Fidelidad a prueba.

bobes1Fidelidad a prueba.

La raza negra es la raza más desgraciada del mundo; nace salvaje y para civilizarla se aprisiona, se la lleva á remotos países y suma humanidad se la coloca la cadena del esclavo y la dedican á los penosos trabajos de los climas tropicales en tanto que su señor coge el fruto del sudor ajeno columpiándose en su fresca hamaca. Ni siquiera se ha tenido el cuidado de civilizar á esa desgraciada raza, porque en lo general, y con rarísimas excepciones, los dueños han encerrado á sus esclavos en las haciendas, donde han continuado tan salvajes como lo eran en África. A esos seres desgraciados se les niega la inteligencia, los sentimientos, el corazón, todo, en fin; se cree que son irracionales, y si no se cree así, por lo que al negocio conviene, se aparenta creerlo.

Ejemplos tenemos de negros que han descollado en varios ramos del saber humano, pero ni el espacio de que disponemos, ni la índole, de este trabajo nos permite enumerarlos. Vamos, si, á relatar un hecho que prueba la delicadeza de sentimientos de uno de esos calumniados seres,tan dignos de compasión como merecedores de mejor suerte.

Corría el año 1812, en el que tomó poderoso incremento la guerra de la Independencia en Venezuela; se cometían atrocidades en nombre de uno y otro bando. Mandaba entonces el ejército español el general D. Tomás José Bobes, el hombre más funesto tal vez para la causa de España en América, pues su bárbaro proceder le conquistó el sobrenombre de Tigre isleño (1).

Relevado éste del mando por la ineficacia de sus operaciones, fué á sustituirle el general don José Tomás Morales, que si no adelantó gran cosa en la pacificación de la provincia de su mando, en cambió superó á su antecesor en iniquidades, lo cual dio motivo á que los mismos españoles cantasen una copla que á ese propósito se escribió:

bovesEntre Bobes y Morales

la diferencia es, no más,

que el uno es Tomás José

y el otro José Tomás.

El gobierno de estos dos hombres no hizo más que exasperar los ánimos de los patriotas, que en represalias cometían también inauditas atrocidades, hasta el extremo de que, habiendo entrado en la ciudad de Cucuaná el general venezolano Arizmendi, y sabedor de que Bobes había mandado azotar por las calles á su madre y hermana, mandó él, á su vez, azotar á las esposas de todos los españoles que en dicha ciudad vivían, orden que afortunadamente no se llevó á cabo porque se opusieron á ello todas las personas sensatas de la ciudad que en la causa de la independencia militaban. Este estado de cosas hacía que abandonasen el país gran número de familias acomodadas, que no consideraban seguros sus vidas ni sus capitales, expuestos unos y otras á las represalias de uno y otro bando.

II

Vivía en la ciudad de Cua, en el precioso valle que baña el río Tuy y que de él toma el nombre, un acomodado vizcaíno llamado don Santiago Goicoechea. Poseía este señor una bien cultivada hacienda de café y explotaba á la vez una rica mina de oro. Tenía, como es consiguiente, gran número de esclavos, que representaban un respetable capital, además del que poseía en dinero y alhajas, que no era menos connsiderable y que podía calcularse en unos trescientos mil duros. El cariz que la guerra fué tomando obligó á don Santiago á abandonar secretamente el país, y antes de hacerlo llamó á uno de sus esclavos, llamado Matías, hombre fornido, honrado á carta cabal y que poseía entera la confianza de su señor. Noticióle su propósito y le dijo que entre los dos debían ocultar en paraje seguro todas las alhajas y el dinero que en onzas de oro tenía, para sacarlo á su vuelta, que no podía tardar mucho tiempo, puesto que defendía la buena causa y era para él indudable que vencerían las armas de España. En esta confianza, nada dijo á su esposa ni á sus hijos, pequeños entonces, de lo que había hecho. Al día siguiente de haber ocultado su tesoro, despidióse don Santiago de su familia, y encargando al negro Matías que por ningún pretexto dijese á nadie dónde estaba oculto el dinero, ni aun á su misma esposa, partió de Cua disfrazado de arriero y embarcóse para Puerto-Rico. La familia de don Santiago esperaba su pronto regreso y el negro Matías guardó fielmente su secreto, esperando también devolver á su dueño el depósito que le había confiado. ¡Cuan ajenos estaban todos ellos de imaginar siquiera las terribles pruebas por que debían pasar antes de ver realizados sus deseos!

III

En el tiempo en que tuvieron lugar los sucesos que vamos relatando, las comunicaciones eran dificilísimas y mucho más aún con las poblaciones del interior de un país en que, como Venezuela, ardía la guerra civil; esto dio ocasión á que la familia de don Santiago no tuviese noticias de él más que dos veces en tres años. La guerra duraba aún y no se la veía un término próximo, así es que ninguno de los que por su causa emigraron, había vuelto á su hogar. La familia de don Santiago se había retirado á vivir en la hacienda que cercana á la ciudad tenían, olvidada del mundo y no pensando más que en el momento de abrazar á su jefe.

