EL SUICIDA

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Una noche oscura y lluviosa, subía por la Cuesta de San Vicente un joven como de veinte años, bajo y delgado, moreno, de ojos pequeños pero vivarachos, vestido tan pobremente que más parecía un mendigo que lo que en realidad era. En la mano llevaba un pañuelo atado por las puntas, que contenía ocho ó diez libros. Su paso, que quería ser precipitado, denotaba un cansancio extraordinario.

Aquel joven llegaba de Castilla y había hecho el viaje á pié.

Cuando estuvo en la Puerta del Sol, miró á los lados con desconfianza, registró los bolsillos del chaleco y viendo que aún conservaba una moneda de diez reales, entró rápidamente en un café.

Mientras cenaba con suma modestia, mil ideas acudieron á su cerebro para torturarle sin piedad.

—¿Y qué hago yo aquí?—se preguntó.—Carezco de fondos, de casa, de amigos… ¿Qué será de mí mañana?

Cuando hubo cenado, salió del establecimiento y, errante, sin dirección fija, dio con una posada de la calle de Toledo, donde, aunque en mala cama, durmió con la tranquila beatitud de un hombre que desconoce lo que son penas.

Roberto Mesa, que este era el nombre de nuestro joven, se levantó muy temprano, y creyendo que en la corte la gente tenía, como en provincias, costumbre de madrugar, se encaminó á la casa de un almacenista de papel para quien llevaba una carta de recomendación.

Después de esperar más de una hora, un dependiente del establecimiento abrióle bostezando y restregándose los ojos para ahuyentar el sueño que pesaba sobre sus párpados irritados.

Roberto le preguntó por su principal, y el dependiente, después de abrir desmesuradamente los ojos y medir al recién llegado con una mirada asaz burlona, le contestó que aún estaba durmiendo.

Roberto dióle las gracias y comenzó á recorrer calles, para pasar el tiempo ocupado en algo.

Cuando creyó que ya sería ocasión de presentarse al almacenista, hízolo así, y logró encontrarle á la puerta de la tienda, entretenido en ver pasar á las muchachas que se dirigían á la compra con sus cestas al brazo.

Dióle el joven provinciano la carta que para él traía y después le manifestó el objeto de la visita, que no era otro que el de obtener una colocación.

El comerciante le manifestó la absoluta imposibilidad en que se hallaba de acceder á sus deseos y á los del amigo que le escribiera la carta, y con un «ya veremos,» despidió al pretendiente, estrechándole la mano con muestras de cariño.

Otra vez se puso Roberto en campaña, buscando un nuevo protector, y otra vez encontró una negativa.

Sus ilusiones se convirtieron en desengaños al cabo de cinco ó seis horas, y la tristeza empezó á anublar su rostro, antes tranquilo y sonriente.

Madrid le parecía muy grande, las casas muy altas y los transeúntes muy extraños.

Por más que miraba, no conocía á nadie. Las gentes pasaban junto á él con la mayor indiferencia.

Las mujeres ni siquiera le dirigían una mirada.

Transcurrieron dos meses sin que Roberto se diera cuenta de cómo había vivido por espacio de tanto tiempo, al cabo del cual se vio rodeado de varios amigos tan pobres como él.

Uno, que era filósofo, se mantenía con ideas de Kant, Descartes, Krause, Diderot, Locke, Condillac y Cousín, y trataba de convencer á todo el mundo de que la mejor doctrina era la sincrética.

Otro, literato de profesión, quemaba incienso en honor de Víctor Hugo, Lamartine, Chateaubriand, Goette, Pouskine y Walter Scott.

Un tercero, literato también, se mostraba partidario de Voltaire, Rousseau, Balzac, Flaubert, Daudet y Zola.

Otro adoraba á Beranger, á Gautier y á Zorrilla.

EL quinto era un orador sempiterno. Cuando tenía que decir algo, adoptaba las formas de la oratoria y echaba por la boca sapos y culebras envueltos en frases de relumbrón.

