algún articulo en son de apasionada censura ó de elogio desmedido relativamente á las poderosas Compañías industriales, figuraba en candidatura para concejal ó diputado provincial, ó altos cargos retribuidos, y recibía en su casa bastante gente, atraída por la amabilidad de la señora, la gracia y gentileza de la hija y la franqueza y cordialidad del hombre político, que se daba aires de influyente cerca de los Ministros y de amigo de todo el mundo visible.. Nadie sabía á ciencia cierta en que consistía el haber de D. Perfecto de Albur y Gallo, y muchos sospechaban que precisamente sus apellidos paterno y materno tenían singulares conexiones con el origen de sus recursos. Lo cierto es que en casa de D. Perfecto se notaban todas las señales de la holgura, porque la hija era una de las señoritas más lindamente ataviadas, y la madre y ella frecuentaban los teatros y los paseos, y tenían dos criadas y criado, y el cuarto de la calle del Príncipe en que vivían no costaría menos de veinte mil reales.

Pepe fué muy bien recibido; á la mamá le hizo mucha gracia por su carácter franco, por su animada y agradable conversación, y al papá le pareció un mozo que iría lejos, porque tenía desparpajo y buen aire, y hablaba de todo con sin igual desembarazo, y se mostraba conforme con las ideas políticas de D. Perfecto, que era un gran liberal, pero de orden, eso si, de mucho orden…

Al cabo de seis meses, Pepe, que disfrutaba un modesto destino en Hacienda y acababa de lograr un ascenso, quiso ascender también de novio á marido, y pidió con la mayor formalidad la mano de Inocencia, que le fué otorgada. Y entonces supo que la novia no tenía dote, pero estaba demasiado enamorado para que le contrariase una pequeñez semejante.

—Usted—le dijo D. Perfecto—es joven, inteligente y listo, y tiene un gran porvenir. Hay que saber vivir en el mundo no ser encogido y pusilánime, mirar siempre alto y hablar gordo, no achicarse jamás y no mamarse el dedo. Yo seré diputado otra vez un día ú otro, y si no se hubiera muerto aquel grande hombre que me trajo al Congreso en una elección parcial, dos semanas antes de cerrarse las Cortes, crea usted que á estas horas ya me habría calzado con una cartera. Pero no tenga usted cuidado, que todo se andará.

Eso sí, D. Perfecto en aquella circunstancia tuvo sin duda la protección decidida de sus dos apellidos, porque puso una casa muy mona á los novios, con muebles elegantes, y vistió á Inocencia con la mayor esplendidez. De suerte que cuantos tuvimos la fortuna de asistir á la boda, quedamos persuadidos de que era el padre hombre de recursos sobrados y de bastante buen gusto. No he visto nido nupcial más bello que el entresuelo de la calle del Prado en que se instalaron Pepe y su mujer, después de un gran banquete con que D. Perfecto celebró en su casa el fausto acontecimiento.

Por cierto que formaban una gentil pareja Inocencia y Pepe, y daba gusto verlos en el teatro los primeros días, cuchicheando como dos tiernísimos enamorados, y luego en Viena tomando el chocolate con bizcochitos, y dándose sopitas de la manera más encantadora que pueden ustedes imaginar. ¡Y qué elegante y bizarra y distinguida siempre la señora! Comprendíase que Pepe estuviera orgulloso de presentar en público tan soberana hermosura.

pa755El verano lo pasaron en San Sebastián, y en el invierno siguiente me los encontré en el Real. Dijome Pepe que habían tomado abono, porque Inocencia no podía pasar sin ópera, y le felicité suponiendo que se hallaba bien de dinero; pero no quiso dejarme en este error, y me confesó que estaba más apurado que nunca, y que para el abono habíase visto precisado á tomar dinero de uno que lo daba… al cinco por ciento al mes. A este y otros sacrificios le obligaba el amor que profesaba á su mujer, que era la más bonita de Madrid, á quien no se atrevía á contrariar negándole la satisfacción de sus caprichos.«—pues hijo—le dije—ten cuidado, porque vendrá á ser un problema insoluble el de satisfacer todos los caprichos que pueda tener tu mujer, si no cuentas con todo el dinero que cuesten.» Y Pepe no pudo contener un suspiro con que claramente me declaraba cuánto le preocupaba ya la solución del pavoroso problema de que yo le había hablado. Quiso aquella noche que les acompañara á cenar después de la función, porque Inocencia, muy desganada, me dijo, en su casa, únicamente á las altas horas de la noche sentía apetito. Desde el teatro Real fuimos á Fornos; allí, en gabinete particular, Inocencia pidió cosas tan caras como indigestas á tales horas, y ella y su marido saborearon con deleite las ricas ostras de Arcachón, el sabroso jamón crudo, los frescos langostinos, el biscuit glacé, el Sauterne y no sé cuántas cosas más de comer, beber y arder: total veinticinco pesetas con la propina; por donde calculé que si sólo en cenar se gastaba Pepe veinticinco pesetas, la vida le debía salir por una friolera.

