DE TEJAS ARRIBA (conclusión)

Original de Francisco Flores García

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DE TEJAS ARRIBA (Conclusión)

Sonrió nuestro héroe con desdén supremo y prosiguió:

—La verdad es que estoy muy bien instalado…

|Y quiere la patrona que yo pague por vivir aquí!… Al contrario, ella debía pagarme á mi por… Pero, en fin, no se diga que soy exigente. Estamos en paz, yo la perdono. ¡Perdón y olvido!

Se sentó á la mesa, y mientras trazaba números con rapidez pasmosa, dijo:

—Calculemos que Madrid tiene cuatrocientas mil almas… Tiene más, pero pongamos esas.

Para descontar los desalmados y las almas de cántaro que hay en la corte.

Cuatrocientas mil almas, á real por alma, son cuatrocientos mil reales; esto no admite duda. Pues bien, ¿qué trabajo les costaría á esas almas desprenderse de un real respectivamente para labrar la fortuna de un ser humano?

¿Es esto difícil? ¿Quién no tiene un real?

Mal corazón tendrían esas almas si se negaran a remediar mis males por cinco perros chicos.

Otro de mis planes, también habas contadas. Buscar todos los napoleones que hay por ahí… yo no los he visto, porque hace tiempo que no me trato con la moneda, pero sé que los hay; buscarlos, digo, y venderlos á cuatro pesetas.

Esto á primera vista parece absurdo, pero es un gran negocio, porque… las pesetas habrían de ser columnarias, pues también tengo entendido que quedan muchas pesetas de esa clase.

¿No es un bonito negocio para mí… y también para los compradores, toda vez que por cuatro pesetas yo doy cerca de cinco?

Pero para realizar cualquiera de estos proyectos, necesito cierta tranquilidad de espíritu que por ahora no puedo tener.

¡Esa maldita superioridad!…

Soltó la pluma, levantóse y comenzó á pasearse con febril agitación, como león enjaulado, de un extremo á otro de su reducida habitación.

De pronto quedó repentinamente parado junto á la ventana. Se olvidó de sus proyectos, de su miseria, para pensar únicamente en su amor.

Para que su desgracia fuese completa, también estaba enamorado; ¡era lo único que le faltaba!

Con la pupila animada y la baba caida, extendiendo los brazos hacia la ventana, dijo con dulzura incomparable:

—iAh! ¡mi vecina! ¡Qué bonita es!… ¡y qué tronada está!… Tan tronada como yo, es decir, tanto no, porque eso es imposible. Ella, al menos, cose para fuera… y yo no coso para ninguna parte. Si fuera verdad aquello de: «Contigo, pan y cebolla…» Pero, ¡ay! nosotros no tendríamos ni cebolla ni pan, y á los cuatro días nos tiraríamos los platos á la cabeza… Es decir, no llegaría á suceder, porque tampoco tendríamos platos.

Pero, ¿qué estoy diciendo? Verdaderamente, soy un insensato. Con cualquiera de mis proyectos, con el más flojo, seré rico y podré casarme con Paulina, quitarla de la costura y ser feliz con ella, con ella, que me ama con un amor novelesco, como Romeo quiso á Julia… Pero, no, imposible, no puedo casarme con ella; se opone á este pensamiento el mejor de mis planes, el más viable, el de éxito seguro é

infalible.

Ustedes juzgarán, — dijo, encarándose con las sillas é imitando la mala costumbre de algunos actores y autores, de dirigirse al público.

—Vamos á ver, ¿cuántas muchachas casaderas habrá en Madrid? Digo… en Madrid y provincias. ¡Ah, es incalculable el número! Ya se

casa muy poca gente.

Es una verdad amarga,

pero es una gran verdad.

Como dijo el filósofo griego… tomándolo del poeta español.