Como se ve, los amigos de Roberto eran todos literatos. Y esto nada tiene de extraño sabiendo que el mismo Roberto se hacía pasar por tal.

Sus obras eran diez ó doce docenas de artículos publicados en tres ó cuatro periódicos de provincias, y á juzgar por la opinión de algunas personas, aquellos trabajos eran bastante regulares.

Roberto había leído cuanto bueno y malo cayó en sus manos, sin detenerse á considerar si esto era mejor que aquello ó aquello mejor que esto, y formada de esta manera su educación literaria, llegó á saber un poco de cada cosa, sin conocer á fondo ninguna de ellas.

Instigado por sus amigos, Roberto escribió varias obras escénicas que fueron desechadas en cuantos teatros las presentó, y entonces hizo voto de no dedicarse á este género de trabajos.

Un día le presentaron al director de un periódico y á poco logró ingerirse en la redacción del mismo.

Titulábase el periódico: El Telégrafo, y era diario de ideas liberales.

Roberto Mesa escribió cierto día un artículo que causó honda impresión en los círculos políticos.

Cuando Roberto fué por la tarde al salón de conferencias del Congreso, vióse rodeado por muchos padres de la patria, que le asediaban con preguntas sobre la procedencia del artículo.

Unos decían que había sido inspirado por el presidente del Consejo, mientras otros aseguraban que el artículo estaba redactado por un gran diplomático.

—Es la señal de la derrota,—decían,—y nosotros debemos desertar de las filas ministeriales para engrosar las de la oposición.

En la sala de sesiones no había ningún diputado, pues parecía que todos se habían dado cita en los pasillos y en el salón de conferencias, comentando las probabilidades de una crisis cercana.

Roberto nada decía. Comprendiendo la importancia de su papel, se contentaba con guiñar los ojos significativamente sin añadir una palabra.

Al día siguiente, Roberto escribió otro articulo titulado: El golpe de gracia, que produjo mayor impresión que el anterior.

Cada frase, cada concepto, eran dardos envenenados que iban á clavarse en el pecho de los ministros y sus adláteres.

En tanto que el papel de Roberto subía, bajaba el de los ministros.

Cuatro días después cayó el gabinete y vino al poder uno, compuesto de amigos del director del periódico en que Mesa escribía.

Como éste carecía de condiciones para ocupar un buen puesto, le ofrecieron uno de seis mil reales, que el joven desechó con entereza.

Desde entonces dejó la política y se dedicó á la crítica. Para él no había obra buena. Todas eran un cúmulo de disparates. De este modo se vengaba de la indiferencia con que le trataran un tiempo los literatos notables.

Y no contento con esto, iba al Ateneo, y al día siguiente ponía de chupa de dómine á los que habían hecho uso de la palabra la noche anterior.

Al poco tiempo consiguió hacerse temible, y como es natural, todos comenzaron á adularle, aunque nadie le podía ver.

Roberto se sonreía y continuaba fustigando el rostro de sus adversarios. Cosa rara, el joven provinciano no tuvo en todo el tiempo una sola aventura amorosa. Se creía muy poco dotado de bienes físicos y materiales para pretender que le amara la última de las mujeres.

Así que, sin preocupaciones de ninguna especie, continuó impertérrito la marcha que en un principio se propuso seguir á través de los campos periodísticos.

—Pues, señor,—se decía una noche acostándose en su zaquizamí, —me convenzo más y más cada día de que realmente soy una potencia, y sin embargo… y sin embargo, con las ciento veinticinco pesetas que me dan en el periódico, no echaré mucha tripa. Por ahora no tengo más recurso que la resignación… ¡Quién sabe si llegaré á ser ministro!…

Esta esperanza consoladora le prestaba valor para afrontar las adversidades de la vida.

Cinco años después del en que entró á formar parte de la redacción de El Telégrafo, Roberto recibió de su director el encargo de hacer las revistas de salones.