Muchas veces encontré á Pepe solo ó con su mujer, y siempre los hallé tan bien aderezados como de costumbre, y otra noche, en el teatro, ví en las diminutas orejas y en la muñeca y en el pecho de Inocencia deslumbradores brillantes que, aunque soy poco perito en cosas de joyería, me pareció que debían valer un dineral. A la salida vi como Pepe é Inocencia montaban en una elegante berlina. Pepe me dijo:«—Hemos tomado un medio abono.» Con lo que no pude menos de sospechar que la fortuna había concedido sus favores á mi amigo, y me holgué de ello, para sostener su lujo tan desacorde con sus medios conocidos pero, por otra parte advertí con pena que Pepe estaba muy desmejorado. Su rostro palidecía, sus ojos parecían fatigados por el insomnio, y en su sonrisa, antes franca expansiva, había así como ironía ó amargura, y en su manera misma de expresarse, chocábame una volubilidad singular, así como si su pensamiento no estuviera acorde con sus palabras. Y en la bella Inocencia advertí así mismo una estudiada gravedad con que, sin duda, pretendía dar á entender la mayor importancia que le daba su cambio de fortuna.

p730Pasó bastante tiempo sin que volviera á hablar con Pepe ni con Inocencia. Los solía ver en berlina ó en victoria en los paseos, y en palco en los estrenos de los teatros, y algunas veces leía en La Correspondencia que habían asistido á tal ó cual fiesta, ó que el inteligente funcionario don José Bobín, que este apellido tenía Pepe, había hecho esto ó lo otro, con aplauso de sus jefes, y todo en beneficio de la Administraci6n pública, en que, al parecer, era sumamente entendido el esposo de Inocencia.

Un día encontré al suegro y le pregunté por Pepe.

—Ese—me dijo—está como quiere. Ya dije yo cuando le conocí que era un mozo listo. No se limita sólo al empleo como uno de tantos empleadillos vulgares que con el sueldo pelado tienen hambre para hoy y

necesidad para mañana. Él, yo no sé cómo se las compone, pero que gana dinero es evidente, porque para vivir como él vive no se gasta menos de cinco ó seis mil duros al año, y me quedo corto.

—Se dedica á los negocios con fortuna, por lo visto.

—Yo no sé fijamente á que se dedica porque él es muy reservado; pero en verdad digo á usted que le reconozco una habilidad prodigiosa, porque, mire usted, á sacar dinero aunque sea de las piedras creí que no habría quien me ganara, y él me gana. Mi hija Inocencia no pudo dar con mejor marido que Pepe. Ella, tan aficionada al lujo y tan exigente en esta materia, lo habría pasado muy mal con marido menos experto en el arte de hacer dinero. Así está ella de contenta y satisfecha. Yo sí que no estoy contento.

—¿Pues qué le pasa a usted? pregunte á don Perfecto.

—Que el Gobierno me entretiene sin darme el distrito para ser diputado. Ya se ha hecho elección parcial en tres, y siempre me dicen que en el primer distrito que resulte vacante. ¡A un hombre como yo! Al

fin tendré que enseñar las uñas al Gobierno.

Y las tenia muy sucias D. Perfecto.

—Aquí—continuó—hay que hacerse temer, y si no, está usted perdido.

—Usted, que no yo, amigo D. Perfecto—le dije porque no tengo tan altas aspiraciones como usted.

Y nos despedimos.

Tres años duró la buena fortuna de Pepe, y en este tiempo, á pesar de las mayores venturas que aparentemente disfrutaba, perdió su agradable carácter, nublóse su frente, se entenebreció su mirada, palidecieron sus labios, y ya no era el hombre simpático, alegre y regocijado á quien tanto querían sus amigos, sino un joven aviejado, taciturno y sombrío, ensimismado y receloso. Y formaban un contraste singular él y su mujer, que cada día se presentaba más risueña y más fastuosa y más preciada de su hermosura y de su lujo.

