ASUNCIÓN (EPISODIO DE LA INSURRECCIÓN CUBANA)

asuncion1ASUNCIÓN

EPISODIO DE LA INSURRECCIÓN CUBANA

Es positivo que las mujeres de América sienten de una manera extraordinaria; hasta la locura, hasta el heroísmo, hasta el sacrificio. El amor se arraiga en sus almas y estalla en sus corazones, abrasando sus ojos, cuyas miradas son los poemas más sublimes de las pasiones meridionales.

Asunción era una cubana de sangre ardiente, de espíritu superior, de un temple á toda prueba. Había sido su cuna humilde y había puesto su amor mucho más alto que su nacimiento y que su familia. Ella era mulata, mulata clara, hija de unos guajiros, criada en aquellas inmensas sabanas del Camagüey, arrullada por el gorjeo de las aves que se posaban en los árboles próximos al bohío en que vio por vez primera la luz del día. La mujer de color tiene indudablemente sus hermosuras, sus atractivos, su gracia, su encanto, su fisonomía expresiva y simpática.

Procura hacerse agradable, pensando que para muchos puede ser repulsiva, si no despreciable.

La mulata y la negra son recelosas, desconfiadas, temen siempre que no las aprecien, que no las quieran, que no lleguen á amarlas; pero, sin poder contenerse, dan rienda suelta á su corazón vehemente, y se apasionan con bastante facilidad.

Por esta y otras muchas cualidades, resultan dignas de consideración y de afecto.

Unase á esto que sienten en su pecho el heroísmo, y que a sus labios se asoman frases de acendrado cariño hacia la tierra en que nacieron.

Son patriotas y apasionadas; dulces en la palabra, como la caña de sus campos; extremosas en sus caricias; con los brazos abiertos al amor del hombre á quien aman; pródigas siempre en la ternura y el entusiasmo del sentimiento que las embarga.

asuncion3La mulata Asunción constituía un tipo acabado y perfecto en su clase; una morena de pura raza.

Se enamoró desde níña de un hombre á quien veía y hablaba todos los días, el cual hubiera dado por ella cien existencias que tuviese; como ella mil.

Era la enamorada, de unos ojos muy negros, que irradiaban toda la luz de un cielo sin nubes sobre su tez abrillantada y obscura; tenía por labios dos rosas, por dientes dos hileras de nácar, y por sonrisa un reflejo de la alegría de los ángeles.

El joven, andando los tiempos, fue oficial del ejército que combatiera más adelante contra la gente de Asunción. El padre, un hermano de ésta, todos los hombres de su familia se pusieron á las órdenes del cabecilla insurrecto Quintín Banderas, el famoso negro que con tanto encarnizamiento peleó en Cuba por la independencia de la isla.

Asunción, requerida de amores por una buena porción de insurrectos, obligada á seguirles y á alternar con ellos, se sostenía y luchaba entre la simpatía que sintiera por la causa que defendían los rebeldes y el sentimiento, superior á sus fuerzas, que por completo la dominaba; entre los suyos y el oficial Martínez García, á quien adoraba entrañablemente, como pudiera hacerlo un pagano al ídolo de su preferencia.

El bravo capitán, con escasa fuerza á su mando, operaba por aquellos alrededores. Quintín Banderas decidió aniquilarle, aprovechando al efecto una concentración de fuerzas que para entonces se había dispuesto.

Se marcó día, hora y sitio, para verificar un movimiento envolvente que iba á dejar sin vida ó sin libertad á los soldados valerosos mandados, con pericia y arrojo, por el ser á quien tanto quería la mulata Asunción.

Todo estaba ya preparado; se guardaba el mayor sigilo: el caudillo español, no podía preveer el golpe que le amagaba, ni librarse, por lo tanto, de una sangrienta derrota, á menos de que el cielo hiciera un milagro en su favor.

cuba3El milagro se realizó: avisado á tiempo por su amada, Martínez García, no sólo esquivó el desastre, sino que, merced á un plan atrevido, fue él, por el contrario, quien dio un golpe certero á los insurrectos, batiéndolos por completo, cercándolos en sus posiciones, sorprendiéndolos precisamente en el sitio donde pensaron ellos sorprenderle y dejar deshecha su fuerza.

Pero la pobre hija de Cuba no pudo perdonarse la falta que para con los suyos había cometido, cegada por el amor que profesaba á quien no tenía para ella más nacionalidad, más bandera, más ideales que ser el objeto querido, el amor sonado, el todo de su existencia.

En la refriega á que dio lugar la denuncia de la mulata, perecieron su padre y su hermano; en cambio, había salvado la vida de su amante, al que el jefe insurrecto tenía intención de hacer prisionero en la emboscada, para machetearlo inmediatamente, si no conseguían darle muerte en la lucha.

Asunción, después del combate, se presentó en el campo insurrecto, diciendo que iba dispuesta á vengar la muerte de sus infortunados compañeros, víctimas de una infame espía que comunicara el secreto de todos los suyos, por salvar la vida del oficial español á quien adoraba.

—¡Canalla, traidora, alevosa!—exclamaron á un tiempo todos.

—¡Maldita sea la hora en que nació esa mujer en Cuba!—dijo el cabecilla insurrecto:

—¡Maldita la que de una manera tan villana deshonra a nuestras sublimes mujeres, llenas de abnegación y de acendrado cariño á esta tierra!

—Os equivocáis compañeros. Si es culpable, no es tan indigna como parece. Si faltó por amor, se apresura á enmendar su yerro prestando un gran servicio á nuestra causa; lavando con otra delación de más importancia la suya: esa mujer soy yo.

—iMiserable!—exclamó el cabecilla insurrecto.

—Las fuerzas de ese terrible comandante Rodríguez, defensor del fuerte que impide nuestra salida de estos lugares, han sido mermadas y no tienen recursos. Yo conozco además el santo y seña de los refuerzos que estan esperando. La noche es muy obscura. Podéis fácilmente llegar hasta ellos y engaitar á los centinelas. Y ahora muero tranquila: matadme cuando queráis.

—El servicio que vas á prestarnos te salva.

—Pero no escapas del furor de mis celos,—dijo un negrazo, que atravesó de parte á parte con su cuchillo el hermoso pecho de la bellísima y desgraciada mulata Asunción; quien cayó al suelo exánime, bañada en su sangre, sin pronunciar una sola palabra, con la mirada fija hacía el campamento del oficial Martínez García.

asunción2P. SAÑUDO AUTRAN

Publicado originalmente en Álbum salón. 16 de julio de 1898.

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