En pocos días, el provinciano logró dominar esa fraseología ligera y chistosa peculiar de este género de trabajos, y los hacía como si en toda su vida no hubiera escrito otra cosa.

Describía un hotel ó un palacio realzando su valor; las mujeres bonitas eran hermosísimos astros que con sus encantos daban vida y calor á los bailes; las feas eran simpáticas; las ancianas, amables; el buffet estaba siempre servido con profusión y tacto, y terminaba con una larga lista de señoras y caballeros que no había más que pedir.

Por este medio consiguió hacerse amigo de medio Madrid, tratar á casi toda la aristocracia y cenar en Fornos con las horizontales de moda.

Su estrella no llegó á eclipsarse un instante en todo el tiempo transcurrido. Al contrario, parecía que la estrella iba aumentando en magnitud para transformarse en sol deslumbrador.

Por aquel entonces encontró en la calle á su antiguo amigo el filósofo.

—¿Qué es de tu vida?—le dijo Roberto, estrechándole la mano.

—Estoy como estaba, y me alegro verte porque te voy á pedir un favor.

—Dinero no tengo.

—Lo suponía. Pero lo que quiero pedirte es un empleo, aunque sea de 4.000 reales, porque estoy convencido de que la filosofía no da de comer.

Roberto le prometió hacer por él lo que pudiese, y ambos entraron en un café, donde hallaron á los otros literatos y al orador.

Todos ellos recibieron á su antiguo compañero con los brazos abiertos y se convidaron á café para solemnizar la llegada de Roberto.

El orador continuaba pregonando en desierto; el partidario de Víctor Hugo haciendo odas á una revolución imaginaria; el discípulo de Voltaire consolábase con Cándido ó el optimismo y el continuador de Beranger componía canciones á las lavanderas del Manzanares.

—En resumen,—dijo el orador, dirigiéndose á Mesa,—que tú has prosperado de una manera degradante hasta el límite extremo de convertirte en un aristócrata de primo cartello, y por tanto, estás en el imprescindible é improrrogable deber de proteger á esta masa inerte de amigos tuyos, que vegeta en el más humillante ostracismo, como los antiguos patricios de la Grecia.

—¡Siempre disparatando!—exclamó Roberto sonriéndose.—Lo que debes hacer es dejarte de sermones y dedicarte á algo más práctico.

—¿Y á qué me voy á dedicar, vamos á ver?

—A medir varas de tela, detrás de un mostrador, pues creo que para dependiente de comercio no eres muy despreciable.

—¡Claro! —replicó iracundo el aludido.—Como ahora te has vuelto aristócrata, te crees con derecho para despreciarnos.

—No es cierto,—añadió Mesa.—Ni soy lo que dices ni pretendo pasar por tal. Me limito, como amigo, á darte el consejo más sano que se me ocurre.

—Yo no pido consejos…

—Pero pides dinero,—dijo riéndose el volteriano.

—No es lo mismo,—exclamó el orador.

—Distingo,—interrumpió el filósofo.—La negación encierra siempre una afirmación, la afirmación negativa. Luego…

El discípulo de Beranger replicó al momento:

—Luego, si tu cantas, canto; luego, si tu ríes, río; luego, si tu lloras, lloro; luego, si tu gimes, gimo.

Roberto tuvo el buen acuerdo de pagar y salir precipitadamente del café, para no ser víctima de aquellos infelices locos.

*

*          *

Una noche llegó Roberto á su casa más preocupado que nunca y murmurando:

—¿Si estaré yo enamorado de esa mujer?

Después de cenar, se acostó, pero el sueño no acudió á su llamamiento, y pasó toda la noche acariciando en su imaginación el recuerdo de una mujer que había logrado trastornar su metódica existencia.

La mujer, objeto de los pensamientos del provinciano, era una de las horizontales más hermosas de Madrid.

A los pocos días, Roberto vio coronados por el éxito sus deseos y alcanzó el amor de la bella pecadora.

Él que se creía un hombre incorruptible, sucumbió como una débil criatura y cayó de hinojos ante aquella Circe de ojos negros y tez pálida.

