Poesía de la muerte.

difuntos

Poesía de la muerte.

También la muerte tiene sus cantores, también la tumba tiene su poesía.

Con la partida de las golondrinas, la caída de las hojas y la llegada de los primeros fríos coincide la festividad de los muertos.

Nada más natural.

En efecto: ninguna época del año más á propósito que el otoño para la conmemoración de los difuntos, época de transición, en que la naturaleza, despojándose de las múltiples galas con que la atavió la primavera, se prepara á resistir el mortífero cierzo del invierno.

Así como la primavera con sus brisas, sus pájaros y sus flores simboliza la vida, con todos los encantos é ilusiones que puede soñar la

fantaseadora mente de una virgen de quince años; el otoño con sus días nebulosos, que predisponen á la melancolía, sus hojas caídas, que

recuerdan las esperanzas malogradas, y sus crepúsculos vespertinos, que convidan á la oración nos hace pensar en la inestabilidad de las cosas terrenas y meditar seriamente en el arcano que encierra el más allá de la existencia.

¿Quién sabe lo que hay detrás de la tumba? pregunta sin que pueda respondérsele con certeza Shakespeare, y esta pregunta, tan sencilla al parecer, es, sin embargo, la preocupación constante de la humanidad.

Natural es que el hombre, deseoso de descubrir su futuro destino, pretenda desentrañar el problema de la tumba… ¡Vana porfía! Ante su helada losa, la inteligencia más clara se oscurece y el mortal más engreído de su ciencia no puede menos que deponer su vano orgullo y repetir con el filósofo de la antigüedad: «¡Sólo sé que no sé nada!»

La imaginación popular, propensa de si á todo lo maravilloso, inventó en todos los países, á propósito de la muerte, fantásticas leyendas que dieron pasto más tarde, á la poesía y la música, para algunas de sus más inspiradas concepciones.

¿Quién al leer el bellísimo poema religioso del eminente Wallin no recuerda en El ángel de la muerte, que volando por el espacio espacio, armado de su afilada segur, va cumpliendo su misión destructora, al Pájaro del Monte de la tradición, que graznando horriblemente, bate sus negras alas sobre la morada de aquellos seres á quienes trata de aprisionar entre sus garras? La danza macabra, notabilísima obra musical del reputado Saint-Saëns, en la que, evocados por la batuta del inspirado compositor, parécenos. ver á los muertos, despojados de sus mortajas, abandonar sus fríos sepulcros de piedra y bailar, como locas furias, á la clara luz de la luna, encerrados entre las cuatro tapias de un cementerio, ¿qué viene á ser, sino, la leyenda popular del Norte, embellecida con los encantos del ritmo? ¿El fantástico drama Don Juan Tenorio, del popular Zorrilla, que tanto aplaude el pueblo en nuestros teatros, no está basado, acaso, en la tradición andaluza: El convidado de piedra, tan popular en nuestro país?

Como todo lo grande, la muerte ha tenido sus poetas, que la han cantado con toda la valentía de pensamiento que inspira siempre lo desconocido.

La literatura de todos los países la ha hecho objeto predilecto de sus maravillosas leyendas, y Poe, Andersen y Bigner, en sus fantásticos

cuentos que sobrecogen el ánimo, nos infunden, á pesar nuestro, sobrenatural pavor, al presentárnosla, pálida y descarnada, con toda la verdad que supieron dar á sus concepciones sus inimitables plumas.

El romanticismo literario, tan en boga en Europa durante el segundo tercio de nuestro siglo y que tanta influencia tuvo en las costumbres de nuestros padres, casi llegó á triunfar, de la natural aversión que tiene la humanidad á la muerte. Con él, puede decirse, que empezó la moda de los suicidios. Para la juventud de aquella época, amamantada en la peligrosa lectura de sus extraviados novelistas, morir de amor era la suprema felicidad, reservada sólo á los seres superiores.

De aquí que el bello ideal de los enamorados, que se desayunaban con vinagre por parecer pálidos y ojerosos, fuese el reposar unidos en un mismo sepulcro. No es exageración. La leyenda de los amantes de Verona estaba tan de moda que no había doncella, por recatada que fuese, que nueva Julieta, no soñase dormir, con su Romeo, el sueño de la muerte, en artístico panteón. Un sauce, que con sus desmayadas hojas, movidas por el céfiro, barriese las flores depositadas sobre la fúnebre piedra, completaba la ilusión.