Pero esto, que es malo para las costumbres, es bueno para mi plan. Con ochenta mil solteras, me basta y me sobra, vamos al decir. Esto es, ochenta mil números correlativos, empezando por el uno, vendidos á peseta. Habas contadas: pesetas ochenta mil. Los números hacen enteramente lo contrario que las mujeres, es decir, que no engañan nunca, mientras ellas engañan siempre. Esos números entran en el sorteo de la Lotería Nacional, el Gobierno es el banquero, yo digo:—Entres por un punto,—las solteras juegan, y á la que le caíga el premio gordo, le caígo yo, esto es, le toca un marido con ochenta mil pesetas de capital, producto de la rifa.

¡Rifa! Esta es la palabra. Nada, me voy á rifar. Así como así, he rifado ya con todo el mundo. No puedo estar más en carácter.

De los primeros fondos que recaude, compro veinte números para mi vecina, ó lo que es lo mismo, veinte suertes. Ella no tiene más que una y esa es bien mala.

¡Cómo me gustaría que á ella le tocara el premio gordo, es decir, tocarle yo, casarme con ella… y llevarme los cuartos!

Entonces si que era un negocio redondo.

Pero me ocurre una duda, cuya duda entraña un problema de difícil, cuando no imposible solución. ¿Cómo me las arreglo con las solteras que saquen aproximación y reclamen su derecho? Este es un problema insoluble, reñido con la buena moral del matrimonio.

Otro problema, tan complejo como el anterior y más pavoroso que ninguno. ¿Qué hago si le caigo en suerte á una vieja?… ¿La mato? ¿Me suicido? Porque es indudable que muchas viejas jugarán á esta lotería. ¡Ya lo creo! Todas las viejas solteronas.—Cuando pasan rábanos… comprarlos,—dirán ellas. ¡Horror!

Después de pensar cinco minutos, reanudó su discurso, diciendo:

—Esto tiene remedio. Me ha ocurrido una gran idea. ¡Si tengo un talento que no me cabe en la cabeza!

Con una simple advertencia en las mismas papeletas de la rifa, prevengo el caso, diciendo:

«Se prohibe este juego, por ser peligroso á cierta edad, á las señoritas que pasen de treinta y cinco años.» (¡A esta edad, todavía… pero más, no!)

«Se prohíben, así mismo, las raspaduras y enmiendas en la fe de bautismo, que habrá de exhibirse en el acto de la toma de posesión.

Por esta parte vamos bien, y ya sólo me resta un temor, el de tocarle á una fea. Y la fealdad no se puede prohibir. Semejante medida lastimaría muchos intereses creados. ¡Qué demonio! Cerraré los ojos, si tal es mi mala suerte, y procuraré matarla á disgustos, para que el martirio sea lo más corto posible.

¡Si el que no se consuela es porque no quiere!

Diseñado el plan hasta en sus menores detalles, voy á redactar un suelto para los periódicos, al objeto de tenerlo todo preparado para cuando llegue el momento de realizar la teoría.

¡Ya es obra de romanos sentarse en una de estas sillas! La mesa está calzada, mejor calzada que yo, y puedo escribir impunemente.

Después de todo, no soy el primero que escribe con impunidad en esta clásica tierra de España. Redactemos el suelto.

«Fortunato Alegre…»

¡Mire usted que tiene gracia esto de llenarme yo Fortunato!… Fortunato es, ó debe ser, masculino de Fortuna, y si se atiende á la que

yo he disfrutado hasta el día, resulta una ironía desgarradora. ¡Pues, y el apellido, Alegre! ¡Alegre un hombre que come por trimestres y que no puede andar por las calles desde hace mucho tiempo!

—Parece que hemos llegado á una época en que todo es convencional, principiando por las palabras, que rara vez significan lo que dicen.

Pero, en fin, redactemos el suelto y dejemos para más tarde estas amargas reflexiones.

«Fortunato Alegre, soltero, de treinta años, natural de Minglanilla, no mal parecido y de claro talento, rifa su interesante persona entre las solteras ibéricas que se hallen en estado de merecer…».

Aquí llegaba Fortunato en la redacción de su extraño suelto, cuando sonaron algunos golpes en la puerta de su habitación.

pe208—¿Eh? ¿Quién llama? Debe de ser la patrona.

Los golpes continuaron.