Lucía, á quien halagaba ser querida por un hombre de las condiciones de Roberto, mantúvole á su lado largo tiempo, hasta que cansada de aquel amor improductivo, determinó abandonar al provinciano.

Este estaba cada día más enamorado de la pecadora y una palabra de ella hubiera sido suficiente para que el joven la sacrificase toda su vida.

Es más, Roberto pensó en santificar sus amores, llevando á los altares á Lucía. Mal concepto había formado de la estatua de mármol que era objeto de su cariño. Como el mármol no siente, como apenas recibido el calor que un cuerpo le comunica, vuelve á su frialdad primitiva cuando el cuerpo se separa, así la pecadora sufría las transformaciones de la piedra con que estaba constituido su organismo. Ella no había amado nunca al joven escritor. Su único deseo fué verse adorada de un hombre á quien todos distinguían. Conseguidos sus propósitos, deshacíase de Roberto como de un vestido ajado por una noche de orgía.

Era ya casi de madrugada y el provinciano se hallaba sentado á una mesa. Delante tenía un quinqué encendido y unas cuartillas en blanco.

Permaneció el joven un instante pensando en un artículo que tenía

que escribir, y cogiendo de pronto una pluma, le encabezó con este título: El suicida.

Al mismo tiempo se abrió la puerta de la habitación y en ella apareció Lucía.

—Vengo,—dijo,— á despedirme de tí.

—¿Pues adonde vas? — exclamó el joven poniéndose en pié rápidamente.

—Adonde me lleve el viento,—contestó Lucía, procurando sonreír.

—¡No te separarás de mí!

—¿Por qué?

—Porque yo no lo quiero.

—¿Me mantienes tú, acaso, para disponer de mí tan despóticamente?

Roberto la miró con asombro, cogió la silla en que estaba sentado y la arrojó al suelo con violencia.

—Pareces un chiquillo,—dijo ella severamente.—Eres tonto, y para curar la tontería no hay ningún específico en las boticas.

—Te digo que no te irás.

—Y yo te digo que sí. Mañana salgo para Biarritz ó para otro punto.

—¡Pero si yo te adoro!—replicó Roberto, estrechando entre las suyas las manos de la joven.

—¿Y si yo no te quiero á ti?

El periodista se separó de ella rápidamente y la contempló un rato.

—Te repito que me cansan tus amores y que me marcho,—prosiguió Lucía, haciendo ademán de salir.

—¡Quédate!

—¡Adiós!

—¡Quédate ó me suicido aquí mismo!

—¡Comedia, pura comedia!

Y al decir esto, esparcía con sus dedos afilados las cuartillas que Roberto tenía sobre la mesa.

—¡Caramba!—añadió al ver las dos palabras escritas poco antes por el joven en la cuartilla que se disponía á llenar.—Y para representar mejor el drama, has escrito aquí: El suicida, conociendo, sin duda, lo que yo venía á decirte.

¡Pero basta de frases, y adiós!

—¡Lucia, Lucía, no. me abandones, ten piedad de mí!

—Creo que no nos volveremos á ver, y por lo tanto… hasta la primera, como dicen los soldados.

Y después de proferir estas palabras, salió de la estancia, celebrando con ruidosas carcajadas la, para ella, supuesta postración en que quedara Roberto.

Aún Lucía no había salido de la antesala cuando oyó un tiro, pero creyendo que sería una estratagema ideada por el literato para hacerla volver, continuó su camino, riéndose con más fuerza.

Al sentir el ruido de la detonación, acudieron al cuarto de Roberto algunas personas que allí se hospedaban.

Un horrible espectáculo se ofreció á sus ojos.

Roberto, sentado en la silla, tenía la cabeza destrozada sobre la mesa. En el suelo veíase una pistola descargada, y en una cuartilla, cubierta de sangre, podía leerse en letras grandes este título: El suicida.

R. HERNÁNDEZ Y BERMÚDEZ

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica el 24 de enero de 1885.

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