María Antonia (Narración Mejicana)

benitojuarez2María Antonia

Narración Mejicana

Méjico es uno de los países americanos de mayores grandezas.

Sus campos dilatados y fértiles, ya presentan montañas cuyos picos parecieran llegar á lo más alto del firmamento, ya las llanuras que conciben para sus lienzos los pintores cuando quieren copiar un paisaje

idealizado por la suavidad de tonos de una planicie, ya los metales más preciosos, que se presentan como ricos veneros, á poco que se ahonde en la tierra ó se escudriñen las arenas de algunos ríos.

Imperio poderoso antes de la conquista, patria de aquellos tlascaltecas tan justamente fantaseados por la poesía heroica de nuestros vates, inspiración fecundísima de Zorrilla, leyenda soñada, República patriótica, nación de viriles empujes, asiento de las soberanas del aire, atmósfera de atracciones indefinibles, Méjico tiene los encantos reales de una naturaleza privilegiada y los que en el alma se sienten por su historia gloriosa, sus tradiciones interesantes y su carácter propio, exclusivo y verdaderamente admirable.

Luchó contra los que perturbaban el orden, rechazó la invasión de un ejército poderoso reconquistando su independencia, y ha sido de los primeros países de la América española que ha planteado industrias y abierto fábricas.

Cuanto pudiéramos decir de esta tierra hermosísima fuera pálido ante la majestad del valle de Otumba, el panorama espléndido de Orizaba, las aguas de Uzamacinta, las de Tabasco, el pintoresco Chapultepec, residencia favorita de Moctezuma, los alrededores de Méjico y las mismas agrestes fronteras de los Estados Unidos, donde se encuentran todavía indios en estado salvaje, especie de partidas de bandoleros con las que riñen de continuo combates más ó menos encarnizados las tropas del gobierno en combinación muchas veces con las del vecino país, montadas por aquellos parajes en pie de guerra.

Hasta allí quiero llevar con el pensamiento á nuestros lectores, adonde verán en un grupo de gente extraña, mezcla, como hemos dicho, de bandidos é indios con los rostros cobrizos tostados por los rayos del sol, á una muchacha de veinte años, tipo bellísimo de la clase.

No pueden darse seguramente ojos más penetrantes que los suyos. Brillan como el acero, y transmiten la luz que inunda su alma criolla y que inflama su corazón, hervidero de pasiones violentas, de impresiones salvajes, de sentimientos que lo avasallan todo y que al reflejarse su ardiente mirada, atraen como la pendiente de un abismo profundo.

María Antonia era una mujer interesantísima, un ejemplar de su raza en estado nativo, un alma fiera dulcificada por un corazón hermoso; la nieve de su rudeza se deshacía en su pecho de fuego.

Vivía sin darse cuenta de su existencia; iba en pos de su gente; caminaba al azar como cuerpo extraño al que los huracanes envuelven y llevan en sus giros impetuosos de un lado á otro; atravesaba el desierto impulsada por el simoun de sus deudos y compañeros de pandillaje; vagaba por aquellos sitios deshabitados, por aquellos eriales inmensos, como el pétalo de una rosa que transportase el viento á un oasis.

mejico2bLos suyos prepararon una sorpresa. Se trataba de apresar un rico botín. Era preciso, como siempre, jugar el todo por el todo. El que caía prisionero podía contarse ya entre los muertos.

Nunca se dio cuartel al bandolero en cuadrilla, en Méjico, ni en ningún país del mundo. Los criminales de aquellos tiempos lo eran doblemente, porque distraían fuerzas que hacían falta para defender á la patria de una invasión extranjera.

Francia luchaba por sostener en el trono de Guatimozín á un príncipe europeo, investido del cetro imperial.

Porfirio Díaz, Corona, Riva Palacio, Juárez; generales, hombres civiles, patriotas, republicanos entusiastas, hacían frente al empuje de las tropas francesas que imponían á Méjico su dominio, y con él, por ende, hasta una forma de gobierno contraria á la que en el país se estimase como la más excelente entre todas.