—¡En seguida voy á abrir la puerta! ¡Sí, si, llama con la cabeza! ¡Pues no tiene esa mujer la ridícula pretensión de que yo la pague dos años que la debo del alquiler de esta leonera!

Los golpes cesaron.

—¡Gracias á Dios que se ha cansado de llamar! ¿Eh? ¿Qué es eso? ¡Meten un papel por debajo de la puerta! A ver.

¡Calle! Esto parece un oficio. ¡Dios mío, cómo me palpita el corazón! Si fuera… pero, ¿qué me detengo? Veamos su contenido.

Fortunato rompió el sobre, leyó el oficio rápidamente y estuvo á punto de desmayarse.

—Por fin me conceden lo que pedía,—exclamó.—¡Aun hay justicia en la tierra! ¡Magnánima y sabia corporación municipal, yo te saludo y te bendigo!

Ya más sereno y como para cerciorarse de que no soñaba, leyó en alta voz lo siguiente:

«Vistas las cuarenta y dos solicitudes de usted, cuyas fechas no cito en gracia de la brevedad; oído el parecer de los bomberos y albañiles de la villa y de conformidad con el ilustre cuerpo que presido, he venido…»

—¡Este viene también! Nada, no hay manera de desterrar esa formulilla. Pero sigamos la lectura.

«He venido en conceder á usted el permiso que solicita para andar por los tejados, siempre que usted abone las tejas que rompa, pues ya sabrá usted que, según las Leyes de Partida, quien rompe, paga.»

—Bien, esto es pecata minuta: Todo será no andar con pies de plomo.

¡Qué excelente corporación, la corporación municipal! Estoy enternecido.

¡Luego dicen: El mejor alcalde, el rey!… Lo niego rotundamente, el mejor alcalde es el que decreta medidas de esta índole… Pero, ¡qué gran medida! Al extremo á que han llegado las cosas, esta es una medida de interés general, de utilidad pública; una medida salvadora y elevada que me agradecerán muchas personas, pero muchísimas.

Por lo que á mi toca, desde mañana me dedicaré con libertad completa á perfilar uno de mis mejores proyectos. Ya puedo discurrir libremente sin el temor de encuentros desgraciados.

Estoy fuera de la justicia de los hombres, como todo lo que está de tejas arriba. ¡Y hasta puedo perfectamente oler donde guisan! ¡Vaya si puedo!

Satisfecho de mí mismo, confiado en el brillante juicio de la posteridad y contando con el agradecimiento de innumerables compañeros mártires, me voy á dormir y á consultar con la almohada el más vasto de mis planes, el de la rifa.

Buenas noches.

¡Qué gran posición disfruto y qué magnífica posición me espera!

Cinco minutos después, dormía profundamente.

Cuando despertó Fortunato al otro día, muy entrada ya la mañana, su primer pensamiento fué para el ayuntamiento de Madrid, ó mas bien, para el alcalde, por la medida salvadora que había tomado, permitiéndole vivir de tejas arriba.

Quiso saborear una vez más su dicha, y volvió á leer el oficio. Pero, ¡oh dolor! en esta tercera lectura conoció que había sido víctima de un engaño, es decir, de una broma. La comunicación era falsa y la letra de uno de sus amigos.

Fortunato rompió con rabia el oficio y exclamó, poseído de agitación febril:

—¡Siempre dije yo que la amistad era una palabra vana y que los amigos no sirven más que para mortificarle á uno! Sin embargo, la medida es buena, es necesaria y se decretará algún día.

Dando vueltas á esta idea, acabó por volverse loco… aunque yo creo que siempre lo estuvo y que andaba suelto porque aún no se lo habían conocido. Esto sucede con muchos hombres que andan por ahí.

Actualmente, Fortunato ocupa una jaula en un manicomio. Era de esperar.

Su manía constante es querer vivir de tejas arriba. ¡Pobrecillo!

FRANCISCO FLORES GARCÍA.

Publicado originalmente en La Ilustración Ibérica el 1, 8, 15 y 22 de noviembre de 1884.

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