A tales extravíos conduce la moda.

Tales extravíos, que afortunadamente pasaron con la causa que les dio ser, contribuyeron á despertar el gusto por un género literario que en todo tiempo tendrá adeptos, mientras existan ojos que lloren y corazones que sientan:

La poesía de las tumbas.

II

Víctor Hugo ha dicho: «Los pueblos escriben su historia en páginas de piedra.»

En este pensamiento sintetiza el ilustre poeta el horror inherente de la humanidad al olvido.

Por eso es común la aspiración de gloria que han tenido, tienen y tendrán todos los pueblos civilizados del Universo.

¡Es tan triste cruzar por el sendero de la existencia como débil arista que arrebata el viento en sus invisibles alas, sin dejar una pequeña huella de nuestro paso!

Los pueblos de la antigüedad, que desconocían la imprenta, perpetuaban con las piedras de sus sepulcros, su historia, en esos misteriosos geroglíficos, esculpidos por el cincel de sus artífices y que hoy son la desesperación de los orientalistas, que se empeñan, á fuerza de erudición, en descifrar su contenido.

Era tal la repugnancia que inspiraba al pueblo egipcio la descomposición de la materia, que embalsamaba cuidadosamente sus difuntos para librarles de la acción destructora del tiempo, como puede verse en los cadáveres amojamados que se encuentran en los sarcófagos que el viajero descubre aún hoy, á fines del siglo diez y nueve, en las pintorescas márgenes del Nilo. En tales momias, las formas se han conservado con toda la corrección de sus líneas. No puede, decirse otro tanto de los nombres que en vida llevaron, que para la generalidad son un enigma tan indescifrable como las esfinges talladas en la piedra de sus monstruosas é imponentes construcciones.

Sólo teniendo en cuenta sus creencias religiosas se puede explicar la crítica moderna las pesadas formas que aquel pueblo daba á sus monumentos arquitectónicos. Aquellas moles de piedra, cuyo seno encerraba espacios tan limitados como los de la teogonia que les dio el ser, contrastan notablemente con las columnas esbeltas y las aéreas ojivas del arte cristiano, que, negación de lo finito, como el espíritu religioso que lo inspiró, abrió al genio espacios más dilatados para volar, rompiendo los estrechos moldes con que lo sujetaba la tradición clásica.

Pero prescindiendo de digresiones que no son de este lugar y concretándonos al objeto de nuestro trabajo, fuerza es reconocer que pocos pueblos, como el egipcio, han rendido tan severo culto á la muerte y se han esforzado por eternizar los cadáveres. Prueba de ello, sus famosas pirámides, pesados bloques de piedra acumulados en el desierto por el trabajo de varias generaciones, y que, según la tradición, fueron construidas para perpetuar los restos de los antiguos reyes. El tiempo, que todo lo destruye, ha respetado y respetará aún muchos siglos esos monumentos, que nos recuerdan la magnificencia de aquella extinguida civilización, mientras los nombres de los monarcas en cuyo honor fueron levantados, perdidos por completo, sirven hoy de pretexto á la controversia de los sabios. Ante tan tristes enseñanzas, digamos con el poeta:

«¡Así pasan las glorias de la vida!»

No menos que el egipcio, honraba el pueblo romano á sus difuntos. Los monumentos de aquella edad, erigidos á los manes de sus mayores, así lo atestiguan.

Cementerios como los que posee la moderna civilización, ya existían en la antigua Roma. En las tumbas de la necrópolis ó ciudad de los muertos, se leían inscripciones laudatorias parecidas á las que en el día dedicamos á la memoria de nuestros parientes y amigos, las cuales entonces como ahora, si el sentimiento las inspiraba alguna vez, la hipocresía las dictaba casi siempre.

«Cuando estoy en la ciudad,—decía un galo en tiempo de Augusto,—y me paseo en el Foro y en las basílicas, no oigo hablar sino de divorcios, adulterios, repudios de padres duros y de hijos ingratos; cuando paseo por las tumbas, no veo en los epitafios más que maridos excelentes, esposas adoradas y padres modelo de virtudes que dejan acá en la tierra una familia inconsolable (1).»

¡Quién no ve en las anteriores frases retratada á nuestra moderna sociedad!