El rico y el pobre, el lépero, el hijo interesante, denodado y vivaracho del pueblo, lo mismo que el acostumbrado sólo á las indolencias y suavidades del mundo social, trocaban su vida ordinaria por la agitada de una guerra, las penurias de una campaña y los peligros de un combate sangriento, mientras que en las fronteras del Norte-América los forajidos campaban por sus respetos, sacando cuanto provecho podían de la ruda pelea que conmoviera por todas partes al país.

Atenta á su fin, devorada por la sed insaciable de la rapiña, la horda de María Antonia, cruzando desiertos, se acercaba á un camino por donde y con las precauciones que hacían al caso debían pasar algunas familias que se alejaban por allí para rehacerse en sitio más seguro de las terribles sacudidas de la guerra que ardía en la tierra mejicana.

Los ligeros caballos de purísima raza criolla, más veloces que el rayo, galopaban con brío, espoleados por sus jinetes, que con sus gritos los animaban en su marcha vertiginosa. Los pararon de pronto. Estaba á la vista la presa.

Pero una equivocación fatal para aquellos bandidos les hubiera hecho desaparecer de este mundo a todos si no hubiesen tenido la superioridad del número en aquella ocasión.

Los que venían eran sólo unos cuantos soldados, acompañando un carro en que iba un herido, á quien mucho estimaban.

La cuadrilla de salvajes se lanzó sobre ellos haciendo fuego, al que contestaron los que venían resistiendo el empuje cuanto pudieran, hasta que fueron apresados y saqueados por aquellas fieras del campo

con figuras humanas.

Lo primero que decidieron fué matar al herido, por considerarlo un estorbo en la marcha.

Un hombre solo, de arrogante presencia, cubriendo con su fornido cuerpo el del infeliz doliente, logró contener con su temerario arrojo á los primeros que se acercaron, heridos por las balas certeras que disparaba con su revolver. Todos trataron de echarse sobre aquel hombre y hacerlo pedazos; pero en aquel momento una mujer que ejercía un dominio absoluto sobre aquel puñado de víboras, los detuvo con la mirada y con la acción. Adelantóse de un salto, y les dijo con un acento que subyugaba por lo terrible y lo hermosamente fascinador á un tiempo:

Dejádmelo á mí: quiero vengar yo sola la sangre que ha vertido de nuestra sangre.

Todos, incluso aquel héroe atlético, se quedaron suspensos de las palabras de la joven, sin movimiento y silenciosos.

La que se había expresado en tales términos era María Antonia.

Y acercándose al defensor del herido, clavando en él sus ojos negros como la noche triste de Hernán Cortés, chispeantes, abrasadores, imperativos, replicó nuevamente:

¡Adelante todos!

Y la siguieron al monótono ruido del carro que deslizaba sus pesadas ruedas por aquellos senderos incultos.

Guiados por María Antonia anduvieron maquinalmente hasta más de la media noche, que se internaron en un bosque espesísimo.

Pensaban los prisioneros en lo triste del fin que seguramente les tenía reservado su aciaga suerte, y los indios bandidos en el género de venganza que pudiera haber concebido el feroz caudillo, quien dispuso de pronto hacer alto, para tener una conferencia astuta con el paladín del herido, antes de arrancarle la vida y prepararle el martirio que para él había ideado con saña que se esforzaba en ponderar á los suyos, á quienes dijo que se prometía sacar mucha luz, para llevar á cabo grandes sorpresas, de aquel interrogatorio secreto.

Todos los prisioneros habían sido despojados de cuanto llevaban encima por insignificante que su valor fuera y de todas sus armas.