Pero todo aquel bello edificio de ficticia felicidad vino á tierra en menos que tardo en contarlo. La Correspondencia publicó una noche un suelto en que anunciaba haberse descubierto una grave irregularidad en la Administración pública, y que para ocultarla se habían suplantado cifras, falsificado firmas, sustituido nombres; en fin, se habían cometido graves delitos, todo con una habilidad extraordinaria; pero no había sido tan completa la habilidad que no quedase al descubierto la torpeza del delincuente; que por ley providencial, quien comete una mala acción con todas las precauciones y todas las astucias más refinadas, siempre ha de olvidar un detalle por donde se descubre lo que hizo. Publicaba el periódico además las iniciales de los que habían perpetrado el delito, y las de uno de ellos correspondían al nombre y apellido de mi pobre Pepe, de quien decía que había desaparecido.

—Pero ¿fué habido?

—Sí, Pepe fué preso cuando iba á embarcarse para América. Interpusiéronse en su favor grandes influencias, pero no hubo manera de evitar la condena. Pepe, hombre de buenos sentimientos, de nobles y elevadas ideas, hijo de honradísimos padres, á quien todos creíamos incapaz de cometer una acción fea, y lo era, en efecto, antes de casarse con Inocencia, cayó tan bajo y se perdió para siempre por no haber tenido energía bastante para obligar á su mujer á la vida de la modestia y de la honradez, por haber cedido á sus caprichos y á sus exigencias, mostrando una debilidad indigna de un hombre bien nacido. Y ella, luego que vio a su desventurado marido bajo el peso de la fea y grave culpa (él mismo me lo dijo con lágrimas en los ojos), no tuvo para él una frase de piedad, no se confesó culpable tanto ó acaso más que él; pero sí tuvo la crueldad de quejarse de su propia desgracia, no de la tremenda que afligía al preso. Mientras duró aquella locura de escandaloso despilfarro, mientras recibió de su marido regalos costosísimos y gozó el producto del abominable delito, no le preguntó por qué medios obtenía semejantes provechos, y de tal suerte la cegaba la soberbia y la vanidad, que le impidió ver en el rostro de su compañero la pesadumbre inmensa que le abrumaba, y si la vio, no trató de averiguar el misterioso origen de mudanza tan notable.

Yo despedí á Pepe cuando con otros criminales, custodiado por la Guardia civil, salió de la cárcel para el penal á que fué destinado. Sólo D. Perfecto, el padre que tan malamente educó á su hija, y yo fuimos á estrechar la mano del infeliz rematado. Apenas alboreaba el día. Pepe, sucio, demacrado, inclinada la hermosa cabeza sobre el pecho, ahogándole la vergüenza y el llanto, estrechó nuestras manos, y nos dijo:—«Decid á Inocencia que me perdone como yo la perdono; que piense que todo lo he hecho por ella sola, y por ella lo he perdido todo, todo lo que más ama el hombre, la honra y la libertad. Y ya que no me ama, que me compadezca.

—¡Pobre hombre!

—Hace un año le ví en el penal. Allí se utilizan sus servicios en la oficina, y se le estima por su humildad y su resignación.—«¿Y ella?—me preguntó.—Olvídala—le contesté.—No puedo, porque no puedo olvidar mi culpa. ¡Ay! amigo mío, ¿quien había de pensar la noche del baile en el teatro Real, que, en medio de fiesta tan brillante y seductora, loco de amor por aquella mujer de soberana hermosura, ponía el pié en la fatal pendiente que termina en este abismo de vergüenza y de dolor?…»

—Verdaderamente que es una triste historia la de tu amigo; pero, eso sí, su mujer es una hembra de primer orden.

—Pues, hijo, sentiría que te enamorases de ella.

—No tengas cuidado; además de que mis severos principios de moral me vedan codiciar la mujer del prójimo, una que ha hecho parar en presidio á su marido hay que verla y, si es tan bella y airosa como Inocencia, admirarla á muy honesta distancia.

CARLOS FRONTAURA.

Publicado originalmente en La semana cómica. 23 de enero de 1891.

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Un pensamiento en “Una de esas.

  1. Marijose Luque Fernández

    Artificios… apariencias..que se desean y no dan nada más que disgustos.. Cuantos viven así aún hoy día…. Ceguera, piel de lobo bajo el cordero…..la belleza que atonta y embauca, pero solo si uno se deja ….

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