Pasaban por la hacienda columnas amigas y enemigas; á todas se las recibía bien, y Matías tenía cuidado en estar bien con unos y otros, á fin de que ninguno molestara á su señora.

Un día presentóse en la hacienda una gruesa columna de patriotas, cuyo jefe era uno de los hombres más feroces de aquella época y cuyo nombre callamos porque aún existen sus descendientes, personas muy estimables y nada heredaron de su abuelo más que el apellido. El jefe de esa columna sabía, no sabemos por quién, ó tal vez era sólo una presunción, que don Santiago había ocultado su dinero y que Matías conocía el secreto; fuese á él y le dijo:

—Dime, negro, ¿dónde está oculto el dinero de tu amo?

—No sé,—replicó Matías,—que el amo ocultase dinero alguno; creo que lo llevó consigo.

—Mientes, tú lo sabes y vas á decirmelo ó te mando dar de palos hasta que hables mueras.

—¡Será un crimen inútil, porque ignoro donde está, y si lo supiese, tampoco lo diría—contestó el negro, con una firmeza que exasperó al cabecilla, quien no esperó más para ejecutar su designio.

—¡Muchachos,—dijo á su gente,— atadle á un poste y dadle de palos hasta que hable ó muera—Y aquellos miserables se apoderaron de Matías, le ataron fuertemente á un árbol y empezaron su cruel tarea. Ni una queja se

haló de los labios de aquel infeliz; sufría aquellos terribles golpes con la resignación de un mártir; su silencio irritaba más á los verdugos que redoblaban su furia, y le hubieran asesinado si uno de los negros de la dotación de la hacienda no hubiese avisado á la señora Goicoechea, que en el momento en que supo el bárbaro tratamiento de que era objeto su fiel esclavo, corrió al sitio del martirio y con los ojos preñados de lágrimas ordenó á Matías que dijese el sitio en que estaba oculto el dinero. Matías callaba, repitió la señora la orden, y una terrible carcajada del esclavo fue la única contestación que obtuvo. Aquella carcajada heló de espanto á todos cuantos la oyeron, los amigos de terror, los enemigos de rabia, porque vieron defraudadas sus esperanzas de hallar el tesoro, unos, y otros, comprendieron la verdad.

¡Matías había perdido la razón!

IV

Bien ajeno estaba don Santiago de lo que había sucedido en su casa, y aunque su esposa le puso al corriente de todo en una carta que le dirigió, ésta no llegó á su destino, y doña Candelaria, que así se llamaba la esposa de don Santiago, trató de enviar á Matías á una casa de dementes, cosa á la que siempre se opuso éste, y cuando de ello se hablaba, era la única vez que se enfurecía y hacía imposible el acercarse á él. Cinco años pasaron sin que don Santiago supiese la desgracia de su esclavo, cuando una grave enfermedad le sorprendió; súpolo la familia é inmediatamente dispuso doña Candelaria su viaje á Puerto-Rico para asistir á su esposo. Reunió el dinero que pudo, que bien poco era, por cierto, y con sus tres hijos preparó el viaje para el día siguiente. Todo estaba ya pronto, los caballos ensillados, los peones teniéndolos del diestro; doña Candelaria se despedía cariñosamente de sus esclavos, con la esperanza de volverlos á ver pronto; sólo faltaba allí Matías. Le buscaron inútilmente por toda la casa y sus dependencias: inútil todo, no le hallaron. Por fin, doña Candelaria decidió pasar por el dolor de partir sin estrechar la mano de su fiel esclavo, y apenas había salido la comitiva del camino de palmeras que conducía á la hacienda desde el camino real, vieron aparecer á Matías, montado á caballo y con otro del diestro.

—¿Adonde vas, Matías?—dijo doña Candelaria.

—A despedir á su merced, — contestó el negro.

—Quédate, Matías, yo te dispenso de esa molestia.

—Imposible, señora; hasta que deje á su merced y al tesoro del amo en salvo, no puedo vivir tranquilo. Ahora sólo me resta pedir á su merced perdón por haberla desobedecido cuando me ordenó dijese dónde estaba el dinero; el amo me mandó que no lo dijese y no lo hubiera dicho aunque me hubiesen matado.

—¿Luego tu demencia?…

—Era fingida, señora. Perdón, también, por este engaño.

—No, Matías, tú debes perdonarme á mí por no haberte hecho la justicia que merecías. Eres libre desde este momento y pídeme lo que quieras.

—Lo único que deseo es ver á mi amo y continuar siendo su esclavo.

—No, Matías, serás su amigo.

Matías acompañó á doña Candelaria en su viaje y Dios le concedió ver á su amo,que pudo recompensar su acción dejándole al morir una parte de su capital, igual á la que dejó á cada uno de sus hijos.

Matías murió al cabo de muchos años, rodeado de los hijos de sus antiguos amos, que vieron en él, siempre, al salvador de su fortuna.

JOSÉ ARIMÓN Y CRUZ.

(1)-En la América del Sur se llama isleños á los naturales de Canarias.

Publicado originalmente en la Ilustración Ibérica el 22 y el 29 de noviembre de 1884.

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