Ven, le dijo María Antonia al defensor del herido, quien algo extraño, de que no podía darse cuenta, había experimentado por aquella mujer brutal, especie de hiena con deseos de embriaguez de sangre, y llevándoselo con la vista á su lado al mismo tiempo que arrastraba de la brida al caballo que ella montaba, le dijo en voz baja y á una distancia en que ya no eran vistos ni oídos:

Tus balas han herido á los míos, quienes aguardan sólo á que yo vuelva para saber la especie de venganza que te he preparado después de sacarte esta entrevista cuantas revelaciones pueda con ardides y engaños.

¡Y tú, según eso!…

Quiero tu vida; quiero arrancarte ese corazón esforzado que tienes, pero no con la punta de este puñal que ciño á mi cuerpo, sino con la fiebre del sentimiento para mí monstruoso, y en el que deseo abrazar tu existencia, haciéndote el prisionero de lo que no perece jamás, de eso que nos alienta.

Del alma, á cuyo dominio me rindo á discreción, sobre todo á una fuerza sobrenatural, á la tuya, alma grande.

A eso, sí; á lo que quiera que sea, que yo comprendo.

Y ahora no hay que perder siquiera un momento. Enlazada tu vida a la mía, huyamos por este camino que yo sola conozco. Mi caballo es el más ligero de todos y el único capaz de salvar las lagunas que á la salida de aquí se encuentran. Llevaré yo las riendas.

¿Pero y los míos?

Nuestra fuga va á proporcionarles la suya. El deseo ciego de capturarnos llevará á mi gente á seguirnos, sin fijarse por dónde van, y llegaran á sitios rodeados por todas partes de tropa, sin poder contener el ímpetu de su marcha. Los conozco perfectamente.

Y dicho y hecho.

Los dos, jinetes sobre el caballo, se encontraron muy pronto distantes de allí, perseguidos de lejos por la gente de María Antonia, que fué apresada por un fuerte destacamento de tropas, siendo recuperados los compañeros del que se había ido con la interesante india, incluso el herido, á quien buscaron los soldados, llevaron consigo y curaron.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

mejico1Habían pasado unos cuantos meses, terminando la guerra con él drama tristísimo de Querétaro.

Los generales Miramón y Mejía y el mismo emperador Maximiliano fueron las últimas víctimas de aquella lucha encarnizada, que ha dejado recuerdo en la historia de las más empeñadas contiendas y sangrientas venganzas.

Desde el año 1793 en Francia, no se había quitado la vida á ningún príncipe de estirpe real, hasta el fusilamiento del infortunado miembro de la casa de Austria, en cuyas banderas figuran también, como en las de Méjico, ¡coincidencia extraña!, las águilas.

Méjico, el Mexitli (1) de los aztecas, estaba de gala.

Iba á tomar posesión solemnemente de la presidencia de la República un patricio ilustre, D. Benito Juárez, á quien aclamaban con gran entusiasmo en todo el país. Entre los jefes militares que iban á la recepción de la presidencia se destacaba un coronel por su apuesta figura y por llevar del brazo á una mujer elegantemente vestida, de tez morena y mirada vivísima y penetrante.

Su hermosura corría parejas con su arrogancia.

La Iglesia había bendecido el amor que aquella mujer sentía por el bizarro militar que la acompañaba.

La señora del coronel era María Antonia.

P. SAÑUDO AUTRAN.

(1)-Residencia del dios de la guerra.

Publicado originalmente en La Ilustración Artística el 16 de diciembre de 1895.

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3 pensamientos en “María Antonia (Narración Mejicana)

    1. fcomorenoma Autor de la entrada

      Hola, gracias por tu interés. Si pinchas en el nombre del autor te dirige a una entrada donde hablo de él y hay links a otros relatos del mismo tipo y autor, casi siempre situados en países de América como Venezuela, Chile, Argentina, etc…

      Le gusta a 1 persona

      Responder
  1. Pingback: María Antonia (Narración Mejicana) | FRANKYSPOILER´SCRT

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