El cristianismo, fundándose tal vez en un versículo de la Biblia, despreció las costumbres sepulcrales de la antigüedad y no se opuso á que la materia devolviese á la tierra sus naturales jugos, como se había opuesto el pueblo egipcio. No obstante, los primeros cristianos siguieron labrando sepulcros en las rocas, según lo acreditan autores de aquellos tiempos, y más tarde, cuando el Evangelio, ya propagado en Europa, era la religión de gran parte de sus pueblos, el arte cristiano, eminentemente espiritual, como la idea que entraña, ejecutó esos prodigios de cincel, esas yacentes estatuas que en sus lechos de mármol esperan impasibles, en el centro de las góticas capillas de las catedrales, á que el ángel apocalíptico suene la trompeta del juicio para volver de nuevo á la vida; mientras que los alados querubines que rodean sus sepulcros, quebrantando la inmovilidad de la piedra, parecen elevarse al cielo, á depositar ante el trono del Altísimo, las oraciones de los justos.

(1)-Severo Catalina.—Roma.

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III

Para hallar el origen de los cementerios cristianos, preciso es, remontándose á los tiempos primitivos de la Iglesia, penetrar en las Catacumbas.

Allí, en la oscuridad de aquellas misteriosas cavernas, que tan magistralmente describe el cardenal Wissemán en su inimitable Fabiola, junto á las tumbas de sus mártires, se congregaban aquellos discípulos de Jesús que tan trascendental revolución debían verificar sobre la tierra. Más tarde, cuando la antorcha de la nueva fe alumbraba libremente las conciencias, los monasterios é iglesias fueron, durante algunos siglos, por especiales privilegios, los panteones de la nobleza y del clero. El estado llano y la plebe, tenían los cementerios católicos, los cuales, situados en el seno de las poblaciones, contribuyeron á propagar la mortandad con que la peste azotó á los pueblos de Europa durante distintos períodos de la Edad media. La intransigencia religiosa no consentía que los judíos y mahometanos durmiesen el último sueño á la sombra de la cruz y les destinaba otros lugares para sus enterramientos. Hubiera sido el colmo de la profanación, según añeja frase, enterrarles en sagrado. Nuestra época, más tolerante y despreocupada, al decretar la libertad de conciencia ha establecido, en algunos países, los cementerios civiles, abiertos á todas las religiones. En el nuestro, donde la unidad religiosa, mantenida á costa de tanta sangre, no se rompió hasta la revolución del año 1868, la secularización de los cementerios no es un hecho, pero es la común aspiración de los partidos democráticos.

IV

Terminemos.

Hoy, los lugares consagrados á la muerte están muy lejos de presentar el repugnante aspecto de otras épocas.

La ciencia al alejarlos, por peligrosos, de las poblaciones, los mejoró notablemente, transformándolos en magníficos jardines, embellecidos por las artes.

Con esa innovación, no sólo ganó la salud pública sino también la poesía.

Nada más poético que un cementerio moderno, alumbrado por la luna. En el del Pére-Lachaise, sobre el verde fondo del follaje, se destaca el gótico sepulcro de Abelardo y Eloísa.

Manos desconocidas renuevan frecuentemente las coronas de siemprevivas que lo adornan y en sus gradas se juran los amantes infortunados, fidelidad eterna. Por más que haya pasado la moda del romanticismo, la fibra del amor vibrará siempre en el corazón humano.

Pero la ciencia, que tanto contribuyó á embellecer los cementerios, hoy va más allá de lo que nuestros padres pudieron prever al alejarlos de los poblados por exigencias de la higiene; trata de suprimirlos.

El día que los pueblos desechen rancias preocupaciones y la cremación de los cadáveres se generalice, los cementerios serán nuestros propios domicilios.

No hay por qué alarmarse. Encerrados en pequeñas urnas funerarias, sin peligro de la higiene, guardaremos las cenizas de los difuntos en nuestras estanterías, del mismo modo que ahora guardamos los libros que nos instruyen y nuestros licores predilectos.

El día en que esto suceda, la higiene habrá conseguido uno de sus más gloriosos triunfos; pero… ¡la poesía de la muerte habrá terminado!

JOSÉ F. SANMARTÍN Y AGUIRRE.

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica el 1 de noviembre de 1884.

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